Etiqueta: consuelo

  • Job y el silencio

    Dijo Job: Desnudo salí del vientre de mi madre/ y desnudo volveré a él./
    El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, / bendito sea el nombre del Señor.
    (Job 1, 21)

    1. “Ya salí”, decía el SMS.

    Estoy agotado, pero como un león me persigues.

    Caminé, errática. Caminé y seguí llorando por lo que presentía. Pasé por el costado del Hospital Italiano; sus muros embrujados de asilo y hiedra acrecentaban mi angustia.

    Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles.

    Sí, era en el Obelisco, seguramente. Lo que pasa es que no pudimos entendernos. El ruido. Los motores. La furia tácita.

    Entonces lo vi aparecer. La cara lo decía todo.

    Mis ojos se cierran de pena
    no soy más que la sombra de mí mismo

    2. Caminamos abrazados por Bulevar Artigas sin hablar. Él lloró casi para adentro hasta el Pereyra Rossell. Yo lloré, brutal y desconsolada, hasta la puerta de casa.

    ¿Qué es el hombre para que te fijes tanto en él
    y pongas en él tu mirada,
    para que lo vigiles cada mañana
    y lo pongas a prueba a cada instante?

    Le pregunto, o simplemente pregunto, por qué no me habré quedado sorda yo en vez de que él tenga que atravesar esto por segunda vez. Me responde que no diga tonterías. Que él tiene muchos más recursos internos para soportarlo. Y es cierto. No tengo más remedio que aceptarlo, que aceptar todo. Lo que entiendo y lo que no.

    ¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa!
    Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos.
    Por lo menos conocería su respuesta
    y trataría de comprender lo que él dijera.

    Pero ese fue mi único amague de increparle algo a Dios. Siempre tengo presente a Job, el justo, y todo lo que le pasó sin merecerlo (¿Quién lo “merece”? ¡Como si las pruebas y los sufrimientos fueran expresión de un castigo! Esa maldita mentalidad judeocristiana azuzándonos desde el inconsciente occidental). La respuesta de Dios, cuando finalmente se decide a romper su silencio, es imbatible. Entonces ¿para qué repetir la misma historia, emprender a ciegas ese terrible viaje de huérfana, si ya tengo un mito que me sirve como mapa?

    ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
    ¡Habla, si es que sabes tanto!

    Tiene razón. Y Job lo reconoce. Y yo lo reconozco junto con Job. Hablé una vez… no volveré a hacerlo; dos veces… no añadiré nada. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí.

    Dicen que las últimas palabras de Ludwig van Beethoven fueron Ich werde im Himmel hören! “¡Oiré en el Cielo!”.

    Vaya uno a saber.


    Como nota al margen y no tanto, se sigue sosteniendo que, más/menos un día, el 17 de abril siempre será el día aciago de mi calendario.

  • María Memento Mori

    Esto fue hace un año, exactamente. Me enteré por un SMS desde México. Estaba en el club de Astor, en el medio de la cotidianidad más obscena. La inocencia: ese momento en que por no estar vigilando la posibilidad de la desgracia, la maldita golpea y nos pesca desprevenidos.

    Al principio creí -o quise creer- que sería uno de sus trucos para llamar la atención. Un rumor. Un nuevo performance beck
    ettiano de María Tarriba. Ella no tenía límite para crear y recrear sus personajes.

    A falta de otras materialidades posibles, entré a internet sin perder un minuto. En el Facebook de Djuna Barnes (su alter ego, luego de que la revista Proceso recogiera críticas a terceros firmadas con su verdadero nombre en el cotilleo virtual y las publicara, para su vergüenza), encontré una frase que había sido subida tan solo diecinueve horas antes. Un último rastro de María, fresco, aún latiendo de existencia. Su testamento, quizás involuntario. Quizás no:

    The voyage of discovery consist not in seeking new landscapes, but in having new eyes.
    (Marcel Proust)

    En eso me llegó el segundo SMS, el peor: uno de sus hermanos había confirmado la noticia y estaba saliendo rumbo a Mazatlán. A su velorio.

    Y sin embargo, después no quedó duda de que el verdadero velorio fue en internet y en ciudades distantes unas de otras que convergían. Cosas de estos tiempos. Todavía podemos leer para atrás, en su muro, lo que durante este año sus amigos (entre ellos, los conocidos virtuales de largas conversaciones) le hemos seguido expresando; más extraño todavía, también podemos leer para atrás, más para atrás, lo que ella mostraba de sí, su actividad, sus palabras. Cuando todavía estaba viva. Como si todavía lo estuviera.

    Mi amiga María me mandó su libro por correo cuando lo publicaron. También hizo dos donaciones de US$ 2.50 vía Pay Pal aquí en el blog para pagarme un café en Tribunales. Yo lo había puesto como una especie de chiste personal que, sin embargo, en el fondo conservaba cierta esperanza de que la Providencia me guiñara un ojo, como para hacerme sentir que estaba allí. Solo María lo captó. Y actuó en consecuencia. Desde sus escasísimos recursos.

    Pero para qué hablar de María, la María biográfica. Sus innumerables virtudes, sus aterradores defectos; al final, uno lo perdonaba todo. Porque pedía disculpas, inclinaba la cabeza cuando despertaba y veía el desastre que había hecho, Ayax rodeado de cadáveres de ganado que en su

    locura había juzgado un ejército; caballo de Atila desbocado, pasando con los cascos furiosos y maníacos sobre los campos queridos. No podía evitarlo. La bipolaridad es estar lisiado sin una silla de ruedas o un bastón blanco que lo atestigüe.

    Lloro y me dicen que ella está mucho mejor allí donde está ahora. Pero yo lloro por mí. Tengo derecho.

    Fue lo peor que me pasó el año pasado. (Después sufrí la muerte de otra amiga, pero por suerte para ella allí sigue todavía, vivita y coleando). Las cercanías del alma que permite internet son un campo multiplicado de cultivo de duelos: de un momento a otro, la persona se va de nuestro día a día, termina tajantemente de compartir, desarma el refugio; nos deja un hueco imposible de llenar, una estela de silencio. Deberíamos estar advertidos, pero lo comprendemos recién cuando nos pasa. La ausencia cotidiana de Levrero es algo que casi ocho años después todavía

    no puedo superar. “Que nunca me faltes, Carlitos”, decía, pero no mencionó nada respecto a faltarme él a mí.

    María se enojó muchísimo conmigo por una imagen que posteé alguna vez en su muro. A mí me parecía de una lívida belleza, un memento mori (precisamente) delicado y firme a la vez; solo quise compartir mi hallazgo, acercarle ese mensaje que tanto me obsesiona: la vida escurriéndose entre nuestras negaciones; el amor, la pasión, el arte, la alegría, la comunión,

    todo postergado para un momento más oportuno que nunca llega. La miope y tácita soberbia de suponernos inmortales. Pero ella se puso fúrica; se sintió agraviada, pensó que con alevosa crueldad le estaba recordando que moriría. Desde mi punto de vista, el “tú” que formaba parte

    de la frase era genérico: hablaba de mí también, por supuesto.

    En su acting supuestamente defensivo, me dijo cosas terribles; se metió incluso con la mortalidad que más podía dolerme. Ahora veo cuánta razón tenía. No son cosas para decirle a alguien que apenas tiene uno o dos años de vida por delante. Aunque ninguna de las dos lo supiera entonces.

    Anteanoche soñé con ella. No me acordaba de la fecha, pero se ve que mi inconsciente sí. Se veía muy bien. Contenta, saludable, en paz. Usaba un vestido largo, blanco y estampado de colores (¡ella, siempre extravagante, hasta en la muerte!); íbamos caminando con un grupo de personas por la proa de Rivera y Arenal Grande, a la altura del bar Monteverde. Entre ellas, venía AV; mientras soñaba, pensé que aparecía porque la estoy viendo todas las semanas, pero –otra vez- se ve que mi inconsciente recordaba bien que ella fue una de las mejores amigas de María en la adolescencia. También venía una muchacha que rentaba una casita colonial mexicana diminuta, como un garaje que en su piso de abajo tenía un tallercito abierto a la calle -en el que trabajaba un artesano- y arriba un cuarto o dos. La casita estaba construida en una “punta” o esquina de la plazoleta de los Desaparecidos (nótese el símbolo obvio). A mí me encantaba; incluso fantaseaba sobre la posibilidad de rentar un cuarto para mí, como un estudio. Me hacía sentir cerca de México, y otra particularidad era que desde allí se veía el edificio de Rivera y Jackson, aunque totalmente distinto a como es: brillante, con adornos, hasta chongo. En el sueño, yo destacaba que aquel había sido mi último hogar en Uruguay antes de irme, de niña; los allí presentes me hacían ver que eso ya lo había comentado muchas veces. Pero ese pedacito de México en conjunción con calles e imágenes de mi infancia me daba paz.
    María tenía protagonismo en el sueño. Se la veía equilibrada, sabia -más sabia que nosotros, sin duda-. Alguien nos mostraba unos mantelitos de papel impresos con fotos de momentos de su vida, como postales con cierto toque inusual, surrealista o disparatado, como todo lo de María (recuerdo uno, por ejemplo, en el que ella aparecía con otras personas resguardadas en una construcción de piedra, todos vestidos con trajes militares y mirando al desierto). Yo, en ese momento, cobro conciencia de que María va a morir; por eso, empiezo a doblar disimuladamente esos mantelitos para conservarlos como recuerdo. Me embarga una súbita vergüenza de estar preocupándome más por mi propio dolor anticipado cuando la que va a morir es ella, la que lo perderá todo.
    Ella se da cuenta y, sin embargo, me mira con dulzura. Como si yo fuera una niña chica que aún tiene mucho que aprender antes de poder captar las complejidades del mundo de los adultos (o del mundo de los muertos, en este caso). Cuando yo hablaba del asunto de su muerte inminente, María medio que sonreía y me cambiaba el tema. Hablar de eso no le parecía importante, o acaso supiera directamente que yo no lo podría comprender. No lo veía como la tragedia, la pérdida dolorosísima que sentía yo.
    Sí, se veía bien. Muy bien y sabia.

  • Ruedas (2012)

    Los rayos metálicos de la enorme rueda que tengo enfrente se me aparecen como un mandala inesperado. Si uno se concentrara en la forma nada más, en la simétrica disposición de sus varillas, su perfección en tonos grises -si lo despojara de contenido, digamos-, las sillas de ruedas perderían sus temibles connotaciones. Claro que eso es, como mínimo, prácticamente imposible.

    No sillas de ruedas, entonces. Pensaré en ruedas de bicicletas mientras esperamos. Es casi lo mismo. Será mejor. Me acuerdo de los veranos en Parque del Plata, en casa de mis tíos. Andábamos todo el día en bici; las caídas y desplomes nos arrastraban directo sobre el pedregullo de sus callecitas bordeadas por laureles, pinocha y campanillas azules. Mi tía Teresa se desolló las rodillas; yo no podía dejar de mirar, con morbo y simultáneo horror, aquella carne levantada sobre la que puntos amarillentos, como semillitas de tomate, se entreveraban con el rojo de las lastimaduras.

    Aquel verano mi padre también se cayó andando en bicicleta. Le tuvieron que dar una dolorosa inyección en la herida del dedo gordo del pie. “Es por el tétanos”, decían. Y a mí siempre me dolía mucho más la perspectiva de que mi padre estuviera en peligro que todas las derrapadas que pudieran depararme a mí aquellas traidoras ruedas con pedales. Sentía un dolor sordo en el corazón y en la boca del estómago. Un vértigo de orfandad, como si mi padre no pudiera fallar jamás y la amenaza de que algo pudiera ocurrirle fuera una retorcida posibilidad contra natura. Como si su caída por tierra sobre aquel pedregullo de Parque del Plata dejara al descubierto no solo piel y carne, sino algún tipo de falibilidad humana que, por aquel entonces, no quería ni siquiera rozar con el pensamiento. Estar desprotegido. Ser vulnerable. Ser débil.

    Así que fracaso total. Da la impresión de que mi conveniente huída hacia las bicicletas -con sus idílicos veranos de infancia y el cine de la enana y los clubes secretos y correr jugando a que éramos ciervos- no lograron salvarme de esta emoción gris que me generan las sillas de ruedas, visibles o invisibles. Bien merecido. Debí inclinarme ante el hecho de que las cosas son circulares, finalmente. Meros mandalas. Algunos benditos, otros tóxicos, la mayoría hipnóticos, algunos incluso irremediables. Como una redonda condena.

  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • Ahora sí: adios, Levrero…

     Yo empecé este blog, El libro de los pedacitos mágicos, en el año 2004; estaba apenas interiorizándome de lo que consideraba una posible herramienta de independencia editorial (así fuera casera) y había hecho un único miserable post de prueba, cuando murió Mario Levrero. Amarguísimo, oscuro momento que durante años me quemó los ojos del alma cada vez que lo intentaba recordar; imaginarme a mí misma aquel lunes de mañana en Querétaro, sentada frente a la computadora con un bebé de dos semanas en brazos mientras leía, inocente, lo que -pensaba yo- sería un mail más de la luminosa Chl (aquí está la prueba de que no todo el mundo mata al mensajero: yo le agradeceré hasta el fin de mis días por haberme avisado unas pocas horas después, y por todos y cada uno de sus mails posteriores, como si su privilegiada mirada de duende bella, dolida -como yo- pero con cierta cuota de humor sobre las circunstancias -como él- pudiera curarme el desgarro). Por eso, la dirección de este blog terminó siendo adioslevrero.blogspot.com: porque se trata de un blog fúnebre desde su inicio (más tarde blog luctuoso, de esta y otras pérdidas), creado para no perder del todo a alguien amado que se muere.

    Porque en un principio creí -qué ingenua- que escribiendo aquí (¡tanto, tanto que nos escribimos durante esos ocho años, a menudo varias veces al día!) podría seguirme comunicando con aquel sin el que de golpe la vida pareció haber perdido gran parte de su sentido. Aquel, mi mejor amigo, mi hermanito (frater mystico), mi socio, mi maestro, mi fan. El islote más contundente en el archipiélago de mi ánimus. Muerto, y entonces había que rearmar la vida desde una soledad atroz. Pararse sobre ese miedo oscuro y terciopelo, perseverar hasta que el dolor ya no quemara tanto. O sea, años.

    Mi maniobra del blog no sirvió para nada: Levrero no apareció luego de muerto, así que desistí, perdí las escasas fuerzas que había acopiado para mi patética invocación escrita. Si algo me quedó claro en aquel momento, pero desoí años más tarde, es que Mario se había desprendido sin ningún tipo de culpa, sin aferrarse, sin nada pendiente en esta tierra. No importa lo que hiciera, no se sentía presencia alguna. Por eso dejé mi inútil blog para retomarlo recién tres años más tarde, ya sin pretensiones de tabla de ouija. Aparte de que yo le había pedido expresamente que, si él moría primero, me hiciera una señal: nada me convencía en un principio, y muy poco después el destello se desvaneció. Tengo que admitir que Mario no se comprometió a hacerme la famosa señal -como a nada, o a casi nada que se formulara por anticipado y en términos absolutos-, pero sí dijo que seguramente, dada la enorme conexión en la que vivíamos, se diera algún fenómeno espontáneo de un modo u otro.

    Mujer de poca fe.

    Dicen que hoy, 30 de agosto, era también el Día Internacional del Detenido Desaparecido. Nada más apropiado, cuando pienso en los siete años -ciclo finalizado- que hacen desde su muerte. Porque para mí desapareció. De un momento a otro, sin explicación, sin advertencia, sin que pudiera contemplar su cadáver. Lo curioso es que parece -recién me estoy dando cuenta ahora, tanto tiempo después- que para mucha gente apareció a partir de su muerte: una mitología cada vez más engordada y adulterada que me hace cuestionarme muchas cosas. “Rocé el borde de su manto, y si no, igual rocé el de aquellos que se sentaron a su mesa”. Para mí, fue el mejor amigo de carne y hueso que tuve jamás, no una figura pública; menos, todavía, un gurú de los planos invisibles, un alma máter por transitiva, una antorcha olímpica a custodiar en un apostolado. Si alguna vez entré en ese juego (y lo hice: recién a estas alturas vengo a caer, y no es juego de palabras), reconozco ahora que fue un error, un manotazo de ahogado inconsciente de mi propio desamparo. Hay asuntos que jamás debieron haber salido del ámbito de mi relación privada con él: chistes incomprensibles para terceros, como ser la mujer más bella del mundo o que me echara del taller; anécdotas, manías, impresiones. Sin duda él lo tenía todo para que se generara una mitología tras de sí; me arrepiento, en lo que a mí corresponde, si la he fomentado, además. No más altares, no más homenajes. Cuando se llega a valorar más las supuestas misiones y asistencias encomendadas por Levrero desde ultratumba que las amistades vivas que se tienen enfrente, es que algo no anda bien. O la gente está proyectando en esa entidad abstracta, “Levrero”, mucho más de la cuenta. Es lo malo de los países que se dicen ateos y agnósticos.

    “A veces salimos y seguimos charlando rato en la esquina, tiritando de frío. En esos momentos es cuando pienso que Levrero está ahí con nosotros”, cita un reciente artículo a una participante de Narrares, espacio de autogestión literaria que inicialmente estuvo integrado por alumnos presenciales de Mario en un intento magnífico por continuar escribiendo (incluso publicaron con todo heroismo una colección de libros), poniendo en práctica lo que él les había dejado como guía. Pero en el espacio de aquel entonces, todos lo habían conocido personalmente: no era un arquetipo. En mis talleres, también hay (bastante) gente que dice sentir que lo conoce, tal como si hubiera sido realmente su maestro o como si fuera un amigo. Yo misma alimenté esa idea de la comunidad levreriana; por supuesto que es un fenómeno mucho mayor, algo que rebasa mis intervenciones limitadas a los alumnos, internet y algunas apariciones en los medios. Un curiosísimo fenómeno. Entiendo, desde luego, que cada uno tiene derecho a vivirlo como le venga en gana. Por mi parte, seguiré enseñando lo que sea que haya aprendido de él (que sin duda trasciende su “método no metódico”, como lo denominé alguna vez) en tanto sigo trabajando con el resto de mis proyectos de motivación literaria. Y seguiré atesorando su amor en mi interior, que es donde tiene que estar.

    Tanto tiempo para reparar al fin en que nadie puede darme ni quitarme nada en este tema: debo haber sido yo misma la que salió a buscar patentes de idoneidad sin darse cuenta. Y -quién podría culparme- también fui yo la que hasta hace poco intentó que siguiera viviendo (como persona, como mito: como escritor no hay fecha de caducidad) mucho más allá de los años que le tocaron en suerte.
     
    Pero ahora aviso oficialmente que Mario Levrero está muerto, por si alguien no se dio cuenta del todo. Muy muerto: lejos de nuestras pequeñeces, nuestros mundanos conflictos de poca monta. No nos mira por ninguna ventanita ni nos protege ni nos guía. Todos los asuntos de esta tierra le darían una pereza infinita. Estaba tan cansado. Y cada vez lo entiendo más, yo, que tan enojada me quedé por su abandono. ¡Irse sin mi permiso! ¡Y sin hacerme la señal post mórtem para saber que algo permanece, que no lo perdía para siempre!

    En mi post del 2009 La araña y el pajarito de colores dice así:

    Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

    (*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama “Pajarito”- representa esa especie de “Espíritu”, de entrega a la escritura y sus misterios. 

    A mí con la fe nunca me basta. La desconfianza me gana frente al amor prácticamente siempre. Qué le voy a hacer. Era, por eso, más excepcional aún sentirme tan inequívocamente querida e importante para él. Pero, como dije antes, Mario Levrero está muerto. Ahora sí: adios, Levrero… 

    Hace unos días, con Astor, rumbo a la escuela:

    -Mamá… ¿te acordás de un amigo tuyo, que te avisaron que murió y después había un pajarito que golpeaba con el pico en la ventana?
    -Sí, me acuerdo…
    -¿Y por qué no le abriste, entonces?
    -La verdad es que en ese momento no se me ocurrió…
    -Cuando tú te mueras… ¿me podés hacer alguna señal?
    -Voy a intentarlo. No sé cómo es eso.
    -¿Y qué podría ser?
    -No sé… Hay que pensar…
    -¿Un petirrojo?
    -Un petirrojo podría ser: en Guanajuato veíamos muchos en el árbol junto a la ventana. Son lindos. Voy a intentar.
    -¿Y cómo es un petirrojo?
    -Y… como un canarito, pero rojo. “Petirrojo” era tu grupo de Jardinera.
    -Sí: por eso se me ocurrió.

    … que sean sólo los pedacitos mágicos de nuestros secretos…

     Algunos de aquellos posts resucitados:

     ¿Dónde estás, Carlitos? (20/9/2004)

    Me da risa… (22/9/2004)

    Las narinas de algodón (22/9/2004)

    Padre, hijo, hermano (24/9/2004)

    Encontré este otro… (24/9/2004)

    Lo subjetivo del tiempo /1/10/2004)

    Adios Carlitos (19/11/2004)

    Mi ángel de la guardia, o guarda, o qué sé yo (19/11/2004)

    Respirando la vida, luego de tanto (5/2/2007)

     

    (sí, respiré la vida, luego de tanto: dije que había llegado a cierta paz, que más o menos lo había aceptado, 
    y entonces al mes se me murió el Darno… un blog tanatológico, el mío)


    Sigo sin escuchar las grabaciones que me mandaron a México con su voz. 
    Quizás ahora pueda. 


  • Y en el último suspiro…

    Cada tanto le cambio de melodías a mi celular; la más importante es la alarma, porque es la que me despierta cada mañana y también la que me hace bajar a tierra, encarnar nuevamente desde la computadora, recobrar la noción del tiempo, de las tareas por hacer, de los encuentros por venir, de las obligaciones, horarios, agendas. Casi nadie me llama por teléfono porque saben que no me gusta demasiado (no así los SMS), pero en estos días puse Uruguayos campeones como ringtone para divertirme las selectas veces que suena. Creo que por eso, paralelamente, puse Cielo de un solo color como alarma; después me di cuenta de que no había sido realmente por la temática futbolística, sino porque es una canción perfecta para despertarse (literal o metafóricamente) sin violencias. Creo que hace un par de años no la tenía tan clara; erróneamente, me inclinaba hacia tonadas como el tema de Batman, un instrumental de Tom Waits, el Caballero Rojo de Titanes en el Ring, la máquina contestadora de George, el de Seinfeld: todas pésimas opciones, porque ya empezaba la jornada como si me hubieran propinado un choque eléctrico y con taquicardia. En cambio, Cielo de un solo color comienza con unos acordes rítmicos casi imperceptibles, suaves, a los que luego de algunos compases se les agrega un redoblante discreto; luego una voz medio hipnótica (como si fuera la de un tipo desvelado o recién levantado, como yo) que va dando paso al hilado de un bandoneón; para cuando las cosas se ponen más intensas y expresivas, para cuando se cuela el rock o la murga, hace rato que apreté el stop y estoy a salvo.

    El otro día me sentía triste en extremo; quizás por eso no atiné a detener la alarma en los comienzos mismos del tema. Cuando uno está realmente triste, con esa tristeza que no tiene motivo -es decir, que no es la reacción natural frente una pérdida, herida o fracaso-, el entorno y el mundo circundante se desdibujan casi hasta desaparecer por entero. No hay alarmas que valgan, no hay campanas que se oigan; ni siquiera escuchamos más ese constante avispero celestial de ángeles que (de buena gana y con la impresión de que hicieron buen negocio) aceptarían perder su inmortalidad vacía sólo a cambio del momento en que se apagan las luces en el cine, o para degustar las promesas del olor de un buen vino tinto antes de ser tomado. Pero cuando se está realmente triste, uno no quiere ni vinos, ni cine, ni ángeles ni demonios; uno se queda ahí, flotando simplemente a lo largo y ancho de un cielo negro, silencioso, con el único anhelo -que quizás no se atreve todavía a hacerse rezo- de que el dolor al fin termine. Ver Ítaca en el horizonte o, de lo contrario, ser engullido al fin por el remolino de Caribdis.

    Y entonces, de repente, se produjo el milagro: escuché la canción desde ese lugar de la tristeza. No desde las tribunas del fútbol; no desde el puesto del hincha fiel que sueña con que su equipo gane, a pesar de que la realidad le demuestra una y otra vez que eso es solamente una quimera (por lo menos hasta que ocurre y la canción, entonces, se vuelve profecía, himno). Pensé en las voces de tantos amigos que, de una forma u otra, terminaron con sus vidas o fueron arrancados de ella; pensé en las numerosas luchas de cuerdas y mástiles que se libran por escapar de las sirenas, de la muerte. Esas odiseas invisibles que nadie ve hasta que dejan su gesta trás de sí. Me hizo gracia considerar la palabra “celeste” desde la tristeza, no desde una camiseta: el cielo, la vida, o mejor dicho la alegría de vivir. La oportunidad que nadie le dio jamás a esos ángeles aburridos que canjearían gustosos sus lugares con nosotros.

    La canción se me antojó como un clamor de los sufrientes porque sí. De los tristes. Los desconsolados, como decía el Darno. Y el aferrarse, seguirse aferrando con desesperación a la vida, pese a todo. Haciendo tiempo hasta que pase el temporal. Es decir, esperando que todo termine de des/esperar.

    Era raro sentir todo eso en el medio de lágrimas mientras escuchaba una canción futbolera. Pero, se sabe, me gano la vida sobre todo gracias a mis dobles lecturas, el material simbólico que me sale y me encuentra a cada paso, el jugo de los limones invisibles, las señales de lo sincrónico.

    Quizás alguien más quiera escuchar la canción y lo que dice tal como lo hice yo.

  • Ashes to ashes

    La otra noche puse a ciertos entregados tripulantes de naves sin mayor mapa tangible (aunque prometo que jamás dejarán de tener su buen férreo timón), en este caso mis pacientes alumnos del taller de los martes, a escribir a partir de cenizas. Textos que involucraran cenizas físicas: desde el volcán Paricutín apareciendo de la nada a mediados del siglo XX y sepultando dos pueblos mexicanos enteros de un saque (y miramos, en foto blanco y negro de Juan Rulfo, el único vestigio que quedó de todo este ex abrupto del Hades: la torre mayor de una iglesia emergiendo entre los desniveles rocosos de lo que alguna vez fue lava), o las cenizas flotando sobre Montevideo en los últimos tiempos debido a otro volcán, aunque bastante lejano, con las consiguientes tribulaciones que acarrearon en los aeropuertos, o quizás el veterano Keith Richards aspirando las cenizas fúnebres de su padre mezcladas con cocaína, según sus propias declaraciones de rockstar, hasta las denostadas cenizas que dejan los cigarros mientras se van muriendo entre los dedos de un (ahora) rebelde. Toda ceniza valía.

    No puedo acordarme todavía cómo es ese dicho: Donde hubo fuego, cenizas quedan o, dándole la vuelta, Donde hay cenizas, es que hubo fuego. Tampoco me doy cuenta si cambia demasiado el sentido final del refrán, pero supongo que una persona encarará diferente la vida si se focaliza en las cenizas remanentes que si, por el contrario, se concentra en el fuego, aunque le sea nada más que una memoria del pasado. De todos modos, me quedo con la impresión de que debe haber sutilezas de lectura que me estoy perdiendo entre estas dos frases. Que no son tan igualitas como parecen.

    Revisé mis propias cenizas. Soy solidaria con los alumnos: ¿de qué otro conejillo de Indias podría valerme?

    Nada de puentes de Madison: cenizas en solitario. De troncos, estufas, chimeneas.

    Fue un invierno raro. Tan frío hasta los huesos; tan pleno, por otra parte, de desubicada luz. Un invierno hijo del fuego: me ocupé de prenderlo cada mañana desde que nadie más lo prendería. Como una Hestia monja, compulsiva y desquiciada. Me ocupé de juntar las ramitas, de desafiar las ganas de morirme. Sabía bien que únicamente con ese alimento ígneo, sólo con esa taza de té caliente en un refugio de alpinistas, podía salvarme de la inanición. Y Astor: tenía que calentar la casa para Astor, que todo siguiera rodando, que percibiera que seguiríamos adelante, fuera como fuera. Qué tristeza para él, su mundo quebrado, tirado en pedazos por el suelo. Porcelana que, una vez rota, no puede repararse. Ya está. Cicatriz. Creí que lo dañaría para siempre, que le haría perder esa sonrisa. Ahora no tiene dientes, pero sigue riendo franco, como si quisiera largar el alma para afuera.

    Mi casa es grande, vieja, de techos altos y descomunal claraboya. Y entonces todo se volvió para siempre cenizas, cenizas -¡tantas!- que se juntaban al terminar el día. Montañas de ellas (¿esperanza de Ave Fénix?): el fuego era el ritual sagrado para continuar con vida, para persistir en la siempre frágil intención de continuar con vida.

    La Cenicienta, pero sin baile ni madrina ni campanadas de retorno. Mejor.

    Y toneladas de leña, literalmente. Capital de madera, inversiones en el Wall Street de las barracas, lingotes apilados y forrados de astillas. Todos los días bajaba al sótano una, dos, tres veces, y acarreaba altos de troncos para seguir así atizando semejante fogata voraz y bulímica. Boca angurrienta de los dioses aztecas. Caldera de edificio en la que a veces se queman los papeles secretos, las cartas de amor, los documentos que comprometen. Mi máquina industrial de producción de brasas y cenizas: cosecha al amanecer. Pala de hierro. Entonces vuelta a empezar.

    Sí, montañas de ellas. Las tocaba con la mano, me embadurnaba el rostro de cenizas, me persignaba la frente. Sentía su suave textura, su fina condición de arenas del Caribe. Claro, en las playas grises de los muertos. Esas por las que nunca corrí del todo, esas que nunca (todavía) he podido pisar descalza al fin.

    *
  • El Santo Patrón de los temporales

    Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando estos últimos diez días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en un súbito e inesperado temporal. No sé cómo hago, pero siempre consigo que Dios me preste sus efectos especiales para acompasar mis ánimos. Efecto sensorround, Dolby, 3D. Creo que con los años he logrado una cierta banca en el reino de los cielos (también en los infiernos, pero eso en realidad no viene al caso ahora). “Siempre que llovió paró…”, me dijo ella por SMS, sospechándolo todo y aprovechando la meteorología bipolar de este país para camuflar su consuelo.

    ¡Tantas cosas que agotan, que me agotan! Tironear de las cuerdas, tratar de que las velas no se vayan volando, mantener el rumbo pese al zangoloteo de las olas enormes, resbalarse una y otra vez tratando de alcanzar el timón. Sí, da miedo escuchar todos esos truenos retumbando y no poder acordarse completa la oración al ángel de la guarda. Pero lo que más cansa, en verdad, es esa cruz de tener que -a la vez- ser marinero, ser barco y ser también tormenta. Qué fácil sería poder echarle la culpa a esas tormentas y considerarlas las enemigas a vencer, las maldiciones del afuera.

    En cambio, cuando ella está triste, es como un vendabal del cual uno no puede protegerse con un paraguas“, decía mi amiga V. acerca de esta servidora hace unos años (lo decía entre otras cosas más, sobre ella y sobre mí, igual de atinadas y a cual mejor dicha) en su precioso texto Tristes comparaciones.

    Mi padre siempre contaba que, cuando novios, iba con mi mamá a una confitería o bar (creo que se llamaba Payaso y estaba dentro de una de las otrora movidas galerías de Dieciocho) y ella a menudo se echaba a llorar en público. Él se ponía nerviosísimo; no sabía qué hacer y sentía todas las miradas de la gente sobre sí, reprobándolo. Como le llevaba diez años y era muy jovencita, en la mente de mi padre, trajeado y formal, sonaba lo que seguramente estarían pensando los otros concurrentes: “Mirá al cretino ese… seguro que hasta es casado y ahora se lo dijo a la pobre chiquilina, por eso la hace llorar!”. Las lágrimas femeninas son tramposas socialmente, lo sé. Mi madre seguro que también lo sabía, así que mi atribulado futuro progenitor pagaba por su torpeza frente a las emociones; en el fondo, se creería un villano. No me conocía a mí; lo de ella era apenas el tímido goteo de una manguera de balneario mal cerrada.

    Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

    No puedo menos que agradecerle a quienes se han ocupado de reflejarme en formatos varios mis temporales: no hay nada más doloroso que sentir semejantes fuerzas internas capaces de destruir y destruirnos, y que de afuera nos miren como si, con un poco de voluntad, bien pudiéramos haber pasado la tarde remontando cometas y soplando reguiletes de colores en el parque. Esos colegas de caminata que, cuando la negra ola se empieza a alzar una vez más por el horizonte, se han animado a sostenerle la mirada y a quedarse, así sea para devolverme un texto con matices tormentosos (como el de V.) o  un tranquilizador memento entre sus propias prisas. Tales gestos se cristalizan, se vuelven presencias internas. Porque me son la huella de que alguien entiende o entendió alguna vez el pathos de mis inundaciones, de mis mástiles desesperados en altamar, de esos recurrentes temporales que rugen y hasta rompen las claraboyas, simbólicas y materiales, pero que -en tanto quede vida- siempre se terminan, pasan. “Todo se pasa”, decía Santa Teresa de Ávila, patrona de los escritores. Poseidón, en cambio, es el santo patrón de los escritores que no escriben.

    Es terrible que los dolorosos vendabales propios lastimen a quienes amamos. Uno se siente indigno de ese amor, de esos amores. Qué maravilla sería disponer de acceso a alguna torre lejana, de durísima piedra, para cobijarse hasta que pase y  minimizar los daños. Sobre esto, a menudo me pregunto qué explicación darán los hombres lobo luego de sucumbir a la amarga tentación de la luna llena y volver en sí rodeados de cadáveres. Pero por suerte, los hombres lobo no existen.

    Sí, les agradezco mucho a esos que me valoran, aceptan, quieren o buscan todavía, a pesar de los vientos y de las mareas que no pienso ocultar nunca más (como hace muchos años hacía, escondiéndome del mundo avergonzada). Hay incluso quien, por amor, los ha presenciado una y otra vez, voluntariamente, en sus peores expresiones y es cierto que hasta la fecha consiguió sobrevivir (no sé si salir indemne). Yo trato de nadar hasta la otra orilla, como el pobre Leandro buscando la luz del faro. No logro hacer mucho más que eso ni nada menos egoísta.

    Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta.   

    La mayor paradoja y misterio es que, a pesar de las ocasionales y espectaculares zozobras, soy sin duda una estupenda capitana de barcos. Quizás por eso mismo: porque el mar embravecido me habla al oído, enamorado, y las sirenas toman el té conmigo entre las rocas, y los tritones me dedican canciones submarinas para arrullar mis sueños en el momento en que por fin logro soltar mis inútiles riendas y caigo, agotada del todo. Soy como el centauro Quirón: puedo curar la herida ajena porque bien sé lo que es estar herido.

    También es verdad que, cuando la posesión eólica y la inundación descontrolada termina, soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar.

    Esta mañana íbamos caminando con Astor rumbo a la escuela y le saqué el tema: “No tenés que preocuparte cuando me ves triste. Yo soy así. Nadie tiene la culpa. Siento de golpe un gran dolor adentro mío y necesito llorar. Como a ti, con la piel tan blanquita,que te lastima el sol, y tenés que usar filtro y te salen pecas, pero a tu amiguito [ ], que es de raza negra, si está bajo ese mismísimo sol no le pasa nada”. Él asintió, tranquilo. Vaya uno a saber si entendió algo o si quiso simplemente contentarme desde su incondicional amor de niño.

    Y con la vana esperanza de que aprendiera en una frase lo que a mí me llevó, me seguirá llevando, toda una larguísima vida,  terminé nuestra conversación entonces: “Todos somos diferentes y yo, para bien o para mal, soy así”.

    (Será una torre, pero igual no da la impresión de ser demasiado segura…)
  • Darno: un año más/ Electrocardiograma del duelo (13)

                                                                                                                       (7 de marzo, 2007-2011)

    Una fotito inédita para la ocasión. Es un videograma del material “de desecho” del videoclip  
    Sansueña, 1991 (tristemente, todo eso se perdió para siempre: era tan caro cada cassette 
    U-matic, que tuvimos que reciclar lo que no fue a parar al máster de poco más de un minuto). 
    En aquel entonces, imprimimos esta foto en no sé qué servicio de Sony que nos ofrecieron. 
    Salvo productoras archiprofesionales con equipamientos de US$ 50.000, nadie contaba 
    con todas las facilidades tecnológicas que hoy tiene cualquier PC; pudimos editar 
    (U-matic lineal, claro) gracias al apoyo de Fernando Da Rosa y Daniel Márquez de Imágenes
    y hasta la Coca Cola nos terminó poniendo unos dólares para los gastos a cambio 
    de un disimuladísimo cartel en la estación de tren Colón/Sansueña. Ironías. 

    Esta foto es muy Darno, me gusta mucho y la tengo enmarcada en mi altillo. 

    Es el primer año que no vivo esta fecha con el alma apretujada por la tristeza. Estoy segura 
    de que el Darno flota en el aire, invisible, como mágico polen. Y que tarde o temprano
    encontrará la forma de echar raíces nuevas en otros músicos. 

    La ausencia de Eduardo, eso sí, será para siempre. 

  • Isolda la de las blancas manos

    Según el tarot del Rey Arturo que llevó Morgana al retiro literario, mi carta -el Cuatro de Espadas- se ilustraba con la figura de Isolda la de las Blancas Manos. Cuando Tristán e Isolda la Rubia fueron descubiertos por el rey Marcos -el esposo de la dama en cuestión-, a Isolda la pusieron bajo llave en el castillo de Cornualles y Tristán se ocultó en el bosque con prohibición de regresar al reino. Malas épocas para los célebres amantes adúlteros (… que terminaron en el segundo círculo del Infierno de Dante, por cierto). Luego, una flecha envenenada hirió a Tristán y su vida corrió peligro, pero Isolda, que era una hábil curandera, no pudo burlar la vigilancia para ir a sanarlo. Sumado a que el rey Marcos lo estaba buscando para hacerlo picadillo, Isolda consiguió avisarle a Tristán en secreto para que se fuera de Irlanda a la Bretaña continental y buscara allí a Isolda, la de las Blancas Manos, quien podría cuidar de su herida.

    Y efectivamente, la noble Isolda de las Blancas Manos lo cuidó con todo esmero, lo reconfortó, lo alivió de sus males, llenó su vida de calidez y quizás hasta le salvó la vida; día y noche veló por él, enamorada; drenó el veneno del tajo de la flecha aquella, limpió la sangre, lo dejó dormir hasta recuperarse. Gracias a los cuidados de Isolda la de las Blancas Manos, y muy lejos de las amenazas que había dejado atrás en Cornualles, Tristán logró salir adelante, renovarse en alma, mente y espíritu. Cualquiera correspondería a semejante amor que le ha curado sus peores heridas; cualquiera se sentiría agradecido hasta el día de su muerte. Por eso Tristán se casó con Isolda la de las Blancas Manos. Lo hizo con toda sinceridad y voluntad de entrega, radiante, contento de poder mirar todos los días su bella cara y sus manos buenas.

    Mi perro adorado, a quien tuve que dejar en Guanajuato cuando volví a Uruguay, se llamaba Tristán.

    El problema era que Isolda la Rubia, en cierto lugar remoto, aún seguía existiendo. Y el librillo del tarot del Rey Arturo dice así:

    “Aunque él estaba agradecido y sabía que ella se merecía su amor, Tristán nunca pudo consumar el matrimonio debido a su imperecedero amor por Isolda de Irlanda, reina de Cornualles”.  Se justificaba, avergonzado, diciendo que era la famosa herida que le seguía doliendo. Puede ser. Estamos en los territorios de lo simbólico. Lo cierto es que la otra Isolda seguía allí. Porque era un asunto no resuelto, a pesar de la bondad, belleza y cuidados amorosos de Isolda la de las Blancas Manos.

    Y, claro, ella, la esposa, finalmente lo resintió; al final de la historia llegó a mentirle a Tristán, que agonizaba, sobre el color de las velas del barco en el que supuestamente vendría la otra, la Isolda añorada, a curarlo. Si Isolda la Rubia no había concurrido a la llamada de auxilio de Tristán -como en verdad lo hizo, pero la de las blancas manos prefirió matarlo de dolor ocultándoselo antes que permitir dicho reencuentro-, la vida ya no importaba en lo más mínimo. Por eso Tristán murió. Y ya no fue, entonces, para ninguna de las dos Isoldas.

    En el taller de constelaciones familiares al que asistí hoy me tocó -entre otras situaciones- ser la representante elegida por un hombre que se había separado hace cinco años y no podía superar el abandono. En la constelación, yo representaba a su ex mujer, que había formado una nueva pareja y tenía un hijo. Se me llenaron de lágrimas los ojos cuando tuve que repetir lo que proponía la facilitadora, mirándolo a la cara: “Te agradezco todo lo que me diste y te llevo en mi corazón. Me hubiera gustado que fuera de otra manera, pero así fue“. Ojalá Tristán hubiera podido decirle eso a tiempo a Isolda la de las Blancas Manos, en vez de tener que morir.

    Isolda la Rubia, reina de Irlanda, era ante todo una bruja (y, como tal, entera). Porque no en todos los casos Isolda la Rubia es un amor rival. Lo que es siempre, o debería ser siempre dicha Isolda la Rubia, es uno mismo.

    Marriage of Tristan to Isolde of the White Hands
    Sir Edward Burne-Jones