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  • Estatuas nocturnas

    1. Siempre era de noche. Por la ventanilla del auto, miraba aquellos edificios de vidrios oscuros y letreros luminosos en hilera. Para mí, pertenecían a una ciudad abandonada; sin embargo, tantos neones multicolores, el insistente efecto prende-apaga de los años setenta, palabras como “casino”, “hotel”, “bar”, todo apuntaba a dar a entender que allí había diversión, que allí había vida. Pero no: esa ciudad moría temprano. Creo que era pura utilería, que en esos edificios y casinos y hoteles y bares no había nadie.

    El auto recorría la rambla de ida y vuelta sin que supiéramos muy bien para qué. Al final, solo nos encontrábamos con la estatua fantasmal de Balboa mirando hacia el Océano Pacífico. Ni en eso había afinidades posibles.

    Rato después, volvíamos a casa. La salida tenía el efecto de hacernos sentir más solos que nunca.

    2. Otras noches, mis padres nos hacían poner el pijama y marchábamos al autocine. Eso era mejor; además, no se notaba mucho si no había demasiado tema de conversación. Me gustaban esos parlantes enormes de metal que se ponían en la ventanilla del auto; me gustaba el olor de la mantequilla caliente sobre el pop corn; me gustaba la magnífica pantalla gigante en un mundo de diminutos televisores blanco y negro. Con mi hermano llevábamos almohadas, pero yo jamás dormía. Ni en el autocine ni después: la cabeza rodando de un esclavo decapitado en Queimada, las heridas de un matrimonio de espías después de la tortura, la pobre mujer acosada por un asesino en Terror ciego… Vi, en la modalidad autocine, muchas películas que no debí haber visto a mis ocho, nueve años. Pero quizás el amor por el cine haya empezado allí.

    Al igual que los insomnios, claro. La desesperación de Taylor al encontrar la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Que ya no sea posible regresar al lugar del que se partió porque ese lugar no es un lugar geográfico solamente. Su impotencia y sus maldiciones finales me erizaron. En algún lugar sin palabras, lo comprendía todo.

    “Oh my God. I’m back. I’m home. All the time, it was… We finally really did it … You Maniacs! You blew it up! Ah, damn you! God damn you all to hell!” (escena final de “El planeta de los simios”, 1968)


  • No te olvides del pago

    El silencio del campo no tiene nada de silencioso. Quizás, sí, haya cierto silencio humano: uno puede estar un poco más solo, apartarse, salir de las palabras. Tampoco hay —por fortuna— mayor ruido de motores y máquinas (salvo lo que dure una tarea determinada) ni mucho menos publicidad, el desesperante sonsonete de ese no contabilizado círculo del infierno. Pero el silencio de todos esos sonidos citadinos, su anulación, no implica un silencio verdadero, un silencio de claustro, de espacio sideral, de sordo confinado al aislamiento dentro de sí. Hoy, por ejemplo, me senté en una hamaca medio escondida en un rinconcito natural protegido por árboles y detecté nada menos que quince sonidos diferentes en un corto rato. Para ser silencio, se parece demasiado a un despliegue sinfónico.

    Me gusta ese silencio a voces, me gusta dejarlo entrar. Quedarme callada. Envuelta por el silbido del viento en sus distintos tonos, los mil códigos percutidos de los pájaros, algún grito abriéndose paso entre el galope o el tropel de vacas cuando son arreadas, el portón metálico de los galpones que reverberan, los goznes oxidados de la puerta de entrada, las persianas de madera que crujen al moverse. Esa clase de estar callada debe ser lo más parecido a la paz que conozco, y me viene de muy lejos —de la infancia— aunque me olvide a cada rato. Por la noche, en las ciudades cualquier ruido me sobresalta; necesito poner música, la tele o un ventilador para neutralizarlos; los autos y las motos me enloquecen, los altoparlantes, las fiestas de los vecinos, pero también la mera posibilidad de que el teléfono llegue a sonar mientras estoy dormida o que alguien me toque el timbre: eso ya es suficiente para tensionar mi sueño. Antes de que naciera Astor, solía dormir con tapones de oídos; los sigo llevando cada vez que paso la noche fuera de mi casa, incluso en lugares supuestamente silenciosos como un balneario fuera de temporada. Si hay otra persona durmiendo en el mismo cuarto, el sonido de su respiración y de sus movimientos en la cama serán suficientes para mantenerme en guardia, para no poderme entregar. Ni hablar de los lugares hacinados, sin espacio propio, como los autobuses durante recorridos largos o los aviones. Mis fieles Foam Ear Plugs naranja flúo ponen una prudente distancia de treinta decibeles con el resto del mundo.

    En la estancia se escuchan notorios sonidos durante la noche, es verdad; sin embargo, por lo general no solo no me quitan el sueño sino que hasta me arrullan, me hacen dormir profundo y cobijada. Me gusta despertarme en la madrugada y escuchar un rato el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles, algún ave nocturna que embruja desde el monte, el molino chirriando con su condena de grilletes como si se quejara, quizás un desgarrado mugido de espectro en pena o el relincho que protesta por la libertad perdida: nada me hace sentir más segura. Este fue el lugar donde se concentró cada verano la poca felicidad que tuve en mi niñez. Es decir, fue el lugar de mi felicidad a manos llenas. A pesar de los ataques de asma, de que muy rara vez vinieran mis padres —recuerdo solo un viaje, o mejor dicho vi dos o tres fotos en que aparecemos—, de que no había luz eléctrica y el agua se sacaba del aljibe; a pesar de las lastimaduras, de las piernas desnudas contra los cardos, de quedar ampollada por las argollas del estribo, de tener que tocar las hojas espinosas de los zapallos que ayudábamos a recoger; a pesar de aquellas siestas que debíamos fingir en absoluto silencio cuando en verdad queríamos seguir corriendo al aire libre, cabalgando, mirándolo todo; a pesar de los peligros, como tener que atravesar el corral del padrillo, o los cascos de los caballos si se estaba obligado a pasar por detrás, o caerse al galope —peor si los pies quedaban trabados en los estribos— o el riesgo mismo de que se desbocara el caballo, o agarrar tétanos por una lastimadura, o ahogarse en el turbio baño de las ovejas, o ser mordido en el chiquero, o raptado por el insondable aljibe en el que dejábamos caer nuestros mensajes y cantos para disfrutar el misterioso retorno; a pesar, también, de los galguitos que nos regalaban pero luego había que sacrificar, los patitos que morían de frío, las gallinas que corrían sin cabeza durante unos segundos luego de ser decapitadas —y que más tarde veíamos convenientemente desplumadas para la cena—, los lagartos que los peones sacaban por la cola desde las profundidades de las cañerías y usaban para asustarnos. Sí, este era sin duda el lugar de la felicidad a manos llenas: nada me entusiasmaba más que estar aquí. Me hubiera venido a vivir a esta estancia, lejos de todo lo demás, como una oveja guacha adoptada por un ama de casa solitaria; aquí solo importaba lo que tenía que importar, aquí yo estaba en paz y me sentía valiosa. El campo infinito, verdísimo hasta el horizonte, “suave pradera ondulada”; los anaranjados atardeceres rabiosos en que le soltábamos las riendas a los caballos porque ellos conocían mejor que nosotros el camino de vuelta para las casas y nos habíamos alejado demasiado; el trabajo rural que mi tío Raúl nos había convencido que hacíamos para él —en realidad era al revés: el que trabajaba duro para nosotros era aquel tío de paciencia infinita, ensillando montones de caballos y cargando con tantos niños mientras llevaba y traía ganado rumbo a remotos potreros, lo marcaba en la yerra, curaba ovejas, castraba vacas metiéndoles el brazo hasta el codo para cortar, nos subía al tractor o nos hacía juntar sorgo en costales o cosechar sandías, todas sus tareas cotidianas con el lastre de esos sobrinos al costado—, como si nos precisara en verdad para ayudarlo, algo que seguramente nos subía la autoestima. Pero entre tanto, nuestra relación con la naturaleza, sus tiranías, su hermosura extraña, se iba consolidando imperceptiblemente; el equilibrio entre la contemplación y la acción, sin que se sintieran como bandos contrapuestos, alternativas excluyentes; el inclinarse ante los ciclos, ante las cosas tal cual son, nos guste o no (supuestamente, esta es una característica de la biología femenina que incluso las mujeres hemos desestimado, sumidas la mayoría en la neurosis contemporánea de no poder aceptar lo que es y lo que se es): el viento cuando hay viento, el sol cuando lo hay, el bendito capricho de la lluvia cuando es copiosa, el exacto tiempo de arar, sembrar, cosechar, y no cuando se quiere, planea o decide. Sin ni siquiera plantearse intentar —por lo infructuoso a sabiendas— que se desvíe, a fuerza de timón, aquello que es más grande que uno, más fuerte y lleno de destellos numinosos. En realidad, solo en las ciudades se puede insistir en ser necio, solo allí trazar caminos en sitios imposibles, vivir de noche, dormir de día, perderse totalmente de vista.

    A mí siempre me pareció que el vínculo con Artemisa, mi diosa dominante en la juventud, era meramente psicológico: no podía encontrar —para nada, porque aborrezco hasta la playa— ninguna relación personal con la naturaleza, los animales, la actividad física. Ese aspecto no me cerraba; sin embargo, en todo lo demás era tan evidente el carbon copy que lo tomaba como una variante urbana e intelectual del arquetipo (quizás influenciada por la presencia fuerte de otras diosas “independientes”, como Atenea). Pero ahora me doy cuenta de que la verdadera Artemisa siempre estuvo, solo que vivió exclusivamente durante mi infancia; luego quedó limitada al vínculo con los hombres y a la insistencia en la soledad, en la autosuficiencia. Amaba esos caballos, amaba galopar, conocer las mañas y temperamentos de cada uno, sus miedos, sus costumbres; amaba estar en San Martín del Yí, lejos de todo. Que no me importara ensuciarme los championes de barro y de bosta, rasparme, pincharme. Me gustaba observar y tratar de entender el comportamiento de las vacas, de los toros; respetaba a los potros con sus crines sin recortar, sus músculos fuertes pintados con reflejos grises, rosados, violetas; decretaba, además —durante el tiempo que me quedaba aquí— una tregua con los galgos y otros perros: nos ignorábamos, pero tampoco les tenía miedo, como en la ciudad. Con morbo y excitación imaginaba lo grave que sería encontrarme cara a cara con cierto jabalí que anduvo rondando una temporada; siempre estaba atenta por las serpientes cuando no llevaba botas, renegaba de las comadrejas aun sin haberlas visto nunca. Y no sentía piedad alguna por las mulitas cuando eran perseguidas en cacería y se trataban de esconder entre las piedras (quizás porque jamás las vi arrodillarse, como dicen). Artemisa era protectora y cazadora, estaba a gusto en el entorno natural, podía entenderse con los animales, disfrutar de la libertad de atravesar los campos mojándose con el sudor de su caballo favorito —la Colorada, el Ipiranga, según la época—, y luego desensillarlo, mojarle su noble lomo para aliviarle el calor. El mundo tenía reglas, aventuras, peligros. En verano el sol aquí era rajante, porque todo se trataba del lado luminoso de la vida; algunas veces llovía y también estaba bien ese respiro: nos quedábamos adentro, jugábamos a las cartas o leíamos. Y luego la noche, el bálsamo de la oscuridad absoluta —sin carteles de neón, sin luces de calle—, con sus brumas sobrenaturales llenas de misterio y de faroles a mantilla; de frascos con luciérnagas, de caminantes que albergar o rueda en la cocina de los peones. A veces guitarreadas en el mataburros para no despertar a nadie: Unos muchos y otros nada/ y eso no es casualidad/ Si el maíz crece desparejo/ alguna razón habrá (aprendí hace mucho en la estancia, tiempo antes de la Dictadura). Dormíamos cansados. Mi tía Cristina, otra heroína que aceptaba gustosa ocuparse de tantos sobrinos, seguramente caía rendida también luego de picar como quince platos de milanesas y de bañarnos cada noche. Un único cuarto de baño, frío y a farol. Nosotros no nos enterábamos de esas cosas por las que nunca pagamos en ningún sentido: eran sacrificios que dábamos por sentados. Pero resplandecíamos.

    Una vez me tocó ver domar los potros. Ahora mis primos trabajan con doma racional, como se llama, pero antes era una lucha salvaje que imponía un profundo respeto. Tanto por el caballo como por el jinete, igual que la lidia de toros. Recuerdo ser una niña bastante chica y observar admirada —hasta con cierta vergüenza por la desconcertante atracción que sentía— a uno de los peones que domaba ferozmente a un potro grisáceo; parecía que el caballo no estaba dispuesto a entregarse así, tan fácil, que estaba luchando por su integridad. El muchacho era muy joven; no me acuerdo de su nombre, pero lo tratábamos bastante en esa época. Andaba sin camisa a pleno sol, la piel tostada, la espalda musculosa de quien le exige al cuerpo cada día. Sé que estuve alguna vez charlando sola con él en el monte de atrás de la cocina y que algo en mi interior me dijo que escapara de allí, sin más. Se sabía que no se podía ir cerca del cuarto de los peones —las razones eran un misterio: quizás se tratara nada más que de no perturbarles la siesta, pero lo cierto es que la zona tenía un interdicto—; del monte, en cambio, nadie había hablado jamás. Mi turbada contemplación del centauro buscando dominar su lado animal, civilizándolo a golpes de rebenque y espuelas clavadas, solo contribuyó a advertirme que aquel misterio probablemente correría en la misma dirección.

    Hasta en eso era ya toda una pequeña Artemisa. Es curioso que nunca me haya dado cuenta.

    Ahora sería incapaz de andar a caballo —me refiero a andar de verdad, salir lejos al campo por mis propios medios, abrir y cerrar las porteras, estar segura de que puedo dominarlo y que no se va a mofar de mí—; había olvidado, incluso, que siempre se sube por el lado izquierdo. Pero aún me gusta acariciarlos, mirarlos a los ojos, con esa humana bondad que guardan. Antes, desde el momento que veía el primer caballo en la ruta el corazón me empezaba a latir como loco: significaba que nos íbamos aproximando a la estancia más y más. La noche anterior a que el camión de mi tío pasara a buscarme por Rivera y Jackson simplemente no podía dormir; miraba en la oscuridad mi ropa doblada, mi enterito azul oscuro, mi buzo rojo, y eso solo podía significar que cada minuto que pasara me acercaría más a la felicidad. Las enormes piedras grises en los costados del río Yí, los termos con Vascolet, el mate de los grandes; al mediodía, don Isidro y su matamoscas, rezongando; los coquitos de butiá desparramados por el suelo.

    Sería francamente imposible el Artemisa reloaded (algo que, por otro lado, hasta me alivia). Pero, al reconocerla en mí de niña, al menos deja de ser un alma en pena, como parecen serlo las vacas que mugen en los montes.

    Anoche, todos los perros ladraban enloquecidos a la medianoche. Daba miedo. Luego se escuchó un grito agudo, el gemido de algún animal herido que se alejaba derrotado entre las sombras. A mi lado, Astor dormía profundamente, a pesar de las guerras de la naturaleza al pie de nuestra ventana. Y yo también fui cayendo en el sueño, poco a poco. Sin siquiera darme cuenta.

  • Menú ejecutivo 2012

    Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

    ¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

    Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la “gourmet”, la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

    Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (… con un hombre maravilloso en cada orilla…), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

    Dos aclaraciones al menú/post del blog:
    1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
    2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!

    Tomatitos cherry
    Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
    Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
    (palitos de apio, grisines o totopos)
    Quesadillas con rajas de chile poblano
    Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
    Queso parmesano en cubitos
    Manzana con cáscara cortada en rodajas
    Dátiles
    Ciruelas pasa
    Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
    Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
    Brócoli hervido
    Empanadas de carne con pasas y comino
    Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
    Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde

    Y de postre: 
    Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
    Las uvas de los doce deseos a las doce
    Y un feliz año nuevo.  

  • Gestar

    Escuchando cómo el viento mueve las hojas de árboles imaginarios. Oliendo el perfume del jazmín de la noche durante los veranos en la estancia de mis tíos cuando niña. Caminando sobre papel de arroz. Añorando el fuego, su crepitar. Sintonizando una estación de radio que aún no existe. Confiando en la solidez de cada uno de los vidrios de mi claraboya. Sintiendo la caricia lejana del ventilador en días demasiado calurosos. Conteniendo la respiración para no hacer ruido. Esperando. No moviendo. Siendo. Nada más.

    Así estoy ahora. Por eso, ni intento escribir en el blog. Son demasiados procesos invisibles a la vez. Habrá que esperar a emerger más cerca de la otra orilla. Seguro que tiritando de frío, con el corazón desbocado por el esfuerzo, feliz al sentir el sol sobre la piel una vez más.

  • Yo quiero envejecer como Vera

    Hace como una semana celebré mi cumpleaños yendo a un espectáculo en el Museo del Vino que hacía mucho quería ver, alentada por la conjunción de dos Carlos que me importan: Da Silveira, para mí Toto (guitarrista de primera y director musical del asunto), y Gardel, en quien se basa el recorrido tanguero de la propuesta. Según lo que comentó esa noche Luciano Álvarez, el presentador, hoy 7 de noviembre se cumplen 77 años de que El Mago pisara Uruguay por última vez: nunca más regresó, nunca más cantó Volver desde el barco. Como dicen Los Tigres del Norte en Al sur del Bravo, «tú sabes dónde naciste, no dónde quedas».

    Me gustaba esa idea de festejar mi cumpleaños en un entorno de botellas de vino a la vista, coronado todo por un show que se llama Desde el alma. ¿Qué mejor que celebrar desde ese lugar invisible que para mí es tan importante? Más la coyuntura de los tres cuartos de siglo de la muerte del emblemático Carlitos, eje de tanta mitología conjunta que construimos Levrero y yo mientras vivió: Desde el alma de Gardel. O sea, El alma de Gardel. Gente muy apreciada en torno a la mesa y alguna botella reserva que invitó mi tío de México (el tercer Carlos del museo), inmejorable Tannat Viejo de Stagnari. Así que ahí estaba, dispuesta a escuchar, a dejar entrar en la dichosa alma aquella música y aquellas letras. Con buena compañía, sobre todo desde la silla de la izquierda. Es cierto que me hizo falta el Gardel reo, la voz de Discépolo, el lado tragicómico del tango, digamos, pero no deja de ser una linda propuesta. Los músicos que interpretan tienen mucho ángel: dieron todo el tiempo la impresión de que era la primera vez que cantaban aquello, la primera vez que se juntaban a tocar y crear magia, y sin embargo sé que llevan a cuestas como sesenta funciones. Eso me dio qué pensar: ¿cómo hacen, con qué energías del presente, del estar absortos se conectan para disfrutar con inocencia, en formas renovadas, lo tantas veces repetido?

    Ese era el contexto: cumplir años, cuarenta y siete. Resulta que soy una mujer en plena mediana edad y, aunque la “franja etarea” me haya pegado maravillosamente a medida que fui acercándome a los cuarenta, supongo que desde mis bambalinas subterráneas no dejarán de moverse y cuestionar -con cierto grado de provocación- quién sabe qué cosas acerca del envejecer, el ser mujer, la juventud lejana, la belleza perdida, etc. Tuve suerte de que justo esa noche me tocara recibir un regalo simbólico que quiero consignar aquí para no olvidarme. La cantante líder de Desde el alma, Vera Sienra (a quien había visto solo una vez con Larbanois Carrero hace mucho, mucho tiempo, probablemente en el año 1983, durante uno de aquellos recitales masivos de canto popular en el Franzini, de esos en que todo el mundo cantaba textos casi en clave para eludir los ojos de Medusa de la Dictadura) me resultó ahora  una persona fascinante en el escenario. No es el tipo de voz que me gusta especialmente -yo tiendo a enviciarme con voces angelicales, suaves-, aunque siempre que la escuché en discos o en la radio reconocí su capacidad interpretativa. Ahora verla actuar fue un plus increíble por todo lo que trasmite escénicamente. Tiene una sonrisa franca que muestra su placer de fluir, su estar trepada a la nube de sí misma, fuera de todo. Pero también establece el contacto con lo de afuera; no es un vuelo narcisista o embebido en lo de adentro, agotado, estéril. Me pareció una mujer bellísima, también exteriormente, y ni su edad ni su renguera al caminar -tengo una imagen que me vuelve de aquel concierto de hace más de 25 años en la que la veo en silla de ruedas, pero seguramente es algo que aportó posteriormente mi imaginación a la memoria- opacan esa belleza en absoluto. Porque viene de adentro, del gozo de hacer lo que se ama.

       

    La vi deslumbrante, cantando, sonriendo, con la mano en el corazón, plena. En la foto de su primer disco, jovencita, parece muy linda; a todas las mujeres nos pega envejecer, pero lograr hacerlo a cara abierta cuando en la juventud se fue hermosa (algo que solo nuestros contemporáneos más cercanos pueden saber o recordar) es mucho más que simplemente envejecer con gracia. Es una toma de partido existencial.

    Por lo que averigüé después, ella se retiró durante mucho tiempo del mundo creativo, del afuera de las tarimas (además de cantar, escribe poesía y pinta); también encaró la maternidad tardíamente, como yo. Eso de por sí genera un impasse natural , y más cuando el volverse madre de otra persona se vive con asombro, con fascinación y reverencia. Me es alentador que Vera haya logrado, en cierto punto de su proceso personal, renovar las zonas creativas, encontrar los tejidos truncos y no temerle a la reaparición, a la recreación de sí. Ahí está, en el escenario, muy hermosa. Me recordó mucho a mi abuela Dora, gran mujer. Sin duda es bueno -y ojalá yo sea o pueda serlo para otras- ese tener mujeres mayores que nos sean un modelo de ganancia, no únicamente de pérdida. Debe estar bien llamarse “Vera”, lo verdadero, lo auténtico, lo que soy realmente; además forma parte del nombre de una estación que, por cierto, florece, está llena de vida, de madreselvas. Me gustan esas pistas involuntarias que va dejando el azar. Los nombres dicen, las palabras dan forma, cristalizan.

    Esa noche me vino de golpe a la cabeza un pensamiento, mirándola cantar y en mi propio trance de cumplir un año más: “¡Yo quiero envejecer como Vera, verdad de Dios! Y -quién lo hubiera dicho de mí- ya no quiero envejecer como Idea: eso me viene orquestado desde la mente, no necesariamente desde el alma“. Porque parece que un destino oscuro, con autocondenas sin voz, decretos mentales sin letra y una necia voluntad de soledad me llevaran desde la juventud a recorrer el camino de Idea. Esa asociación con el fracaso de la vida, con el “no” por default, con las raíces subterráneas y podridas, con el apartarse por gusto de la savia para comprobar quién sabe qué cosas, ese empecinamiento en negarse al amor y a las alegrías simples, eso siempre estuvo en mí. Desde que tengo memoria. Gracias a Dios, hubo treguas, y esas treguas me trajeron a Astor. Y ahí Idea Vilariño sencillamente no puede sostener su discurso: la vegetación la cubre y queda oculta como una pirámide devorada por la selva.

    Idea no tuvo ningún Astor. A Idea se la llevó la muerte una vez que se le terminó la juventud. No ha sido mi caso. Todo lo contrario.

     

    Cuando yo tenía veinte o veintiún años, averigüé que ella estaba dando clases de literatura uruguaya en mi facultad y le pedí permiso para asistir de oyente, simplemente porque quería estar en su cercanía, en su influjo energético. La admiraba muchísimo, había tenido que ver enormemente con mis incursiones en la poesía y era un placer leerla, saberme comprendida, gozar del vértigo doloroso. Pero me pareció una mujer tristísima, una mujer sin vida, nada que ver con la pasión y la intensidad que trasmitía en sus poemas. Recuerdo que sentí cierta desilusión, que conocerla me quebró alguna fantasía respecto a las profundidades oscuras: igual una podía convertirse en una mujercita normal, incluso cachetona, sin gracia, sin sangre bombeando, no importa cuánto mundo interno pujara por debajo. Esa soledad se la fue comiendo cuanto más vieja se puso; en aquellas clases que asistí, Idea Vilariño tendría más o menos la misma edad que Vera Sienra tiene ahora, y -no me importa cuántos amores pasionales haya vivido Idea en su juventud, con Onetti, Claps y toda la lista- en aquel momento era una mujer sin sazón, que no hubiera podido enamorar a más nadie sin recurrir a los interminables trucos de la memoria. Pero Vera no: Vera seguramente todavía fascina a más de uno.  Ella sabrá. Y si no es así, es como si lo fuera. Canta y se siente su idoneidad para la vida. Para disfrutar todo mientras dure, para no dejarse morir en un vano intento de mantener el control, de domar el misterio, de decir “yo elijo”. Porque eso era lo que hacía Idea, lo que hacíamos: decir no para no correr los riesgos de decir sí.

    Ahora creo que a cualquier mujer en sus cabales, si pudiera elegir, le gustaría más estar en los zapatos de Vera que en los de Idea. Quizás al final la historia no sea tan grandiosa, trágica, original, pero hay ciertos lugares comunes que, por el bien propio y ajeno, convendría aprender a aceptar con gusto, como una medicina salvadora. Por ejemplo, la vida, el amor, la pareja, la familia, la alegría simple.

    si ahora mismo
    si ahora
    entornando los ojos me muriera
    sintiera que ya está
    que ya el afán cesó

      

    No, no quiero que la mente me siga repitiendo año tras año que mi destino es ser Idea, caer oscuramente, ya sin temblor ni luz. Seguramente existan otras posibilidades más saludables que tampoco violenten a la que soy adentro. El asunto es desarmar esos malditos decretos silenciosos que lo manejan a uno desde las zonas fantasmas de su inconsciente. Porque en el fondo no quiero que los astros solo sean barro que brilla, no quiero que el mar no sea más que un pozo de agua amarga. ¿Servirá, acaso, el paraguas anticipado del ya no será para cubrirse de las inevitables lluvias, valdrán la pena todas las renuncias solo por un pero yo vivo sola como medalla de guerra?

    y que ya no doliera
    y que ya no doliera.


    Debe ser más feliz poder decir sí, sin ambigüedades, porque la vida igual se encargará de que nos sobrevengan -cuando ella así decida- las separaciones, los aislamientos, los finales, los no. Y ahí aprovecharemos sus dolorosas bendiciones. Optar por dejar pasar las alegrías en defensa de la propia soledad es tan soberbio como pensar que dicha soledad no llegará solita, tarde o temprano, aunque ciertamente lo hará fuera de nuestro control y de nuestra voluntad. Vendrá, sí, porque existen las muertes, los  abandonos, los ciclos que se terminan. No vale la pena aliarse con el enemigo, como hizo Idea. Balances de cumpleaños del retorcido signo de Escorpio.

    Por cierto, leyendo en el Big Brother de Internet, no me sorprendió demasiado descubrir que Vera comparta conmigo el tan dual signo astrológico; de hecho, cumplirá 63 en unos pocos días más, en la misma fecha que Sor Juana Inés de la Cruz solía cumplir años cuando estaba en esta tierra. Escorpio suele estar en los ojos, en la mirada intensa de la gente de octubre y de noviembre, porque es la muerte subterránea que hace raíz en lo oscuro y (en el mejor de los casos) logra salir a la superficie como flor, como planta. Ellas dos, sin ir más lejos (Vera y mi alter ego cibernético Sor Juana) logran reivindicar para sí el misterio y la luminosidad que, en principio, nos tiene concedidos el complicado alacrán. Pero no per se: hay que ganárselo.

    Porque sabemos que el signo también reserva otras facetas bastante menos atractivas, qué se va a hacer. Pero contra la naturaleza no se puede hacer mucho, más que seguir trabajando con paciencia en la alquimia de uno mismo. En tanto se intenta madurar con cierta gracia, claro. Y, si fuera necesario, con bastante menos leyenda.

  • Problemas de los anillos

    Estoy haciendo hamburguesas, y mis manos tienen pegotes de los restos de carne picada. Zonas rojas, trozos sanguinolientos que se me escurren hasta alojarse entre los dos anillos que llevo ahora en el dedo anular. Una carnicería. Dos, más bien: primero fue la que me tocó a mí. Pero la del hacha y el cuchillo y la picadora, la de la misteriosa sierrita con chillido agudo de aquellas carnicerías de mi infancia, con coloridas tiritas de plástico a la entrada, esa tuve que ser yo.

    En las cirugías también se corta, sale sangre, duele, se sufre. Pero, por lo general, después de un tiempo los órganos suelen funcionar mejor, o los peligrosos tumores dejan de ser una amenaza. Claro que también hay pacientes que se mueren.

    Lástima que no haya laparoscopía para ciertos procesos. No: nos mandan al cirujano clásico nomás, carnicero como todos ellos (tengo buenas razones para creer que esto no es obra de un simple carnicero, de esos con delantal blanco y manos grandes). El único consuelo es que, de no intervenir, el paciente igual hubiera muerto poco a poco. Ahora existe el riesgo del paro cardíaco, la infección, la amputación, la septicemia, pero también se puede tener esperanzas de recuperación. La vida vale la pena cuando realmente se vive. No hay que esperar un diagnóstico mortal o el fallecimiento de un amigo cercano para uno plantearse empezar a vivir como se debe, a ser ese quien en verdad se es. 

    A lo mejor el paciente se salva y el final es feliz. Pero, igualmente, cómo duelen las heridas. Las mías, las ajenas. Y -continuando con la larga lista de lugares comunes en la que vengo cayendo, como cada vez que uno intenta adentrarse en lo importante- hay que tener en cuenta, además, aquel supuesto refrán chino; ese de crisis es igual a peligro más oportunidad (los habituales signos de “=” y “+” con lo que se suele presentar esta frase me parecen absurdos, como si fuera una fórmula de álgebra o de física).

    Dicen que los dos anillos juntos se usan cuando uno se queda viudo. No es el caso, salvo que yo haya matado a alguien.

    Para mí, más bien es un recordatorio. Falta mucho para que decida sacármelos.

    Tiene la contra de que la carne picada de las hamburguesas se cuela entre ellos, se les pega, y eso me hace sufrir.

    Callejón del Beso, Guanajuato (México). 

    Dice la leyenda que quienes se den un beso en el tercer escalón, se amarán por siempre.

  • Sala de des/espera

    los miro a los tres
    barcos fantasmas que flotan inasibles
    tirando de una cuerda casi plata
    a la que voy atada
    tal como iría un condenado sin culpas

    me quieren rescatar
    mantenerme de pie
    me quieren confortar
    pero no ven que con su cincha
    me jalan más y más hacia la muerte

    el tío
    el abuelo
    el bisabuelo
    y yo abrazada a un mástil
    oyendo cantar a las sirenas

  • La boda

    Me acordé cuando una vez, como a los cuatro o cinco años, me llevaron a un casamiento; para mí, ese no fue cualquier casamiento, sino una verdadera ceremonia iniciática. Nos sentamos al lado del pasillo central junto a un impresionante arreglo de flores. Me habían peinado con un moño más grande que mi propia estatura; yo me daba cuenta de que se trataba de un evento muy importante.

    De pronto, empezó la música y la gente se puso alerta; se abrieron las puertas de la iglesia y entró la novia, joven y deslumbrante, con su vestido blanco y un tul larguísimo. La novia avanzaba a paso lento, deshojándose en sonrisas; caminaba sobre una alfombra roja en dirección al altar. Pasó a unos pocos centímetros de donde estaba yo; miré su rostro excesivamente maquillado por debajo del tul. En ese momento fuí consciente de que todas las miradas caían sobre ella; a nadie le interesaba el novio, el padre o los demás invitados. Ni siquiera el cura. El único blanco de todas las miradas, de aquellas miradas pesadas, petrificantes, era la novia.

    Ahí mismo juré que jamás me casaría. Estaba segura de que no podría soportar a toda esa gente sobre mí, como hacía ella con total donaire y orgullo. La situación me parecía impúdica y me escapé; salí de la banca corriendo hacia el otro pasillo, desde donde la Virgen me miraba divertida. Me torturaba la idea de que algún día tuviera que decirle a mis padres: “Tengo un anuncio que hacerles”. Ellos me mirarían, extrañados.

    “Fulano y yo somos novios”, diría yo. Ellos, entonces, me interrogarían muy serios de inmediato. Tratarían de conocer más a aquel hombre misterioso a través de mis relatos; pero en realidad, muy para sus adentros, se estarían preguntando cómo lo había conocido, cuándo me di cuenta de que me atraía; si ese primer sentimiento fue de tipo platónico o una abierta excitación sexual, y muchas otras cosas que me avergonzarían al extremo. Una vez, mi padre me había mostrado una fecha grabada en una pulsera de oro. “Este fue el día en que tu papá le dijo a tu mamá que la quería”, dijo. “¿El día de su casamiento?”, pregunté yo.

    “No, no; esto fue antes. Primero teníamos que hablar, decir lo que sentíamos los dos…”, me contestó él.

    Ese descubrimiento me trastornó bastante:“O sea que primero tendría que hablarlo con el candidato… y luego anunciárselo a mis padres… y recién después uno se puede casar. Es decir, luego de tantas vergüenzas, pasar por la peor: la de vestirme de novia y soportar que todo el mundo me mire a sus anchas. ¿Y si la gente piensa que soy fea, y se burla de mí al verme tan acicalada entre tules y encajes blancos que no me lucen para nada?

    O peor aún, ¿qué tal si opinan que soy hermosa? Me mirarán más todavía, me chuparán como a un limón; los hombres podrán recorrerme el cuerpo y la cara con sus ojos sin que nadie los censure, sin que yo misma pueda protestar. Porque es el día de mi casamiento: yo soy la novia, y todo el mundo puede mirar a la novia hasta aburrirse. Mirarle los pechos, la cintura, mirar sus labios anhelantes… Todos sabrán que en realidad deseo a ese hombre, al hombre con el que me caso; que quiero tener hijos con él, dormir abrazada por él. Jamás volveremos a tener intimidad en nuestra vida: así como en la iglesia, muchísimos ojos nos estarán escudriñando para siempre. Especialmente a mí, a la novia. Porque todos querrán ver a la novia”.

    Casarse era, para mí, una locura sin reparación posible; algo así como subir a internet la foto de uno mismo desnudo.

    A mí no me gustaba ser maestra o madre, como a mis amiguitas.

  • Trinidades monárquicas condenadas al destierro

    “Estoy segura de que los Reyes murieron, que a mí no me dejarán nada, que ya no existen, que no laten más en mi alma. Pero ¡qué lindo era!”

    El otro día los Reyes Magos pasaron por Atlántida; yo me di a la fuga hacia Montevideo esa misma noche, precisamente. Astor, por ahora, no podrá desilusionarse y resoplar, indignado: “¡Los Reyes Magos son los padres!” porque, la verdad, en este debut que habíamos diferido todo lo posible, el terrorista de la felicidad (como pone Quino en boca del padre de Mafalda) fue únicamente Papá Guzmán. En mi familia política, la gran fiesta de regalos se hace en Nochebuena: ¿habría que, además, gastar otro tanto pocos días después si podíamos hacernos los disimulados? Hasta ahora, a los cuatro años, Astor ni sabía de la existencia (menos aún, de la no existencia) de los Reyes: entre el clásico de Maroñas al que asistíamos religiosamente, el viaje a Panamá el año pasado y el hecho de que en enero no tiene escuelita la habíamos librado con bastante elegancia. ¿Y justo cuando falta tan poco para zafar, cuando falta tan poco para esa charla seria en la que uno tiene que tirar por el piso para siempre la inocencia de su hijo, o, en su defecto, cuando falta tan poco para que lo asalte ese sentimiento de traición al enterarse por ahí de nuestra villanía fraudulenta, justo ahora terminaríamos permitiendo que los Reyes Magos se colaran en su inconsciente y fueran otro motivo de oprobio paterno cuando llegue ese aterrador momento del aterrizaje forzoso en el realismo adulto? Bastante tengo yo al cargar en la conciencia con dos cartitas a Papá Noel, una de las cuales fue despachada en la mismísima oficina de correos: Astor se la entregó a la funcionaria en propia mano, diciéndole: “Al Polo Norte”.

    Pero venía la prima de Atlántida y, si nos quedábamos a dormir aquella noche infausta, los Reyes Magos llegarían con ella. Yo había aceptado, en principio, que unos tales Reyes le mandaran un solo regalo por correo (algún común para él, con los abuelos en Panamá y la madrina en México), de modo de que si algún niño le preguntaba: “¿Qué te dejaron los Reyes?” él supiera a qué diablos se refería (porque, es verdad, debe ser como no saber quién es Ben 10 o Sportacus, qué es Hotwheels o Hi 5). Pero en el último momento, al ver todos los paquetes que planeaban dejarle esos pérfidos Reyes a la prima, nos entusiasmamos y juntamos algunos regalitos debajo de la cama. Debo confesar que se me agitó cierta emoción vieja en el alma. Pero lo que yo no quería es que, con la conveniente instauración de un día más en la cosecha de Astor, viniera toda una mitología de pasto para camellos, agua en baldes, zapatitos, figuras que se mueven en el pesebre, porque era como armar toda una hermosa escenografía teatral, mágica y seductora, para poco después prenderle fuego. Con el Gordo del Norte ya tenemos bastante, ese desubicado total que viste pieles en pleno verano, exhibicionista imposible de obviar si siempre anda de rojo, cultor de la obesidad como imagen de simpatía, advenedizo trepador que se lleva el mérito del gasto ajeno, posible pederasta incluso, un tipo en extremo peligroso. Malaya el día en que deba decirle a Astor la cruel verdad: que nos hemos burlado, en el fondo, de su ingenuidad y su pureza, que hemos disfrutado cada momento de la mentira viendo sus gestos de felicidad al recibir los regalos, que hemos espiado en sus deseos con trucos como cartas o idas a la juguetería para escuchar sus comentarios, que su inocencia fue pasto de fieras, que el mundo en verdad apesta, que es imposible volver al estado de protección de la primera infancia, que a partir de ese momento tendrá que arreglárselas como pueda, que seguramente hay otro montón de estafas y secretos turbios adheridos a la antes inmaculada imagen de sus padres, que debe estar alerta porque es muy probable que haya más trampas tendidas por ahí, amenazas, golpazos, desilusiones. Y lo peor es que sí, las habrá, a manos llenas.

    Ahora, todo esto de los Reyes no es para tomárselo como una Coca Light en verano: es un asunto gravísimo que mueve el mundo simbólico cual bruja frente a su caldero. Bien sé que, aunque me haya escapado, aunque en el fondo no fuera tanto la racionalización del doble presupuesto lo que me preocupaba, sino mi propia negación a aceptar que los Reyes sean los padres (porque si yo lo hago, si yo pongo los regalos en los zapatitos y me hago la dormida, será reconocer del todo y para siempre que los Reyes Magos jamás existieron, que nunca vinieron, que sus manos no tocaron en absoluto aquellos regalos que me llegaban hace tantas décadas, que no están más o, lo que es peor, jamás estuvieron), la relación interna de todos los hijos hacia sus padres se basa claramente en la figura de estos tres arquetipos, pegajosos como la mugre, que, con paciencia, esperaron afuera de nuestra casa hasta que tuvieron la oportunidad de colarse. Al principio, los hijos nos aman, viven cada cosa con toda la ilusión, inmersos en la magia de la bondad de la vida: los Reyes Magos dejan regalos, todo es un oasis de abundancia, las estrellas surcan los cielos y nos guían a destino, el poder, la bondad y la sabiduría van de la mano (los padres, los reyes, los magos, todos candidatos a las tres cualidades simultáneas), la vida es una armónica comunión en la que las risas y los corazones agitados por la emoción son una constante.

    Después viene la adolescencia, tiempo de cambios en la relación con los progenitores: “Me han traicionado, me hicieron creer que los Reyes existían y eran ustedes. ¿Para qué me engañaron con semejante estupidez y me decepcionaron así? Me hubieran evitado todo esto. ¿De qué sirve inventar una magia que no existe? ¿Se creen que soy idiota, que no me iba a dar cuenta tarde o temprano? ¿Por qué lo hicieron? Me mintieron, sólo quisieron lastimarme, molestarme, demostrarme que ustedes me manejan a su antojo, pero no es así, ya lo verán. Y nunca más voy a creerles NADA!!!!”

    Por último, llega la curva de descenso en el enloquecido biorritmo del 6 de enero simbólico: allá por la mediana edad, cuando uno tiene sus propios hijos y sus propios problemas (y, casi siempre, si aún tiene padres, son viejitos), mira con cierta ternura en su memoria la misma exacta escena por la que ahora le toca pasar: la compra de regalos, intercambiar opiniones con la pareja, elegirlos, juntar la plata, esperar el momento de ponerlos en su sitio sin ser descubiertos, acompañar la ilusión del niño, festejar su alegría al otro día, tragarse la angustia propia si lo recibido no era lo que esperaba e inventar un consuelo, todas esas cosas. Y se dice, ya lejos de aquellas rabias egocéntricas: “Pobres viejos, mirá todo lo que tenían que hacer…”

    Cuando yo tenía veinte años y ya me había venido a vivir a Uruguay por primera vez, mis padres estaban organizando sus cosas para irse también de México y, entre los papeles viejos, encontraron una carta mía a los Reyes Magos cuando tenía unos cinco años. El papel estaba decorado con un Mickey a color y guardaba esa inconfundible letra cursiva de niña, temblorosa e insegura, a lapiz, que luego de pedir discretamente algunos regalos terminaba escribiendo: “Por favor, Reyes Magos, no me castiguen”. Sé, por mi madre, que ambos se pusieron a llorar ahí, juntos. Creo que fue un mensaje de mi inconsciente infantil a mis padres, en algún sentido. Pero para desarrollar esta escena y aprovechar su carne hasta el hueso tendría que escribir una novela entera; igual, vaya el flash de blog.

    Mis padres eligieron contarme ellos mismos la verdad antes de que un compañerito de la escuela me la zampara sin anestesia; no querían que me sintiera engañada y es muy respetable. Sólo que, para lograr semejante anticipación, me lo dijeron a los cinco años (ahora que lo pienso, debe haber sido después de recibir semejante carta). Yo negocié, rogué, imploré para que a mi hermanito le dejaran disfrutar esa ilusión aunque fuera un año más, así que se lo dijeron a los seis: a diferencia mía, el Mopri salió ese mismo día y, ni corto ni perezoso, informó del asunto a todos los integrantes de su generación. Pero volviendo a ese día, la hora de la verdad, la muerte irreversible de los Reyes Magos (sin trucos de resurrección, como los de aquel pequeño al que visitaron con incienso, oro y mirra), fue mi papá el que se echó todo el rollo; evidentemente, ellos tenían divididos los temas. A él le tocaba explicar quiénes eran los tupamaros, los comunistas, Pacheco y el Che Guevara, por qué estábamos escondidos durante la huelga bancaria, a qué sectores votaría cada uno (con la salvedad de que no podía decírselo a nadie) y, finalmente, darme el mazazo de los Reyes Magos; a ella solo le tocaban las temáticas sexuales.

    Creo que aquel soleado día en el apartamento de Rivera y Jackson donde vivíamos al principio no entendí demasiado: mi papá, como siempre, habló sobre tantas cosas –todas interesantes pero que en mi infantil mente no tenían la menor relación: la historia desde el Génesis– que cuando llegó al meollo de la confesión y me preguntó si había entendido yo dije que sí, que por supuesto, que estaba clarísimo: al pobre niñito Jesús lo habían engañado, porque los Reyes Magos en realidad no existían. Fueron, en verdad, esos poco escrupulósos de José y María quienes le mintieron y pusieron los regalos en el pesebre. Ahora, lo que era a mí, los Reyes sí me traían los míos en persona, claro!

    Los malentendidos, finalmente, se aclararon, y una sensación de pérdida precoz de la virginidad, de callada humillación aún azorada frente a las inconcebibles realidades de la vida se apoderó de mí. Quedé como un trompo, girando confundida, para nada enojada con mis padres pero sí un poco con la incómoda situación y con la vida misma. Mi madre, más práctica, me espetó: “Si alguna vez tenés cualquier duda, vení a preguntarnos”.

    Se ve que me quedé pensando, porque al otro día la paré y le solté la cáustica pregunta: “¿Los ratones son los padres?”. Ella, con expresión de haber sido agarrada en falta, bajó la vista solo por un instante, para luego mirarme y decirme el temido “sí”.

    Pensaré qué hacer cuando se le empiecen a caer los dientes.

    Por ahora, la única fórmula que he encontrado para tratar de salir con el menor enchastre posible de este escabroso asunto de los Reyes Magos y Papá Noel es explicarle que ellos únicamente le dejan regalitos a los niños, que los grandes nos regalamos cosas entre nosotros. De ese modo, podré aprovechar el odiado día como rito iniciático: “Bueno, Astor, resulta que ahora sos grande, estas personas ya no te van a traer los regalos sino que a partir de ahora te los compraremos tus papás”. En una de esas ni siquiera le tengo que decir que en realidad no existen.

  • Cositas mínimas que no logro entender del mundo (1)

    Es fascinante cuando dos personas vienen caminando en sentidos opuestos por la misma vereda o pasillo, y de pronto se establece una especie de danza, de paso cedido simultáneo que no termina de resolverse; la mayoría de las veces, la gente circula sin problemas, como si cada uno conociera a priori a quién le toca pasar primero. Pero a veces quedamos hipnotizados con el otro bajo una especie de fuerza de gravedad, bajo un imán cuyo campo magnético genera un caos en los códigos sociales; un avergonzante contoneo en espejo nos hace mirarnos a los ojos con el otro atrapado, como buscando una respuesta. En el mejor de los casos, sonreimos, nos detenemos (también al mismo tiempo, sin que ninguno avance), hacemos torpes gestos de comunicación tipo primate. Por qué sucede esto a veces sí y a veces no es un misterio.

    Otra cosa que me sorprende siempre es esa contemporánea imagen, cada vez más común, de la gente caminando mientras envía mensajes de texto desde el celular. Hace poco tiempo la detestaba, la despreciaba, me parecía la decadencia del imperio, el fin de la articulación humana con el entorno. Hoy yo también voy como una idiota “aprovechando el tiempo” en vez de mirar a mi alrededor, pisar las hojas secas, descubrir un detalle en una fachada o aprisionar las caras que nunca más volveré a ver, como hacía antes.

    Tampoco entiendo del todo por qué soy capaz de ver nitidamente en la memoria a mi primo Alvaro, de tres años. Ese día terminamos de almorzar cuando él, con sus grandes ojos verde oscuro y sus piernitas colgando de la silla, anunció con desenfado: “Bueno, ahoda quiedo un cafeshito…”

    No lo entiendo porque la escena ocurrió hace más de treinta años; si no, claro que lo entendería. Era un cielo, como muchos niños de tres años, o de cuatro.

    Hablando de eso, creo que lo que menos entiendo es por qué Astor se despierta a las siete y media de la mañana! Es decir, por qué él está descansado, con todas las pilas, y dice que tiene “energía”, y quiere ver una película en el patio y dibujar y desayunar, y yo en cambio estoy muerta de sueño, golpeada como vil saco de boxeador. Debe tener que ver con envejecer, con el inevitable vencimiento de la garantía. Pero igual cuesta acostumbrarse a la idea.