Etiqueta: México

  • Un flash de Guanajuato, Café Dadá

    El reflejo blanquecino que entra de la plaza me hacía parpadear, como siempre. Aunque medio perdida por el contraluz, alcancé a darme cuenta de que la mujer sentada a un par de mesas de distancia era la misma del otro día. Su aspecto es un tanto enfermizo: pálida, con la piel apergaminada y flaca; sin embargo tiene una vitalidad envidiable. A mí me encanta; es una de esas viejas que me sacan un poco el miedo a llegar a ser una anciana bruja sin nada de sex appeal, ni siquiera retórico. Ella da la impresión de traer siempre alguna maldad en la mente; fuma ahí, sola, sentada mientras observa al mundo, y se le escapa como una sonrisita comprensiva entre pitada y pitada. Me pareció que me estaba mirando directamente, y esos arsenales de experiencia de la vida me traspasaban como si yo no fuera más que una radiografía.

    Me levanté de mi mesa para saludarla; al hacerlo, no sé por qué, tuve mayor conciencia de nuestra diferencia de edad. La mujer me agregaba juventud; podía sentirme una muchachita soñadora e inmadura, con mi vestido rosa fuerte y mi buena cara al mundo. Pero no lo lograba del todo porque todavía sentía encima sus ojos de zorro.

    Le dije: -Hola, Anne…¿Cómo estás?

    Usé una sonrisa franca, enorme, distendida: trataba de recuperar a la muchachita a pesar del zorro. Ella me saludó con la cabeza; esa vez que estuvimos en la misma mesa me enteré por casualidad que era de Irlanda. A Guanajuato lo eligió en un mapa: éste, un lugar céntrico de México para terminar mis días. Anne…ella se dice Ana…

    Me dijo: -No va a llover hoy, por fin. Está soleado otra vez.

    Yo le contesté que sí. El contraluz me seguía molestando. Y por decir algo, agregué luego: -Me gustan los días como hoy: me dan ánimos.

    En el momento en que dije “me dan ánimos”, noté que los ojos de zorro se aflojaron dejando lugar a una mirada cansada y azul oscura, una mirada de hechiceros celtas exiliados, una mirada de lágrimas en pausa, algo, de tristeza fumada a solas en un cuarto. Fue como un soplido que me contó sin palabras de sus escalones depresivos. Sentí su alivio; estaba muy de acuerdo conmigo, más que de acuerdo. Estos días dan ánimos porque estar animado sencillamente no va con la naturaleza de la vida.

  • El día aciago de mi calendario

    El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi “día nefasto”, ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica. Dice el Diccionario de la Real Academia:

    aciago, ga.
    (Del lat. aegyptiācus [dies], día fatal).

    1. adj. Infausto, infeliz, desgraciado, de mal agüero.

    A mí me han pasado cosas muy fuertes los 17 de abril de distintos años. Cuando fui al Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México, emocionada comprobé que la Décima Musa había muerto un día como hoy, un 17 de abril: más claro imposible, era una guiñada del universo, que utilizaba mi alter ego de Sor Juana para comunicarse conmigo y explicarme esta manía de la desgracia o de los territorios difíciles. Todo empezó en 1995: sin previo aviso, mi tío cómplice de la mirada ácida sobre el universo, mi tío transgresor, sensible y brillante, uno de mis compañeros de ruta más valorados, insoportable, paranoico, entrañable, murió sin darnos tiempo a nada. Estuve mucho tiempo oyendo tangos y sin poder soltar del todo el alma del Pocho Pedetti. Al año le di una misa y sentí que por fin empezaba (empezaba, nunca fue del todo) a recuperarme.

    Al llegar a casa, encontré un mensaje en el contestador en el que mi amiga P. de México me decía simplemente que la llamara. ¿Ella, que es tan cálida, un mensaje así de seco y al grano? Ya desconfiada, la llamé desde la isla de edición aquella noche (yo trabajaba en el horario nocturno, de madrugada,que era cuando los impagables aparatos de Imágenes quedaban libres), y si bien no la encontré pude enterarme de la noticia: mi amiga Ana Gardos había muerto en un accidente, a los 32 años. Irreparable.

    Pero la conciencia del 17 de abril se reafirmó cuando un par de semanas después me llegó una carta donde supe que inmediatamente después de la muerte de Ana, si no fue ese día fue el siguiente, mi compañero de graduación y amigo José Manuel de Rivas (alias “Pibody”) había muerto sin que se aclararan demasiado las circunstancias, en el metro Bellas Artes. El sentimiento del día aciago, del nemontemi durante el cual más nos vale quedarnos en casa, ayunar y rezar, se hizo más fuerte.

    Durante ese mismo año, hicimos todo el proceso rumbo al implante coclear de mi compañero. Era una decisión muy dura, arriesgada, y la fecha de la operación se fue demorando. Al final, pasó para 1997, y como se atravesaba el verano (cuando todo se detiene) el doctor decidió aplazarla “para marzo o abril”. Yo sólo podía decirme interiormente: “…mientras no sea el 17 de abril…

    La autorización del hospital y la gestión del doctor enfrentaron mil complicaciones, así que no había margen para flexibilidad alguna. Un día, este doctor para el que no alcanzaría monumento alguno, Hamlet Suarez (nótese el nombre de pila), nos anunció: “Ya está la fecha. Es el 17 de abril”.

    La suerte estaba echada. No quedó otra que enfrentarla.Y la operación duró 8 horas, no 4 como estaba previsto. Durante esa eternidad, no logramos que en la Asociación Española de Socorros Mutuos nos dieran el menor informe de la causa de la demora, si las cosas estaban saliendo bien, si había algún inconveniente, si G. había muerto, lo que fuera. Tuve la menstruación por segunda vez en el mes, a los diez días que la anterior. Quería que llegara mi madre cuanto antes (que había perdido el avión en EEUU y estaba varada en San Pablo tratando de volar hacia Montevideo) simplemente para poder desbarrancarme y caer en los brazos de alguien que me recogiera del piso, si algo llegaba a salir mal. Por suerte no fue el caso, pero pagué caro ese dolor una vez que pude aflojar.

    Y así, salpicados 17 de abril siguieron siendo fechas clave del dolor y lo duro de enfrentar. Por ejemplo, hace dos años, una de las peores crisis depresivas de mi historia, tan importante como para reparar después en el calendario y ver la coincidencia (¿o sería inconscientemente el “síndrome de aniversario”?). Otra pincelada: la fiesta de despedida rumbo a México en 1999, en el sótano de mi casa, a dos semanas de partir rumbo a lo desconocido y con todas las despedidas que aquello implicaba. Algunas serían despedidas para siempre y ni siquiera lo sabíamos: fue la última vez que vi al Darno, a mi tío Pepe, a Pablito Pairá…

    Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, viernes 18, “un nuevo comienzo”. Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito.

    semana 16 día 108 faltan 258

    (Año) Chiconahui Técpatl
    (Día) Macuilli Ollin
    (Veintena) Tlacaxipehualiztli

  • Signos sospechosos

    Estoy empezando a incubar una sospecha sagaz: por estos lares, entre el lunes y hoy nos acercamos de golpe a una frontera cíclica para tener en cuenta. Varias señales delatan inequívocamente la transición ritual a la que nos enfrentamos. No hay más remedio, aquí vamos de nuevo:

    1. En casa encargamos dos toneladas de leña y la estufa empezó a acompañar con su noble fuego desde el centro del patio con claraboya
    2. Compramos garrafa para que mis alumnos del taller no se acobardaran y estuvieran contentos durante nuestro segundo encuentro: fue cálido en los tres grupos, por suerte (en todo sentido, digo)
    3. La caldera sonó por las noches, no para preparar habituales mates y tés, sino para -oh, vergüenza, ya en abril!- llenar mi ahora desempolvada bolsa de agua caliente. Qué felicidad, hasta octubre no paro!
    4. Guardé la ropa estival en una caja que la ropa abrigada le dejó libre.
    5. Reaparecieron las camisetas para mí y para Astor (mi abuelo Tito era un fanático, las usaba gran parte del año hiciera frío o calor para evitar los cambios bruscos de temperatura a los que nos tiene acostumbrados este país: noche del lunes, 3 grados, pronóstico para el jueves, 26).

    En la escuela nos enseñan que cada estación dura tres meses, así que el invierno estaría empezando por el 21 de junio… si eso fuera cierto. En Uruguay en verdad dura seis meses, pero digamos que su comienzo y su fin es más leve que ese gélido epicentro trimestral. Bueno, lo publico aquí: alerta, alerta, el invierno está empezando. Se ve venir, amenaza, resfría, enfría. Pero por ahora con sol ¿qué más puede pedirse? Es un cambio de óptica solamente, un reajuste emocional: lo climático es sólo un detalle colateral sin importancia. Mi amiga P. decía que a ella le hubiera gustado conocer las playas en invierno, que en México -con su verano eterno en las costas, a nivel del mar- era difícil imaginarse a Dashiel Hammett ensimismado caminando contra el viento, bien abrigado, con el mar rugiente al lado.

    Tiene su encanto. Sí, tiene su encanto, seguramente tiene su encanto (hacer planas cada mañana, al despertar y tener que salir de la cama al gélido patio de una casa centenaria).

    Y bueno, es lo bueno de los ciclos: finalmente, podemos contar con ellos. Pronto podré decir con propiedad, otra vez, como cada año hace tres años: “Montevideo, casi la Antártida“.

    Ver “La marcha de los pingüinos“, en cómica versión 30 segundos de Angry Alien Productions

  • Pedacitos mágicos amarillentos desde México

    Tocaron el timbre y ahí estaba mi amiga M. del 4 E del Colegio Madrid, con los mismos ojos celestes de aquella cara joven de ángel botticeliano. Ella: con mole, Maseca y obleas; yo: con Tannat, ricotta con chipotles y empanadas. No nos veíamos desde el año 81 u 82 del siglo pasado (¡gracias, FB, telaraña contemporánea, tan pegajosa y llena de promesas cual hilos invisibles, casa de las arañas que inspiran a los escritores, madeja de redes en este mundo solitario!). Casada con uruguayo: ¿qué haría por aquí, de otra manera, casi en el otro extremo del continente, de Monterrey a Montevideo y viceversa? Madre con carácter, buena cocinera con proyectos, autoadoptada montevideana y mercedina, aquella muchachita tímida que parecía no tener mayor conciencia de su belleza física (había en ella algo demasiado etéreo, quizás aquella energía tan light no llamaba la atención de los hombres tanto como se hubiera merecido)… ¡resulta que se me ha convertido con los años en “La Doña”! Me he divertido al verla tan cambiada, desenvuelta, con el ceño fruncido al hacer aquellos cuentos donde sus chicharrones truenan, y para nada extrañaría encontrar una escopeta o un sopapo bien plantado. Si M. hubiera sido como es hoy, con la madurez de las experiencias y ese conveniente añejado en barrica de roble, seguro hubiéramos sido mucho más amigas en aquel lejanísimo entonces de los dieciseis recién cumplidos. Hoy tenemos, además, la ventaja de haber entrelazados nuestras historias de pareja y de hijos cada una con el país de la otra.

    El shock de la noche vino cuando me entregó un cuaderno forrado con plástico, las hojas a punto de desprenderse y papelitos con amarillentas cintas adhesivas que prescribían cuando eran abiertos. “¿Qué es esto?”, le dije. Ella me aclaró, triunfante ante mi -inusual- falta de memoria: “¡Nuestro chismógrafo!”.

    Fue un experimento conjunto terminado el 1 de febrero de 1980, en el que sometimos a nuestros casi 45 compañeros de clase a contestar una serie de preguntas (elaboradas por nuestra dupla), y con el evidente objetivo de colaborar a que se armara un mejor ambiente en la clase, algo más cálido, con compañerismo. Es interesante cómo todos accedieron de buena gana, aunque a veces se tiraran granadas prendidas. Yo venía de un grupo maravilloso en otro colegio, me costaba llegar a este lugar donde una brecha invisible separaba a “los nuevos”, como yo, de los auténticos, tradicionales, verdaderos miembros del Colegio Madrid, que parecían ir por el mundo con un VeriSign otorgado por el mismísimo Rey Juan Carlos (dicho sea de paso, en aquel entonces el monarca era nuevo y no decía “¿Por qué no te callas?”), aunque fueran de la más pura estirpe republicana. Este colegio había sido la escuela de los niños de refugiados de la República Española en el exilio, cuyo gobierno simbólico se estableció en México; luego, recogería también a muchísimos de los hijos de refugiados del Cono Sur, lo que completó ese extraño clima intelectual y contestatario. Con el tiempo, yo también me convertí en miembro VeriSign de la elite que pertenecía al lugar, miembro de esa especie de secta Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo que es este colegio allá en México; de sus salones y pasillos surgieron montones de figuras públicas destacadas en el cine, TV, música, literatura, investigación et al por aquellas tierras, y la cosa parece funcionar como entre camaradas de la Guerra de Vietnam: primero, uno se reconoce o identifica como Veterano, o sea como miembro del Glorioso Colegio. El proceso se catapulta en este primer reconocimiento entre cofrades a partir de escrutadoras miradas y sonrisas cómplices de “sólo nosotros sabemos lo que eso significa”; después se le pregunta por el batallón, división o similar (es decir, a qué generación pertenece)(nótese que no digo “perteneció”), y acto seguido se prefiere, adopta, contrata o elige a esa persona por encima de casi cualquier otra, aún sin conocerla demasiado (nuestros profesores, por ejemplo, eran casi todos ex-alumnos del Madrid). Es un Rotary Club de la ciencia, arte y cultura mexicana, un tatuaje indeleble, un aleatorio título honoris causa, un dolor de hígado para maridos y esposas que no ostentan el privilegio. Pero para los que estamos adentro -quizás gracias a la elucubración calculadora de chismógrafos en el momento justo, guitarras y canciones en los pasillos cada jueves o similares procedimientos seductores- es maravilloso, pa´que miento! Supongo que todo aquello debe haber cambiado mucho en los últimos tiempos: no sólo me han contado que la orientación del colegio es muy distinta que la de entonces, que era muy crítica y alentadora de lo creativo, sino que en su web ni siquiera se hace mención de su historia (casi 70 años) y sus explícitos orígenes republicanos. Eso debe espantar a los promitentes padres de esta nueva era (bueno, quizás no a todos). Como sea, parece que hubieran barrido todo su pasado revoltoso de un plumazo… “¿El Madrid? ¡Pero…está lleno de drogadictos!”

    Mi amiga se fue casi a las 3 AM (27 ó 28 años no se cuentan en una hora). Yo estuve leyendo cada línea del chismógrafo hasta las 4.30 AM, reconociendo nombres que tenía totalmente borrados en la mente, tratando de figurarme quién era aquel profesor que todos odiaban y llamaban “Ponch”, riéndome sin parar por las ocurrencias ajenas, disfrutando de mi propia coherencia existencial y la de otros amigos (eso sólo se ve con las décadas), añorando a mi amado profesor César Bárzana de física y química a quien todos marcaban como su favorito (un Maestro mismo, capaz de inspirar a cualquiera, que se suicidó a los 32 años justo un tiempo antes de partir con una beca a Canadá: aquella noche se despidió de los padres, se vistió con su mejor traje que seguro contrastaría con su pelo tipo afro alborotado, puso música clásica y se envenenó antes de acostarse a dormir el último sueño). Y seguí leyendo adolescentes respuestas a adolescentes preguntas sobre el conflicto iraní o el candidato Kennedy en Estados Unidos (que ahora no tengo idea de quién es). Y desfilaban y desfilaban personajes, compañeros que últimamente han aparecido con el grupo de Facebook y a quienes creí que no conocía siquiera pero estaban en mi grupo, “mejores amigos” de aquel momento que no puedo recordar del todo. En realidad, mi gran zambullida en la amistad y lo que significó ese colegio vino durante el último año de la Prepa; mis mejores memorias, mis placeres fraternales, mi entusiasmo juvenil son en gran parte de entonces. Pero fue fascinante meterme en este viaje tan extraño de Cuarto Año(para nosotros, primer año de Preparatoria), lleno de polvo, telarañas y túneles oscuros. Por cierto, luego de que M. lo guardó durante 28 años, sentí que el chismógrafo empezaba a desintegrarse con mi atrevida lectura como si hubiera profanado la tumba de Tutankamon: caían los pedacitos, se desprendían las hojas, se desbarataba la portada, y quizás alguna bacteria milenaria esté ahora alojada para siempre en mis pulmones. Pero la tinta sigue firme, y eso es lo único que importa, SIEMPRE. ¡Cómo nos reiremos en el grupo Generación 82 cuando vaya largando con el tiempo algunas de las frases célebres que figuran aquí, o las puteadas entre compañeros, o los comentarios más cómicos! Dicho documento incunable merecería ser escaneado, hoja a hoja.

    Hoy en Montevideo habrá un gran acto del Frente Amplio, un aniversario también de décadas. Esa es la explicación que me da G. cuando pregunto por qué de pronto en la radio están pasando la Internacional Socialista y las canciones de la Guerra Civil Española, como si se tratase del soundtrack de mi vida. El sentido común no me engaña, yo sé lo que está sucediendo realmente. Es que los hados de la memoria han sido convocados y casi siempre cantan cuando eso sucede.

    Más:

    “Memorabilia” del Colegio Madrid

    Página oficial del colegio

    Asociación de descendientes del exilio español

    Generación 82 en FB

    Lista de correos de Generación 82 (cerca de 100 miembros ya!)

    El Madrid en FB (más de 500 sectarios del Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo mexicano)

  • VIVE VALEQUE, E. Darnauchans


    Así firmaba el Darno los mails que me llegaron a México “gracias a las manos, el intelecto y la tolerancia de Nátasha, pariente de Ana Dostoievskaia” (o “nieta de Dostoievsky”, según), alguien que me encantaría saber quién es y conocer algún día: mi única pista es que escribía desde
    Tamborilearte a horas insólitas.

    17 de abril, 1999/ Mi despedida rumbo a México

    “P.D. 2: Como dicen, “hay que vivir”.
    Siempre sabe Ud. que quienes la despidieron (pueden) deben recibirla en las marcas de este sur.
    ¿Anda Ud. por ahí?
    No se olvide nunca de Byron, “Love itself must rest”.
    –Or from me–
    (About love)
    DE PROFUNDIS CLAMAVO TE
    Escrito sin pensar acordándome de cierta letra que cantaba Gardel: “Fuerza, canejo, fuerza y no llore –que un hombre macho no debe llorar”.
    Escrito sin pensar a las 05:30 am del 28/XII/999.

    “The rest is silence”

    Kiss (telón) servant Darno.”


    Feliz No-Cumpleaños, Eduardo, donde quiera que estés: festejamos los 53 que sí tuvimos… Gracias, gracias, gracias.
    Con enorme amor de Madame, la del mechón champán y el guante impar, una en la legión de admiradores fidelísimos. Vive Valeque.

  • El misterioso asesinato en la Catedral

    Hoy entré a la Catedral, en la Plaza Matriz, triste, tristísima. En México siempre hacía eso; de hecho, también entraba en las iglesias cuando estaba feliz, con buenas noticias o animada por un día soleado, o cuando iba de paso a mis 180 escalones rumbo a la casita de Guanajuato, y asimismo entraba cuando no tenía nada que hacer, y cuando quería estar conmigo misma, o cuando quería descansar, cuando se me antojaba mirar a algún santo específico (los hay extravagantes allá, como San Chárbel con cintas de colores colgándole, o el Santo Niño de Atocha en una vitrina llena de juguetitos, o el Anima Sola, mujer semidesnuda surgiendo entre las llamas), o para prometerle cosas –que luego tardo siglos en cumplir– a Santa Teresa de Avila, o recurrir al abogado de los casos difíciles y desesperados, santo patrón en cuyo día por casualidad nací y que lleva el nombre de Judas (pero Tadeo, no Iscariote: no llego a tanto). Me hubiera venido bien encontrarlo hoy, con su medalla en el pecho, rodeado de milagritos colgando y veladoras, con la llama que surge de su frente como un chakra abierto.

    Aquí en Montevideo, cuando se me ocurre entrar a una iglesia, primero tengo que refrenar mi impulso: “A ver si está abierta… ¿Para qué carajos sirve una iglesia cerrada, a la que uno puede ir “a misa” solamente?”. Pero estaba abierta, hoy estaba abierta. Será que es la catedral. Así que entré.

    Tenía un espantoso olor a viejo enfermo, a lugar donde hace siglos que no se prende incienso o mirra. A pesar del olfato malherido que me dejó la sinusitis, podía sentir cómo ese tufo a decadencia que no conocía esplendor previo, ese olor a hospital sin desinfectante por falta de fondos se adhería a mi piel, a mi aura. Pensé en irme, pero me pareció excesivo para alguien que se lamenta de haber dejado de percibir los olores casi por entero. Lo más triste no era ese aroma a piso sucio, a anciano agonizante sin bañar, sino la ausencia de otros aromas que recordaran la vida: aroma de flores, de ceras, de incienso de iglesia, ni hablemos del copal, que antes entraba desde el atrio impregnado en los danzantes aztecas. Igual me senté en una banca. El oro también faltaba allí: en el púlpito había un laminado propio de un aerosol graffitero, una capita apenas que emulaba no sé qué glorias celestiales que no se atrevía siquiera a rozar. El oro de esta tierra hubiera sido lo de menos, desde luego.

    No es una catedral. Si acaso pudo haber sido un palacio legislativo. De cielo no sabe nada, de cantos, de misterios. Se veía que allí no se había prendido una vela ni siquiera para el cumpleaños del sacerdote. Pasaron dos o tres personas caminando, solemnes, por los pasillos, sin hacer ruido alguno; luego miré mejor, y puedo apostar que la pareja era de turistas: ella con su mochila colgada, él, con lentecitos y rastros inconfundibles de gringo. De seguro pensarían: “What the hell are we supposed to see here?“, pero no se atrevían a decirlo en voz alta. Cerré los ojos para poder ver la Parroquia de San Francisco en Coyoacán, sobreponer su maravillosa luminosidad sobre aquella estampa desolada y pobre; por lo menos la nave, el altar y los laterales me ayudaban a lograr el efecto. Y confirmé que no se escuchaba nada, no había música afuera ni ecos adentro, no se colaban pregones desde la calle, nadie rezaba. Yo había sacado el MP3 dispuesta a darle mi propia voz al asunto, pero no pude escuchar música más que al final porque me pasé desenredando los cables que se habían confabulado como spaguettis. Supongo que es algo que nos sucede todo el tiempo, de uno u otro modo: perderse la música por desenredar los cables, pero insisto en que allí no había música alguna.

    Al fin, el berrido de un niño retumbó rompiendo aquella comodidad malsana, llena de naftalina y flores muertas que no se ven con los ojos.

    Salí, casi molesta por haber buscado refugio en un lugar donde no hay ni rastros de Dios. Enmarcan cada puerta horrorosas tumbas de señores blancos con cascos eclesiásticos, tan estáticos como el resto del edificio, yaciendo en segura muerte eterna. Y la pila de agua bendita estaba vacía, como era previsible. Vacía hace décadas, seguramente: ¿quién cree en Uruguay en el consuelo del agua bendita? Ni el cura. De hecho, dudo que se bendiga el agua, ni siquiera lo deben hacer para los bautismos: finalmente, es H2O. Luego se preguntan por qué alguna gente le pagó fortunas a los abusadores que traían el agua milagrosa de Querétaro (agua que el dueño de la hacienda de Tlacote daba gratis a los que la pedían). Yo por suerte traje a Astor de Querétaro, no los necesito.

    Me fui escuchando a Silvio Rodriguez que me cantaba en ambos oídos, una voz y otra, jugando con el estéreo y la poesía. Qué alivio. Desde la parada del ómnibus, miré hacia arriba y enfrente: exploré varios apartamentos viejos, que parecían hermosos, con balcones de hierro y vidrios que reflejaban Montevideo. Los muros tenían texturas irregulares, carteles de conciertos ya pasados, detalles que bien ameritaban una fotografía. Ahí sí estaba Dios.

  • No más rituales a Huitzilopochtli hasta el año que viene!

    Ofrenda realizada por la colonia mexicana en Uruguay, Embajada de México,
    Día de Muertos 2007


    Calaveras, flores y tequila: un taller sobre la muerte basado en la sabiduría popular mexicana

    • El arte de morir: trabajar mi propia muerte
    • Introducción al Día de Muertos en México
    • La dulce memoria de los que ya no están: hacer una ofrenda para este 2 de noviembre


    A cargo de Gabriela Onetto, licenciada en Filosofía y coordinadora de talleres literarios
    Embajada de México en Uruguay/ Espacio Cultural
    Sábado 27 de octubre de 2007
    de 15 a 19 hrs

    Los que quieran ser incluidos en la convocatoria 2008, escriban a tallermuerte@onetto.net para quedar en la lista (ya hay 25). El taller se hace el sábado anterior al 2 de noviembre y es una actividad gratuita, mientras Dios me dé vida y salú!

  • Mis tribulaciones en este Día de Muertos

    Además del enorme resfrío que me ha estado haciendo zancadillas desde el martes (y del que no puedo zafar porque nunca me llega el momento de dormir, descansar o simplemente no tener algún plazo de trabajo que venza ese día), anoche ocurrieron varias cosas durante lo que debía ser, y terminó siendo contra mi voluntad, la velación. Es que estoy rodeada de mimosos, incluso entre los muertos me las apaño para conseguirlos divos, celosos e histriónicos. Y yo no ayudo mucho con esa naturaleza parrandera que trato de esconder en el baúl, por aquello de “madre”, “docente” y “resfriada”, pero justo en el día en que hay que celebrar la vida para cerrarle el paso a la Pelona no me voy a echar pa´atrás.

    Veamos:

    INVOLUNTARIA VELACIÓN DEL 1 AL 2 DE NOVIEMBRE, 2007
    MONTEVIDEO, URUGUAY

    • Embajada de México – El asunto empezó con la inauguración de la ofrenda a Frida Kahlo, que era, por otro lado y en cierto modo, la culminación de mi taller sobre la muerte. Estaba hermosa, monumental, y en México no hubiera tenido nada que envidiar. Había gente de los talleres presenciales, del sábado pasado, gente de la colonia mexicana que conocía y trabajó creando esta obrita de arte que estará toda la semana que viene en exhibición, y luego empezó a circular el chocolate y el pan de muerto entre la concurrencia nutrida. Astor se prendió y eso le dio más baterías para seguir jugando entre la gente (finalmente, es su embajada ¿no?), conocí al Embajador, macanudo, y luego la Agregada Cultural dijo que nos lleváramos nuestro itacate. Salimos con un pan de muerto para el desayuno.
    • Bar Bacacay – Allí nos esperaba la bruja V. y su consorte; llegamos cuatro más y Astor, quien sopeó papas fritas en el agua y comió dos bolas de helado de chocolate, además de improvisar una piscinita para dinosaurios en los vasos y dibujar los manteles. A mí me esperaba el altarcito que le había armado al Darno antes de salir, pero ¡una botella más! ¡otra cosita! ¡un nuevo tema! ¡pájaros pintados por doquier! ¡el mozo es un poeta cubano que no sabe que existe el Premio Casa de las Américas y cuya cara se transmuta cuando recita sus décimas! ¡coincidencias! ¡confesiones de borrachos! Astor se durmió y los rufianes padres (y tíos postizos, taxistas y demás) llegamos a las 2 AM a casa. Por lo menos ya era la noche de Muertos (tenía la inocente idea de que podría llegar a dormirme antes de la medianoche); yo le había dejado una lámpara prendida al altarcito de Eduardo, no fuera a ser que anduviera por ahí dando tumbos.
    • Altar del Darno – Una foto del diario, con los ojos llenos de tristeza, desesperación y cansancio. Sorprendido, como quien no se sabe observado en tales sombras. Candelabros y cirios del mismísimo Pátzcuaro, lugar de lo negro. Flores. Una chalina que siempre llevé conmigo desde 1999 en que me fui a México otra vez. Un par de mails que, más que eso, son actuaciones privadas del inconsciente del Darno para mí, con sus “cantinflescas cortesías”. Una botella de Chivas Regal y un vasito bien servido que hoy de mañana estaba más abajo (sí, ya sé, la evaporación, la ley de gravedad y el índice Dow-Jones). Discos para una grata visita (canciones de cuna sefaradíes, música medieval y renacentista, Nick Drake, una selección de tangos reos en disco de pasta), libros (clásicos como La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, poesía medieval italiana, y hasta un librito de Leopardi como guiñada). Fotos: montones. Bares, cafés, amigos, recortes de diario. El inhalador para el asma. El pan de muerto de la Embajada (no sólo de Chivas vive el hombre, aunque ahora sea cadáver!). También discos de él, por si le entra la nostalgia. Papel y pluma para escribir (la guitarra, suya, aparece en una foto que me regaló: supongo que servirá). La letra de “Sonatina” clavada con un milagrito mexicano de corazón, con los que decoré también cerca de su foto. Calaveritas. Una, grande y muy canchera, sentada con un vaso en una mano, como luego de una borrachera; a ese vaso le puse agua bendita just in case. Puse el disco de Canciones sefaradíes mientras prendía los cirios. Sí, el tiempo había pasado desde aquel recital mágico de 1984 cuyo cassette pirata también había colocado en el altar. Su voz estaba destruída, como la mía cuando trato de volver a cantar; la energía no fluye, la vida ya se retiró con un reproche ahogado. Este disco es lindo de oír sólo porque sabemos que efectivamente, se trataba del último aliento. Lindo de oír por la belleza que recuerda, no por la que en verdad crea. Pero era la música de su altar de muertos y, como tal, era perfecta.
    • Saqué fotos como recuerdo. Es bueno tener en mente que nuestro amigo realmente no está más en esta tierra, y que por eso protagoniza un altar, y no se trata de una broma cómplice. Las fotos me quedaron horribles: fuera de foco las que tenían flash (salvo las que tienen los cirios apagados, qué gracia), totalmente oscuras las otras, y en una de mis artísticas tomas me llamó la atención un brillito lindo que captaba el lente. Volví a mirar. Nada. Por el lente, más brillito. De pronto, reparé en que parte de los papeles, la calavera mayor de madera y una de las fotos del Darno se estaban prendiendo fuego (¡sobre piso de parquet!): tiré el vaso de agua bendita para refrescarle los pies a la Calaca, que quedó tiznada y en brasas por un rato. Una tapa plástica de Raras & Casuales se derritió un poquito. Al Darno se le hizo un agujero misterioso y lleno de colores en el aura, de la cabeza hacia arriba; en la foto se lo ve concentrado, con una lapicera en la mano, a punto de escribir algo. Lleva la chalina roja, distinta de la mía azul.
    • Después, leí los mails, reí, lloré, tomamos whisky, miré las fotos (especialmente la nuestra juntos), le dije un par de cosas, le pedí perdón por no haber ido cuando estaba mal (¡yo, la kamikase del inframundo, me daba cuenta de que me tenía que cuidar a mí misma!), y sobre todo le di las gracias por haber cambiado mi vida, por seguir cambiándola, por haber sido un privilegio en las casualidades, un honor.
    • También le prendí una velita a Levrero, Rubén y Pocho, no se fueran a sentir por mi dedicación al Darno. De nada sirvió. Pinches muertitos. No me dejaron dormir en toda la noche.
    • Eran ya las 4 AM. Ni miras de descansar y con resaca amenazando (no estoy para cocktails de Marylin Monroe, ya no estoy en edad). En la duermevela, un calambre terrible en una de las pantorrillas; trato de sacudirla para salir del espasmo muscular, levantarme. Inmediatamente entra en calambre la otra y me duele horrores. “Son mis muertitos rompebolas que quieren llamarme la atención. Claro, no les armé nada este año, sólo al Darno…me quiero dormir!”
    • Al rato: Astor por primera vez se cae de la cama. Cae arrodillado en el colchoncito, el cuerpo encima de la cama estirado, casi dormido. Parece que estuviera rezando. Lo acomodo. Son las 6 AM y todavía no logré dormir, me pasé “velando”. Al rato amanece y todo el mundo se pone a llamar por teléfono.

    Qué nochecita! El Darno casi me incendia la casa, los otros me tiraron de los pies (como si tuviera diez años y pudieran asustarme), y yo para colmos, con cruda. Por suerte, a partir de mañana empezamos a salir del ciclo de la muerte. Al menos del voluntario, claro.

  • Botines de cumpleaños (II)

    (y que le conste a mi amiga F. y a quienes lo hayan pensado: no son botines en el sentido de zapatos con cordones, son beneficios obtenidos a costa del prójimo en mi cumpleaños, a la usanza de los piratas o los conquistadores)

    • Un MP3 Player regalado por los hombres de la casa (en realidad por el grande, pero al chiquito le gusta creerse que él es el que hace los regalos), que me ha hecho recordar cuánto me gustaba andar escuchando música todo el día y adonde fuera.
    • Dos bellos adornos para el pelo, de mi señora suegra, alias “Ela Nené”.
    • Un mágico kit para preparar, disfrutar, oler, mirar, gustar, leer e imaginar todo lo asociado con el café turco, y con el café como disparador de la escritura (que, como bien sabemos, es todo un maridaje). Regalado por la bruja V., amiga irremplazable a estas alturas. Con texto inédito y todo (que, al igual que el MP3, me recordó el valor de ciertos símbolos como “el pendiente de la Maga”).
    • Un artefacto esotérico estupendo llamado “Orgasmatron”, mezcla de batidora manual, tenedor encefálico y antena parabólica de bolsillo, regalado por la más científica de mis cuñadas.
    • Un CD doble, pirata y antologado con amor y seso por el fan número uno del Divino Darno, traído a casa en mano por un misterioso caballero no virtual.
    • Un regalito también en mano (de una compañera de clase que no veo hace 25 años) que ya fue mandado desde México por mi fiel comadre P.
    • La enorme diversión de transformar el billete de mis padres en placeres ya casi olvidados como tres discos (canciones sefaradíes del Darno, tangos en vivo y Loreena Mc Kennitt), tres libros (uno de Dostoievsky que empieza “Soy un hombre enfermo. Soy un hombre malvado. Soy un hombre desagradable... etc”, otro del valor terapeutico de los cuentos y otro de suicidas célebres en la historia, que era uno de mis proyectos) (escribir un libro con ese tema, no ser suicida célebre) y unas guillerminas de Blancanieves. ¡Es genial ir al shopping a comprar, es una experiencia insólita! Así que de eso se trataba, jum…

    Creo que no me olvido de nada. Sí, menudos botines acordonados este año! Con todos estos regalos, llamadas y correos, juntaré fuerzas para cumplir el año que entra. Como me dijo Soraya (mexicana) en mi cumple: “Espero que este evento no deje de repetirse todos los años!!!”

    Je je je…
    Por cierto, el taller sobre la muerte estuvo muy bueno. Ya postearé al respecto.
    Hoy se inaugura la ofrenda a Frida en la Embajada de México, y allí estaremos tomando chocolate y comiendo pan de muerto con Astor, G. y varios amigos.
    El altarcito al Darno me espera para un brindis a la vuelta.

    Si quieres saber tus defectos, cásate; si quieres saber tus virtudes, muérete

  • El taller me mata!

    El sábado 27 de tarde doy “Calaveras, flores y tequila”, un taller que armé al volver del destierro para trabajar el espinoso tema de la muerte desde la sabiduría popular mexicana (aprovechando, siempre a fines de octubre, el inminente Dia de Muertos y mi naturaleza “bilingüe” entre las culturas de Uruguay y México). Lo di en 2005 y lo daré todos los años, gratis, mientras Dios me dé vida y esté en este país, pero lo lindo es que este año es en la Embajada de México que tiene un espacio hermosísimo, inaugurado hace pocos meses. El cupo se ha agotado, lo que me gratifica mucho (siempre me sorprende la buena recepción de mis extravagantes propuestas, juas! me da ánimos saber que a otra gente le viene bien lo que tengo para ofrecer).

    Ahora, no sé si es por eso, o porque al otro día es mi cumpleaños y como todo ciclo mueve la famosa mortalidad, pero hoy volví a hacer el Death Test y parece que me muero a los 76. Es increíble que todavía tenga tanta cuerda (según esto, vivi el 58% de mi vida: ¡es poquísimo, considerando lo vieja que YA estoy!). Cualquiera hubiera dicho que yo de los 27 no pasaba!

    De todos modos, no niego que es medio impresionante el asunto. Brrrrr, ya quiero que sea mediados de noviembre y salir del maldito, oscuro, tenebroso y profundo como el terciopelo negro Escorpio…

    DEAD AT 76

    cancer