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Darno: Life is Hard/ Electrocardiograma del duelo (14)
Podría escribir sobre la noche de ayer, el tradicional tributo en Espacio Guambiade tantos músicos, amigos y seguidores/cultores/gustadores del Darno en su quinto
cumpleaños sin cumplir. Podría hablar de los encuentros bienvenidos y los desencuentros
suspendidos, todo gracias a su invisible presencia. Podría hablar de un hada negra
que lloró en mi hombro, literalmente, o de todas las veces que lloré yo misma; también
de las que sonreí, y de todo lo brindado a su salud, y de todo lo brindado, sin más,
de ida y vuelta; de ciertas hermosas intervenciones musicales, de algunos chispazosgraciosos (de humor y de gracia), de la perfecta narración de Ferradás sobre esos momentos
únicos y efímeros que, sin embargo, le dan sentido a la vida entera, para atrás y para adelante.
Pero mucha gente que estaba presente podría contarlo también, y seguro mejor que yo. Quizás
es que, en el fondo, no tengo ganas de contarlo para no gastarlo, para no perderlo. O será queya tenía esto escrito desde bastante antes, y no pretendía ser homenaje alguno. Solo un capítulo
más, uno de tantos, del electrocardiograma del duelo. Del mío.
El Darno que se aparece en una tarde de domingo sin mayor aviso. Nada más.
***The friend you used to be, so near and dear to me You slipped so far away, where did we go astrayI passed the old school yard, admitting life is hard Without you near me(canción de Bob Dylan)Hace como un mes prendí la radio para acompañarme mientras cocinaba; al arrastrar el dialpor las estaciones más habituales, escuché de refilón la conocida voz del Pepe Mujica en suprograma. Dudé un momento; iba a seguir rumbo a Babel, pero me dije: "A ver qué estádiciendo ahora. Démosle una oportunidad, qué sé yo...", y me quedé en la estación(como tantas veces, a menos que la murga me espante rumbo a otros destinos musicales).Al ratito, para mi sorpresa, empezó todo un espacio dedicado al Darno; jamás se anunciócomo tal, no se pronunció ningún discurso ni se dio explicación sobre el motivo; tampoco secumplía ningún aniversario de nada. Pero las canciones se sucedían, intercaladas con algunospoemas recitados en su estilo sublime, y la voz de un locutor que decía de tanto en tanto:
"Eduardo Darnauchans", como si se tratara de una marca.Escuchar música por la radio hace que prestemos una atención mucho más aguda,que pongamos el alma en un canal más receptivo que cuando se escucha un disco. Supongoque tiene que ver con la maravilla de lo azaroso, de lo que no tiene la posibilidad de serrepetido a voluntad: lo efímero, lo que no puede controlarse, lo que se encuentra inesperadamente,como si el destino lo pusiera alli enfrente a modo de mensaje. Por eso, cuando una canciónse trasmite desde la radio uno la redescubre, la recibe con una emoción más pura. Así me pasócon el; quedé una vez más embelesada con la belleza de su voz, incluso a pesar de ese siseode los últimos tiempos que siempre me recuerda a Sean Connery. Y cantó una de las másradiantes canciones de amor que deben existir -o eso me pareció en aquel momento de trancede FM-; una que habla del cuerpo y el rostro de la amada como territorio simbólico, mítico,existencial; incluso su nombre alcanza ribetes exquisitos. Que haya sido ese vínculo-bisagralo que los terminó llevando a ambos a la muerte con dos semanas de diferencia es lo de menos:la muerte que se filtró entre las grietas no cambia para nada la luminosidad de semejante amor.La geografía del cuerpo de la amada fue, hasta cierto momento, su redención. Y hay quienesprecisan de redenciones.Claro: la muerte se filtró entre las grietas porque la muerte siempre estuvo. Parece que a losamigos del Darno nos gusta, en el fondo, pensar que Patricia se lo llevó a la tumba. No sólo porlo obvio, por la desgarradora pena que sufrió al perderla (por algo el corazón se le detuvo, se negóa seguir solo), sino porque habían sucumbido a un circuito vicioso, porque aquello era un suicidioasistido, porque uno se desbarrancaba agarrándose del tobillo del otro para frenar su caída.Ella, rota/él, casi descosido/, leyó Horacio Cavallo en el bellísimo homenaje hace unos añosen el bar San Lorenzo. Quizás lo que le reprochamos inconscientemente es no haber sido sucuerda salvadora. Pero la verdad de las cosas es que Patricia fue tierra firme al principio,expeditiva, de celular en mano frente al mundo, gestionándolo todo para él; al menos así lorecuerdo. Hay que honrar eso. Es decir, creo que las cosas fueron exactamente al revésque como nos gustaría creer. Pero qué caso tiene ya.deme su amor de olvidarle/ y la pasión de su adiós/El Darno le hablaba en segunda persona a la muerte, a su muerte. De adolescente, yo lecomponía canciones a Dios en segunda persona también; en ellas le reprochaba no existir,no dejarme llegar hasta él/ello. Pero el Darno le hablaba de usted; no de vos o de tú. Su máximorespeto, sus homenajes y su extrema vigilancia no evitaron que se lo llevara apenas pasadoel medio siglo. Se resistía a ser cándido, a entregarse a la vida, desprevenido y luminoso,pero nada de esto lo eximió de su mortalidad. Debería servirme de aprendizaje.la miro por los espejos/la miro/ me mira/ me mira y calla/"Todos nos vamos a morir... ¿para qué apurarnos?", dijo uno de los coordinadores del taller deconstelaciones familiares en el que había participado algunos días antes. Es cierto. Lo que pasaes que vigilar a la muerte, propia y ajena, es a full time job. No un hobbie, no un asunto paraamateurs, no una eventualidad espontánea. Si uno se relaja, la muerte se regocija en esainocencia servida en bandeja, en el golpe inesperado y el consiguiente desparramo de tableros.espere/ espere/ y espere siempre/A la salida del taller de constelaciones, una mujer realmente desequilibrada me interceptó apartede la vista de todos; su mirada de loca se prendió a mis hinchados ojos desde dos ganchos
de parásito; iba escudriñando mis escondites mientras buscaba cómo succionar mi fuerza vital,mi alma; me agarraba los brazos con sus manos y no me dejaba -no me hubiera dejado- zafarme."Te admiro porque saliste. Lo mío es más leve, claro, pero rezo, rezo para que se termine".No iba a discutir su juicio, por cierto. "Se sale, se sale", le aseguré. Después abrí sus manos
amorosamente, sus garras, y me aparté.
qué es lo que me queda por perder/ dices hamacándote/Pobre Darno. Gracias, Darno. ¿A quién le importan las parcelitas del ego y el poder humano(más patético aún porque se trata solo de una pequeña aldea, como la villa de Astérix)cuando se viene de estas honduras? ¿El top ranking, los reconocimientos, el ser malentendido,las camarillas, la exclusión, la popularidad, la fama? ¿Qué le importaban todas estas cosas alDante cuando volvió a ver la luz?sentado/ estás sentado/ desertor de la vida y el mundo/Felices los que te conocimos, inmortal por otras vías. Nada más.Expo Baltar/Cunha: Darno y Lennon en "La Lupa Libros" (todo noviembre, 2011)
Charla de Silvia Sabaj (21 de noviembre, 2011)Homenaje al Darno (tributo de músicos y amigos/ 15 de noviembre, 2011)
Homenaje en "La Lupa Libros": música (18 de noviembre, 2011) -
Darno: un año más/ Electrocardiograma del duelo (13)
(7 de marzo, 2007-2011)Una fotito inédita para la ocasión. Es un videograma del material “de desecho” del videoclip
Sansueña, 1991 (tristemente, todo eso se perdió para siempre: era tan caro cada cassette
U-matic, que tuvimos que reciclar lo que no fue a parar al máster de poco más de un minuto).
En aquel entonces, imprimimos esta foto en no sé qué servicio de Sony que nos ofrecieron.
Salvo productoras archiprofesionales con equipamientos de US$ 50.000, nadie contaba
con todas las facilidades tecnológicas que hoy tiene cualquier PC; pudimos editar
(U-matic lineal, claro) gracias al apoyo de Fernando Da Rosa y Daniel Márquez de Imágenes,
y hasta la Coca Cola nos terminó poniendo unos dólares para los gastos a cambio
de un disimuladísimo cartel en la estación de tren Colón/Sansueña. Ironías.Esta foto es muy Darno, me gusta mucho y la tengo enmarcada en mi altillo.
Es el primer año que no vivo esta fecha con el alma apretujada por la tristeza. Estoy segura
de que el Darno flota en el aire, invisible, como mágico polen. Y que tarde o temprano
encontrará la forma de echar raíces nuevas en otros músicos.La ausencia de Eduardo, eso sí, será para siempre.
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Electrocardiograma del duelo (11)
Le comenté a mi amigo virtual Diego Rey (renombrado fan número uno del Darno, y que además tiene el amable buen gusto de mandarme postales y paquetes por correo tradicional) que el pasado 7 de marzo, en que se cumplían tres años de la muerte de Eduardo, estuve muy tranquila recordándolo, con el asunto ya plenamente aceptado. “Se ve que tres años es la fidelidad que uno le guarda a sus muertos queridos antes de resignarse a seguir sin ellos”, escribí en el mail. Él nunca me contestó.Y, sí: me di cuenta de que había llegado a otra meseta del proceso. Hasta pensé, con dolor, publicar este post número once sobre el tema únicamente con el temido “Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii” del electrocardiógrafo del duelo.
Pero no pudo ser. Se sigue aplazando, por fortuna.
En los últimos días, me he reencontrado con la música -las canciones, la poesía que se entrelaza con ellas, el misterio de la voz cantando- con tal virulencia que deseé volver a escuchar a Darnauchans. Hacía tiempo que no lo hacía, triste por la tristeza de no sentir más tristeza. Puse sus canciones. Entonces algo ocurrió.
Ni bien apareció la voz dentro de los laberintos de mi celular y sus audífonos, me sentí envuelta por una especie de sensación de hogar, de pertenencia a la humanidad y el tiempo, de ángel recobrado. Era como la voz de mi Ánimus positivo, ese hombre que no está del todo en ningún hombre y que me recuerda quién soy, me guía. Su música iba y venía de mis mundos, mis secretos, lo guardado bajo llave que me hace latir. Y, como antes, se me cayeron las lágrimas con “Sonatina”, su despedida.
Gracias a Dios, el duelo -mucho más benévolo, dulce y compasivo- sigue titilando en mi alma. Y quiero una camiseta también.
Dicen que escapó este mozo
del sueño de los sin jeta.
Que a los poderosos reta
y ataca a los más villanos
sin más armas en la manoque al Darno en la camiseta.(“Sonatina” es del último disco de Darnauchans, El ángel azul: no se enoje la disquera por incluirla aquí, es a modo de homenaje sin fines de lucro. Y así me mandó Diego Rey este versito, supuestamente del rock argentino. Feliz cumpleaños).
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Electrocardiograma del duelo (10)
Fue falsa alarma. El electrocardiograma del duelo -o mejor dicho el duelo mismo, el mío- goza de buena salud todavía.
El domingo mi papá cumplió 75 años y no pude estar con él. Hace 25 que no vivimos en el mismo país, que hemos rebotado repetidas veces sobre un extraño tablero de billar cuyas esquinas son Montevideo, Panamá y México en sus varias versiones: DF, Guanajuato, Querétaro. Quién sabe cuál será la cuarta esquina. En marzo, cuando vinieron, le di a mi madre un regalito para este momento; eran 3 CD. Mi padre no escucha mucha música; en realidad, le cuesta tomarse tiempos de ocio. Hasta sus intereses más personales terminan tiñéndose de trabajo, de energía generosa puesta a disposición de los otros, pero a estas alturas de la vida le resulta difícil aprender a hacerse tiempo para él mismo. Supongo que no quiere tomarlo, en el fondo, o quizás la programación de alguien que tiene responsabilidades sobre sus espaldas desde hace casi seis décadas es prácticamente imposible de desarticular. Cuando le insistía en que tenía que darse espacio para la lectura, empezó a leer la Biblia casi como un cabalista insomne; recién ahora se dio cuenta de que puede leer otras cosas, pero a estas alturas daría vuelta a cualquier Testigo de Jehová en una pulseada (cosa que no hace porque, con su manera de ser, le invitaría un café y terminarían siendo grandes amigos). Con la música igual: creo que le debe costar escuchar y no hacer nada. Sin embargo, en 1985 le regalé un cassette con una selección de Darnauchans (cuyos discos había descubierto ni bien llegué a Uruguay, a fines de 1982, música arrumbada en ejemplares únicos de pasta en Palacio de la Música que me fascinaron y fui comprando, intrigada); por ahí anda dando vueltas todavía, un cassette dedicado a mi padre que en aquel entonces tenía unos cincuenta años.
Le fascinó. Se sentaba y lo escuchaba con toda atención.
Cuando hace unos días lo llamé para felicitarlo, me dijo que le había encantado el regalo de los tres CD y que yo tenía razón, que debía tomarse un tiempo para su ocio. Y agregó que tanto Numa Moraes como Darnauchans eran “santos de su devoción”, una forma algo bíblica de demostrar su aprecio (el tercer CD era de Asaltantes con Patente, que le traería recuerdos pero era otra cosa). Yo le dije que ambos discos, el de Numa cantando a Benavidez como El ángel azul del Darno, eran clásicos desde el nacimiento, discos históricos, pináculos que compiten con toda dignidad con los mejores puntos de estos músicos en el pasado. “El ángel azul es el último suspiro del Darno, un maravilloso canto de cisne”, le dije.
Sería por imaginarme a mi padre escuchando al Darno allá en Panamá, sentado idealmente en un sillón, con tiempo para sí mismo, pero hoy me puse a escuchar yo misma El ángel azul. No pasé de la primera canción sin llorar, probablemente por ese juego de espejos del tema generacional y los padres que sangran para darnos paso, o simplemente por reencontrarme con la voz de Eduardo en aquel último momento mágico en que también sangró, pero por última vez sobre la tierra, sobre El ángel azul. Como el ruiseñor sangró sobre la rosa para que el amante tuviera una flor que entregar a la muchacha (mejor no recordemos cómo termina el cuento).
La canción que más me conmueve en ese disco es “Sonatina”. Me llega al alma imaginarlo cantándola, cantándose, reconociendo su juventud herida en tiempos de los tiranos (que es la de muchos en épocas de dictadura, porque somos parte de una generación hambrienta, desprovista). Pero lo que me cala más hondo es cuando dice que ningún general será recordado nunca, y uno sabe que Darnauchans sí, que a él lo recordaremos siempre. Es una forma de ganar la batalla final -siguiendo con la metáfora bélica- antes de que las cenizas se dispersen en el viento. Más de una vez he llorado cuando llega esta canción en mi MP3, recuerdo haberme parado en la esquina del Sabot deseando que ningún mozo me viera desde adentro. Es algo loco escuchar canciones y conmoverse mientras uno se desplaza por las calles: gajes de la tecnología actual. Prefiero parar, disfrutar el momento sublime, cuando todos los hilos se juntan y la telaraña de la vida misma se alza hermosa, brillante, frente a nuestros ojos.
Me pregunto por qué hay tan pocas fotos del Sorocabana en internet. No entiendo dónde estaban los fotógrafos en aquel entonces, qué hacían, qué podía importarles más cuando mi café existía.

(Foto de Panta Astiazarán)Bello número especial sobre el Darno este mes en 45RPM (que, a diferencia mía, no incluyeron el crédito de las fotos de Guzmán que utilizaron)
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Now playing: Eduardo Darnauchans – Sonatina
via FoxyTunes -
Electrocardiograma del duelo (9)
Hacía tiempo que no subía a mi altillo. Mucho caos, desorden que sin remedio me termina recordando mi poca solidez interna, la reestructura de una nueva identidad que he tenido que emprender, mi doloroso alejamiento de la escritura (al menos por ahora).
Empiezo a clasificar papeles, bultos, cuadernos. No se puede ni pasar: el piso está cubierto de una fina gramilla de hojas, de una rocosa prominencia de cajas por llenar.
Entonces me doy vuelta y la veo allí colgada. Azul marino, con circulitos mandalas, con persas fantasías verdes, rojas y azules en los extremos. La chalina de E.D.
La había olvidado. Sigue ahí desde que me la regaló. Colgada al lado de mi escritorio, ya fuera en el DF, en Guanajuato, Querétaro o Montevideo de regreso.
“Ay, Darno…”, digo para mí misma en voz alta mientras apenas me atrevo a tocarla.
Me había olvidado. A los dos años y medio, el electrocardiograma de mi duelo aún sigue mostrando señales, pero me empiezo a dar cuenta que los ciclos cardíacos que registra son cada vez más distantes, más débiles.
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Electrocardiograma del duelo (7)
Ricardo Casas llegó el jueves hasta mi puerta a regalarme su documental sobre el Darno, “Donde había la pureza implacable del olvido”. Esa puerta se está volviendo testigo de eventos maravillosos. Hace mucho que quería ver ese trabajo, sobre todo porque las circunstancias hicieron que se realizara a lo largo de un buen número de años, con todos los cambios que eso trae en la gente (en el documentado y en el documentador, y ¿por qué no?, en nosotros los espectadores). Claro, una vez que el Darno murió, conseguirlo era como una necesidad. Estoy contenta.
Hoy se me dio por probar el CD a ver si funcionaba. Sabía que no lo vería en este momento (me tengo que armar de valor, ya lo sé, probablemente un buen vino, uno o dos amigos), pero pensar en la frustración de que el disco no anduviera o qué sé yo el día en que finalmente junte el coraje me incomodaba. Me hizo bajar la guardia ver que el principio era como una larga toma de campo y naturaleza con los créditos. “OK, funciona”, me dije, “unos segundos más a ver si sale él”. Recuerdo que cuando niña me gustaba prender papeles hasta que tenía que soltarlos porque me quemaban las manos.
Y entonces apareció un primer plano de Eduardo con esos ojos tristes de siempre, joven, como cuando lo conocí, cantando “As tears go by”, de los Rolling Stones. Y la música también triste (me trae recuerdos), y la voz pura, y la mirada, y el título de la canción… Me puse a llorar. Insoportable pérdida. Apagué.
Todavía no. Se ve que no.
Espero que no me pase como con las grabaciones que pedí de Levrero cuando murió. Me dijeron: “¿Qué querés que te mandemos de él?”. Yo pedí una tacita de café y alguna grabación con su voz: lo único que quería era no perder su voz. Por tres lados me enviaron las cosas: Chl la taza, CAF un registro que había hecho en charlas con Levrero (con vistas a un proyecto didáctico que teníamos, llamado informalmente “The Mario Levrero´s Guide for Dummies”, a sugerencia de mi hermano) y Pupi la grabación del homenaje en “Planetario”. Todo llegó a México, y otras cosas mías que encontraron en su casa.
Pasaron casi 4 años de su muerte, el próximo 30 de agosto, y yo todavía no me he atrevido a poner esos discos que atesoro, esos donde la voz de Levrero sobrevive a los tiempos y a la descomposición de los cadáveres físicos. Justo la voz, tan particular, que resuena en mi cabeza tan a menudo, sobre todo su risotada. Y la voz del Darno, que la siento como mi casa, vaya uno a saber por qué. Mi casa de otros tiempos, en esta vida y quizás en otras.
Las voces son sitios peligrosos de la memoria.






