Etiqueta: electrocardiograma

  • Darno: Life is Hard/ Electrocardiograma del duelo (14)

     
    Podría escribir sobre la noche de ayer, el tradicional tributo en Espacio Guambia 
    de tantos músicos, amigos y seguidores/cultores/gustadores del Darno en su quinto 
    cumpleaños sin cumplir. Podría hablar de los encuentros bienvenidos y los desencuentros 
    suspendidos, todo gracias a su invisible presencia. Podría hablar de un hada negra 
    que lloró en mi hombro, literalmente, o de todas las veces que lloré yo misma; también 
    de las que sonreí, y de todo lo brindado a su salud, y de todo lo brindado, sin más, 
    de ida y vuelta; de ciertas hermosas intervenciones musicales, de algunos chispazos 
    graciosos (de humor y de gracia), de la perfecta narración de Ferradás sobre esos momentos
    únicos y efímeros que, sin embargo, le dan sentido a la vida entera, para atrás y para adelante. 
    Pero mucha gente que estaba presente podría contarlo también, y seguro mejor que yo. Quizás 
    es que, en el fondo, no tengo ganas de contarlo para no gastarlo, para no perderlo. O será que 
    ya tenía esto escrito desde bastante antes, y no pretendía ser homenaje alguno. Solo un capítulo 
    más, uno de tantos, del electrocardiograma del duelo. Del mío. 
    El Darno que se aparece en una tarde de domingo sin mayor aviso. Nada más.   
    
    
     *** 
    The friend you used to be, so near and dear to me
    You slipped so far away, where did we go astray
    I passed the old school yard, admitting life is hard
    Without you near me
     (canción de Bob Dylan)
     
    Hace como un mes prendí la radio para acompañarme mientras cocinaba; al arrastrar el dial 
    por las estaciones más habituales, escuché de refilón la conocida voz del Pepe Mujica en su 
    programa. Dudé un momento; iba a seguir rumbo a Babel, pero me dije: "A ver qué está 
    diciendo ahora. Démosle una oportunidad, qué sé yo...", y me quedé en la estación 
    (como tantas veces, a menos que la murga me espante rumbo a otros destinos musicales). 
    Al ratito, para mi sorpresa, empezó todo un espacio dedicado al Darno; jamás se anunció 
    como tal, no se pronunció ningún discurso ni se dio explicación sobre el motivo; tampoco se 
    cumplía ningún aniversario de nada. Pero las canciones se sucedían, intercaladas con algunos 
    poemas recitados en su estilo sublime, y la voz de un locutor que decía de tanto en tanto
    "Eduardo Darnauchans", como si se tratara de una marca. 
     
    Escuchar música por la radio hace que prestemos una atención mucho más aguda, 
    que pongamos el alma en un canal más receptivo que cuando se escucha un disco. Supongo
    que tiene que ver con la maravilla de lo azaroso, de lo que no tiene la posibilidad de ser 
    repetido a voluntad: lo efímero, lo que no puede controlarse, lo que se encuentra inesperadamente
    como si el destino lo pusiera alli enfrente a modo de mensaje. Por eso, cuando una canción
    se trasmite desde la radio uno la redescubre, la recibe con una emoción más pura. Así me pasó
    con el; quedé una vez más embelesada con la belleza de su voz, incluso a pesar de ese siseo 
    de los últimos tiempos que siempre me recuerda a Sean Connery. Y cantó una de las más 
    radiantes canciones de amor que deben existir -o eso me pareció en aquel momento de trance 
    de FM-; una que habla del cuerpo y el rostro de la amada como territorio simbólico, mítico, 
    existencial; incluso su nombre alcanza ribetes exquisitos. Que haya sido ese vínculo-bisagra 
    lo que los terminó llevando a ambos a la muerte con dos semanas de diferencia es lo de menos: 
    la muerte que se filtró entre las grietas no cambia para nada la luminosidad de semejante amor. 
    La geografía del cuerpo de la amada fue, hasta cierto momento, su redención. Y hay quienes 
    precisan de redenciones. 

    El Prisionero De La Parada Dos by Eduardo Darnauchans on Grooveshark

    Claro: la muerte se filtró entre las grietas porque la muerte siempre estuvo. Parece que a los
    amigos del Darno nos gusta, en el fondo, pensar que Patricia se lo llevó a la tumba. No sólo por
    lo obvio, por la desgarradora pena que sufrió al perderla (por algo el corazón se le detuvo, se negó
    a seguir solo), sino porque habían sucumbido a un circuito vicioso, porque aquello era un suicidio
    asistido, porque uno se desbarrancaba agarrándose del tobillo del otro para frenar su caída. 
    Ella, rota/él, casi descosido/, leyó Horacio Cavallo en el bellísimo homenaje hace unos años
    en el bar San Lorenzo. Quizás lo que le reprochamos inconscientemente es no haber sido su 
    cuerda salvadora. Pero la verdad de las cosas es que Patricia fue tierra firme al principio, 
    expeditiva, de celular en mano frente al mundo, gestionándolo todo para él; al menos así lo 
    recuerdo. Hay que honrar eso. Es decir, creo que las cosas fueron exactamente al revés 
    que como nos gustaría creer. Pero qué caso tiene ya. 
     
    
    
    deme su amor de olvidarle/ y la pasión de su adiós/
     
    
    
    El Darno le hablaba en segunda persona a la muerte, a su muerte. De adolescente, yo le 
    componía canciones a Dios en segunda persona también; en ellas le reprochaba no existir, 
    no dejarme llegar hasta él/ello. Pero el Darno le hablaba de usted; no de vos o de tú. Su máximo 
    respeto, sus homenajes y su extrema vigilancia no evitaron que se lo llevara apenas pasado 
    el medio siglo. Se resistía a ser cándido, a entregarse a la vida, desprevenido y luminoso, 
    pero nada de esto lo eximió de su mortalidad. Debería servirme de aprendizaje. 
     
    
    
    la miro por los espejos/la miro/ me mira/ me mira y calla/
     
    
    
    "Todos nos vamos a morir... ¿para qué apurarnos?", dijo uno de los coordinadores del taller de
    constelaciones familiares en el que había participado algunos días antes. Es cierto. Lo que pasa 
    es que vigilar a la muerte, propia y ajena, es a full time job. No un hobbie, no un asunto para 
    amateurs, no una eventualidad espontánea. Si uno se relaja, la muerte se regocija en esa 
    inocencia servida en bandeja, en el golpe inesperado y el consiguiente desparramo de tableros. 
     
    espere/ espere/ y espere siempre/
     
    A la salida del taller de constelaciones, una mujer realmente desequilibrada me interceptó aparte
    de la vista de todos; su mirada de loca se prendió a mis hinchados ojos desde dos ganchos 
    de parásito; iba escudriñando mis escondites mientras buscaba cómo succionar mi fuerza vital, 
    mi alma; me agarraba los brazos con sus manos y no me dejaba -no me hubiera dejado- zafarme. 
    "Te admiro porque saliste. Lo mío es más leve, claro, pero rezo, rezo para que se termine". 
    No iba a discutir su juicio, por cierto. "Se sale, se sale", le aseguré. Después abrí sus manos 
    amorosamente, sus garras, y me aparté. 
    
    
    qué es lo que me queda por perder/ dices hamacándote/
    
    
    Pobre Darno. Gracias, Darno. ¿A quién le importan las parcelitas del ego y el poder humano
    (más patético aún porque se trata solo de una pequeña aldea, como la villa de Astérix) 
    cuando se viene de estas honduras? ¿El top ranking, los reconocimientos, el ser malentendido, 
    las camarillas, la exclusión, la popularidad, la fama? ¿Qué le importaban todas estas cosas al 
    Dante cuando volvió a ver la luz? 
     
    sentado/ estás sentado/ desertor de la vida y el mundo/ 
    
    
    Felices los que te conocimos, inmortal por otras vías. Nada más. 
    
    
    
    
    Expo Baltar/Cunha: Darno y Lennon en "La Lupa Libros" (todo noviembre, 2011)
    Charla de Silvia Sabaj (21 de noviembre, 2011)
    Homenaje al Darno (tributo de músicos y amigos/ 15 de noviembre, 2011)
    Homenaje en "La Lupa Libros": música (18 de noviembre, 2011) 
     
     
    
    
  • Darno: un año más/ Electrocardiograma del duelo (13)

                                                                                                                       (7 de marzo, 2007-2011)

    Una fotito inédita para la ocasión. Es un videograma del material “de desecho” del videoclip  
    Sansueña, 1991 (tristemente, todo eso se perdió para siempre: era tan caro cada cassette 
    U-matic, que tuvimos que reciclar lo que no fue a parar al máster de poco más de un minuto). 
    En aquel entonces, imprimimos esta foto en no sé qué servicio de Sony que nos ofrecieron. 
    Salvo productoras archiprofesionales con equipamientos de US$ 50.000, nadie contaba 
    con todas las facilidades tecnológicas que hoy tiene cualquier PC; pudimos editar 
    (U-matic lineal, claro) gracias al apoyo de Fernando Da Rosa y Daniel Márquez de Imágenes
    y hasta la Coca Cola nos terminó poniendo unos dólares para los gastos a cambio 
    de un disimuladísimo cartel en la estación de tren Colón/Sansueña. Ironías. 

    Esta foto es muy Darno, me gusta mucho y la tengo enmarcada en mi altillo. 

    Es el primer año que no vivo esta fecha con el alma apretujada por la tristeza. Estoy segura 
    de que el Darno flota en el aire, invisible, como mágico polen. Y que tarde o temprano
    encontrará la forma de echar raíces nuevas en otros músicos. 

    La ausencia de Eduardo, eso sí, será para siempre. 

  • Love itself must rest / Electrocardiograma del duelo (13)

    Aunque en el título se mencione la palabra “duelo”, este es un post luminoso para mí.

    La otra noche estuve en el bar Girasoles, charla estupenda con una de las personas que pueden considerarse, con toda autoridad moral, testigos del último Darnauchans. Madre, también, de alguna forma (con los consoladores abrazos, con las necesarias puestas de límite). Él se pasó sobrevolando nuestra conversación, contento de esa inesperada reunión póstuma; nos hizo tomarnos un par de whiskys cada una a su salud (I can´t fly with just one wing, solía decir mi padre de más joven) y nos miró desde la barra un buen rato, si bien absorto en sus poemas. Me enteré de algunos detalles del final; del final de Patricia, que lo agarró de un tobillo y se lo arrastró a la tumba, seguramente sin proponérselo. De los últimos días de él. Me acuerdo del leit motiv de un poema que leyó Horacio Cavallo en el homenaje el año pasado, escrito una noche luego de verlos, de lejos, dando tumbos:

    ella, rota
    él, casi descosido

    ¿Y qué se puede hacer? Así fueron las cosas. Por algo fueron así. Misterios del Narrador.

    Siempre he sentido que en este mundo, las categorías con que se rotulan los vínculos afectivos son muy limitadas; eso crea confusiones, conflictos, huídas, pérdidas. Parece que entre hombres y mujeres el amor sólo puede existir, como en un nefasto examen de multiple choice, entre tres alternativas: pareja/pasión, familia, amistad. Pero las cosas no son así. El corazón está lleno de matices, de combinaciones, de sutilezas que a veces cuesta clasificar. Hace un tiempo me encontré unas cartas del Darno (bah: mails) de fines de milenio; cartas que me encantan, que me hacen sonreir cada vez que las pierdo y las vuelvo a recobrar, como si recuperaran al leerlas, por cierto olvido mío, su frescura y vigencia. Menos mal que se me ocurrió imprimirlas cuando las recibí (supongo que para leerlas mejor, ya que siempre he odiado bastante lo de la pantalla: me gusta el papel, entiendo mejor lo que está frente a mis ojos, lo asimilo distinto). Porque unos años después, Yahoo me borró toda la valiosísima correspondencia que tuve por aquellos años, los primeros de mi retorno a México. Como con algunos textos de Levrero, me siento una avara conservándolos sólo para mí, ahora que los autores ya no viven y mientras no afecte a terceros. Es como regalar un rato de resurrección ilusoria, como un pedacito inédito de libro o disco que el muerto dejara pendiente al desaparecer. Siento que aquí está Eduardo en pleno; seguramente con muchas copas encima, en la madrugada montevideana, dictándole a “Natasha”, esa misteriosa amiga que transcribía su actuación privada para mí. El show continuaba, siempre continuaba, con reverencias, confesiones, exageraciones, sutilezas y disfraces.

    Fue el mejor regalo que pude recibir en un conflictivo fin de milenio. Tengo un par más, todas vía “Natasha” de Tamborilearte, porque él no tenía mail. No son cosas esas para gente del siglo XII.

    Y me di cuenta de que soy algo así como una viuda platónica del Darno. Categoría extravagante, por cierto.

    El electrocardiograma marcha bien, en una fase positiva del duelo, de la aceptación sin olvido. Finalmente, aún tenemos -además de la música, de la voz de ángel- los pedacitos de memoria de mucha gente para intentar evitarle la muerte total.

    Cuando vuelvas a nacer ¿quién serás? 
    (dijo Shyra en su disco)




  • Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

    Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

    El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

    Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de “Cuando vuelvas a nacer… ¿qué serás? ¿Quién serás?” me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

    Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una “carrera” ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

    Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

    Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: “Siento esto, por tanto debo ser una chica mala”. Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

    No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
    ni el perfume de tu almohada

    Yo quiero sentir tu olor/
    pero no quiero tu amor

    El cuento de hadas no es para mí

    La princesa es de otro cuento

    Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

    Dame tu parte criminal/
    dame tu parte más amarga

    Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

    Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado “bis” mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

    ¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

    “Middle age rules”.

    Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

    Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

    Un “cuento de hadas” de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
    http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa

     

  • Electrocardiograma del duelo (11)

    Le comenté a mi amigo virtual Diego Rey (renombrado fan número uno del Darno, y que además tiene el amable buen gusto de mandarme postales y paquetes por correo tradicional) que el pasado 7 de marzo, en que se cumplían tres años de la muerte de Eduardo, estuve muy tranquila recordándolo, con el asunto ya plenamente aceptado. “Se ve que tres años es la fidelidad que uno le guarda a sus muertos queridos antes de resignarse a seguir sin ellos”, escribí en el mail. Él nunca me contestó.

    Y, sí: me di cuenta de que había llegado a otra meseta del proceso. Hasta pensé, con dolor, publicar este post número once sobre el tema únicamente con el temido “Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii” del electrocardiógrafo del duelo.

    Pero no pudo ser. Se sigue aplazando, por fortuna.

    En los últimos días, me he reencontrado con la música -las canciones, la poesía que se entrelaza con ellas, el misterio de la voz cantando- con tal virulencia que deseé volver a escuchar a Darnauchans. Hacía tiempo que no lo hacía, triste por la tristeza de no sentir más tristeza. Puse sus canciones. Entonces algo ocurrió.

    Ni bien apareció la voz dentro de los laberintos de mi celular y sus audífonos, me sentí envuelta por una especie de sensación de hogar, de pertenencia a la humanidad y el tiempo, de ángel recobrado. Era como la voz de mi Ánimus positivo, ese hombre que no está del todo en ningún hombre y que me recuerda quién soy, me guía. Su música iba y venía de mis mundos, mis secretos, lo guardado bajo llave que me hace latir. Y, como antes, se me cayeron las lágrimas con “Sonatina”, su despedida.

    Gracias a Dios, el duelo -mucho más benévolo, dulce y compasivo- sigue titilando en mi alma. Y quiero una camiseta también.

    Dicen que escapó este mozo
    del sueño de los sin jeta.
    Que a los poderosos reta
    y ataca a los más villanos
    sin más armas en la mano
    que al Darno en la camiseta. 

    (“Sonatina” es del último disco de Darnauchans, El ángel azul: no se enoje la disquera por incluirla aquí, es a modo de homenaje sin fines de lucro. Y así me mandó Diego Rey este versito, supuestamente del rock argentino. Feliz cumpleaños). 

    Sonatina by Eduardo Darnauchans
    Download now or listen on posterous

    10-13 Sonatina.mp3 (4581 KB)

  • Electrocardiograma del duelo (10)

    Fue falsa alarma. El electrocardiograma del duelo -o mejor dicho el duelo mismo, el mío- goza de buena salud todavía.

    El domingo mi papá cumplió 75 años y no pude estar con él. Hace 25 que no vivimos en el mismo país, que hemos rebotado repetidas veces sobre un extraño tablero de billar cuyas esquinas son Montevideo, Panamá y México en sus varias versiones: DF, Guanajuato, Querétaro. Quién sabe cuál será la cuarta esquina. En marzo, cuando vinieron, le di a mi madre un regalito para este momento; eran 3 CD. Mi padre no escucha mucha música; en realidad, le cuesta tomarse tiempos de ocio. Hasta sus intereses más personales terminan tiñéndose de trabajo, de energía generosa puesta a disposición de los otros, pero a estas alturas de la vida le resulta difícil aprender a hacerse tiempo para él mismo. Supongo que no quiere tomarlo, en el fondo, o quizás la programación de alguien que tiene responsabilidades sobre sus espaldas desde hace casi seis décadas es prácticamente imposible de desarticular. Cuando le insistía en que tenía que darse espacio para la lectura, empezó a leer la Biblia casi como un cabalista insomne; recién ahora se dio cuenta de que puede leer otras cosas, pero a estas alturas daría vuelta a cualquier Testigo de Jehová en una pulseada (cosa que no hace porque, con su manera de ser, le invitaría un café y terminarían siendo grandes amigos). Con la música igual: creo que le debe costar escuchar y no hacer nada. Sin embargo, en 1985 le regalé un cassette con una selección de Darnauchans (cuyos discos había descubierto ni bien llegué a Uruguay, a fines de 1982, música arrumbada en ejemplares únicos de pasta en Palacio de la Música que me fascinaron y fui comprando, intrigada); por ahí anda dando vueltas todavía, un cassette dedicado a mi padre que en aquel entonces tenía unos cincuenta años.

    Le fascinó. Se sentaba y lo escuchaba con toda atención.

    Cuando hace unos días lo llamé para felicitarlo, me dijo que le había encantado el regalo de los tres CD y que yo tenía razón, que debía tomarse un tiempo para su ocio. Y agregó que tanto Numa Moraes como Darnauchans eran “santos de su devoción”, una forma algo bíblica de demostrar su aprecio (el tercer CD era de Asaltantes con Patente, que le traería recuerdos pero era otra cosa). Yo le dije que ambos discos, el de Numa cantando a Benavidez como El ángel azul del Darno, eran clásicos desde el nacimiento, discos históricos, pináculos que compiten con toda dignidad con los mejores puntos de estos músicos en el pasado. “El ángel azul es el último suspiro del Darno, un maravilloso canto de cisne”, le dije.

    Sería por imaginarme a mi padre escuchando al Darno allá en Panamá, sentado idealmente en un sillón, con tiempo para sí mismo, pero hoy me puse a escuchar yo misma El ángel azul. No pasé de la primera canción sin llorar, probablemente por ese juego de espejos del tema generacional y los padres que sangran para darnos paso, o simplemente por reencontrarme con la voz de Eduardo en aquel último momento mágico en que también sangró, pero por última vez sobre la tierra, sobre El ángel azul. Como el ruiseñor sangró sobre la rosa para que el amante tuviera una flor que entregar a la muchacha (mejor no recordemos cómo termina el cuento).

    La canción que más me conmueve en ese disco es “Sonatina”. Me llega al alma imaginarlo cantándola, cantándose, reconociendo su juventud herida en tiempos de los tiranos (que es la de muchos en épocas de dictadura, porque somos parte de una generación hambrienta, desprovista). Pero lo que me cala más hondo es cuando dice que ningún general será recordado nunca, y uno sabe que Darnauchans sí, que a él lo recordaremos siempre. Es una forma de ganar la batalla final -siguiendo con la metáfora bélica- antes de que las cenizas se dispersen en el viento. Más de una vez he llorado cuando llega esta canción en mi MP3, recuerdo haberme parado en la esquina del Sabot deseando que ningún mozo me viera desde adentro. Es algo loco escuchar canciones y conmoverse mientras uno se desplaza por las calles: gajes de la tecnología actual. Prefiero parar, disfrutar el momento sublime, cuando todos los hilos se juntan y la telaraña de la vida misma se alza hermosa, brillante, frente a nuestros ojos.

    Me pregunto por qué hay tan pocas fotos del Sorocabana en internet. No entiendo dónde estaban los fotógrafos en aquel entonces, qué hacían, qué podía importarles más cuando mi café existía.

    (Foto de Panta Astiazarán)

    Bello número especial sobre el Darno este mes en 45RPM (que, a diferencia mía, no incluyeron el crédito de las fotos de Guzmán que utilizaron)

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    Now playing: Eduardo Darnauchans – Sonatina
    via FoxyTunes

  • Electrocardiograma del duelo (9)

    Hacía tiempo que no subía a mi altillo. Mucho caos, desorden que sin remedio me termina recordando mi poca solidez interna, la reestructura de una nueva identidad que he tenido que emprender, mi doloroso alejamiento de la escritura (al menos por ahora).

    Empiezo a clasificar papeles, bultos, cuadernos. No se puede ni pasar: el piso está cubierto de una fina gramilla de hojas, de una rocosa prominencia de cajas por llenar.

    Entonces me doy vuelta y la veo allí colgada. Azul marino, con circulitos mandalas, con persas fantasías verdes, rojas y azules en los extremos. La chalina de E.D.

    La había olvidado. Sigue ahí desde que me la regaló. Colgada al lado de mi escritorio, ya fuera en el DF, en Guanajuato, Querétaro o Montevideo de regreso.

    “Ay, Darno…”, digo para mí misma en voz alta mientras apenas me atrevo a tocarla.

    Me había olvidado. A los dos años y medio, el electrocardiograma de mi duelo aún sigue mostrando señales, pero me empiezo a dar cuenta que los ciclos cardíacos que registra son cada vez más distantes, más débiles.

  • Electrocardiograma del duelo (8)


    Sí, aún se mueve abruptamente la gráfica, picos y descensos, violentos tajos en la pantalla del alma, ritmos marcados -“pip, pip, pip, pip”- que hacen sufrir taquicardias cuando llegan los aniversarios, como este 7 de marzo y todos los días previos, tristes, muy tristes. Lejos estoy todavía del temido y ansiado “piiiiiiiiiiiii”… A veces pienso que, por algún extraño juego de espejos, lo he llorado más que a Levrero, que era mi maestro, mi mejor amigo, socio y compañero de ruta. Otras veces pienso que es porque Mario -y fue por cabezón nomás (uno, que no podía más con la vida, y el otro, que prefirió morirse: eso hace que uno tome partido)- se me desapareció hace cinco años y me he venido olvidando de todo lo llorado; Eduardo, en cambio, hace dos (¡sólo dos! ¡ya dos!). Lo increíble es que en realidad al Darno no lo veía hace mucho, muchísimo, pero siempre estaba la posibilidad de salvación, de redención, de resurrección, de estatua vuelta a la vida, de hechizo deshecho. Ahora no: esto es para siempre, por lo menos según las reglas del mundo conocido.

    Pasó tanto desde su homenaje un sábado hace dos semanas que tengo ganas de tirar todos los papeles en los que febrilmente garabateé durante horas mis impresiones y movidas interiores. Lo que ocurrió allí fue hermoso, muy hermoso, pero ahora siento que es historia contada, que ya la gasté internamente, que sería hacer una crónica periodística del asunto y me da una pereza infinita. Es terrible lo que viene sucediendo con mi escritura desde que el mundo real -ese de la tierra y sus demandas continuas- me tironea sin tregua alguna: no sólo no puedo procesar lo que me pasa (porque no tengo tiempo y espacio para escribirlo, descubrirlo), sino que va tan atrasado que pierde su razón de ser como texto. Hoy he decidido rescatar lo que pueda de ese borrador y publicar en el blog: quiero ver el blanco y negro, la unidad, la narración hecha, así sea algo tan menor como estos fragmentos. El viernes pasado, en esa mini jornada de cuatro horas que estoy tratando de tomarme para escribir –cuatro, de ciento sesenta y ocho que tiene la semana-, me deprimí terriblemente al abrir los archivos viejísimos de aquella novela inconclusa 2001-2002 y darme cuenta de que a dosis homeopáticas jamás podré volver a conectarme con ese universo; que si lo hago me arrastrará o, si no permito que eso suceda por “razones de la tierra”, sufriré mucho al no poder dejarme ir. Nadie escribe una novela con tal patética dedicación de un viernes de tarde; quizás, sí, relatos o posts en un blog (algo es algo), cartas, poemas, pero nunca una novela, al menos no las que me interesan a mí. Meterme por un momento en la inmensidad de casi 200 páginas escritas, una estructura laberíntica, los ambientes de otro país, los personajes, los juegos planteados, y saber que el tiempo corría y que nunca llegaría a la etapa de seguir escribiendo fue dolorosísimo: hubiera preferido postear en el blog, escribirle al Darno el homenaje en letras que le había quedado debiendo y al menos aplicar mis energías, mi corazón, mi mirada, en algo que tomara forma. En cambio, perdí esas horas -¡esas valiosísimas horas, las horas que me hacen creer que no desapareceré disuelta en las necesidades ajenas!- en buscar un hilo de Ariadna entre una multitud de minotauros. Esta tarde no, esta tarde no caeré en la trampa de una novela perversa que no se deja escribir porque no puedo entregarme a ella, que es un amante a quien le gusta seducir para después abandonarme con una sonrisa sobradora.

    Pero reviso aquello que me pasó cuando el homenaje, leo las páginas y páginas escritas en el café aquel lunes –pagué caro esa rebeldía de dedicarme a mi alma en vez de a trabajar, empecé la semana con un gran atraso, pero quién me quita lo bailado, o lo escrito, no tanto por lo que quedó del proceso sino por la acción misma de escribir, mi cielo, mi infierno y, en este momento de mi vida, mi limbo más imperturbable– y me doy cuenta de que ya no me reflejan. Son de otro momento. Informan. Nadie quiere que le informen de algo que ocurrió hace dos semanas. Eran sólo un marco para incluir las fotos de la obra -a conciencia o no de su “intervención urbana”- de misteriosos grafiteros o grafitantes que en Piedras y Maciel convirtieron una derruida placita en la “Placita El Darno”. Ese miserable espacio entre edificios, con paredes sin pintura, rejas y algún jueguito infantil –casi limosna para los niños pobres, o los pobres niños, según- ahora se llenó de significados: Espacio Darnauchans, Tristeza, Plaza Triste, Desolación. Flechas que apuntan a su entrada, acompañadas de Bajón de un lado y Espacio Gris del otro. El uso de comillas y cierta connotación de advertencia al desprevenido transeúnte –como si ingresando por esa placita/agujero negro se corriera el riesgo de darse de bruces contra la realidad paralela de los dolorosos mundos darnianos- me recuerdan aquel famoso grafiti “Darnauchans esteta decadente”, junto al que se fotografió mi amigo, divertido y hasta orgulloso, con un aire de haber sido comprendido al fin (aunque la intención haya sido criticar, ofender o demarcar una postura). Aquí sucedió algo así: nadie que realmente apreciara y amara la música del Darno –entiéndase “música”, en este caso, por “melodía”, “voz”, “poesía”, “ambientes creados”, “persona oficiante”, o digamos mejor el conjunto de todo aquello- podría pensar en ella como un bajón.

    La gente mata al mensajero, sacrifica a aquel que nombra a la muerte, la convidada de piedra, como si nuestro destino fuera la vida eterna e insulsa. Y cree que -salvo cuando ocurre una desgracia inesperada- existen unos pocos necios como el Darno que, por alguna razón contra natura, se empecinan en morirse. El mismo malentendido de siempre, hecho ahora provocadora placita.

    Yo diría que bajón es esa mediatinta, esa tibieza vital socialmente aceptada en la que todos caemos, tarde o temprano. O casi todos: hay quienes se destruyen a sí mismos, ícaros que caen en picada desde el cielo, dioses que se arrojan a las piras para crear el mundo, ruiseñores y rosas, alacranes que desvían la cola y se pican a sí mismos (como dijo Agamenón Castrillón), hay quienes prefieren estallar en el cielo como una estrella luminosa.

    Los amigos cuando se mueren se llevan partes de uno, sobre todo si nos conocen de jóvenes. Partes que para los demás, para los que nos conocen ahora, son invisibles, insospechables. Se llevan papeles, libros, cafés, bares, guantes impares, mechones champán, risas, confesiones platónicas, retazos deshilachados. Después del homenaje seguí con un nudito en el corazón hasta que ese lunes me tomé un rato para bajar desde 18 por la calle Yí hasta el segundo Sorocabana. Por unos segundos, vuelvo a ser aquella yo otra vez y siento su fuerza, su pasión; sé perfectamente bien que es mentira, que nada estará en su lugar cuando llegue, que no llevo un guante impar ni un mechón champán (gracias a Dios), que no escribiré y leeré toda la tarde, que no habitaré esa, mi otra casa, que no estará cada viejo, cada habitué con nombres inventados. Los mozos del bar pensarán que soy una middle ager loca, sentada cada tanto en el banco de afuera, mirando hacia el interior y llorando por lo que ya no está y no se ve más. Como el Darno, con quien charlé tantas veces allí, y en el Sorocabana anterior, y en mi casa, y en La Cumparsita, y en Fun Fún… Interminable curriculum de cafés y bares, en ambos casos.


    Ahora me tocó conversar con él en el bar San Lorenzo, Washington y Maciel. Lindo lugar, y más lindo aquella noche de bellísimo y cálido homenaje no oficial, unplugged, de latidos cazados en el aire por los organizadores luego de una lluvia que amenazó con suspender todo. Pero no: se mandaron un aterrizaje improvisado en dicho bar entrañable. Qué providencial inspiración climática, qué acierto.

    Fue el Darno mismo quien nos arrojó a todos al bar, que hizo poner pies en polvorosa al apoyo oficial, y nos quedamos sin micrófonos, sin escenario, sin la posibilidad de pasar los videos, pero entre casa. No era un espectáculo: era una memoria, un ritual. Pequeños picos siguieron alimentando mi tenaz electrocardiograma del duelo durante todo el encuentro (sobre todo con la intervención de Washington Benavidez, que me disparó un sístole/diástole de casi lágrimas), con los homenajeantes acodados en la barra, las mesas, sentados en el piso, y el alcohol –cortesía espiritual del homenajeado- no faltó a la misa.

    El triunfo de lograr un pastiche de faunas que normalmente no conviven en el mismo ecosistema –sólo Eduardo Darnauchans es capaz de lograr semejantes fusiones imposibles, como las de su música tan rock/ folk/ sefaradí/ pop/ medieval/ country/ telúrica/ tanguera-; todos nosotros, los amigos y admiradores, nos conozcamos o no, los que sabemos que haber sido rozados por ED fue un verdadero regalo de la vida, nos convertimos aquella noche en animales benditos bajo la misma negra, luminosa, inolvidable comunión.


    Darno que me hiciste mal, y sin embargo te quiero…


    Más fotos (cortesía de Guzmán Sánchez) en mi album de Facebook

    Poster de “Plaza Trovada”


  • Electrocardiograma del duelo (7)

    Ricardo Casas llegó el jueves hasta mi puerta a regalarme su documental sobre el Darno, “Donde había la pureza implacable del olvido”. Esa puerta se está volviendo testigo de eventos maravillosos. Hace mucho que quería ver ese trabajo, sobre todo porque las circunstancias hicieron que se realizara a lo largo de un buen número de años, con todos los cambios que eso trae en la gente (en el documentado y en el documentador, y ¿por qué no?, en nosotros los espectadores). Claro, una vez que el Darno murió, conseguirlo era como una necesidad. Estoy contenta.

    Hoy se me dio por probar el CD a ver si funcionaba. Sabía que no lo vería en este momento (me tengo que armar de valor, ya lo sé, probablemente un buen vino, uno o dos amigos), pero pensar en la frustración de que el disco no anduviera o qué sé yo el día en que finalmente junte el coraje me incomodaba. Me hizo bajar la guardia ver que el principio era como una larga toma de campo y naturaleza con los créditos. “OK, funciona”, me dije, “unos segundos más a ver si sale él”. Recuerdo que cuando niña me gustaba prender papeles hasta que tenía que soltarlos porque me quemaban las manos.

    Y entonces apareció un primer plano de Eduardo con esos ojos tristes de siempre, joven, como cuando lo conocí, cantando “As tears go by”, de los Rolling Stones. Y la música también triste (me trae recuerdos), y la voz pura, y la mirada, y el título de la canción… Me puse a llorar. Insoportable pérdida. Apagué.

    Todavía no. Se ve que no.

    Espero que no me pase como con las grabaciones que pedí de Levrero cuando murió. Me dijeron: “¿Qué querés que te mandemos de él?”. Yo pedí una tacita de café y alguna grabación con su voz: lo único que quería era no perder su voz. Por tres lados me enviaron las cosas: Chl la taza, CAF un registro que había hecho en charlas con Levrero (con vistas a un proyecto didáctico que teníamos, llamado informalmente “The Mario Levrero´s Guide for Dummies”, a sugerencia de mi hermano) y Pupi la grabación del homenaje en “Planetario”. Todo llegó a México, y otras cosas mías que encontraron en su casa.

    Pasaron casi 4 años de su muerte, el próximo 30 de agosto, y yo todavía no me he atrevido a poner esos discos que atesoro, esos donde la voz de Levrero sobrevive a los tiempos y a la descomposición de los cadáveres físicos. Justo la voz, tan particular, que resuena en mi cabeza tan a menudo, sobre todo su risotada. Y la voz del Darno, que la siento como mi casa, vaya uno a saber por qué. Mi casa de otros tiempos, en esta vida y quizás en otras.

    Las voces son sitios peligrosos de la memoria.