Etiqueta: Morgana

  • Cuidado: pintura fresca/ algunos textos escritos anoche frente a los cuadros de Rodrigo Fló

    I.

    Traición atemoriza. Un campo de manzanilla, de vientos casi niños, y mansos caballitos y campanas. Noches con osos de peluche y estrellitas fosforescentes pegadas a la pared, y el Ángel de la Guarda colgado en la medalla. Pero de todos modos la oscuridad logra avanzar, hacerse carne, volverse tumor acaso, globo tóxico azul, enfermizo exorcismo casi anciano. Humedad corrosiva, canilla que gotea sin pausa cada noche con la sola intención de terminar de sacarme el sueño. Traición atemoriza. La cara inocente, la bella pastora de delantales y regazo de anís, de dulces galletas de canela, deja que me le acerque, cándida y bobita, confiada, maternal en tanto niña, para -una vez con su mano entre mi pelo, una vez con sus caricias soleadas de casi siesta infantil- atestarme el golpe de gracia, el sonido metálico de sus dientes en mi vientre, el desgarro de tripas, mi incrédula mirada de lobizón maltrecho. Traición atemoriza. Parece que todo fuera calma, que el cielo contuviera las lágrimas por mí, que la luna guardara sus ases bajo la manga por amor a mi juego. Pero es mentira: en cuanto me dé la vuelta, ese mismo cielo compasivo que caminaba en equilibrio, esa luna galante del fair play, esa calma que me hizo pensar en chimeneas y leñas, en sopa caliente, en música de grillos, todos se volverán mancha de tinta, sin aviso, todos ira febril, envejecida streaper de los cielos. Sí, se volverán olas furiosas reventando contra un murallón de piedra que apenas las contenga. Y la traición allí, agazapada. Y la traición allí creciendo firme y en silencio, como una yerba mala.

    *

    II.

    De feroz no tengo nada. Lástima. Esa corrección tonos pastel, esa nubosidad variable con tormentas violentas pero que llueven solo en el patio de la casa, mientras que afuera saco paraguas de colores y botitas de lluvia muy a tono para saltar baldosas flojas y hacer como si me asustara de los charcos. Sí, ¿quién puede ser feroz si amordaza sus noches, si las domestica hasta sacarles el brío, las ganas de correr sin hora de retorno por los campos, de galopar libre, sin alarmas ni timbres ni relojes ni despertadores ni timers? Ni siquiera -y tan solo- un reloj de sol, uno de arena; es más, sin un calendario, digo; sin un ábaco ni una agenda o documento cualquiera de identificación civil. Libre de no guardar unidad, de no sostener ni la intención de cierta coherencia personal. De tejer y deshacer, de provocar y después no hacerse cargo, de causar y mirar impávido el destrozo, de seducir y abandonar. De hacer sangrar, en suma. Libre de culpas, libre de rumbo como un taxi libre. Lástima.

    Feroz, feroz, feroz: no tengo nada. Salvo en las noches de luna llena, esas enormes lunas naranja con las que a veces me confundo. Que salen, si acaso, una vez cada diez años. Qué bello mi espíritu, tan plumas de ángel que me peino, tan ojos celestes y tan sacrificado. Como una estampita de Primera Comunión, con ribetes dorados y mi nombre, en cursivas, coronándolo todo. Dicen que he sido canonizada, albricias. Porque por el camino dejé toda pasión molesta, toda aspiración mundana, toda competencia cuerpo a cuerpo. Toda mirada desafiante, todo improperio de colores oscuros: eso lo voy barriendo, discreta, bajo la mancha roja, el desecho menstrual, el vergonzoso algodón de nuestras madres y abuelas. Yo no. Lástima. Hubiera querido ser la santa de tez de porcelana, la inmolada, la que jamás se desdice de sí ni de la apastelada armonía de su dormitorio (imaginario). Y ahora parece que la textura, que los chorretes blancos, que los desniveles y pequeños volúmenes de pintura sobre la tela, parece como si quisieran despertarme, recorrerme el cuerpo y el alma como en una despedida de amantes. Qué bien me harían, en este caso, aquellas alarmas y timbres y relojes y despertadores de los que quise escapar antes. Te estás muriendo, como todos, podrían acaso decirme. Pero el celeste apenas gris, el rosa casi pálido, el tenue amarillito, ninguno quiere comprender lo que en verdad me están diciendo. Te estás muriendo, repiten. Entonces sé que ese es el precio: que el espacio en blanco, el níveo nirvana, el cielo ganado, el qué buena era no me dejarán volver a ser feroz. Y mucho menos me dejarán ser tierna.

    No, no, de feroz no tengo nada. Qué lástima, qué maldita, perra lástima.

    *

    III.

    Me pesa la  prudencia, por más que hoy llueva y la encuentre hermosa. Letra chiquita, no vaya a ser. Hay algo en este cuadro que me hace sospechar, y sin embargo es (de todos) el que mejor me comprende.

    Sobre el artista:

  • Conversaciones con Morgana y otras hechiceras (1)

    Morgana: -Yo nunca tuve ese problema de la página en blanco, del bloqueo al querer escribir…
    Ginebra: -¡Yo tampoco! Siempre que quise escribir, que me senté realmente a hacerlo, escribí. Entiendo que a la gente le pase y trato de distraerlos para que logren salir de sus parálisis sin darse mucha cuenta, pero a mí jamás me pasó. 

    Morgana: -El tema es disponerse realmente a escribir ¿no?

    Ginebra: -Sí: sentarse. Parar la voz del mundo. Tener derecho a perder el tiempo…
    Ginebra: -No puedo poner ese disco [*] porque está asociado a mi novela trunca, y entonces siento unas ganas incontrolables, irresistibles de escribirla, de retomarla… 

    Morgana: -Pero entonces está buenísimo: ¡ponelo! 

    Ginebra (mortificada): -Nooooo, no puedo, no puedo dejarme arrastrar por la novela. No haría otra cosa, me perdería. ¿Y mis obligaciones, el sustento que en estos momentos no me da? 

    Morgana (comprensiva, pero internamente en desacuerdo): -Sí, claro… 


    [silencio]

    Ginebra: -¿Te diste cuenta? “Trunca” es casi igual a “tranca”. 
     
    “El acto creador es peligroso porque la gente puede ir y no volver más. Por eso yo procuro rodear mi vida de personas sólidas, concretas, de mis hijos, de una empleada, de una señora que vive conmigo y que es muy equilibrada. Para que yo pueda ir y venir dentro de la literatura sin el peligro de quedarme allá. Todo artista corre un gran riesgo. Hasta la locura. Por eso debe tener cuidado”. 
    Clarice Lispector, entrevista para la revista Texturas
    [*] Into the labyrinth, Dead Can Dance
  • Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

    Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

    El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

    Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de “Cuando vuelvas a nacer… ¿qué serás? ¿Quién serás?” me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

    Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una “carrera” ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

    Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

    Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: “Siento esto, por tanto debo ser una chica mala”. Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

    No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
    ni el perfume de tu almohada

    Yo quiero sentir tu olor/
    pero no quiero tu amor

    El cuento de hadas no es para mí

    La princesa es de otro cuento

    Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

    Dame tu parte criminal/
    dame tu parte más amarga

    Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

    Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado “bis” mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

    ¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

    “Middle age rules”.

    Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

    Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

    Un “cuento de hadas” de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
    http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa

     

  • Isolda la de las blancas manos

    Según el tarot del Rey Arturo que llevó Morgana al retiro literario, mi carta -el Cuatro de Espadas- se ilustraba con la figura de Isolda la de las Blancas Manos. Cuando Tristán e Isolda la Rubia fueron descubiertos por el rey Marcos -el esposo de la dama en cuestión-, a Isolda la pusieron bajo llave en el castillo de Cornualles y Tristán se ocultó en el bosque con prohibición de regresar al reino. Malas épocas para los célebres amantes adúlteros (… que terminaron en el segundo círculo del Infierno de Dante, por cierto). Luego, una flecha envenenada hirió a Tristán y su vida corrió peligro, pero Isolda, que era una hábil curandera, no pudo burlar la vigilancia para ir a sanarlo. Sumado a que el rey Marcos lo estaba buscando para hacerlo picadillo, Isolda consiguió avisarle a Tristán en secreto para que se fuera de Irlanda a la Bretaña continental y buscara allí a Isolda, la de las Blancas Manos, quien podría cuidar de su herida.

    Y efectivamente, la noble Isolda de las Blancas Manos lo cuidó con todo esmero, lo reconfortó, lo alivió de sus males, llenó su vida de calidez y quizás hasta le salvó la vida; día y noche veló por él, enamorada; drenó el veneno del tajo de la flecha aquella, limpió la sangre, lo dejó dormir hasta recuperarse. Gracias a los cuidados de Isolda la de las Blancas Manos, y muy lejos de las amenazas que había dejado atrás en Cornualles, Tristán logró salir adelante, renovarse en alma, mente y espíritu. Cualquiera correspondería a semejante amor que le ha curado sus peores heridas; cualquiera se sentiría agradecido hasta el día de su muerte. Por eso Tristán se casó con Isolda la de las Blancas Manos. Lo hizo con toda sinceridad y voluntad de entrega, radiante, contento de poder mirar todos los días su bella cara y sus manos buenas.

    Mi perro adorado, a quien tuve que dejar en Guanajuato cuando volví a Uruguay, se llamaba Tristán.

    El problema era que Isolda la Rubia, en cierto lugar remoto, aún seguía existiendo. Y el librillo del tarot del Rey Arturo dice así:

    “Aunque él estaba agradecido y sabía que ella se merecía su amor, Tristán nunca pudo consumar el matrimonio debido a su imperecedero amor por Isolda de Irlanda, reina de Cornualles”.  Se justificaba, avergonzado, diciendo que era la famosa herida que le seguía doliendo. Puede ser. Estamos en los territorios de lo simbólico. Lo cierto es que la otra Isolda seguía allí. Porque era un asunto no resuelto, a pesar de la bondad, belleza y cuidados amorosos de Isolda la de las Blancas Manos.

    Y, claro, ella, la esposa, finalmente lo resintió; al final de la historia llegó a mentirle a Tristán, que agonizaba, sobre el color de las velas del barco en el que supuestamente vendría la otra, la Isolda añorada, a curarlo. Si Isolda la Rubia no había concurrido a la llamada de auxilio de Tristán -como en verdad lo hizo, pero la de las blancas manos prefirió matarlo de dolor ocultándoselo antes que permitir dicho reencuentro-, la vida ya no importaba en lo más mínimo. Por eso Tristán murió. Y ya no fue, entonces, para ninguna de las dos Isoldas.

    En el taller de constelaciones familiares al que asistí hoy me tocó -entre otras situaciones- ser la representante elegida por un hombre que se había separado hace cinco años y no podía superar el abandono. En la constelación, yo representaba a su ex mujer, que había formado una nueva pareja y tenía un hijo. Se me llenaron de lágrimas los ojos cuando tuve que repetir lo que proponía la facilitadora, mirándolo a la cara: “Te agradezco todo lo que me diste y te llevo en mi corazón. Me hubiera gustado que fuera de otra manera, pero así fue“. Ojalá Tristán hubiera podido decirle eso a tiempo a Isolda la de las Blancas Manos, en vez de tener que morir.

    Isolda la Rubia, reina de Irlanda, era ante todo una bruja (y, como tal, entera). Porque no en todos los casos Isolda la Rubia es un amor rival. Lo que es siempre, o debería ser siempre dicha Isolda la Rubia, es uno mismo.

    Marriage of Tristan to Isolde of the White Hands
    Sir Edward Burne-Jones

  • Noche de Walpurgis: Ginebra, Arturo, Morgana, las hadas del bosque, mi novela y yo

     

    Cuando la gente se va a un retiro (religioso, profesional o en el marco de un proceso terapéutico), generalmente lo hace para encontrar la paz que le permita acometer ciertos proyectos u objetivos, o para que terminen surgiendo espontáneamente procesos que, de otro modo -de no ser por ese “fuera del mundo” artificial que se crea-, costaría demasiado contactar o por lo menos llevaría muchísimo más tiempo. Uno se va, confiado en que su rutina, su mundo de todos los días, lo estará esperando allí cuando regrese, intacto e inmóvil, como el castillo de la Bella Durmiente que seguía preso del hechizo un siglo después.

    Mi rutina, mi mundo de todos los días, saltó en pedazos recientemente, y “paz” es lo último que puedo esperar en medio del inmenso dolor que estoy viviendo ahora (dolor cuyo sentido es, precisamente, tratar de recuperar dicha paz). Creí que, para mí, el soñado retiro literario en Solís, con el ya probadísimo equipo femenino de escritoras -y amigas-, quedaría literalmente en el tintero. Nadie puede escribir una vez que el tsunami golpea y arrasa con todo: se dedica a salvar la vida, a recobrar las maltrechas pertenencias que flotan, a reparar la casa o improvisar un techito, a sostener a otros heridos, a dejarse curar por las brigadas solidarias, a buscar alimento día a día, sin acopio posible, a juntar leña para prender fuegos que recuerden el hogar. Sí: uno se dedica a sobrevivir cuando el tsunami golpea; lo último que podría hacer es escribir. Tampoco se puede escribir mientras se avista la ola a lo lejos, por cierto.

    Un amante del cine arte me comentó una vez sobre una película de aquel director interesante (aunque demasiado arriesgado en sus propuestas estéticas, a mi gusto) que filma ese preciso momento y lo sostiene como en una cámara lenta eterna: la ola gigante a lo lejos, imponente, majestuosa, durante rollos y rollos de filme. Los espectadores permanecen, igual, en sus butacas, por la arrolladora belleza de otras secuencias en la historia. Personalmente, semejante imagen me causaría torturantes pesadillas por su contenido arquetípico.

    “No importa, vení igual, aunque sea a pedacitos”, fue -más o menos- el mensaje de mis compañeras en la pasada noche de Walpurgis. Y milagrosamente fui. Claro que a pedacitos, pero rodearse de siete hadas y un bosque ayuda a la sanación, por más duros que hayan sido algunos momentos. El silencio creativo me hace bien; los momentos de amistad gozosa, también. Y aunque no haya escrito mucho más que mis bitácoras de la vida, leí con concentración  mi novela trunca (no puedo llamarle ya “proyecto” cuando tiene 180 páginas escritas, aunque haya sido hace siglos) que sorprendentemente me dijo mucho de mí, de lo que estoy viviendo ahora mismo, a años de distancia; me conectó, página a página, con mis búsquedas de siempre. Retomé nada menos que el sentido del juego, el desafío y el misterio de escribir esa novela. La tríada bendita. Nada mal para un retiro en el medio de un tsunami.

    Estuve llorando en la hamaca, tapada y escuchando música, hasta que en medio de esa desolación un hilito de luz, de esos que se filtran desde las copas de los árboles, me hizo sentir que encontraba algo como el camino de regreso a mí misma y a mi fuerza, a mi alegría de ser yo, la que soy. Al final, el Darno estaba cantando/me en francés; era parte de esos hilos de luz, de muchos hilos que se entretejen para sostenerme. No es cierto que la imagen de la telaraña implique lo malévolo, lo destructivo; quizás esa sea la realidad de los insectos. Para mí, los hilos, la red, la telaraña que se teje son todos huellas, rastros, señales y ovillos de salida.

    En ese mágico momento de retorno, me pareció ver una línea que aparecía y desaparecía a medida que la hamaca se iba meciendo. Una finísima línea vertical que se ocultaba y se dejaba ver en una danza de brillos y transparencias. Bajaba desde no se sabe dónde hasta mi bota; parecía un inesperado rayo láser de la Guerra de las Galaxias.

    Cuando al fin me di cuenta, quise correr a contarle a Morgana, pero me contuve para no distraerla de lo suyo. Allí, mientras estuve rearmando mis pedazos en la hamaca, asida a mis guías invisibles, entre temporales y naufragios, una araña tuvo el atrevimiento bendito de tejerme encima el primer hilo de su futura telaraña. Por un instante, tuve a Levrero frente a frente, o al menos habrá sido el recuerdo de su lección principal: la autenticidad, el valor de ser quien se es, incluso cuando la gente que amamos y que nos ama no pueda comprenderlo, mucho menos acompañarlo. Memento mori.

    Observé por última vez, maravillada, el fortuito brillo que me hablaba al oído, y tomé entonces el hilo casi invisible con la mano izquierda. El regalo de la araña se quedó conmigo. Estaba en paz. Sabía que no duraría, pero lo estaba.

    La noche de Walpurgis misma prendimos un gran brasero, comimos guiso de lentejas, tomamos vino, quemamos unos papelitos que guardaban todo aquello de lo que nos queríamos desprender en nuestras vidas y luego otros papelitos con lo que deseábamos con toda el alma. Fue una especie de ritual improvisado; yo comenté que iba a ser difícil que alguna iglesia lograra captarnos alguna vez, con semejante poder de autogestión. Cada una sacó, además, una carta del tarot del Rey Arturo que Morgana había llevado. Ocho cartas, como dardos certeros, con capas ocultas que continuarían luego, en los días por venir, su proceso de cebolla hasta develar la totalidad del oráculo. Un círculo de mujeres escritoras alrededor de un brasero prendido convoca fuerzas muy poderosas.

    A mí me tocó el Cuatro de Espadas. No sé qué dirá la estadística de estas cosas, pero desde mi experiencia personal era imposible que saliera un palo distinto que el de espadas. Conozco bien la carta, sus significados habituales, pero no en esta versión del Rey Arturo, que además me llega especialmente por mi condición de Ginebra. La imagen que presentaba este tarot para ilustrar dicha carta era Isolda la de las Blancas Manos. Recién como una semana después, los insights me empezaron a golpear, pero esa es otra historia (que quizás escriba luego aquí). El significado liso y llano que el librillo daba sobre mi Cuatro de Espadas decía así:

    Recuperación. Sanación. Retirada a un entorno seguro y tranquilo. Tomarse un respiro. Abandonar una situación tensa y caótica para aclarar la mente y evaluar los propios planes. Indagación serena en la propia alma. Recuperar la fuerza y dirección. Recibir protección y cálida hospitalidad. Convalescencia. Abandonar un estilo de vida peligroso. Puede indicar una estancia en el hospital. 

    [espero que esto último sea en un sentido metafórico, aunque a estas alturas todo es posible]

    El lugar común de hoy: “”Y, viejo, qué te voy a decir… ¡de que las hay, las hay!”  Mucho más todavía un 30 de abril, aquelarre de Walpurgis. Noche en la que, a cierta hora, los cielos y la luna se oscurecen por la multitud de brujas que surcan los espacios. Yendo al encuentro con sus pares.