Etiqueta: México

  • Lidiando con la vida (2011)

    De repente, en el medio de la semi siesta sabatina, aparecen unas imágenes de una corrida de toros en México. No soy de esas personas especialmente impresionables con el tema: viví en un país en el que la lidia es bastante tradicional y estudié en el Colegio Madrid fundado por republicanos españoles, caldero en el que a veces uno encontraba especímenes fanáticos de estas cosas, solían hacerse novilladas y no eran tan raros los cultos taurinos que probaban una fidedigna relación con la Madre Patria (que me perdonen los catalanes, que no quieren saber de nada con la tauromaquia y ya hasta dejaron constancia legal del asunto).

    As bullfighting aficionado Ernest Hemingway famously said in Death in the Afternoon (1932), “Bullfighting is the only art in which the artist is in danger of death.”
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    In fact, the Council of Toledo in ad 447 compared the Devil to a bull:

    a large, black, monstrous apparition with horns on his head, cloven hoofs, hair, ass’s ears, claws, fiery eyes, gnashing teeth, and huge phallus, and sulphurous smell.

    This description is less surprising when one remembers that the early church’s foremost rival was the cult of Mithra, the pagan god of Persian mythology that was widely worshipped in ancient Rome. The most important Mithraic ceremony was the sacrifice of a bull, an act emulating Mithra’s legendary slaying of a bull, which was depicted in art throughout the Roman Empire.

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    Encyclopaedia Britannica:

    “Casi todos los toreros son corneados con variado grado de seriedad por lo menos una vez por temporada. Belmonte (uno de los toreros más famosos de los años veinte) fue corneado más de 50 veces. De los aproximadamente 125 toreros principales (desde 1700), 42 murieron en la arena; esto no incluye a los toreros principiantes o a los banderilleros o los picadores que han sido muertos.” A pesar de esto, más de 3.000 toros son muertos ritualmente en las plazas de toros de España durante la temporada, y docenas de toreros arriesgan su vida varias veces por semana”.

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    bullfighting
    lucha entre cultura y naturaleza, civilización e instinto animal, racionalidad e inconsciente, máscara y sombra.

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    Wikipedia:

    “Picador: Es la persona que, montada a caballo, utiliza una vara larga con una punta metálica (puya) para castigar al toro y producir desgarramiento de los tejidos ubicados en la cruz del mismo con el objetivo de probar su bravura, detectar sus características y evitar que el animal embista levantando la cabeza”.

    Wikipedia:

    “En ocasiones, donde el reglamento de la plaza lo permite y a petición del torero o el público, antes de dar muerte al toro, en casos bravura y porte particularmente distintivos el presidente de la corrida puede conceder el indulto del toro, en cuyo caso no se mata al toro sino que se devuelve a los corrales para que regrese al campo como semental”.

    Aquí estamos, lanzados en el ruedo sin aviso, tratando de hacer lo que podemos y de seguir viviendo, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide.


    Parar, templar y mandar
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  • La Dolorosa

    La Dolorosa

    …y llorar en lugares como capillas del siglo XVII no ayuda, porque al sufrimiento que se adivina por detrás de las lágrimas mismas -sinuoso y escurridizo, como una diosa desnuda que se baña entre las caídas de agua de una catarata- se le suma, pesada como una cruz, la desmesurada resonancia de los sollozos contenidos, magnificados por un silencio casi sobrenatural, si no fuera por algunos pájaros en el atrio y el rasgar perseverante de esta lapicera…

  • Deseos extintos

    Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

    Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

    Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

    ¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

    Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

    “La Dama de las Camelias… es él”

    Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

    “Madame Bovary… c´est moi”

    Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.

  • Menú ejecutivo 2012

    Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

    ¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

    Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la “gourmet”, la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

    Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (… con un hombre maravilloso en cada orilla…), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

    Dos aclaraciones al menú/post del blog:
    1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
    2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!

    Tomatitos cherry
    Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
    Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
    (palitos de apio, grisines o totopos)
    Quesadillas con rajas de chile poblano
    Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
    Queso parmesano en cubitos
    Manzana con cáscara cortada en rodajas
    Dátiles
    Ciruelas pasa
    Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
    Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
    Brócoli hervido
    Empanadas de carne con pasas y comino
    Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
    Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde

    Y de postre: 
    Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
    Las uvas de los doce deseos a las doce
    Y un feliz año nuevo.  

  • Lo que mata es la humedad

    La tristeza me ha hecho hoy el día irreparable, agrietado, tripas de cañerías rotas. Óxidos. Humedad corrosiva en el alma. Día inútil, si no fuera por las voces de niños, por el ruido de alguien que ordena un ropero en el cuarto de al lado: parece que afuera todavía hay futuro, que la vida aún está viviendo. Y eso es grande. El traumatólogo me advirtió que la fractura me dolería durante los días húmedos (lo que en Montevideo equivale a decir “siempre” y “para siempre”), pero nadie me habló de estas las otras humedades. O quizás Tales de Mileto lo hiciera al comienzo del periplo: el agua es el principio de todas las cosas, todos los alimentos son húmedos, todas las simientes lo son. Ah, la humedad elemental, las fracturas en los tobillos invisibles. No sólo soy mala compañía: soy mi peor compañia también. Yo y el frío, la Antártida golpeándome la puerta, queriendo derribarla como un intruso. El último recurso de los guantes rojos (sin dedos) para arrimarme al teclado. Erratas de frío. De no tener, tampoco, nada más que decir, o no poder mantener la pisada porque todo se me pierde en la humedad: el pie se hunde en el lodo hasta la pantorrilla, como en el imaginario incierto de México Tenochtitlán. Difícil caminar así, llegar a alguna parte si la tierra se sostiene sobre el agua; si lejos de ser sólida, se nos descubre fango. Anoche (luego de larguísimas horas de insomnio) soñé que descubría varios derrumbes en mi casa, techos perforados por ladrones que preparaban su inevitable invasión. El miedo tan conocido a no ser viable, a no poder con la carga de la vida misma. Hay atletas sin piernas que en este momento organizan colectas para poder comprarse una silla de ruedas que les permita subir la marca internacional. Con hijos chicos a cargo: lo leí hoy en el diario. Héroes, gente que se merece todo, que se lo gana. Qué vergüenza. Quisiera postrarme a los inexistentes pies de Eduardo Dutra, pedirle que ponga su mano fuerte como un roble sobre mi cabeza y me bendiga. Lisiada puedo ser yo: jamás lo será él. En mi patio, gélido hasta la parálisis, la leña  no da abasto nomás porque le falla el fuego interno. Maldigo la claraboya indómita. Como si uno fuera a vivir para siempre. Qué desperdicio las humedades, el frío.

  • Elogio del Bombero/ Una ardiente novela por entregas (1)

    (Este relato/post de blog se desarrolla en cuatro entradas numeradas, con el mismo título. Las otras tres están publicadas a continuación de esta. Es decir, lo de novela por entregas es una farsa, pues las entregas ya están entregadas. Aviso por  si alguien cree que la historia termina aquí: no, hay más, solo hay que seguir leyendo hacia abajo del blog, contrario a lo que se estila: lo más reciente arriba).

    1.

    Voy a empezar aclarando que siento una particular debilidad por los bomberos. No erótica ni nada así, como esas mujeres que se emocionan ante la cercanía de un uniforme de policía. O las famosas botineras, mucho más astutas que fetichistas, siempre prestas a atarles los cordones a los futbolistas -¡me emociona mi elegancia en el insinuar!- a cambio de la ilusión de sus millones. No: lo mío por los bomberos es ciertamente puro, noble, sin intenciones aviesas. Lo he sentido desde niña, cuando mis amiguitos confesaban qué trabajo elegirían cuando fueran mayores; una vez sorteados los “maestro”, “estanciero”, “payaso”, “presidente” y esas cosas, siempre había alguno que decía “bombero”, y la mirada se me escapaba, fulminante, en su dirección, como en una suerte de así me gustan, estos idealistas que ganan poco y se arriesgan a morir por las causas perdidas, las mujeres caeremos rendidas a tus pies, etcétera con que pretendía reforzarlo en su altísima elección vocacional. Pero bien sé que ninguno persistía en el intento más allá de la adolescencia (aunque supongo que algunos efectivamente se harían bomberos, porque si no cuesta explicarse la subsistencia del oficio, más allá del arquetipo). Los bomberos son de los pocos resabios que conservamos de la estirpe heroica. Son maravillosos, con sus trajes rituales, sus yelmos alados, sus sirenas y sus luces, su capacidad de bajar al inframundo y avanzar entre las llamaradas, su sacrificio, su asociación con el rojo de la vida, la sangre, la boca, la manzana, su notable manejo de los cuatro elementos y los destructivos excesos de estas fuerzas, y sus hachas de semidioses, y su arrojo de titanes. Seres mitológicos, los bomberos. Le agradezco a la vida por tenerlos. No hubiera confiado, por ejemplo, en ningún otro uniformado durante la Dictadura; ni siquiera en el heladero y apenas, por interesada, en el cartero. En los bomberos sí; sus miradas prometeicas de compasión por el sufrimiento humano, sus carros rojos, insomnes, listos para salir al rescate a cualquier hora del día y de la noche, me infunden absoluta confianza. Gente de bien, los bomberos.

    Hace poco, tuve que llamarlos porque era la segunda vez que del edificio vecino caían cascotes sobre mi claraboya, rompiendo los vidrios estrepitosamente, con el consiguiente peligro ya que debajo está el corazón de la casa misma. Fueron dos temporales en un mismo mes (típico de esta ciudad), para colmos de madrugada; dos enormes sustos y cuatro vidrios rotos, además del frío polar, el agua entrando por todas partes y demás perjuicios derivados. Más las facturas del vidriero: unos ochenta dólares en cada oportunidad. Durante el primer temporal, lo tomé estoicamente; apreté los dientes, me abrigué y salí a reparar con plástico y arpillera aquel enorme agujero visible en mi techo, so riesgo de salir volando. “Son cosas de la vida, qué se le va a hacer”, me dije, tragándome la furia. Pero la segunda vez me liquidó: ya me daba pavor estar en mi propia casa, hervía de rabia por tener que pagar otra vez y peor fue cuando constaté que se trataba de un derrumbe: el edificio, con sus descuidadas zonas ruinosas, se estaba empezando a caer sobre mí, sobre mi casa. Sobre la sala de montevideanos techos de vidrio donde juega, inocente de todo, mi niño. Al otro día llamé a los bomberos; el sector de Seguridad Edilicia de la Intendencia Municipal de Montevideo había dicho que, para proceder a intimar al edificio a arreglar su irresponsable fuga de cascotes sobre las crismas ajenas, debía contar con el informe oficial de Bomberos. El paso número uno de la más que probable cadena de trámites interminables. Pero la justicia tiene que existir, debe existir, seguramente, en alguna parte.

    Los bomberos, entonces, vinieron. Llegaron en su enorme carro, con las luces prendidas girando a plena tarde; al rato estaban todos los vecinos preguntando qué había pasado, si un incendio, una fuga de gas, una inundación; el asunto no fue muy low profile que digamos. A pesar de que yo había explicado de qué se trataba -no había emergencia alguna-, vinieron raudos y dispuestos a la hazaña, desplegando su bomberidad: estacionaron su nada discreto carro en la angostísima callecita en la que vivo y, a continuación, se bajaron tres de ellos. ¡Tres, para mirar desde la azotea cuál era el problema del edificio y escribir en un cuaderno! “No importa”, me dije. “Los bomberos son así, ellos necesitan sentir que están ayudando, que su vida y su tarea tienen sentido. Que se bajen en tropel, si eso les hace felices. Total, no los tengo que alimentar ni nada comprometido…”

    *

    Me acordé en ese momento de una situación ocurrida en México DF, hace más de diez años. Más concretamente en la célebre Mopriland, el particular (por llamarlo de alguna manera) departamento de mi hermano Mopri en la colonia Narvarte. G. y yo habíamos llegado a vivir a México hacía no más de un mes, y la verdad es que nos llamaba un poco la atención el permanente olorcito a gas, que por cierto no es el mismo olor que tiene en Montevideo. Pero aquella noche el olor era tremendo, mucho más insistente, y parecía entrar por el pozo de aire del edificio. Creo que Mopri había desarrollado anticuerpos y ni siquiera lo percibía, pero aquella vez era particularmente fuerte, porque se convenció de que no estaba igual que siempre. “Voy a llamar a los bomberos como para consultar”, dijo. Me consta -porque escuché la conversación- que lo planteó muy tranquilo, como para simplemente despejar una somera duda, asegurando que el olor no era muy distinto que otras veces, que era solo para verificar si tenía que hacer algo en particular, en fin. Ellos dijeron entonces que vendrían a inspeccionar. Mi hermano colgó el teléfono y me comentó que había sido particularmente cuidadoso para que no sonara a emergencia, ya que los bomberos podían ser muy exagerados en ocasiones.

    Salimos al balconcito; G.y él -ninguno de los dos fuma más, por suerte, aunque tengo entendido que se comen las uñas atormentados por las ganas- sacaron sus compulsivos cigarrillos de otrora en la plácida tranquilidad de la noche estrellada (eso lo inventé ahora mientras escribía: con el smog, uno racionalmente sabe que allí arriba existen las estrellas, pero jamás se ven). En realidad, nos habíamos situado allí afuera por el molesto olor a gas, pero a ninguno de los tres se le ocurrió la posibilidad de que con los cigarritos pudiera volar el edificio completo, si realmente se trataba de una fuga grave. Esa posibilidad se nos ocurrió, en realidad, cuando vimos dos gigantescos camiones de bomberos dar vuelta la esquina en cámara lenta, no solo con las luces giratorias prendidas sino también con las sirenas. A todo volumen.

    Mi hermano abrió la boca -creo que se le cayó el cigarro incluso- y dijo alguna mexicanidad del tipo: “¡No manches, güey!”. Todos los vecinos de la colonia Narvarte se asomaron por sus ventanas, alarmados; la gente del puesto de quesadillas salió en masa a la vereda, los del mercadito se daban codazos, doña Chole le preguntaba a mi hermano qué le había pasado y si se sentía bien. G. y yo empezamos a reírnos, con esa culpa que da reírse en lugares inapropiados, como por ejemplo un velorio: estábamos siendo rescatados por el heroico Cuerpo de Bomberos en pleno, y este par de inconscientes no había tenido mejor idea que esperarlos fumando un cigarrito frente a una posible fuga de gas (así es como se desperdician  los impuestos). Y más inútil fue la pretensión de ejercer cualquier clase de control sobre la risa cuando de los camiones no se bajó uno, ni dos, ni siquiera tres, como en mi casa el otro día: ¡seis, seis bomberos se bajaron, listos para la acción y el peligro! Para colmos, el sexteto venía en todos los formatos posibles: un bombero muy gordo, otro bajito, otro flaquísimo y larguirucho, uno bien moreno, todos tan distintos como muestrario de catálogo y provocando un efecto visual desopilante. Los seis subieron raudos las escaleras hasta el primer piso, hop, hop, hop, doce piernas -más las de mi hermano, bufando, que había bajado a recibirlos-, y pidieron para entrar a la cocina a inspeccionar el gas.

    La cocina de Mopriland medía con mucha suerte dos por dos metros; era de esos fregaderos con una mínima mesada, un par de estantes y una cortina hindú de bolitas que la separaba de la sala. Así que la parte locativa del operativo se volvió un poco complicada. Desde el balcón, todo parecía una comedia de pastelazos, y la risa que debía contener dándome vuelta hacia afuera me dejaba en evidencia frente a los otros bomberos que, listos para la acción y la gloria, esperaban abajo en los carros. Seguramente ya desde entonces me ingresaron en alguna base de datos del gremio como persona sospechosa.

    Recuerdo que el diagnóstico de los bomberos fue un tanto surrealista, como casi todo en México. Dijeron que no nos preocupáramos, que no era gas lo que se fugaba: que era únicamente anhídrido carbónico. Así que nos quedamos tranquilos y nos fuimos a dormir: lo habían dicho los bomberos.

  • 17 de abril reloaded

    Hoy es el día aciago en mi calendario. No necesariamente de mala suerte: además de los irreparables sucesos fatales a los que ha venido ligado desde hace quince años, hubo otros episodios que en realidad llevaron a estadios mejores, más plenos, y sin embargo no dejaron por eso de ser duros, muy difíciles de atravesar. Por ejemplo, la operación de G. en 1997 o la despedida rumbo a México en 1999. Toda transformación cuesta, cuesta mucho, al menos para los hijos de Saturno, siempre lentos y conservadores en sus procesos (…hasta que un buen día Plutón tira, ofuscado, el tablero: hasta hace poco, no había reparado en que no hay una regla escrita para eso, cuando de juegos se trata. Debería haberla, o quizás esté escrita y simplemente no sabemos dónde quedó el texto. ¿Quién podría, si no, proteger al caballero de El séptimo sello de un ultimatum desleal de la muerte?).

    Claro, los peores tributos de este día son mi tío Pocho, cómplice herido por el mismo rayo que yo, Ana, José Manuel. La propia Sor Juana Inés de la Cruz, la auténtica, murió un 17 de abril de 1695. O sea que mi relación con esta fecha viene de larga data ya.

    Sí, es un día que siempre me trae muertes consigo. Si se trata de que un aspecto o territorio conocido tiene que morir para dar paso a algo mejor o más auténtico, entonces la muerte no habrá sido en vano. Con todo su dolor, con todo el miedo que nos causa (de eso no se salva nadie), pero sería una elección, una decisión responsable. Porque también se podría morir cuando no hay otra alternativa, pero entonces el viaje se frenaría allí mismo, en ese instante: el auto se estrella y huele a alcohol, el metro pasa con su rugido horroroso, el corazón se detiene sin avisos ni adios alguno. No hay tierra prometida, en esos casos; no se trata de un riesgo. Es simplemente la muerte mala, no la bendita muerte.

    Veremos mañana -lo por venir- con qué clase de resacas y cardúmenes de este 17 de abril nos encontramos.

    Dice en este mismo blog, dos años atrás (y nótese la alusión a los terremotos, hoy tan preocupantemente en boga):

    “El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi “día nefasto”, ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica.”

    Estoy empezando a pensar que todo el mundo debe tener, seguramente, su propio nemontemi, su día aciago en el calendario. Sólo que yo soy, quizás, más observadora, archivista obsesiva, y para colmo creo en las señales, en el diálogo silencioso con el universo, en el dibujo que forma el tapiz visto desde arriba. Por eso repito y adapto, pero nada cambio de lo de hace dos años, el final de lo escrito entonces:

    Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, domingo 18, “”un nuevo comienzo”. Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito. 


    Leer más de esta aciaga historia en:
    http://adioslevrero.blogspot.com/2008/04/el-da-aciago-de-mi-calendario.html

     

  • Belleza propia y ajena

    La otra noche soñé que despertaba en mi cuarto, con G. al lado, y en la puerta estaba muy instalada y sonriente una mujer joven. Se iba a quedar a vivir en casa -residía en el exterior; aparentemente había venido a hacer una investigación sobre vinos uruguayos- por tiempo indeterminado, y para cuando me desperté ya me habían quitado mi lámpara de noche, el reloj de la mesa de luz ¡y también mi laptop, todo para que ella los usara! Yo me fastidiaba muchísimo y los recuperaba, pero al intentar enchufar nuevamente dichos aparatos provocaba un incendio -recuerdo claramente cómo iba apareciendo el fuego, incontenible, cómo se iba diseminando por un tronco- que no sé si se lograba realmente sofocar después.

    El asunto es que Lisa, esa inquietante joven -y descubro a mi consorte mirándola, embelesado, algo que me enoja pero no le reprocho, mientras él trata torpemente de explicarse-, va ganando más y más “terreno” en mi propia casa (que, a esas alturas, es enorme, con muchos cuartos y gente desconocida). Nadie me había preguntado si aceptaba recibirla y ahora no sabía cómo echarla. A medida que transcurre el sueño, se va volviendo despampanante, con un cabello hermoso y los labios pintados de rojo. Hablo del tema con un cuñado; le hago ver que hasta G. está fascinado con ella como mujer. Él se ríe y me dice: “Lo que pasa es que Lisa te hace bajar las defensas…”. Entonces, mis cuñadas y otras mujeres presentes contestan al unísono: “¡Pues a nosotras nos hace subirlas!”

    Al despertar (en esta realidad, digo), reconozco lo humorístico de mi inconsciente con ese desenlace, pero igual quedo descolocada y se lo cuento a G., quien debe ser el peor escucha de sueños que conozco. Creo que no se da mucha cuenta de la importancia del pedazo de alma que regala quien cuenta un sueño, lo que es una verdadera lástima porque tiene un don para dar con la tecla. Sólo me dijo, muy gestáltico él: “¿Y si esa Lisa fuera una parte de tí misma?”

    Así que aquí estoy, averiguando.

    Una vez, en mi deseado y temido pueblo de Tepoztlán, me encontraba sumergida en una charla de “cosas importantes” con mis amigas MT y MP. Estábamos a un paso de la treintena, por lo que los temas nos arrastraban a las profundidades de ciertas decisiones pesadas, de esas, quizás, para toda la vida: necesarias definiciones vocacionales, el discreto encanto de las potencialidades aún no plenamente realizadas, los Escila y Caribdis de formar pareja o tener hijos, los proyectos personales de vida más sus correspondientes sabotajes.

    Y envejecer, por supuesto. Las tres habíamos sido, en la juventud, realmente llamativas, bellas, requeridas por el sexo opuesto (y a veces por el propio), y si bien a los 29 seguramente conservábamos algo -difuso, desdibujado, apenas una huella, pero algo al fin- de aquel primer resplandor, sin duda ya no era lo mismo que a los 18, a los 20. Así que por la mengua paulatina de nuestras acciones en el Wall Street de las ferohormonas, ya podíamos anticipar que la belleza física no sería una condición inherente a nuestras identidades como seres humanos. Era existencia, no esencia; era accidente, no sustancia.

    -A nosotras nos quedarán unos diez años de estar guapas -dijo MT, o quizás MP. Lo pensé y estuve de acuerdo. De hecho, me resultó un buen negocio aceptarlo: en aquel entonces, de no haber tenido amores y pretendientes una década menores que yo, hubiera pensado que el martillo del remate ya había sido bajado. Pero no. Y diez años hacia el futuro era, todavía, un montón de tiempo.

    Esta escena ocurrió hace mucho más de quince.

    Siempre pensé que, justamente, por ese “poder” que me daba la belleza, ese llamar la atención sin tener que hacer nada, ese carácter amazónico y castigador con el que me permitía rechazar a los hombres sin la menor piedad (sobre todo a los que se sentían ganadores, galanes dueños del mundo y niños ricos acostumbrados al beneplácito ajeno), iba a sufrir como loca al envejecer, al pasar de la juventud a la edad madura. A medida que transcurrían los años, me obsesionaba saber cuál sería el momento exacto en que el Galleguito Camaño -mozo malhumorado, bruto y adorable del café- dejaría de decirme: “Joven….”, como cada día que tomaba mi pedido desde los 20 años, para pasar a decirme: “Señora…” ¿Seguiría siendo “Joven…” a los cincuenta, sesenta, setenta, simplemente porque el Galleguito Camaño también habría envejecido, o terminaría un día con la farsa al mirarme a la cara con más atención? Lástima que el Sorocabana cerró allá por mis 35: nunca lo supe.

    Contra todo pronóstico, envejecer me resultó una liberación, un alivio. Me permitió mostrarle al mundo sin miedo quién era yo en verdad; seducir a los demás (en otro sentido) desde la mirada existencial, no desde mis otrora bellos ojos. Ahora puedo mirar sin ser vista, como quizás hagan las almas desencarnadas después de la muerte: moverse por ese mismo universo en el que dejaron su cuerpo a la raudísima velocidad de la mente y las emociones; sin límites, sin impedimentos, con libertad absoluta. Dirigirme a un grupo de gente sin temor a la mirada de Medusa sobre mi cara y mi cuerpo; hasta me puedo dar el lujo de ser amable y simpática  con quienes se cruzan en mi camino, no arrogante como antes. Porque ningún hombre va a querer arrebatarme nada, porque ninguna mujer va a tener miedo de que le arrebate algo. Soy percibida y escuchada sin intereses ni prejuicios de nadie, y -lo mejor de todo- ya no tengo nada que demostrar. Poca gente imagina la carga que tienen sobre sí las mujeres atractivas y, además, inteligentes: se pasan la vida aliándose con el Padre; rechazando sus aspectos femeninos, como Atalanta, o descollando por su agudeza intelectual y brillantez casi agresiva, como una Atenea que jamás suelta ni espada ni yelmo. Tienen terror de que los otros nada más vean que son lindas, no que piensan.

    O quizás esas hayan sido mis cargas personales; quizás otras mujeres hermosas e inteligentes logren, además, asociarse de corazón con Afrodita y sus promesas. Yo no: yo era como una sirena que embrujaba a los hombres con su canto para hacerlos naufragar, y cuando alguno me importaba mi Artemisa se encargaba de amenazarlo con arco y flecha. O simplemente ponía los pies en polvorosa, aterrada de que me viera “sólo como una mujer”.

    Bueno: ahora me ven “sólo como una persona”. Y me encanta: paso entre los hombres apenas como una brisa, me conecto con las mujeres sin generar desconfianza. Por supuesto que me resultaría muy placentero ser tan linda como antes, pero no cambio lo que gané por nada de este mundo. Soy mucho más “yo” que entonces; soy esa que estaba adentro, asustada. Y mi mayor sorpresa es descubrirme ahora admirando la belleza de las mujeres jóvenes. Porque de los muchachos, tonto sería no hacerlo, pero cuando aparece una chica realmente hermosa la siento como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Me gusta mirar su belleza física; me siento espónsor, hada madrina, tía bruja. Yo, a diferencia de ella, sé que eso no durará, que es como un suspiro de Dios, pero me alegra que exista, que nos recree y fascine la vista.

    Y ya sé que decir que hay una belleza que no se ve con los ojos es un tremendo lugar común, pero ¿qué vamos a hacerle? Pobres escritores, siempre embretados en tocar lo imposible. Cuando Levrero decía que yo era “la mujer más bella del mundo” no hablaba de Helena de Troya: se refería a alguien cuya voz podía hablar por él, alguien cuyos misterios podían acercarle un reflejo de sí mismo. Veía más allá.

    En ese sentido, de cuando en cuando me topo con gente que todavía me ve bella; eso, lejos de movilizar aquel esclavizante lado mío de amazona, es como un raro y estimulante regalo. Una guiñada cómplice de Lisa, un lejano eco de su voz sensual.

    Lo dije en 1996 y lo repito ahora con mucha más autoridad: la juventud es insoportable (si bien bastante divertida, hay que admitir).

    “Tres bellas que bellas son” a los 29, aquel día de charlas trascendentes y cuentas regresivas. Tepoztlán, México (1993)
  • Mi México lindo y… herido…

    Hoy hubiera sido el cumpleaños de José Manuel De Rivas (1964-1996), mi brillante amigo Peabody, mi galante pareja de graduación, que me llegaba al hombro y vestía una capa negra. Se lo llevó el metro en la estación Bellas Artes; si suicidio o asesinato, no me importa. Fue la Ciudad de México y sus demonios. Ciudad rodeada de palacios.

    Mi segundo país siempre me hizo temer por mi seguridad y la de la gente que quiero. Es que México es generoso y cruel, festivo e impredecible, delicado y salvaje. Sublime, vital, sombrío: es una tierra de arquetipos danzantes. La muerte, siempre agazapada, como precio por la vida a manos llenas. Flores, mariachis, fiesta, Dios, mezcal, colores, ruido, escalas desmesuradas, olor a copal, mercados, espectros, montañas, multitudes, frutas. En México vive la gente más despiadada, cruda y mala de la tierra; en México vive la gente más noble, buena y pura de este mundo. México inocente, dijo Jack Kerouac, y también tenía razón.

    Pero ahora hay una guerra civil. No se trata más del cielo y del infierno, dualidad que tan atinadamente descubriera Malcolm Lowry durante sus iniciáticas andanzas por allí: hoy la gente está en la línea de fuego cruzado de varios ejércitos que luchan por su territorio. Parece que ya nadie sabe qué hacer; los narcos se disputan la frontera, las acciones del ejército quedan bloqueadas por cortes sorpresivos a lo largo y ancho de la ciudad (si alguien pensaba que en el Tercer Mundo somos flojos, ineficientes e improvisados, es que no ha reparado en la delincuencia organizada!), hay policías corruptos integrados a la mafia, el tráfico de armas es inmenso, la impunidad prevalece, civiles mueren o son secuestrados, sigue el misterio de las “muertas de Juárez”, se reportaron casi 2.500 ejecuciones en lo que va de este año, EE.UU. se está involucrando porque la olla va a explotar en cualquier momento y dicen que la situación es más grave que en Irak. ¿Qué le pasó a mi México, claro y oscuro, pero cuando era luz sí que lo era, en formas cegadoras de tan intensas? ¿Cómo puede vivir la gente así, entre miedos y negaciones, con amenazas, o la amenaza de la amenaza misma?

    Mi hermano dice que ya ve como inevitable que este año se arme un despelote grande (sic), que cada 100 años México tiene una revolución. Es cierto. Este año no sólo es el Bicentenario de la Independencia sino el Centenario de la Revolución Mexicana. En una, durante diez años las cabezas de los líderes estuvieron colgadas y pudriéndose dentro de jaulas, a la vista de todos los guanajuatenses para que les sirviera de escarmiento; en la otra, te fusilaban nomás por divertirse y la gente escondía a las muchachas en sótanos cuando llegaban los revolucionarios, quienes (muy lejos de esas versiones idealizadas que uno suele hacerse, tipo Che Guevara) se apropiaban de todo lo valioso y bello que encontraran, como fieras desbocadas.

    ¿Qué clase de revolución habrá de librarse este año, entonces? ¿Una guerra sanguinaria, un retorno paulatino al orden, una sublevación social, un terremoto que destruya las ciudades para poder empezar de nuevo, una intervención armada de otro país, una operación fulminante de los servicios de inteligencia, una movilización pacífica? Porque el problema ya no es únicamente la frontera, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey: se va extendiendo como un derrame de petróleo en el mar.

    Leo las noticias (gracias a internet, porque aquí se habla muy poco de esto en los medios) y trago saliva; me preocupan mi hermano, mis amigos, el país mismo. A menudo pienso lo que sería vivir allá todavía, con Astor niño, y siento la gran bendición de habernos escuchado a nosotros mismos, de haber cometido de golpe y sin aviso aquella locura de volver a Uruguay. El tronar de la fiesta, de los fuegos artificiales, se me figura ahora como los ruidos que están tapando la balacera. Pero sigo creyendo en el alma de México, en su poder de ave fénix, en su águila, en el embrujo inmortal de su serpiente.

    Al llegar al ataúd de cristal, el menor de ellos (de tres años) toca el cristal y se acerca a los pies de la estatua, vuelve a tocar el cristal y yo pienso: “estos niños entienden lo que es la muerte, están en la iglesia debajo del cielo, poseen un pasado sin comienzo y se dirigen hacia un futuro infinito, esperando la muerte, a los pies de un muerto, en un templo sagrado”.

    (Jack Kerouac, fragmento de México inocente y otros relatos de viaje, México: Ediciones del Milenio, 1999)



    Guerra sangrienta entre cárteles se recrudece (El Universal TV)
    http://www.eluniversaltv.com.mx/detalle17812.html
     
    Narcotráfico: la lucha por el territorio (El Universal)
    http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp207.html

     

  • Mis respetos, Señor Presidente…

    Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador…
    Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 
    Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o “experiencia de la vida”), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 
    Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 
    Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 
    Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 
    Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

    Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: “Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas…”, escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

    Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

    Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de “Belle de Jour”. Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: “Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli”. Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, “Permiso para iniciar el desfile”, y a él contestar, serenamente: “Sí, señor”. 

    Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 
    Mujica habló del país “agro-inteligente”. Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

    VER PARA CREER:


    Jingle “Vamos Pepe”
    Jingle “A Don José” (intuyo que fue clave en la campaña)

    (cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)