Etiqueta: envejecer

  • Atalanta Déjà Vu

    A mí siempre me gustaron los amores insomnes, famélicos, que no se notaran mucho más que la marca que deja un pocillo de café encima de un sobre. Los llevaba clavados en mí como un secreto mustio, los enterraba a punta de martillo, de ataúd. Eran amores de a uno. Si ellos se enteraban, el asunto solía arruinarse sin remedio, porque por lo general buscaban algún tipo de forzado encuentro o de ventaja, o incluso la mera sospecha de que así pudiera estar sucediendo mataba cualquier posibilidad interna mía de confiar,  de entregarme a la situación. Prefería el ardor de haberme lastimado sola con la flecha.

    Por suerte mi juventud -esa jungla espesa y salvaje, esa maraña de espinos rodeando un castillo de cualquier modo abandonado- queda ahora tan, tan lejos…

    *

    Para mi sorpresa, ya ni siquiera me importa haber resultado una diosa de pacotilla, una Artemisa domesticada.

    *

    El otro día leí un graffitti en las paredes del Estadio Centenario. Decía así:

    Ahora veo crecer las flores de abajo

    No sé cómo lo hacen, pero los graffittis siempre nos leen la mente.

    *

    Soy bastante susceptible a la arrebatadora vitalidad de la inteligencia ajena. Es más, hasta me atrevería a decir “la arrebatadora sensualidad de la inteligencia ajena”. Si no me resultara un prejuicioso contrasentido.

    *

    Fury of the Gods corrió en la delantera durante casi todo el Premio Ramírez. Al final cedió, desistió en su empeño de llevar todo hasta las últimas consecuencias: terminó ganando otro caballo y no me pagaron el improbable 25 a 1.

    Los dioses siempre hacen lo mismo con su furia.

    *

    Curioso: por un momento, pensé en Atalanta. Será otro déjà vu, para variar.

  • Plan Pagos Reencarnación Sin Recargos

    Nunca conoceré Alejandría, ni me tendrá cautiva un musulmán en su tienda de colores enclavada en el desierto. Ah, un macho de carreras, de pura sangre azul y cascos fuertes. Ah, sí, con riendas sujetándome. Qué alivio: la doma al fin. Me tendrán celos todas sus esposas. Pero me escaparé cuando menos se lo esperen, me iré bailando sola por las dunas, si acaso esto pasara. Y un gitano borracho, tan perdido como yo, se reirá de mis torpezas, de mis múltiples caídas de pies chuecos; entonces, para compensar, para distraerme y para homenajearme, sacará -como hacen los gitanos- esos violines que se destiñen de aguardiente, que exhalan de sí un tufo como a baraja rancia. Tan desafinados como intensos. Le agradeceré en silencio; me quedaré comiendo dátiles, si acaso esto pasara. No tendré sed y añoraré los libros. Los libros de Alejandría, que ya ni pueden tocarse.

    Y tendré tiempo para mí. Desearé ser más joven, poder saltar otra vez a las fresquísimas aguas de mis oasis imaginarios. Y allí nadar, reina para siempre- sin testigos- de mi belleza solitaria. Ah, tiempo para mí. Si acaso esto pasara.

    No, Alejandría quedará para después, según parece. Es lógico, es mucho más que sensato, a estas alturas. Pero entonces… ¿para cuándo quedará? ¿Sería demasiado pedir recorrer alguna vez sus callejones sucios, sus piedras malolientes de orín añejo y humedad? ¿Escuchar por un día a sus niños jugando, entre risas, burlándose de mí en un lenguaje raro? ¿Demasiado, para esta vida, su aroma a madera y cafetín, sus callejuelas de polvo, sus carnavales rengos, su música? ¿Seguirle la pista a los amantes de Cavafis, subir a la buhardilla de Clea, saber mirar a los ojos buscando el negro intenso de Justine? ¿Curarle a Hipatia las heridas? ¿Taparle el sol a alguien? ¿Sería eso acaso demasiado pedir?

    Nada me solucionan las agencias de viaje.
    Y bueno.


  • Profetas que profetizan sus propios dolores

    “Tenía razón, yo tenía razón…”, dice la pobre Casandra, ya vieja y desgreñada. Y toma solitaria una copa de vino, y otra, y otra, en la barra de un bar donde los mozos van levantando las sillas para cerrar la noche.
  • Santo varón

    Seguramente los publicistas -profesionales o empíricos nomás- lo tengan más que estudiado: rara sería tal insistencia de no ser así, porque pasan los años y la tanda de Radio Clarín siempre se ve bendecida con auténticas perlas de doctores que prometen curar “los trastornos sexuales del varón”. El esquema es una voz masculina que habla en una respetuosa segunda persona de “usted”, presentándose como el Dr. Fulano de Tal; a continuación, intenta propiciar un clima de confianza con el menguado candidato (en la tónica de “Lo escucharé atentamente” y “¡Hombre, si a todo el mundo le pasa!”). Y luego, como para rematar, detalla la enorme lista de los males que pueden estar aquejando al susodicho oyente, cosa que ya no le quede ninguna duda de la utilidad de la hipotética consulta: impotencia, eyaculación precoz, bajo deseo sexual, todo el catálogo… Como en los anuncios radiales no hay títulos sobreimpresos, el teléfono suele repetirse varias veces, tipo “Llame ya, lo estoy esperando”; la cosa debe funcionar así, supongo. Luego de haber escuchado casi en formato catálogo la lista de sus propios síntomas, más la nada velada promesa de una solución misteriosa, supuestamente el candidato debería correr desesperado hacia el teléfono.

    Me pregunto si la persistencia de esta curiosa tanda -por más que le doy vueltas, no puedo imaginarme la escena real de un cristiano en apuros llamando para atenderse con un doctor al que escuchó anunciándose en Radio Clarín, pero insisto: si no diera resultado, ya la hubieran dado de baja hace rato- tiene o no relación con el prototipo del macho tanguero, varón de arrabal, para quien (muy especialmente) las herramientas de la honra deben portarse siempre en alto. ¿Será un hecho que el público de Radio Clarín en particular es el segmento más productivo para este tipo de avisos? ¿Por el tango, quizás, y su melancolía amarga (que podría afectar la performance en espíritus sensibles)? ¿Por la edad? (ahora que me empecé a fijar, es cierto que también abundan los avisos de residenciales, prótesis dentales y audífonos) ¿Por la extracción social, acaso? Nebulosos borradores para sociólogos de café.

    Hace años que escucho y disfruto esta clase de publicidad allí; siempre me hizo gracia, sobre todo porque me sentía una intrusa involuntaria de las intimidades del apesadumbrado interlocutor, futuro paciente del Dr. Fulano de Tal. Pero ahora se ha puesto mucho más encantador el asunto, pues a un primer doctor se ha agregado un segundo doctor, en competencia por el mercado de los tangueros amedrentados. El doctor que me parece que es más nuevo en Clarín -abriendo su escaparate sexual entre anuncios de casas de cambio, marcas de yerba y control de plagas- es más canchero, entrador:

    “Escuchemé (sic): soy el Dr. Carlos Russo…
    … venga a verme, que sabré escucharlo!”

    Al rato se escucha la voz del otro doctor, delimitando su duramente ganado territorio, y dándole un tan inesperado como original nombre a su clínica:

    “Le habla el Dr. Moreira, 17 años de experiencia avalan…

    … consultorio sexológico ‘Hombres’…”

    Por lo general, entre uno y otro, como para matizar, se intercalan un sinnúmero de folklóricos anuncios que -no sé si me estoy sugestionando- parecen aludir a la misma temática:

    El carburador que el andar destruye
    Carbudis lo reconstruye

    ¡Qué no daría por escuchar la conversación telefónica de un interesado cualquiera con uno de estos doctores (o sus secretarias, si las hay)! ¿Cómo le explicará lo que le pasa? ¿O pedirá una cita sin más, simplemente mencionando que es oyente de Clarín y lo demás se supone, tal como si se tratara de una contraseña masónica? ¿Y si el doctor resultara no ser tal cosa, pero sí un médico brujo o chamán que le quiere hacer comer sospechosas hierbitas? ¿Podría negarse el paciente, teniendo el Cielo casi asegurado? ¿Cómo estar seguro de que, una vez con los datos clínicos en su poder, no lo chantajeará con la amenaza de revelarlos frente a los muchachos del café?

    Es todo muy, muy misterioso. Si yo fuera hombre, ya estaría agarrando el teléfono para sacarme tal curiosidad. Llamaría y empezaría así la conversación:

    “Doctor, tengo un amigo que… “

    SERVICIO SOCIAL DE EL LIBRO DE LOS PEDACITOS MÁGICOS EN SOLIDARIDAD CON NUESTROS LECTORES DEL SEXO MASCULINO

    Dr. Moreira: 2623 1412

    Dr. Russo: 2481 2992

    “Es ladino el corazón,
    pero la lengua no ayuda”

     CLARIN AM580, con mástil irradiante en 56º12’50” Longitud W., 34º47’50” Latitud S., trasmite las 24 horas al día, todo el año, en 580kc/s, desde la ciudad de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay.

  • Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

    Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

    El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

    Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de “Cuando vuelvas a nacer… ¿qué serás? ¿Quién serás?” me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

    Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una “carrera” ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

    Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

    Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: “Siento esto, por tanto debo ser una chica mala”. Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

    No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
    ni el perfume de tu almohada

    Yo quiero sentir tu olor/
    pero no quiero tu amor

    El cuento de hadas no es para mí

    La princesa es de otro cuento

    Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

    Dame tu parte criminal/
    dame tu parte más amarga

    Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

    Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado “bis” mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

    ¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

    “Middle age rules”.

    Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

    Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

    Un “cuento de hadas” de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
    http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa

     

  • Belleza propia y ajena

    La otra noche soñé que despertaba en mi cuarto, con G. al lado, y en la puerta estaba muy instalada y sonriente una mujer joven. Se iba a quedar a vivir en casa -residía en el exterior; aparentemente había venido a hacer una investigación sobre vinos uruguayos- por tiempo indeterminado, y para cuando me desperté ya me habían quitado mi lámpara de noche, el reloj de la mesa de luz ¡y también mi laptop, todo para que ella los usara! Yo me fastidiaba muchísimo y los recuperaba, pero al intentar enchufar nuevamente dichos aparatos provocaba un incendio -recuerdo claramente cómo iba apareciendo el fuego, incontenible, cómo se iba diseminando por un tronco- que no sé si se lograba realmente sofocar después.

    El asunto es que Lisa, esa inquietante joven -y descubro a mi consorte mirándola, embelesado, algo que me enoja pero no le reprocho, mientras él trata torpemente de explicarse-, va ganando más y más “terreno” en mi propia casa (que, a esas alturas, es enorme, con muchos cuartos y gente desconocida). Nadie me había preguntado si aceptaba recibirla y ahora no sabía cómo echarla. A medida que transcurre el sueño, se va volviendo despampanante, con un cabello hermoso y los labios pintados de rojo. Hablo del tema con un cuñado; le hago ver que hasta G. está fascinado con ella como mujer. Él se ríe y me dice: “Lo que pasa es que Lisa te hace bajar las defensas…”. Entonces, mis cuñadas y otras mujeres presentes contestan al unísono: “¡Pues a nosotras nos hace subirlas!”

    Al despertar (en esta realidad, digo), reconozco lo humorístico de mi inconsciente con ese desenlace, pero igual quedo descolocada y se lo cuento a G., quien debe ser el peor escucha de sueños que conozco. Creo que no se da mucha cuenta de la importancia del pedazo de alma que regala quien cuenta un sueño, lo que es una verdadera lástima porque tiene un don para dar con la tecla. Sólo me dijo, muy gestáltico él: “¿Y si esa Lisa fuera una parte de tí misma?”

    Así que aquí estoy, averiguando.

    Una vez, en mi deseado y temido pueblo de Tepoztlán, me encontraba sumergida en una charla de “cosas importantes” con mis amigas MT y MP. Estábamos a un paso de la treintena, por lo que los temas nos arrastraban a las profundidades de ciertas decisiones pesadas, de esas, quizás, para toda la vida: necesarias definiciones vocacionales, el discreto encanto de las potencialidades aún no plenamente realizadas, los Escila y Caribdis de formar pareja o tener hijos, los proyectos personales de vida más sus correspondientes sabotajes.

    Y envejecer, por supuesto. Las tres habíamos sido, en la juventud, realmente llamativas, bellas, requeridas por el sexo opuesto (y a veces por el propio), y si bien a los 29 seguramente conservábamos algo -difuso, desdibujado, apenas una huella, pero algo al fin- de aquel primer resplandor, sin duda ya no era lo mismo que a los 18, a los 20. Así que por la mengua paulatina de nuestras acciones en el Wall Street de las ferohormonas, ya podíamos anticipar que la belleza física no sería una condición inherente a nuestras identidades como seres humanos. Era existencia, no esencia; era accidente, no sustancia.

    -A nosotras nos quedarán unos diez años de estar guapas -dijo MT, o quizás MP. Lo pensé y estuve de acuerdo. De hecho, me resultó un buen negocio aceptarlo: en aquel entonces, de no haber tenido amores y pretendientes una década menores que yo, hubiera pensado que el martillo del remate ya había sido bajado. Pero no. Y diez años hacia el futuro era, todavía, un montón de tiempo.

    Esta escena ocurrió hace mucho más de quince.

    Siempre pensé que, justamente, por ese “poder” que me daba la belleza, ese llamar la atención sin tener que hacer nada, ese carácter amazónico y castigador con el que me permitía rechazar a los hombres sin la menor piedad (sobre todo a los que se sentían ganadores, galanes dueños del mundo y niños ricos acostumbrados al beneplácito ajeno), iba a sufrir como loca al envejecer, al pasar de la juventud a la edad madura. A medida que transcurrían los años, me obsesionaba saber cuál sería el momento exacto en que el Galleguito Camaño -mozo malhumorado, bruto y adorable del café- dejaría de decirme: “Joven….”, como cada día que tomaba mi pedido desde los 20 años, para pasar a decirme: “Señora…” ¿Seguiría siendo “Joven…” a los cincuenta, sesenta, setenta, simplemente porque el Galleguito Camaño también habría envejecido, o terminaría un día con la farsa al mirarme a la cara con más atención? Lástima que el Sorocabana cerró allá por mis 35: nunca lo supe.

    Contra todo pronóstico, envejecer me resultó una liberación, un alivio. Me permitió mostrarle al mundo sin miedo quién era yo en verdad; seducir a los demás (en otro sentido) desde la mirada existencial, no desde mis otrora bellos ojos. Ahora puedo mirar sin ser vista, como quizás hagan las almas desencarnadas después de la muerte: moverse por ese mismo universo en el que dejaron su cuerpo a la raudísima velocidad de la mente y las emociones; sin límites, sin impedimentos, con libertad absoluta. Dirigirme a un grupo de gente sin temor a la mirada de Medusa sobre mi cara y mi cuerpo; hasta me puedo dar el lujo de ser amable y simpática  con quienes se cruzan en mi camino, no arrogante como antes. Porque ningún hombre va a querer arrebatarme nada, porque ninguna mujer va a tener miedo de que le arrebate algo. Soy percibida y escuchada sin intereses ni prejuicios de nadie, y -lo mejor de todo- ya no tengo nada que demostrar. Poca gente imagina la carga que tienen sobre sí las mujeres atractivas y, además, inteligentes: se pasan la vida aliándose con el Padre; rechazando sus aspectos femeninos, como Atalanta, o descollando por su agudeza intelectual y brillantez casi agresiva, como una Atenea que jamás suelta ni espada ni yelmo. Tienen terror de que los otros nada más vean que son lindas, no que piensan.

    O quizás esas hayan sido mis cargas personales; quizás otras mujeres hermosas e inteligentes logren, además, asociarse de corazón con Afrodita y sus promesas. Yo no: yo era como una sirena que embrujaba a los hombres con su canto para hacerlos naufragar, y cuando alguno me importaba mi Artemisa se encargaba de amenazarlo con arco y flecha. O simplemente ponía los pies en polvorosa, aterrada de que me viera “sólo como una mujer”.

    Bueno: ahora me ven “sólo como una persona”. Y me encanta: paso entre los hombres apenas como una brisa, me conecto con las mujeres sin generar desconfianza. Por supuesto que me resultaría muy placentero ser tan linda como antes, pero no cambio lo que gané por nada de este mundo. Soy mucho más “yo” que entonces; soy esa que estaba adentro, asustada. Y mi mayor sorpresa es descubrirme ahora admirando la belleza de las mujeres jóvenes. Porque de los muchachos, tonto sería no hacerlo, pero cuando aparece una chica realmente hermosa la siento como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Me gusta mirar su belleza física; me siento espónsor, hada madrina, tía bruja. Yo, a diferencia de ella, sé que eso no durará, que es como un suspiro de Dios, pero me alegra que exista, que nos recree y fascine la vista.

    Y ya sé que decir que hay una belleza que no se ve con los ojos es un tremendo lugar común, pero ¿qué vamos a hacerle? Pobres escritores, siempre embretados en tocar lo imposible. Cuando Levrero decía que yo era “la mujer más bella del mundo” no hablaba de Helena de Troya: se refería a alguien cuya voz podía hablar por él, alguien cuyos misterios podían acercarle un reflejo de sí mismo. Veía más allá.

    En ese sentido, de cuando en cuando me topo con gente que todavía me ve bella; eso, lejos de movilizar aquel esclavizante lado mío de amazona, es como un raro y estimulante regalo. Una guiñada cómplice de Lisa, un lejano eco de su voz sensual.

    Lo dije en 1996 y lo repito ahora con mucha más autoridad: la juventud es insoportable (si bien bastante divertida, hay que admitir).

    “Tres bellas que bellas son” a los 29, aquel día de charlas trascendentes y cuentas regresivas. Tepoztlán, México (1993)
  • Mis respetos, Señor Presidente…

    Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador…
    Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 
    Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o “experiencia de la vida”), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 
    Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 
    Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 
    Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 
    Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

    Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: “Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas…”, escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

    Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

    Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de “Belle de Jour”. Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: “Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli”. Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, “Permiso para iniciar el desfile”, y a él contestar, serenamente: “Sí, señor”. 

    Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 
    Mujica habló del país “agro-inteligente”. Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

    VER PARA CREER:


    Jingle “Vamos Pepe”
    Jingle “A Don José” (intuyo que fue clave en la campaña)

    (cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)
  • Un poco de luz y liviandad…

    Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.

    ¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas… Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano…

  • A que ésta no la tiene nadie…


    … al menos eso creo, porque es foto de rollo y una vez que uno se desprende del original no es fácil -aunque no imposible- que haya otra copia circulando. Hubo un tiempo hace no tanto tiempo -diez años, digamos- en que uno sacaba fotos con cámaras analógicas y las mandaba a revelar; obtenía, así, una serie de impresiones en papel y unos misteriosos negativos que guardaba bien, convencido de que ahí estaba el verdadero tesoro, la matriz de cada una de las fotos. Pero en la práctica, las cosas no eran así realmente: si uno regalaba la foto original, confiado en que igual tenía el preciado negativo, la verdad es que se quedaba sin ella. Pues rara vez se tenía la disciplina de mandarla a hacer nuevamente y mucho menos de rotular dichos negativos, por lo que al cabo de un tiempo todo eso era territorio propio de investigadores universitarios detrás de pistas sobre los usos y costumbres de las épocas históricas (ya bastante gracioso es verme a mí misma contándolo, como si fuera un relato de abuelitas: lo dejo aquí, que conste, para Astor). Encontrar el negativo que andábamos buscando para reimpresión era todo un desafío; que no hubiera agarrado humedad, hongos u otros males, otro.

    Por eso, la foto que a uno le entregaban con el revelado solía ser la única, salvo gente muy organizada que se mandara a hacer varias copias para regalar a los amigos. Y aún así, casi rayando en la candidez documental, uno entregaba sus fotos, incluso aquellas fotos realmente irremplazables, es decir, las de niñez y bella  juventud (las fotos de otras edades también son irremplazables como testimonio corporal y facial de uno mismo, desde luego, pero -seamos francos-… ¿quién quiere tenerlas documentadas?). 
    Esta me la regaló el Darno cuando me fui a México. Viene dedicada con delirantes comentarios al dorso y su clásica letra manuscrita, pero eso es aparte: la foto en sí me gusta, además de que él valoraba que también apareciera su guitarra. Y un cuadro de Alinda Nuñez, nuestra amiga. 
    No tiene caso quedarme las cosas sólo para mi. Sería injusto. Lo mismo con toda la experiencia docente y de escritor que me trasmitió Levrero. Pero todo lleva tiempo, claro, hasta compartir lo que no queremos que desaparezca con uno. 
    Marco del asunto: anoche soñé que le hacían un homenaje a Darnauchans en Buenos Aires y yo viajaba especialmente para asistir, pero luego me distraía en mil cosas y nunca llegaba a las actividades. No obstante, llegaba a escuchar varios comentarios del tipo: “A este bar venía el famoso Darno…” y alzaba mis ojos al cielo, como diciendo: “¡Otra vez, esperaron a que estuviera muerto para reconocerlo!”. Claro, me refiero a Levrero, pero al Darno también le llegará. Hoy escuchaba Las quemas; es increíble esa voz tan maravillosa, tan envolvente y profunda (si bien todavía no había llegado a los vuelos interpretativos y de composición de los dos siguientes discos). Debo tener un sentido muy siglo XII del amor cortés, los caballeros y todo esa parafernalia medieval, pero escucho la voz y me doy cuenta de que encarna mi idea de lo masculino mismo. Un espíritu firme pero dulce, sensual pero místico, capaz de cambiar lo externo pero sustentado por lo interno, aunque no al modo consciente e incisivo de lo femenino. Y en la nueva versión del disco -supe tener los de pasta, pero los vendí cuando me fui a México: gravísimo error- hay varias canciones más incluidas, creo que de Raras & casuales
    Lo del homenaje debe tener que ver con que el 7 de marzo ya serán dos años de su muerte y varios allegados están urdiendo cómo conmemorarlo. Al parecer, hay un miserable pedacito de Ciudad Vieja, en Piedras y Maciel, que han dado en llamar por ahí “Placita el Darno”, con graffitis alusivos a la tristeza y la desolación. Quizás un breve encuentro allí en su memoria, sencillo, con algunas actuaciones. Creo que lo lindo es que no se trata de un espacio oficial, decretado en un papel y con una chapa adosada a la pared: alguien que sabe dice que a él le daba urticaria sólo de pensarlo: “Plaza Darnauchans”, “Sala Zitarrosa”, “Plaza Mateo” (¡y en el estado que está! Lo malo de los simbolismos es que simbolizan). Pero creo que esto es otra cosa. Y, en todo caso, aunque me pese por Eduardo el hombre, para mí hay cosas que ya no le pertenecen a su identidad individual: aunque tenga algo de arrebato, Darno, el trovador es nuestro. 
  • Ondulaciones

    Hoy, al volver de dejar a Astor en la escuelita, me di cuenta de que traje a Guanajuato conmigo cuando regresé al país. Montevideo se me ha vuelto en los últimos tiempos una ciudad empinada, llena de subidas que mis piernas resienten, un lugar en el que la fuerza de gravedad duele más en los músculos que en otras latitudes. Las escaleras interminables de Guanajuato están presentes ahora en cada cuadra; sus subidas pronunciadas, su aire montañoso.”¡Y yo que creía que Uruguay era un país plano, de suaves ondulaciones apenas perceptibles entre el verde del campo y los cardos, lomitas casi sin mapa en aquellas tardes mágicas de la estancia, en que uno era niño o cuando mucho joven, y agarraba un galope eléctrico cuesta abajo hacia el crepúsculo! ¡Y ahora resulta que he vivido en un engaño: las ondulaciones de Uruguay son deportes extremos, pueblos mexicanos a los que uno debe sobrevivir con el tesón de un burrito carguero, ciudades hechas de piedra, de tierra seca, de sierras que rugen de calor y de alturas, carreteras al borde del barranco, peñascos en los que falta el aire!”.

    Todo esto es imaginación mía, por supuesto: simplemente se trata de la edad, de los años cultivando el descuido físico (ya no vivo a 180 escalones del Centro, como en Guanajuato, y por lo tanto he perdido el ejercicio aeróbico cotidiano; ya tampoco camino hasta la madrugada de bar en bar ni bailo festejando la vida, como siglos atrás). Montevideo debe ser, supongo, una ciudad tan llana como la dejé hace años. Me daría risa quejarme realmente del esfuerzo que me insumen las cuadras “cuesta arriba” si estuviera una sola tarde otra vez en Guanajuato.

    Pues sí: indudablemente he perdido la épica, quizás hasta la capacidad de despegarme del suelo. Ahora peso, porque el mundo y sus demandas me traen de nuevo a la tierra todo el tiempo.

    “Porque un vez que hayas probado el vuelo, caminaras sobre la tierra 
    con la mirada levantada hacia el cielo: porque ya has estado allí y quieres volver”.

    Y caigo en picada nuevamente, como todos los días, vencida ante los caprichos de la gravedad del alma, de la montaña invisible. Cómo me duele que Astor esté llorando últimamente en la puerta de la escuelita, abandonarlo a quién sabe qué miedos, y tener que decirme, por su bien y el mío: “Es normal”. Ser padre es una tarea titánica, propia de Prometeos prontos a ofrendar su hígado a las águilas por regalar el fuego, de decenas de Hércules asumiendo sin tregua los doce trabajos infernales, de una legión de Atlas cargando el mundo, de una horda de Uranos castrados, de Cronos tragando piedras, de Letos pariendo dioses. No son tareas para el corazón de los silvestres mortales: mi vida pende de cada una de sus respiraciones, de sus sonrisas de niño, de su inocencia. Escalo como puedo las montañas de nuestro tiempo juntos, limitado, finito, aunque aún no sepamos la fecha en que nos alcanzará nuestra condena. Es que no son ondulaciones, son grandes abismos que amenazan, pero también son cimas, olimpos, cielos.


    FOTO: Renato Iturriaga
    CITA: Leonardo da Vinci