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  • Menú ejecutivo 2012

    Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

    ¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

    Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la “gourmet”, la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

    Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (… con un hombre maravilloso en cada orilla…), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

    Dos aclaraciones al menú/post del blog:
    1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
    2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!

    Tomatitos cherry
    Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
    Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
    (palitos de apio, grisines o totopos)
    Quesadillas con rajas de chile poblano
    Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
    Queso parmesano en cubitos
    Manzana con cáscara cortada en rodajas
    Dátiles
    Ciruelas pasa
    Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
    Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
    Brócoli hervido
    Empanadas de carne con pasas y comino
    Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
    Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde

    Y de postre: 
    Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
    Las uvas de los doce deseos a las doce
    Y un feliz año nuevo.  

  • Darno: Life is Hard/ Electrocardiograma del duelo (14)

     
    Podría escribir sobre la noche de ayer, el tradicional tributo en Espacio Guambia 
    de tantos músicos, amigos y seguidores/cultores/gustadores del Darno en su quinto 
    cumpleaños sin cumplir. Podría hablar de los encuentros bienvenidos y los desencuentros 
    suspendidos, todo gracias a su invisible presencia. Podría hablar de un hada negra 
    que lloró en mi hombro, literalmente, o de todas las veces que lloré yo misma; también 
    de las que sonreí, y de todo lo brindado a su salud, y de todo lo brindado, sin más, 
    de ida y vuelta; de ciertas hermosas intervenciones musicales, de algunos chispazos 
    graciosos (de humor y de gracia), de la perfecta narración de Ferradás sobre esos momentos
    únicos y efímeros que, sin embargo, le dan sentido a la vida entera, para atrás y para adelante. 
    Pero mucha gente que estaba presente podría contarlo también, y seguro mejor que yo. Quizás 
    es que, en el fondo, no tengo ganas de contarlo para no gastarlo, para no perderlo. O será que 
    ya tenía esto escrito desde bastante antes, y no pretendía ser homenaje alguno. Solo un capítulo 
    más, uno de tantos, del electrocardiograma del duelo. Del mío. 
    El Darno que se aparece en una tarde de domingo sin mayor aviso. Nada más.   
    
    
     *** 
    The friend you used to be, so near and dear to me
    You slipped so far away, where did we go astray
    I passed the old school yard, admitting life is hard
    Without you near me
     (canción de Bob Dylan)
     
    Hace como un mes prendí la radio para acompañarme mientras cocinaba; al arrastrar el dial 
    por las estaciones más habituales, escuché de refilón la conocida voz del Pepe Mujica en su 
    programa. Dudé un momento; iba a seguir rumbo a Babel, pero me dije: "A ver qué está 
    diciendo ahora. Démosle una oportunidad, qué sé yo...", y me quedé en la estación 
    (como tantas veces, a menos que la murga me espante rumbo a otros destinos musicales). 
    Al ratito, para mi sorpresa, empezó todo un espacio dedicado al Darno; jamás se anunció 
    como tal, no se pronunció ningún discurso ni se dio explicación sobre el motivo; tampoco se 
    cumplía ningún aniversario de nada. Pero las canciones se sucedían, intercaladas con algunos 
    poemas recitados en su estilo sublime, y la voz de un locutor que decía de tanto en tanto
    "Eduardo Darnauchans", como si se tratara de una marca. 
     
    Escuchar música por la radio hace que prestemos una atención mucho más aguda, 
    que pongamos el alma en un canal más receptivo que cuando se escucha un disco. Supongo
    que tiene que ver con la maravilla de lo azaroso, de lo que no tiene la posibilidad de ser 
    repetido a voluntad: lo efímero, lo que no puede controlarse, lo que se encuentra inesperadamente
    como si el destino lo pusiera alli enfrente a modo de mensaje. Por eso, cuando una canción
    se trasmite desde la radio uno la redescubre, la recibe con una emoción más pura. Así me pasó
    con el; quedé una vez más embelesada con la belleza de su voz, incluso a pesar de ese siseo 
    de los últimos tiempos que siempre me recuerda a Sean Connery. Y cantó una de las más 
    radiantes canciones de amor que deben existir -o eso me pareció en aquel momento de trance 
    de FM-; una que habla del cuerpo y el rostro de la amada como territorio simbólico, mítico, 
    existencial; incluso su nombre alcanza ribetes exquisitos. Que haya sido ese vínculo-bisagra 
    lo que los terminó llevando a ambos a la muerte con dos semanas de diferencia es lo de menos: 
    la muerte que se filtró entre las grietas no cambia para nada la luminosidad de semejante amor. 
    La geografía del cuerpo de la amada fue, hasta cierto momento, su redención. Y hay quienes 
    precisan de redenciones. 

    El Prisionero De La Parada Dos by Eduardo Darnauchans on Grooveshark

    Claro: la muerte se filtró entre las grietas porque la muerte siempre estuvo. Parece que a los
    amigos del Darno nos gusta, en el fondo, pensar que Patricia se lo llevó a la tumba. No sólo por
    lo obvio, por la desgarradora pena que sufrió al perderla (por algo el corazón se le detuvo, se negó
    a seguir solo), sino porque habían sucumbido a un circuito vicioso, porque aquello era un suicidio
    asistido, porque uno se desbarrancaba agarrándose del tobillo del otro para frenar su caída. 
    Ella, rota/él, casi descosido/, leyó Horacio Cavallo en el bellísimo homenaje hace unos años
    en el bar San Lorenzo. Quizás lo que le reprochamos inconscientemente es no haber sido su 
    cuerda salvadora. Pero la verdad de las cosas es que Patricia fue tierra firme al principio, 
    expeditiva, de celular en mano frente al mundo, gestionándolo todo para él; al menos así lo 
    recuerdo. Hay que honrar eso. Es decir, creo que las cosas fueron exactamente al revés 
    que como nos gustaría creer. Pero qué caso tiene ya. 
     
    
    
    deme su amor de olvidarle/ y la pasión de su adiós/
     
    
    
    El Darno le hablaba en segunda persona a la muerte, a su muerte. De adolescente, yo le 
    componía canciones a Dios en segunda persona también; en ellas le reprochaba no existir, 
    no dejarme llegar hasta él/ello. Pero el Darno le hablaba de usted; no de vos o de tú. Su máximo 
    respeto, sus homenajes y su extrema vigilancia no evitaron que se lo llevara apenas pasado 
    el medio siglo. Se resistía a ser cándido, a entregarse a la vida, desprevenido y luminoso, 
    pero nada de esto lo eximió de su mortalidad. Debería servirme de aprendizaje. 
     
    
    
    la miro por los espejos/la miro/ me mira/ me mira y calla/
     
    
    
    "Todos nos vamos a morir... ¿para qué apurarnos?", dijo uno de los coordinadores del taller de
    constelaciones familiares en el que había participado algunos días antes. Es cierto. Lo que pasa 
    es que vigilar a la muerte, propia y ajena, es a full time job. No un hobbie, no un asunto para 
    amateurs, no una eventualidad espontánea. Si uno se relaja, la muerte se regocija en esa 
    inocencia servida en bandeja, en el golpe inesperado y el consiguiente desparramo de tableros. 
     
    espere/ espere/ y espere siempre/
     
    A la salida del taller de constelaciones, una mujer realmente desequilibrada me interceptó aparte
    de la vista de todos; su mirada de loca se prendió a mis hinchados ojos desde dos ganchos 
    de parásito; iba escudriñando mis escondites mientras buscaba cómo succionar mi fuerza vital, 
    mi alma; me agarraba los brazos con sus manos y no me dejaba -no me hubiera dejado- zafarme. 
    "Te admiro porque saliste. Lo mío es más leve, claro, pero rezo, rezo para que se termine". 
    No iba a discutir su juicio, por cierto. "Se sale, se sale", le aseguré. Después abrí sus manos 
    amorosamente, sus garras, y me aparté. 
    
    
    qué es lo que me queda por perder/ dices hamacándote/
    
    
    Pobre Darno. Gracias, Darno. ¿A quién le importan las parcelitas del ego y el poder humano
    (más patético aún porque se trata solo de una pequeña aldea, como la villa de Astérix) 
    cuando se viene de estas honduras? ¿El top ranking, los reconocimientos, el ser malentendido, 
    las camarillas, la exclusión, la popularidad, la fama? ¿Qué le importaban todas estas cosas al 
    Dante cuando volvió a ver la luz? 
     
    sentado/ estás sentado/ desertor de la vida y el mundo/ 
    
    
    Felices los que te conocimos, inmortal por otras vías. Nada más. 
    
    
    
    
    Expo Baltar/Cunha: Darno y Lennon en "La Lupa Libros" (todo noviembre, 2011)
    Charla de Silvia Sabaj (21 de noviembre, 2011)
    Homenaje al Darno (tributo de músicos y amigos/ 15 de noviembre, 2011)
    Homenaje en "La Lupa Libros": música (18 de noviembre, 2011) 
     
     
    
    
  • Mi México lindo y… herido…

    Hoy hubiera sido el cumpleaños de José Manuel De Rivas (1964-1996), mi brillante amigo Peabody, mi galante pareja de graduación, que me llegaba al hombro y vestía una capa negra. Se lo llevó el metro en la estación Bellas Artes; si suicidio o asesinato, no me importa. Fue la Ciudad de México y sus demonios. Ciudad rodeada de palacios.

    Mi segundo país siempre me hizo temer por mi seguridad y la de la gente que quiero. Es que México es generoso y cruel, festivo e impredecible, delicado y salvaje. Sublime, vital, sombrío: es una tierra de arquetipos danzantes. La muerte, siempre agazapada, como precio por la vida a manos llenas. Flores, mariachis, fiesta, Dios, mezcal, colores, ruido, escalas desmesuradas, olor a copal, mercados, espectros, montañas, multitudes, frutas. En México vive la gente más despiadada, cruda y mala de la tierra; en México vive la gente más noble, buena y pura de este mundo. México inocente, dijo Jack Kerouac, y también tenía razón.

    Pero ahora hay una guerra civil. No se trata más del cielo y del infierno, dualidad que tan atinadamente descubriera Malcolm Lowry durante sus iniciáticas andanzas por allí: hoy la gente está en la línea de fuego cruzado de varios ejércitos que luchan por su territorio. Parece que ya nadie sabe qué hacer; los narcos se disputan la frontera, las acciones del ejército quedan bloqueadas por cortes sorpresivos a lo largo y ancho de la ciudad (si alguien pensaba que en el Tercer Mundo somos flojos, ineficientes e improvisados, es que no ha reparado en la delincuencia organizada!), hay policías corruptos integrados a la mafia, el tráfico de armas es inmenso, la impunidad prevalece, civiles mueren o son secuestrados, sigue el misterio de las “muertas de Juárez”, se reportaron casi 2.500 ejecuciones en lo que va de este año, EE.UU. se está involucrando porque la olla va a explotar en cualquier momento y dicen que la situación es más grave que en Irak. ¿Qué le pasó a mi México, claro y oscuro, pero cuando era luz sí que lo era, en formas cegadoras de tan intensas? ¿Cómo puede vivir la gente así, entre miedos y negaciones, con amenazas, o la amenaza de la amenaza misma?

    Mi hermano dice que ya ve como inevitable que este año se arme un despelote grande (sic), que cada 100 años México tiene una revolución. Es cierto. Este año no sólo es el Bicentenario de la Independencia sino el Centenario de la Revolución Mexicana. En una, durante diez años las cabezas de los líderes estuvieron colgadas y pudriéndose dentro de jaulas, a la vista de todos los guanajuatenses para que les sirviera de escarmiento; en la otra, te fusilaban nomás por divertirse y la gente escondía a las muchachas en sótanos cuando llegaban los revolucionarios, quienes (muy lejos de esas versiones idealizadas que uno suele hacerse, tipo Che Guevara) se apropiaban de todo lo valioso y bello que encontraran, como fieras desbocadas.

    ¿Qué clase de revolución habrá de librarse este año, entonces? ¿Una guerra sanguinaria, un retorno paulatino al orden, una sublevación social, un terremoto que destruya las ciudades para poder empezar de nuevo, una intervención armada de otro país, una operación fulminante de los servicios de inteligencia, una movilización pacífica? Porque el problema ya no es únicamente la frontera, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey: se va extendiendo como un derrame de petróleo en el mar.

    Leo las noticias (gracias a internet, porque aquí se habla muy poco de esto en los medios) y trago saliva; me preocupan mi hermano, mis amigos, el país mismo. A menudo pienso lo que sería vivir allá todavía, con Astor niño, y siento la gran bendición de habernos escuchado a nosotros mismos, de haber cometido de golpe y sin aviso aquella locura de volver a Uruguay. El tronar de la fiesta, de los fuegos artificiales, se me figura ahora como los ruidos que están tapando la balacera. Pero sigo creyendo en el alma de México, en su poder de ave fénix, en su águila, en el embrujo inmortal de su serpiente.

    Al llegar al ataúd de cristal, el menor de ellos (de tres años) toca el cristal y se acerca a los pies de la estatua, vuelve a tocar el cristal y yo pienso: “estos niños entienden lo que es la muerte, están en la iglesia debajo del cielo, poseen un pasado sin comienzo y se dirigen hacia un futuro infinito, esperando la muerte, a los pies de un muerto, en un templo sagrado”.

    (Jack Kerouac, fragmento de México inocente y otros relatos de viaje, México: Ediciones del Milenio, 1999)



    Guerra sangrienta entre cárteles se recrudece (El Universal TV)
    http://www.eluniversaltv.com.mx/detalle17812.html
     
    Narcotráfico: la lucha por el territorio (El Universal)
    http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp207.html

     

  • Un poco de luz y liviandad…

    Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.

    ¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas… Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano…

  • Curiosidad con la firma del Darno

    Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

    Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de “Coyoacán”, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con “Darnauchan(s)”). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

    Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: “Vengo a despedirme… ¡aunque me cueste mi matrimonio!“). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

    Triste destino de los escorpianos, según dicen.

  • La Pistolera…. c´est moi!

    ¿Qué clase de blogger de pacotilla deja pasar un momento como el primer festejo del Grito de Independencia al que –por fin– logra concurrir en Uruguay? ¿Y de qué calaña innombrable estará hecho, si recurre a las maravillosas crónicas de una amiga escritora, en vez de sentarse y recrearlas por sí misma?

    Vergonzoso lo mío. Pero acá está: el 15 de septiembre de 2008, en el ex Parque Hotel. Una noche divertida, llena de cerveza y tequila, guacamole y mariachi. Hubiera querido lanzarme al día siguiente a contar la experiencia surrealista de escuchar y ver a la banda de la Armada Nacional tocando canciones de Juan Gabriel, mientras un marinero querendón le robaba la noche a los mariachis. Esa escena, en la que se me juntaban ambos países y se encimaban visiones en una especie de Photoshop existencial, mientras pensaba –al calor de los alcoholes, claro– que este, precisamente, era un país que había vivido una dictadura militar, ese momento no tiene con qué pagarse. Y que ahora nos entretenían estos buenos muchachos, que no tenían culpa ni recuerdo de nada, en un instante poético extraño, quizás malabarismo de diplomacias entre gobiernos, cantando con nosotros “De qué manera te olvido”. Mientras –para coronar la noche, cual cereza en pastel– Soraya y sus amigas mexicanas, en primera fila, gritaban como groupies y ella me decía, con su gracia característica: “¡Ya le tiré el brassier al cantante!”

    A la mañana siguiente, los sucesos terroristas de Morelia durante ese Grito me amargaron la noche en retroactivo y no tuve ganas de escribir. Por segunda vez cantaba rancheras en el Parque Hotel, recordé luego (la primera vez fue luego de la primera gran degustación de vinos, en 1996, cuando se juntaron todas las bodegas uruguayas de la mano de Cava Privada: nosotros, jóvenes dionisíacos, macerados en deliciosas uvas de la Patria, terminamos como convidados de piedra en ya desiertos salones, genuino producto de la decadencia del evento, y yo canté ante improvisado auditorio de borrachos y porteros “Ella”, “El rey” y quizás, no estoy segura, “No volveré”). Pero esta vez fue con mariachi y ni siquiera tuve la culpa: el cantante me subió a la tarima. Fue muy divertido. Sin embargo, al otro día me sentí culpable al imaginarme la fiesta número uno de México empañada para siempre por muertos y heridos.

    Por suerte, estaba Ana Arjona presente (otra de las “mujeres con hormonas”) para no dejarme perder el momento para siempre. Aquí está su relato.

    La Pistolera II

    Un marecito de cerveza va cubriendo lento el salón de parquet donde los tacos se asordinan delictuosos, los vestidos comienzan a crujir, las palabras están todas por decirse y las piñatas tiñen ya el aire con alaridos de colores. Sus olitas rubias chocan y van a morir detrás de las columnas y debajo de las mesas de largos manteles blancos, con espumoso murmullo juguetón.
    Las gentes se van embebiendo suavemente en ellas. Abrazos y palmoteos –primero con el brazo derecho arriba, luego con el izquierdo- apretones de manos, antiguo lenguaje finalmente aprendido, comentarios, sonrisas y carcajadas dan cuenta del buen humor y la alegría de los reencuentros abraza el aire.
    A la grupa de las chelas rubias de cuello largo o de los caballitos llenos de tequila transparente que navegan sin cesar sobre las redondas bandejas, aparece otra algarabía, más bella, más enérgica, casi salvaje. Salta con click de cajita de sorpresa y sale a escena. Es la que arremete los quince de septiembre al acercarse la medianoche cuando
    la ceremonia llega a su punto culmine.
    La densidad de los himnos bate en las entrañas.
    La bandera, aunque quieta, parece flamear por sobre el mundo
    La sangre se agolpa acechando el momento del grito.

    -¡Que Viva México!
    -¡Que Viva México!
    -¡Que Viva México!

    El pabellón se retira entre aplausos. Aparecen los mariachis.
    El son de guitarras, trompetitas, violines y guitarrones fusionado a las inigualables voces, suelta los últimos cabos de la nostalgia por la patria lejana. Ya en un revuelo de faldas y rebozos, miradas y zarandeos, el baile se desliza.
    En una de esas vueltas, se la ve cuchichear al oído del cantante perdido como ángel del camino.
    Y de golpe, subida ya a la tarima, compartir el micrófono.
    El solista la abraza y la cubre con el sombrero negro de ala ancha.
    Un calor de manzana irradia su bello y agudísimo perfil.
    Surge la voz como desde la infancia, delicada y grave. Arrastra las raíces de otra tierra. Exige ser escuchada. Trae el desgajado amor a México. Oscura y redonda, cruza los territorios. Se la puede palpar. Es verdadera.

    No volveré, te lo juro por Dios que me mira
    Te lo digo llorando de rabia
    No volveré.
    No volveré hasta ver que mi llanto ha formado
    Un arroyo de olvido anegado
    Donde yo tu recuerdo ahogaré!

    La canción habla del desamor exuberante, del amoroso odio. Pero genera el efecto contrario. Un camino de pasión de ida y vuelta, mantiene fuertemente conectados a los allí reunidos, mientras cantan, maldicen y vociferan vibrando en la misma tensión.

    De pronto, dando una magnífica, dramática vuelta de tuerca, ella la relanza con maravillosa picardía. Se vale de la mirada relampagueante de estrellas y del sombrero cómplice. Emerge como vestal guerrera. Arremete hacia el público. Pero todo su cuerpo, sus vaivenes, las sombras de sus flechas, los brazos extendidos y los dedos-dardos que salen de su último refugio, lo buscan a él.

    En el tren de la ausencia me voy
    Mi boleto no tiene regreso
    Lo que quieras de mi te lo doy
    Pero no te devuelvo tus besos!

    Admirado, divertido, amorosamente sorprendido, su cámara no cesa de disparar doblegada ante la imponente majestuosidad de la mariachi en que se ha convertido.

    Septiembre de 2008.
    Para la Reina del Mariachi Oriental

  • Escritoras temperamentales (mujeres con hormonas)


    El año pasado me presenté por fin a un concurso literario luego de más de tres años de no hacerlo (…que coincidía con la edad de Astor, por cierto). Para mí ya había sido suficiente logro llegar a corregir mi relato “La pistolera” y enviarlo en tiempo y forma, pero no contenta con eso, puse una consigna en el taller presencial que correspondía a lo que pedían las bases, de modo de que mis maravillosas alumnas de los jueves (tremendas escritoras) se pudieran presentar. No sé cuántas lo hicieron, pero dos salieron premiadas, como yo. Así que este miércoles, 19.30 hrs en el Museo Zorrilla, tendremos triple festejo con el lanzamiento del libro!

    Mi relato puede ser publicado ahora gracias a que –por desgracia– ya perdí la calidad de inmigrado en México. Como decía el Darno: “Esta es la única persona que conozco que se cruzó ilegal la frontera México-EEUU en sentido contrario!”.

  • Paisaje después (durante) de la batalla…

    14 de agosto, 2008

    Una imagen dice más que mil palabras.

    (Y las palabras también vendrán, pero después de que DUERMA!!!!)

    la foto es de Guzmán Sánchez