Etiqueta: pérdida

  • Sobres azules | 5 | Últimos del año (2012)

    Sobres azules | 5 | Últimos del año (2012)

    29.
    Cada vez
    que me fui a vivir para siempre a
    otro país, me hubiera gustado haberme despedido en el aeropuerto agitando un pa
    ñuelo,
    igual que hacen en las películas. Un pañuelo blanco, como una bandera blanca de
    rendición. “Paren, no tiren más, piedad, me rindo”.


    30.
    omni amans militat
    todo amante es un soldado
    la bota en la cara
    el barro
    el amor a la patria
    y a la matria
    todo amante es un soldado
    obediencia
    sumisión
    estar dispuesto a ir a la guerra
    estar obligado a ir a la guerra
    estar fascinado con ir a la
    guerra
    todo amante es un soldado
    un pobre soldado que acata las órdenes
    de su loco general
    ese
    experto en estrategias
    y en sitiar ciudades
    nomás para divertirse.


    31.
    qué me vas a dar
    el aire por la boca
    el ancla
    el salvataje
    la vuelta a la superficie
    el adiós a la sirena
    la bendición de respirar.


    32.
    Era un hilo interminable que se
    entretejía con mis dedos, acariciaba mis canas, prometía durar, creía que
    duraría, se enredaba para no cortarse, se enmadejaba para volver a empezar,
    acariciaba sus mejillas, se entretejía en sus brazos, prometía durar, creía que
    duraría, no se cortaba con tal de hacerse interminable.
  • Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    …me di cuenta cuando tuve el accidente, es decir, cuando perdí prácticamente todas las ilustraciones de mi blog en un mal movimiento cibernético. En el tsunami, fue arrastrada también la plantilla (que era original, diseñada para mí por artes ajenas, un generoso regalo irrepetible que me representaba). Ahora tiene una plantilla estándar, como ven: masiva, repetida, anónima. Blogger era mi casero y me cambió las leyes, o yo cometí un error, o ambas cosas se juntaron en conspiración fría; luego me enteré de que lo mismo le pasó a varios blogueros, caídos en el campo de batalla. Un buen día, mis imágenes desaparecieron. El blog lo empecé en el 2004; luego lo dejé intocable hasta el 2007, y a partir de entonces escribí mucho aquí, muchísimo. Un mal movimiento, sí. Un accidente. Lo que pasa es que un blog es una delicada criatura que se alimenta, cuida, acaricia y cura; como un Billikín del misterio bíblico, un coacervadito de Oparín de código binario que se desliza nadando, gozoso, en el caldo primigenio de internet. No, no tiene arreglo. Así se quedó el mío, flotando boca arriba, mortalmente herido, zozobrando en los océanos de la World Wide Web. Porque un blog es también una obra multimedia, no solamente textual. Necesita sus imágenes, sus links, sus videos arqueológicos de YouTube, sus soundtracks absurdos, sus complicidades. Se lee en varias dimensiones simultáneas. Un blog de casilleros grises con enormes signos de exclamación para marcar la ausencia de una ilustración es, sobre todo, una obscenidad. Semejante presencia de su plataforma es imperdonable para la vista, como si le miráramos la ropa interior.

    Perdí las ganas de escribir. Al menos aquí, bajo estas circunstancias.

    Y sin embargo, creo que llegó el momento de que nos vayamos poco a poco de ese enjambre infernal de las redes sociales, que volvamos a concebir narraciones unitarias, con cierta extensión o desarrollo; salirnos de ese parloteo ubicuo del megusta/nomegusta en el que nos hemos embarcado todos como liceales bobos mirándose al espejo. Tenemos que resucitar la blogósfera, antes de que sea demasiado tarde. Por eso he tratado de remendar algunos posts, de recuperar sus imágenes, de rellenar las cicatrices. Pero no me da la paciencia, me falta capacidad de tejido, de telar, de araña, de Penélope. Yo me harto tarde o temprano del telar, tiro todo con el brazo y me pongo a buscar la espada, como un Aquiles disfrazado que, cuando se aburre, termina delatándose a sí mismo. Y sin embargo a veces el dolor regresa, y me veo allí, tan torpe, intentando remendar otra vez; me veo bordando con hilo contrahecho, cosiendo a cáñamo con mis groseras puntadas. Pero no, nunca lo recuperaré como era.

    Quizás deba dejarlo ir como una ballena perdida, internándose en altamar cada vez más lejos, hasta que pueda olvidarlo.

    Tener hosting propio sería un primer paso razonable.

    Igual, se sabe que Job no recuperó a su familia muerta: únicamente formó otra.

    Es un final feliz bastante tramposo.

  • #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    (proyecto en curso por @gusachi en Twitter)

    Golpeás la puerta del baño y luego abrís. Si no trancó, la quedó!!! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Vas por la calle y un minón te dice: “Invítame un cafecito, guapo!” y vos le contestas: “8 y cuarto”… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Tocar timbre en un edificio y que te den por el portero eléctrico largas instrucciones de cómo entrar … #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    En el trabajo te distraes viendo un video… acordate que los videos tienen audio! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    En la cama ella puede mencionar la lista completa de todos los hombres de su vida y ni te enterás… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Cuando largás una carcajada y ya habían cambiado de tema: ahora hablan de la muerte de un ser querido… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Si no escuchás el agua correr en la canilla del baño, muchas más probabilidades de que la dejes abierta… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Que las películas de Hollywood muestren la lectura labial como una ciencia y/o disciplina exacta!! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    “Lo llaman por el número desde el parlante…” #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Mi hijo me da complejas instrucciones mientras trato de mantenerme con vida en el juego del Play… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Que te griten como para que escuchen hasta en Paysandú, pero sigan modulando como con una papa en la boca… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Te hacés el canchero y decís: “Hola, Marcela, ¿cómo andás, tanto tiempo?” Se llama Magela… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Caminas de noche y aparecen unos planchas choborras. Crees que te dicen algo; si los ignoras, se arma…¿Y si no hablaron? #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Te tomás un taxi y a mitad del camino el chofer quiere corroborar la dirección con mampara de por medio…#pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Que tengas que leerle los labios a un hombre y el tipo piense que le querés dar un beso… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    (…si fuera una mujer no me sería una complicación) #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Durante años vi “La belleza y el poder”, único programa subtitulado en TV abierta… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Pretender leer los labios mientras manejas… CRASSHHHHHHHHH!!!!!! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Cuando decís que sos sordo y te contestan, creyéndose ingeniosos: “Para lo que hay que escuchar…” #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Reírte de un chiste que no entendiste solo para que no te lo repitan y no lo vuelvas a entender! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Estar hablando con alguien a todo volumen porque es un lugar con música fuerte, y de golpe la apagan… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Difícil que la gente entienda que el cable que baja de atrás de la oreja no es precisamente un mp3 … #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Que tu nombre suene parecido al ladrido de un perro…. #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Cuando te toca la cadena de 5 niños de la escuela y no sabés si te van tomando el pelo todo el viaje… #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Cuando le decís a alguien que sos sordo y te empieza a contar la infección de oídos que se agarró un día … #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Tenés que hablar algo largo que por teléfono serían unos minutos. En cambio son 300 sms… y malinterpretados! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    La mayoría solo compadece que no podés “escuchar” música… pero eso es solo una parte del paquete! #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Querer leerles los labios a los dibujitos animados para entender algo…!!!?? #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    No sabés el nombre de esa persona que tratás a diario porque no lo entendiste ni la primera ni la segunda vez #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Gente que le incomoda escribir sms y actúa como si no hablar por teléfono fuera un capricho tuyo #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Apenas no entendés de primera, te dicen: “Nada, era solo una pavada…” #pequeñascomplicacionesdeunsordo

    Sentarte en el cine pronto para disfrutar. Comienza la película y es una copia doblada… #pequeñascomplicacionesdeunsordo


    (Más #pequeñascomplicacionesdeunsordo siguiendo este hashtag en Twitter)

  • Paraguas rojo

    Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.

    Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó…

    Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.

    Foto de Mario Levrero

    Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.

    En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.

    Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.

    Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.

    No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.



    Foto de Mario Levrero


  • Job y el silencio

    Dijo Job: Desnudo salí del vientre de mi madre/ y desnudo volveré a él./
    El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, / bendito sea el nombre del Señor.
    (Job 1, 21)

    1. “Ya salí”, decía el SMS.

    Estoy agotado, pero como un león me persigues.

    Caminé, errática. Caminé y seguí llorando por lo que presentía. Pasé por el costado del Hospital Italiano; sus muros embrujados de asilo y hiedra acrecentaban mi angustia.

    Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles.

    Sí, era en el Obelisco, seguramente. Lo que pasa es que no pudimos entendernos. El ruido. Los motores. La furia tácita.

    Entonces lo vi aparecer. La cara lo decía todo.

    Mis ojos se cierran de pena
    no soy más que la sombra de mí mismo

    2. Caminamos abrazados por Bulevar Artigas sin hablar. Él lloró casi para adentro hasta el Pereyra Rossell. Yo lloré, brutal y desconsolada, hasta la puerta de casa.

    ¿Qué es el hombre para que te fijes tanto en él
    y pongas en él tu mirada,
    para que lo vigiles cada mañana
    y lo pongas a prueba a cada instante?

    Le pregunto, o simplemente pregunto, por qué no me habré quedado sorda yo en vez de que él tenga que atravesar esto por segunda vez. Me responde que no diga tonterías. Que él tiene muchos más recursos internos para soportarlo. Y es cierto. No tengo más remedio que aceptarlo, que aceptar todo. Lo que entiendo y lo que no.

    ¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa!
    Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos.
    Por lo menos conocería su respuesta
    y trataría de comprender lo que él dijera.

    Pero ese fue mi único amague de increparle algo a Dios. Siempre tengo presente a Job, el justo, y todo lo que le pasó sin merecerlo (¿Quién lo “merece”? ¡Como si las pruebas y los sufrimientos fueran expresión de un castigo! Esa maldita mentalidad judeocristiana azuzándonos desde el inconsciente occidental). La respuesta de Dios, cuando finalmente se decide a romper su silencio, es imbatible. Entonces ¿para qué repetir la misma historia, emprender a ciegas ese terrible viaje de huérfana, si ya tengo un mito que me sirve como mapa?

    ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
    ¡Habla, si es que sabes tanto!

    Tiene razón. Y Job lo reconoce. Y yo lo reconozco junto con Job. Hablé una vez… no volveré a hacerlo; dos veces… no añadiré nada. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí.

    Dicen que las últimas palabras de Ludwig van Beethoven fueron Ich werde im Himmel hören! “¡Oiré en el Cielo!”.

    Vaya uno a saber.


    Como nota al margen y no tanto, se sigue sosteniendo que, más/menos un día, el 17 de abril siempre será el día aciago de mi calendario.

  • María Memento Mori

    Esto fue hace un año, exactamente. Me enteré por un SMS desde México. Estaba en el club de Astor, en el medio de la cotidianidad más obscena. La inocencia: ese momento en que por no estar vigilando la posibilidad de la desgracia, la maldita golpea y nos pesca desprevenidos.

    Al principio creí -o quise creer- que sería uno de sus trucos para llamar la atención. Un rumor. Un nuevo performance beck
    ettiano de María Tarriba. Ella no tenía límite para crear y recrear sus personajes.

    A falta de otras materialidades posibles, entré a internet sin perder un minuto. En el Facebook de Djuna Barnes (su alter ego, luego de que la revista Proceso recogiera críticas a terceros firmadas con su verdadero nombre en el cotilleo virtual y las publicara, para su vergüenza), encontré una frase que había sido subida tan solo diecinueve horas antes. Un último rastro de María, fresco, aún latiendo de existencia. Su testamento, quizás involuntario. Quizás no:

    The voyage of discovery consist not in seeking new landscapes, but in having new eyes.
    (Marcel Proust)

    En eso me llegó el segundo SMS, el peor: uno de sus hermanos había confirmado la noticia y estaba saliendo rumbo a Mazatlán. A su velorio.

    Y sin embargo, después no quedó duda de que el verdadero velorio fue en internet y en ciudades distantes unas de otras que convergían. Cosas de estos tiempos. Todavía podemos leer para atrás, en su muro, lo que durante este año sus amigos (entre ellos, los conocidos virtuales de largas conversaciones) le hemos seguido expresando; más extraño todavía, también podemos leer para atrás, más para atrás, lo que ella mostraba de sí, su actividad, sus palabras. Cuando todavía estaba viva. Como si todavía lo estuviera.

    Mi amiga María me mandó su libro por correo cuando lo publicaron. También hizo dos donaciones de US$ 2.50 vía Pay Pal aquí en el blog para pagarme un café en Tribunales. Yo lo había puesto como una especie de chiste personal que, sin embargo, en el fondo conservaba cierta esperanza de que la Providencia me guiñara un ojo, como para hacerme sentir que estaba allí. Solo María lo captó. Y actuó en consecuencia. Desde sus escasísimos recursos.

    Pero para qué hablar de María, la María biográfica. Sus innumerables virtudes, sus aterradores defectos; al final, uno lo perdonaba todo. Porque pedía disculpas, inclinaba la cabeza cuando despertaba y veía el desastre que había hecho, Ayax rodeado de cadáveres de ganado que en su

    locura había juzgado un ejército; caballo de Atila desbocado, pasando con los cascos furiosos y maníacos sobre los campos queridos. No podía evitarlo. La bipolaridad es estar lisiado sin una silla de ruedas o un bastón blanco que lo atestigüe.

    Lloro y me dicen que ella está mucho mejor allí donde está ahora. Pero yo lloro por mí. Tengo derecho.

    Fue lo peor que me pasó el año pasado. (Después sufrí la muerte de otra amiga, pero por suerte para ella allí sigue todavía, vivita y coleando). Las cercanías del alma que permite internet son un campo multiplicado de cultivo de duelos: de un momento a otro, la persona se va de nuestro día a día, termina tajantemente de compartir, desarma el refugio; nos deja un hueco imposible de llenar, una estela de silencio. Deberíamos estar advertidos, pero lo comprendemos recién cuando nos pasa. La ausencia cotidiana de Levrero es algo que casi ocho años después todavía

    no puedo superar. “Que nunca me faltes, Carlitos”, decía, pero no mencionó nada respecto a faltarme él a mí.

    María se enojó muchísimo conmigo por una imagen que posteé alguna vez en su muro. A mí me parecía de una lívida belleza, un memento mori (precisamente) delicado y firme a la vez; solo quise compartir mi hallazgo, acercarle ese mensaje que tanto me obsesiona: la vida escurriéndose entre nuestras negaciones; el amor, la pasión, el arte, la alegría, la comunión,

    todo postergado para un momento más oportuno que nunca llega. La miope y tácita soberbia de suponernos inmortales. Pero ella se puso fúrica; se sintió agraviada, pensó que con alevosa crueldad le estaba recordando que moriría. Desde mi punto de vista, el “tú” que formaba parte

    de la frase era genérico: hablaba de mí también, por supuesto.

    En su acting supuestamente defensivo, me dijo cosas terribles; se metió incluso con la mortalidad que más podía dolerme. Ahora veo cuánta razón tenía. No son cosas para decirle a alguien que apenas tiene uno o dos años de vida por delante. Aunque ninguna de las dos lo supiera entonces.

    Anteanoche soñé con ella. No me acordaba de la fecha, pero se ve que mi inconsciente sí. Se veía muy bien. Contenta, saludable, en paz. Usaba un vestido largo, blanco y estampado de colores (¡ella, siempre extravagante, hasta en la muerte!); íbamos caminando con un grupo de personas por la proa de Rivera y Arenal Grande, a la altura del bar Monteverde. Entre ellas, venía AV; mientras soñaba, pensé que aparecía porque la estoy viendo todas las semanas, pero –otra vez- se ve que mi inconsciente recordaba bien que ella fue una de las mejores amigas de María en la adolescencia. También venía una muchacha que rentaba una casita colonial mexicana diminuta, como un garaje que en su piso de abajo tenía un tallercito abierto a la calle -en el que trabajaba un artesano- y arriba un cuarto o dos. La casita estaba construida en una “punta” o esquina de la plazoleta de los Desaparecidos (nótese el símbolo obvio). A mí me encantaba; incluso fantaseaba sobre la posibilidad de rentar un cuarto para mí, como un estudio. Me hacía sentir cerca de México, y otra particularidad era que desde allí se veía el edificio de Rivera y Jackson, aunque totalmente distinto a como es: brillante, con adornos, hasta chongo. En el sueño, yo destacaba que aquel había sido mi último hogar en Uruguay antes de irme, de niña; los allí presentes me hacían ver que eso ya lo había comentado muchas veces. Pero ese pedacito de México en conjunción con calles e imágenes de mi infancia me daba paz.
    María tenía protagonismo en el sueño. Se la veía equilibrada, sabia -más sabia que nosotros, sin duda-. Alguien nos mostraba unos mantelitos de papel impresos con fotos de momentos de su vida, como postales con cierto toque inusual, surrealista o disparatado, como todo lo de María (recuerdo uno, por ejemplo, en el que ella aparecía con otras personas resguardadas en una construcción de piedra, todos vestidos con trajes militares y mirando al desierto). Yo, en ese momento, cobro conciencia de que María va a morir; por eso, empiezo a doblar disimuladamente esos mantelitos para conservarlos como recuerdo. Me embarga una súbita vergüenza de estar preocupándome más por mi propio dolor anticipado cuando la que va a morir es ella, la que lo perderá todo.
    Ella se da cuenta y, sin embargo, me mira con dulzura. Como si yo fuera una niña chica que aún tiene mucho que aprender antes de poder captar las complejidades del mundo de los adultos (o del mundo de los muertos, en este caso). Cuando yo hablaba del asunto de su muerte inminente, María medio que sonreía y me cambiaba el tema. Hablar de eso no le parecía importante, o acaso supiera directamente que yo no lo podría comprender. No lo veía como la tragedia, la pérdida dolorosísima que sentía yo.
    Sí, se veía bien. Muy bien y sabia.

  • Faros o el reproductor Winamp

    La pantalla muestra una danza de colores vivos. Cadenciosos deslizamientos al compás de la música. Tonos que se funden uno con otro formando figuras azarosas. Hipnótico, por momentos. Esas manchas de colores me recordaron su segunda tomografía, tiempo después de conectado el implante coclear: en la inmensidad del espacio sideral del cerebro de un sordo -espacio negro y rotundamente silencioso- que mostraba la primera, previa a la operación, aparecieron luego en la otra tomografía milagrosas zonas de colores, territorios recuperados, neuronas que se habían reactivado luego de más de diez años. Lo recuerdo ahora -quince años después- mientras miro el caleidoscopio del reproductor Winamp; lo único que él trata es de volver a percibir algo, cualquier señal. En pocos días, la música se ha convertido en la perspectiva de una más que limitada aventura visual.
    Claro, habrá que agradecerle entonces a los efectos gráficos del reproductor Winamp, con sus rítmicos rastros multicolores que se asemejan, quizás, a la memoria del eco de algo así como una lejana melodía resbaladiza, inasible. Pero todo sería mucho más fácil si se tratara nada más que –nada menos que- de la renuncia a la música. Mucho más fácil.
    Hace unos minutos me pidió que me fuera mientras intentaba conectar el procesador por primera vez desde la cirugía. Brevemente, iba a ser. Con permiso del doctor, el imán bien lejos de la herida. Solo para ver qué pasaba. “No será lo mismo que antes, habrá que volver a calibrar, por ahora todo es incierto”. Eso y mucho más había dicho el médico. Pero sería solo para ver qué pasaba.
    Desde la cocina lo vi respirar hondo y cubrirse la cara con las manos.
    En el principio era el Verbo, había dicho Dios. Pero nunca aclaró si el Verbo incluía sonido.
    Dios es experto en cruces.
    Ahora lo único que se iba abriendo paso entre aquellas recuperadas neuronas coloridas, vestigios de un milagro, era el grito agudo de un ave negra y horrenda cayendo en picada. No el esperable caos sonoro del principio. Era un ruido lacerante, inordenado, inordenable.
    Pero un rato después de sacar el cansado rostro de entre las manos, se levanta y prende la pantalla bailarina, las mariposas cromáticas, los estallidos de rosados, verdes y amarillos que acompañan la música. Busca, busca, busca algún faro sonoro en el medio del naufragio. Sigue intentando. Y mañana y pasado mañana y la semana que viene y la otra. Hasta que pueda calibrarse. Y luego seguirá intentando.
    Yo me quedo en el sillón de atrás, mirando hipnotizada esa misma pantalla.
    Creo que tampoco oigo más nada.

  • Deseos extintos

    Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

    Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

    Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

    ¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

    Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

    “La Dama de las Camelias… es él”

    Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

    “Madame Bovary… c´est moi”

    Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.

  • Masoquismo 2.0

    Tengo pocas oportunidades de tomarme un ómnibus en el esquema o guión que sigue mi vida actualmente. El solitario trabajo vía internet; luego, los talleres presenciales en mi casa. Eso, sumado a las dichas y exigencias de la vida familiar y al poco tiempo libre. Todo, para colmo, en plena cruel mediana edad (cruel, entre otras cosas, por descargada de pilas).

    Mis desplazamientos obligatorios, entonces, se reducen a ir y venir del colegio de Astor (a cuatro paradas de casa); luego, a la tertulia semanal con mis viejos amigos en el café Tribunales, y finalmente, a la irregular aunque desesperada lucha contra mi naturaleza de monja de clausura. Quiero decir, en ocasiones me obligo a trabajar en algún café -laptop o papeles impresos de por medio- para apaciguar un poco esa tan conocida sensación de saberme, como nadie, una mónada de Leibniz. La habitación de mi mente/sin ventanas, decía y me decía un poema que escribí a los veinte años. Se extraña el mundo, tener compañeros de ruta, compartir presencia incluso sin hablarse. Luego se asombran de que uno se vuelva adicto a internet.

    Me gusta mirar por la ventana de un bar, ver a la gente hacer sus cosas, a la fauna habitual de un café tomar sus puestos. Sentirme, también, amparada por el reconocimiento de los meseros del lugar, tipo perrito adoptado (lo máximo es cuando ellos se adelantan y me preguntan “¿Un cortado cargado?”, o lo que sea que consuma allí: en el bar Sporting, donde paraba media hora por reloj todos los jueves, el mozo ya largaba el cortado al verme atravesar la puerta, sin siquiera corroborarlo). El placer de presenciar el desfile de la rutina cotidiana -seguramente porque no es la mía propia-, ese movimiento que me rodea pero no logra tocarme. Por eso, porque me hace bien, trato de salir de mi casa a trabajar afuera al menos dos veces por semana (además de las esperas en el club de Astor, donde no puedo más que garabatear un poco o empezar a leer alguna consigna impresa). “¿Adónde vas después?”, me pregunta el niño cuando lo dejo en la escuela esos días en que cargo con la laptop, cruzada al pecho. “A una oficina en la que a veces trabajo”, le contesto muy segura. Inocente. Ya bastante lo confundo con mis atipicidades como para que además piense que me instalo por ahí a tomar café en el epicentro de la tarde, mientras él tiene que lidiar con la letra cursiva, las sumas y el inglés.

    Por eso, porque salir al mundo 3D es, en mi caso, una excepción, es que lejos quedó aquel tiempo en que tomaba ómnibus todos los días, a menudo varios: que para ir a la universidad, que prácticamente a diario al Sorocabana, años después a la productora de video, más mi bien ganada fama de obsesiva espectadora de cine y habitué de los bares nocturnos (“…lejos quedó el tiempo…” para ambas cosas). El ómnibus es como una segunda naturaleza en la juventud; uno se vuelve casi un centauro de Cutcsa. Claro, la gente adulta con trabajos normales igual tiene que mantener tal condición, aunque en general la viva como un calvario. Pero para mí, para mi aislamiento (o hiperconexión por internet, depende), subirme a un ómnibus no deja de ser una oportunidad -quizás una esperanza- de que algo imprevisto pase fuera de mi mundo doméstico, de mi mente.

    El otro día, por ejemplo, el chofer saludaba con floridos “Buenos días” a cada uno de los pasajeros -quiero decir: uno por uno-  que abordábamos su ómnibus. Miré por todos lados a ver si se trataba de una cámara oculta, pero nada. Siguió dándole la bienvenida, amabilísimo, a cada nuevo que ingresaba por las escaleritas a lo largo de todo el viaje, hasta que al final llegué a mi destino. Entonces decidí irme por la puerta trasera, presa de la súbita timidez de imaginarme que también me despediría al bajar.

    Otro encuentro significativo fue con un muchacho new age que se subió a vender libros autoeditados por él y su grupo esotérico. Hablaba sin parar sobre el sentido del karma, el significado de la vida,  la misión personal, el estar perdido, la búsqueda, el camino. No me venía nada mal su speech motivacional, y la verdad es que parecía convencido de lo que decía. Yo también lo estuve, también iluminé y hasta vibré por cuanto predicaba, o quizás porque sentía hasta el alma ese rol tan importante de mentora, de inspiración y guía de otros que pretendía cumplir -quizás cumplía verdaderamente, o quizás cumpla todavía, no lo sé bien-. Pero ahora da la impresión que algo en mí se desengranó y pisa en falso, como tratando de hacer pie sobre el suelo fangoso de una nueva identidad. Estuve hasta tentada de comprarle el libro esotérico: la sola idea me avergonzó mucho más que la perspectiva de haber recibido un “Hasta luego” de aquel chofer tan inusualmente amable. Creo que nadie en el ómnibus le compró, pero -como corresponde a una persona cuya fe en un propósito le arde adentro como fuego del hogar- él ni se inmutó, guardó sus libros y continuó su viaje.

    Ahora bien: la experiencia más relevante que viví a bordo de un ómnibus en los últimos meses tuvo que ver con un músico. El tipo subió, sacó su guitarrita y empezó a cantar -como pudo- aquella conocida canción de José Luis Perales en que el protagonista, obviamente víctima de previos cuernos, quiere averiguarlo todo sobre su rival antes de separarse para siempre de la mujer que ama. ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Uno se preguntaba, en aquella extraña época previa a internet (A.I.), cómo era posible que el hombre de la canción fuera tan masoquista: in ille tempore, cuando existía la separación real, definitiva -ese “cada uno sigue su camino”-, bastaba con resistir al principio aquella tentación malsana de querer saber para simplemente ir dejando que la herida cauterizara tranquila. Cualquiera sabía que estar metiendo el dedo en la llaga sólo retrasaría la cura de lo que, por otra parte, no estaba en sus manos evitar; el sentido común prescribía no concurrir a los mismos lugares que se frecuentaban antes con el amante occiso; evitar por un tiempo a los amigos en común para no tener noticias: ni nuevos dolores ni tentadoras añoranzas; tampoco llamar por teléfono para escuchar su voz una vez más o, peor aún, para conocer al fin la temida voz de nuestro relevo, ya instalado en su casa; cualquiera sabía que guardando las cartas, fotos y objetos personales en una caja se minimizaba bastante la tortura; que, en lo posible, había que evitar pasar por delante de su casa, lugar de estudio o de trabajo, para no alimentar inconvenientemente los recuerdos, la curiosidad ni las casualidades. Y la piedra angular de la estrategia para sobreponerse al abandono era, por supuesto, saber lo menos posible del o la rival: si la comparación no nos favorecía (en el aspecto que fuera que nos quitara el sueño), el ego sufría y quedábamos devastados; en cambio, si la comparación nos favorecía, menos aún entendíamos el abandónico proceder del amante occiso y quedábamos devastados.

    Perdóname si te hago otra pregunta.

    Pero ahí estaba Perales reencarnado, en el ómnibus, trayéndome a la memoria aquel tema, himno al regodeo en el autopatetismo. Lo recordaba bien porque, cada vez que por azar lo escuchaba, se me daba por imaginar a mi primer novio cantándomela, si alguna vez le hubiera dado la oportunidad (o mejor dicho, si yo hubiera tenido las agallas). Es ilustrativo cómo el tipo de la canción, salvo cuando se despacha abiertamente “Es un ladrón que me ha robado todo”, muestra y dice una cosa por otra con tal de aparecer digno, civilizado y -por supuesto- más caballero que su rival. O de manipular con la culpa: como si en el fondo esperara que, con su teatrito del profundo respeto hacia su libertad, ella se fuera a echar para atrás en el último momento, conmovida por su nobleza:

    llévate el paraguas por si llueve/
    y abrígate
     (¡ojalá te agarres una pulmonía y te le mueras, bruja!)
    sonríete, que no sospeche que has llorado
    (¡ma´qué... que vea que estás destrozada por hacerme esto, cretina, y que se les arruine la noche!)  
    y déjame que vaya preparando mi equipaje
    (pero... ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo la vida, so ramera?) 

    De pronto, me descubrí pensando en la nueva realidad vincular del Facebook y las redes sociales. Parece como que ahora los finales de antes se hubieran vuelto imposibles (y no hablo únicamente de relaciones amorosas: siempre que no se haya llegado a una declaración de guerra, hablo también de amistades que se terminan, de familiares políticos luego de una separación, de vínculos importantes que se diluyen). Uno convive en directo con todo aquello que, luego de un alejamiento, naturalmente le duele; tiene que ser testigo, por ejemplo, del reality show del embarazo de su ex cuñada mientras piensa que, por muy pocos meses, ese bebé bien podría haber sido su sobrinito. O tiene que contemplar cada mañana cómo su ex novia -que se ve divertida y feliz- ya está rodeada de galanes, multietiquetada en fotos de fiesta en fiesta, mientras uno apenas está logrando salir de la madriguera luego del golpazo. Nos sorprendemos a nosotros mismos embarcados en rituales tan masoquistas como los del tipo de la canción, visitando a menudo los perfiles de la misma gente que nos lastimó -en un sentido u otro, a total conciencia o en inocencia total, lo mismo da-, sólo para constatar una y otra vez el vacío que dejaron; tratamos de no perder del todo el rastro de sus vidas, ahora vividas lejos de nosotros; conocemos a sus nuevos amigos, parejas, colegas; seguimos escuchando sus opiniones o presenciando sus intercambios, pero ahora nuestras interacciones son en el más puro silencio de la mente; hasta sabemos adónde fueron o adónde irán. Allí, en la pantalla de las redes sociales, desfila nuestro pasado, nuestro presente y hasta nuestro futuro; las cordilleras y los oceanos tampoco existen. Difícil de manejar para seres que todavía venimos a la Tierra en formatos tridimensionales, con necesidades presenciales o des/presenciales.

    Porque hay algo medio perverso en ese seguir tan (semi) conectados cotidianamente cuando un vínculo de cualquier orden se complica, se enfría o se termina; por lo menos durante el período de duelo, eso no debe ayudar. Especialmente al más damnificado. Pero muchos psicólogos vienen recogiendo la impresión de que borrar a alguien del Facebook equivale casi como a matarlo: un último recurso que sólo se arriesga cuando el asunto es definitivo y gravísimo. Nadie lo hace con la gente que le importa o que alguna vez le importó (sí, claro, con desconocidos); el dejar de verse, que en el mundo real sería parte de los ciclos naturales de algunas relaciones, aquí se vuelve una salida de violencia extrema. Tampoco solucionan los settings de privacidad, porque -en la maraña de la hiperconexión por default– eso termina siendo el (también doloroso) equivalente de estar evitando a la persona o siendo evitado por ella. Y entonces se corre el riesgo de que la canción de Perales ya no sea la excepción, sino la nueva regla.
    ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?

     
    Por algo, en sus preceptos de Remedium Amoris, Ovidio recomendaba irse de Roma cuanto antes. Y hacer, básicamente, todo lo contrario de lo que terminamos haciendo en un mundo cada vez más ubicuo. Pero ahora no nos queda otra que ser los forzados ciudadanos contemporáneos de una Roma virtual omnipresente. De la que huir, por cierto, es prácticamente imposible. 
    No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga: 
    el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura.

    Quiera el cielo que tengas el valor de pasar sin detenerte 
    por el umbral de tu abandonada amiga, 
    y los pies no desmientan tu resolución.
    Sobre todo huye, por fuertes que sean los vínculos que te encadenan, 
    huye lejos y emprende viajes de larga duración.
    Consejos no por añejos menos sabios. Y que todavía considerábamos vigentes hace (sólo) tres décadas, cuando Perales cantaba su canción y casi todos nos reíamos de su masoquismo sin el menor miramiento. ¡Pobre de él, si hubiera tenido Facebook, con semejantes inclinaciones naturales!

    Sí, tiene lo suyo tomar ómnibus. Tendré que hacerlo más a menudo.


  • Darno: un año más/ Electrocardiograma del duelo (13)

                                                                                                                       (7 de marzo, 2007-2011)

    Una fotito inédita para la ocasión. Es un videograma del material “de desecho” del videoclip  
    Sansueña, 1991 (tristemente, todo eso se perdió para siempre: era tan caro cada cassette 
    U-matic, que tuvimos que reciclar lo que no fue a parar al máster de poco más de un minuto). 
    En aquel entonces, imprimimos esta foto en no sé qué servicio de Sony que nos ofrecieron. 
    Salvo productoras archiprofesionales con equipamientos de US$ 50.000, nadie contaba 
    con todas las facilidades tecnológicas que hoy tiene cualquier PC; pudimos editar 
    (U-matic lineal, claro) gracias al apoyo de Fernando Da Rosa y Daniel Márquez de Imágenes
    y hasta la Coca Cola nos terminó poniendo unos dólares para los gastos a cambio 
    de un disimuladísimo cartel en la estación de tren Colón/Sansueña. Ironías. 

    Esta foto es muy Darno, me gusta mucho y la tengo enmarcada en mi altillo. 

    Es el primer año que no vivo esta fecha con el alma apretujada por la tristeza. Estoy segura 
    de que el Darno flota en el aire, invisible, como mágico polen. Y que tarde o temprano
    encontrará la forma de echar raíces nuevas en otros músicos. 

    La ausencia de Eduardo, eso sí, será para siempre.