Etiqueta: Montevideo

  • Paraguas rojo

    Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.

    Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó…

    Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.

    Foto de Mario Levrero

    Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.

    En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.

    Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.

    Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.

    No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.



    Foto de Mario Levrero


  • Vicios zen

    Pocas cosas me producen tanta paz como juntar las ramitas que quedan tiradas por todos lados en la calle y la vereda luego de alguno de esos vientos fuertes, tan característicos de esta ciudad. Cortar las que son muy grandes y retorcidas para poder transportarlas sin el riesgo de sacarle un ojo a otro cristiano. Alinear las medianas o pequeñas y dejarlas más o menos del mismo tamaño para apretarlas mejor debajo del brazo izquierdo. Abrazarlas, aunque sean duras. Mejor. 
    Esta operación tan sencilla y mínima me arroja en el medio del día a los bosquecitos de pinocha en Parque del Plata cuando niña, a las caminatas en el campo de mis tíos. Sus montes de eucaliptos, los caballos que buscaban sombra para escaparse del calor cuando el pequeño jinete no podía dominarlos del todo. Los cardos que me arañaban las piernas al montar, los zapallos y sandías que recogimos algunos años. El olor que acompañaba a los faroles en la noche. La oleada de jazmines en el pasillo exterior, cuando uno se iba hacia su dormitorio. El fuego de la salamandra y los papeles quemados. Estar en la cama, en la oscuridad, escuchando girar las aspas del molino. Ese casi silencio interrumpido por las vacas que mugían como tranquilizadores espectros, con su arrullo final, con su paz. Todo gracias a las ramas olvidadas en la vereda, a esa madera gratuita que me pasaría inadvertida si no estuviera pensando en el fuego por venir, en la continuidad ritual del invierno. Lo que a nadie le sirve, lo que ni siquiera se percibe en la escena. Las voy recogiendo porque así me siento poderosa, como una cazadora urbana intentando procurarse los medios para sobrevivir y sostenerse sola. Artemisa. Casi recolección agrícola de los frutos de algún vendabal, de sus despojos nutritivos. Deméter. El alimento ígneo. No habrá pobreza posible mientras queden ramas con que prender el fuego. En Montevideo, la cosecha siempre es buena.
    Sí, me gusta abrazar a estas ramas como si me fueran amantes capturados. Llevaría muchas más si mis brazos pudieran abarcarlas. Creo que el asunto se parece a meditar, pero sin que medie esfuerzo alguno: uno simplemente se concentra en la actividad, en divisar una ramita más y hacerla suya, en cortarlas más o menos del mismo tamaño escuchando el “clack” de su tronquito herido, dándoles al mismo tiempo la esperanza de crepitar alguna vez. Me hace un poco de gracia cuántos metros me puedo llegar a desviar de mi camino para que no se me escapen las que se me van cruzando. Veo una más allá, otra al lado del cordón.Una más adelante, con dolorosos nudos y cicatrices en su delgada insignificancia de varita mágica. Entonces empiezo a caminar en zig zag. Me cuesta renunciar a recolectarlas las veces que voy a pagar cuentas o a tomarme un ómnibus: bien sé que no sería razonable hacerlo con semejante carga. Igual no es fácil contener la compulsión. Adoptarlas, tan solitas y tiradas por la calle, exiliadas de sus árboles de origen. Llevármelas a casa, contenerlas del abandono, acariciarlas hasta que se vayan. Y en algún momento, el  rezo secreto: “No faltará el fuego, se me concederá el don de prenderlo cuando quiera, de ser autónoma, de tener siempre un hogar mío al que volver”.
    Vicios de Hestia. O hacer leña del árbol caído.
    *
    Estos días, precisamente cada vez que llego a casa con la máxima cantidad posible de ramas y ramitas, tampoco puedo dejar de imaginarme a mí misma como el tipo de la carta del Diez de Bastos.  Pero nada más lejano a esta tarea voluntaria (que asumo y que cultivo) que el sentimiento de abrumación, de peso obligado, el exceso de responsabilidades tomadas sobre uno que simboliza esa carta. Las ramitas zen me hacen sentirme dueña de mi tiempo y de mi destino, casi libre.

    Sin embargo, por algo será que me viene siempre esa imagen a la cabeza.

  • Atenea Bless America

    El otro sábado salimos los tres a caminar para disfrutar de una hermosísima tarde soleada de otoño a las puertas del invierno por venir. La incomparable bendición llegaba, además, de la mano de cierto tiempo libre: mejor era difícil. Anduvimos por las inmediaciones del lago del Parque Rodó mientras cruzábamos en un alevoso rumbo a la rambla, que lucía deslumbrante y serenísima. Montevideo tiene lo suyo, especialmente para quienes por edad o temperamento se sintonizan fácil con el canal contemplativo. Felices los habitantes de esta ciudad, sobre todo cuando Apolo pasa por alto tanto la geografía casi polar como las estaciones mismas y nos termina regalando sus rayos, tibios y dorados, en ejercicio de su siempre santísima voluntad. Por eso, por toda la rambla y el parque podíamos ver familias, parejas, caminantes solitarios que aprovechaban la tregua.
    Cerca del lago, pasamos por un estanque bastante turbio, lleno de lotos y camalotes, en cuyo borde se aprecia una estatua que representa al dios de los mares, Poseidón. 
    ‒Este Poseidón está de mucho mejor ver que aquel Neptuno flacucho de Querétaro… ‒comenté yo. G. hasta se había olvidado de aquella estatua tan famélica y sin garbo, que más que al (supuestamente) majestuoso dios de los océanos parecía representar a algún perdido soberano de los charquitos. Nos reímos. –Ahí, frente a la Embajada Americana, hay una estatua muy linda de Atenea. Buen lugar para ubicarla –dije.
    G. entonces le sacó una foto a Poseidón y seguimos en soleado periplo mitológico rumbo a la deidad de los ojos de lechuza. Astor, mientras tanto, iba pateando penales por todas partes.
    Caminamos por la rambla del Parque Rodó hasta llegar frente a la estatua de Atenea. La diosa se veía impresionante, con su porte bélico, su mirada decidida y su cuerpo fuerte, coronada la cabeza por un yelmo (cual debe ser, de acuerdo al arquetipo guerrero e inconmovible que encarna). Por detrás, la bandera de Estados Unidos flameaba al viento desde su imponente fortaleza consular; su embajada está enclavada frente a la rambla, seguramente por la previsión de tener una vía de salida (o escape) al mar. O de llegada, quién sabe: uno podría pensar que para ellos lo importante es conservar siempre la capacidad de autodeterminarse, incluso frente al gobierno del país que los aloja. 
    También es, por cierto, uno de los puntos más bellos de la ciudad, especialmente en un día soleado de otoño.
    -‒Esta estatua sí que es linda –dijo G., y empezó a sacarle fotos. Salvo de espaldas, no hay otra forma de fotografiarla que con la embajada como marco. Tampoco la perspectiva fue inocente, desde luego, pero ‒la aclaración, si no sale sobrando, entonces debería dar miedo‒ la realidad y la arquitectura y las casualidades semánticas están todas allí, a la vista, para que uno pueda hacer las composiciones que se le antoje con ellas. 

    La escultura tenía dedicatoria y el relieve de un perfil, elementos en los que nunca había reparado pues siempre había visto de lejos a esta Atenea. Por esa fuerza simbólica y arquetípica con que suele sacudirme, la mitología griega es una de mis debilidades confesas: se me hace un prodigioso hilo de Ariadna para la vida misma, incluso en sus versiones más cotidianas. No negaré que me siento más cómoda cerca de Poseidón y de Atenea que de Ie Manjá o de Confucio, quienes también posan en el mismo parque. Me acerqué para leer la información y ver quién había sido el artífice de la diosa de bronce, tan certeramente enclavada como salvaguarda del país más poderoso del mundo. Una especie de Can Cerbero de acero gélido, una soldada fiera pero impávida, una estratega certera y cerebral. Ahí recordé que en uno de los ejercicios de mi taller virtual, el de creatividad y mundo simbólico, le pido a los participantes que organicen una Manzana de la Discordia de nuestros tiempos, con diosas encarnadas en figuras públicas más o menos contemporáneas. Resulta que Condoleeza Rice ha sido ‒por lejos‒ la símil Atenea más registrada.
    Habíamos terminado con las fotos ‒además de que Astor quería jugar a la pelota, tomar un helado, ir al baño, llamar a su primo y varias cosas más al mismo tiempo‒ y ya nos aprestábamos a irnos cuando uno de los vigilantes de la embajada nos llamó desde su casilla. Sin moverse del lugar; solo agitaba la mano como para que nos acercáramos. Yo miré para atrás y no vi a nadie más; «¿es a nosotros?», le hice señas, y él asintió.
    Esas situaciones con policías, guardias, soldados, vigilantes, porteros, no sé: cualquier uniformado con cierta credencial de autoridad,  de control selectivo para franquear o negar el paso, y ni hablar de cuando complementan el outfit con algún arma, toca una fibra sensible en aquellos que llevamos una dictadura militar en el inconsciente personal y colectivo. Quizás en este país se haya terminado hace como un cuarto de siglo, pero falta que un vigilante cualquiera aposentado a las puertas de una embajada lo llame a uno, para comprobar que (al menos por unos instantes) caemos en el mismo angustioso loop del que una vez salimos, o creímos haber salido. A G. no le causó ninguna gracia; de hecho, le hizo señas al guardia para que viniera él, que era el interesado en comunicarse. Pero el tipo nos mostraba su aparato de radio y seguía gesticulando. Al final nos acercamos; Astor percibía nuestra tensión y preguntó algo, pero ni le contestamos. Yo ya podía imaginar en qué derivaría todo, pero no quería creerlo.
    ‒¿Qué pasa, oficial? ‒dijo G. con cara de pocos amigos, mirando hacia abajo desde su metro noventa. El hombre estaba sentado contestando por radio; al final dejó de hablar y nos dijo que tenía que avisarnos, antes que nada, que en un rato iban a poner un cordón policial rodeando el edificio. Que él no podía dejar su puesto, su casilla, para ir a decirnos. Pero que además ‒ahí como que se disculpó con nosotros antes de seguir‒ desde la embajada le avisaban que no podíamos tomar fotografías.
    ‒¿Qué qué? ‒dijo la rabia acicateada por el loop de las dictaduras añejas. Miramos instintivamente hacia el enorme edificio, con la clara sensación de que eran ellos en realidad los que nos estaban mirando (o incluso fotografiando) a nosotros tres, al tiempo que seguían dándole instrucciones por radio al pobre gendarme de la casilla. El edificio se veía sólido, impenetrable; ninguna fotografía hubiera revelado más que su tosco concreto, su aburridísima falta de color, su formato estándar (de seguro algún modelo prediseñado y a prueba de todo, que además posiblemente sea el mismo para todas las embajadas de Estados Unidos sobre la faz de la tierra).  Pero nosotros, esa ‒en apariencia‒ inofensiva familia paseando en una soleada tarde de sábado, bien podíamos tener vínculos con el Talibán o ser parte de una red internacional de espionaje. Muy sospechoso nuestro comportamiento. Sobre todo el niño: el niño está puesto allí para distraer, pero vaya uno a saber qué explosivo podría llegar a cargar esa pelota.
    ‒¡Si están paranoicos, por algo será! Si yo estuviera adentro del edificio, tendrían derecho a decirme que no puedo tomar fotografías‒explotó G. ‒Estamos sacando fotos de la estatua, de una obra de arte pública que está en la rambla de mi ciudad. Si no les parece, cambien la embajada de lugar… ¡o constrúyanle muros de diez metros para que nadie los pueda ver! ‒exploté yo. ‒Mamá, papá… ¿qué pasa? ‒susurró Astor, al ver que seguíamos argumentando, furiosos, una suerte de tácito Yankees, go home-o-por-lo-menos-dense-cuenta-de-que-están -en-nuestro-país.  El vigilante suspiraba y hacía la cuenta mental de cuántas horas le faltarían para regresar a su casa y tirarse frente al televisor. 
    Finalmente, nos fuimos de allí echando humo por las orejas. En el fondo, el loop activado agradecía la misericordia de que no nos hubieran requisado la cámara o tomado huellas digitales. Pero no podíamos dejar de sentir el acero gélido de los ojos de Atenea que, a medida que nos alejábamos, seguían observando desde adentro de la embajada cada uno de nuestros movimientos.  
    Otra vez en el lago del Parque Rodó, nos encontramos con todo un espectáculo montado: escenario, luces, micrófonos, gente. Era un festival por la legalización de la marihuana, lleno de jóvenes alivianados (con ex hipillos más veteranos) a quienes lo único que les interesaba era la música que vendría a continuación y pasársela lo mejor posible.
    Por supuesto que a ninguno se le dio por acercarse a la dichosa embajada, que quedó acordonada prudentemente para contener a las hordas de aquel sospechoso festival. Es que el mundo es un lugar muy peligroso, lleno de enemigos que te atacan porque sí. Por eso la embajada de Estados Unidos en Montevideo tiene los hierros de Atenea como emblema: ¿quién podría meterse con semejante diosa?  En cambio, los jóvenes de la música, la fumata y el loveandpeace del festival, esos parecían preferir nadar en las aguas de la creatividad y el inconsciente de Poseidón. Aguas que también pueden volverse las de la ira, cuando se pasan de la raya con él.  
  • A hard rain´s a-gonna fall

    Hace días que llueve en Montevideo. No todo el tiempo, claro, pero cuando lo hace es con esa forma de llover que tiene Montevideo, como si hubiera llovido desde aquel Verbo del principio y como si fuera a seguir lloviendo hasta el capítulo final. Una forma gris de llover, que repiquetea pertinaz contra las claraboyas, que llega hasta a rasgar los pavimentos con su acción pequeñita, constante, incisiva -la forma de actuar que suele tener el agua, por otra parte, salvo cuando se sale de su cauce, furiosa, y termina desbordándose, o cuando se alza, impotente e imponente, clamando por respeto, trepada a un maremoto devastador-.Sí, es un paisaje melancólico el que me ofrece la ventana del bar esta mañana de pies fríos, de gente callada.

    Pero curiosamente en estos días no he sucumbido al embrujo triste de la lluvia montevideana. La encuentro hermosa, una oportunidad, un cielo de paraguas dados vuelta.

    Está brumoso en estos días. No son las brumas de Merlín, pero igual me las recuerdan.

  • Amores de café

    El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

    Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

    Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

    Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

    Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

    Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

    Así que pido otro café.

    El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

  • Mis respetos, Señor Presidente…

    Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador…
    Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 
    Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o “experiencia de la vida”), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 
    Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 
    Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 
    Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 
    Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

    Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: “Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas…”, escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

    Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

    Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de “Belle de Jour”. Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: “Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli”. Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, “Permiso para iniciar el desfile”, y a él contestar, serenamente: “Sí, señor”. 

    Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 
    Mujica habló del país “agro-inteligente”. Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

    VER PARA CREER:


    Jingle “Vamos Pepe”
    Jingle “A Don José” (intuyo que fue clave en la campaña)

    (cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)
  • Gracias, gracias por el fuego (1920-2009)

    “Cuando parece que la vida imita al arte, es porque el arte ha logrado anunciar la vida”.

    (de Epílogos míos, MB)


    Es triste, muy triste despedirlo, mi primer don Mario montevideano. Le han acomodado una sala velatoria de lujo, “el Salón de los Pasos Perdidos”, en un día feriado, cansino, a media marcha (que ahora se volvió de luto nacional, decretado y espontáneo). Y además un día frío, gris, lluvioso: más montevideana la puesta en escena, imposible. Mis reverencias a la producción.

    Lástima que ser inmortal sea sólo en sentido figurado: es temible este “punto final” que (nos) ponen a cada rato los escritores… Mi adolescente acaba de terminar para siempre.

    La velan y lo velan aquí.

  • Ondulaciones

    Hoy, al volver de dejar a Astor en la escuelita, me di cuenta de que traje a Guanajuato conmigo cuando regresé al país. Montevideo se me ha vuelto en los últimos tiempos una ciudad empinada, llena de subidas que mis piernas resienten, un lugar en el que la fuerza de gravedad duele más en los músculos que en otras latitudes. Las escaleras interminables de Guanajuato están presentes ahora en cada cuadra; sus subidas pronunciadas, su aire montañoso.”¡Y yo que creía que Uruguay era un país plano, de suaves ondulaciones apenas perceptibles entre el verde del campo y los cardos, lomitas casi sin mapa en aquellas tardes mágicas de la estancia, en que uno era niño o cuando mucho joven, y agarraba un galope eléctrico cuesta abajo hacia el crepúsculo! ¡Y ahora resulta que he vivido en un engaño: las ondulaciones de Uruguay son deportes extremos, pueblos mexicanos a los que uno debe sobrevivir con el tesón de un burrito carguero, ciudades hechas de piedra, de tierra seca, de sierras que rugen de calor y de alturas, carreteras al borde del barranco, peñascos en los que falta el aire!”.

    Todo esto es imaginación mía, por supuesto: simplemente se trata de la edad, de los años cultivando el descuido físico (ya no vivo a 180 escalones del Centro, como en Guanajuato, y por lo tanto he perdido el ejercicio aeróbico cotidiano; ya tampoco camino hasta la madrugada de bar en bar ni bailo festejando la vida, como siglos atrás). Montevideo debe ser, supongo, una ciudad tan llana como la dejé hace años. Me daría risa quejarme realmente del esfuerzo que me insumen las cuadras “cuesta arriba” si estuviera una sola tarde otra vez en Guanajuato.

    Pues sí: indudablemente he perdido la épica, quizás hasta la capacidad de despegarme del suelo. Ahora peso, porque el mundo y sus demandas me traen de nuevo a la tierra todo el tiempo.

    “Porque un vez que hayas probado el vuelo, caminaras sobre la tierra 
    con la mirada levantada hacia el cielo: porque ya has estado allí y quieres volver”.

    Y caigo en picada nuevamente, como todos los días, vencida ante los caprichos de la gravedad del alma, de la montaña invisible. Cómo me duele que Astor esté llorando últimamente en la puerta de la escuelita, abandonarlo a quién sabe qué miedos, y tener que decirme, por su bien y el mío: “Es normal”. Ser padre es una tarea titánica, propia de Prometeos prontos a ofrendar su hígado a las águilas por regalar el fuego, de decenas de Hércules asumiendo sin tregua los doce trabajos infernales, de una legión de Atlas cargando el mundo, de una horda de Uranos castrados, de Cronos tragando piedras, de Letos pariendo dioses. No son tareas para el corazón de los silvestres mortales: mi vida pende de cada una de sus respiraciones, de sus sonrisas de niño, de su inocencia. Escalo como puedo las montañas de nuestro tiempo juntos, limitado, finito, aunque aún no sepamos la fecha en que nos alcanzará nuestra condena. Es que no son ondulaciones, son grandes abismos que amenazan, pero también son cimas, olimpos, cielos.


    FOTO: Renato Iturriaga
    CITA: Leonardo da Vinci


  • Cositas mínimas que no logro entender del mundo (III)

    ¿Cómo es posible que las terminales de autobuses de la Ciudad de México -hablo de mi modestísima experiencia en viajes, pero si sumo los kilómetros de ida y vuelta entre mis dos países doy la vuelta al mundo, además del largo tiempo transcurrido en cada uno de ellos- puedan manejar con bastante eficiencia miles y miles de pasajeros diarios, y en cambio la “talla 0” terminal Tres Cruces de Montevideo se vea desbordada por un eructo de verano?

    La pregunta se vuelve acuciante, filosa y llena de fastidio -como estoy ahora, en el ómnibus rumbo a Solís luego de mil y una peripecias dignas del Principio de Peter, la Ley de Murphy y el Primer Manifiesto del Subdesarrollo (“Incompetentes del mundo… ¡uníos!”)- ante algunos hechos contundentes:

    1) Tanto México como Uruguay son países del Tercer Mundo: no estoy haciendo la zancadilla infantil de comparar con Europa o EE.UU.

    2) Los veranos se repiten cada año: no son una catástrofe inesperada que azote a un país desorganizándolo súbitamente. Las hordas estivales en la terminal de autobuses pueden preverse con tiempo, planificación y sentido de la eficiencia (sobre todo del servicio, algo difícil de encontrar aquí) (también es difícil de encontrar una oficina de Defensa del Consumidor o un abogado presto a poner una demanda). Tengo la impresión de que poner sin aviso previo un letrero de “Caja cerrada” cuando hay veinte o más personas en esa fila, no tener previsto a qué andén llega cada autobus ni a quién puede consultárselo ni quién lo asigna ni por dónde puede desplazarse tanta gente para ir y venir como títere mal informado, de un extremo de la terminal al otro, no una sino varias veces, mientras cruza un mar de gente propio de la estación Metro La Raza del mentado DF (y aún ahí era más organizado: descontando las horas picos, atroces, y la monstruosidad misma de la escala, por el metro de dicha ciudad pasan por día 6 millones de personas, y aún así, básicamente, los ríos de gente van por su cauce, hay represas y exclusas, lagos y, bueno, canaletas estrechas, pero también señalización, cronómetro, velocidad), sufriendo la mochila ajena en el ojo -fina imagen ¿eh?-, tengo la impresión de que terminar tomando el ómnibus de las 19.15 hrs a las 19.45 o que haya que llevar a los pasajeros del “Coche 4” en el “Coche 1” porque dicho “Coche 4” los dejó plantados en la parada y siguió de largo, tengo la impresión de que todo eso no colabora con la seriedad de los servicios turísticos uruguayos. Menos mal que sólo tuve que tomarme un taxi desde mi casa para contemplar (¡y participar de, iupi!) este caótico espectáculo vergonzoso: si hubiera venido a veranear desde otro país, me corto las venas.

    3) Si en vez de una terminal de ómnibus fuera un aeropuerto, los aviones colapsarían en el aire: ¡qué alivio! Para tragedias, todavía tenemos a Bush, más la franja de Gaza, asiduos terremotos, huracanes y todo el catálogo, no precisamos esforzarnos en generar adicionales.

    4) En la ciudad de México hay cuatro terminales de salida, según la dirección en la que se viaje, y por cierto la mayoría están bastante alejadas de la zona urbana central, no enclavadas en su epicentro. Bah, doy fe de que era así: el DF crece tan rápido que puede que ya se las haya tragado; cuando yo era niña, el aeropuerto quedaba en las afueras, y cuando volví hace diez años vivía en la colonia Narvarte y parecía que los aviones se metían en mi dormitorio…

    5) Desde que pisamos la terminal, nos llevó 4 horas llegar a este balneario que está a… 80 kms de Montevideo! Lo escribo y me da vergüenza ajena (y propia, como connacional). El anfitrión, extranjero, claro, nos dijo: “Bueno… ¡pues bienvenidos a Artigas!”. A esas alturas ya tendríamos que haber llegado a la frontera del país.

    6) Ya estoy esperando el paro, la huelga, la manifestación por aumentos dignos de salario, la movilización gremial, etc. de los eficientes empleados de Tres Cruces, sus líneas de ómnibus… auch!!! “Uruguay: país de servicios”. Servicios sanitarios, será. Turistas del mundo, no vengan en verano hasta que esta gente salga del Jardín de Infantes. You don´t deserve this, really.

    Por suerte, luego de la tortura aquí está hermoso, nos tratan maravillosamente, Astor juega en la piscina, tenemos resaca por el “4 X 4” de anoche (cuatro botellas de vino entre cuatro comensales pernoctadores, no hubo tango), todo está lleno de hamacas y, por si fuera poco, terminé pasando mis apuntes de carretera en laptop inalámbrica rodeada de jardín. El sol, la sombra, la comida, la buena música: después de la batalla, el paraíso. Al menos, ese es el argumento que promueven todas las guerras santas del mundo…

  • El Justiciero (la venganza en cada árbol)

    En algunos años, al fin estarán secos todos los plátanos de Montevideo… ¡Gracias, Justiciero, el pueblo te saluda!


    fotografía: Guzmán Sánchez