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  • Sobres azules | 1 (2012)

    Sobres azules | 1 (2012)

    1.

    El equipaje es pesado. Más de lo que parece, pero sonrío. Lo alzo por encima de mi cabeza, lo coloco en el compartimiento superior. Me siento una amazona. Nunca seré la sirena en apuros, la damisela en flor, Marilyn mirando a su alrededor para ver si algún hombre se apresta a socorrerla. Yo no: yo alzo cualquier equipaje sin una mueca de esfuerzo siquiera, aunque los músculos se me desgarren. El equipaje mío e incluso el ajeno.

    2.

    Por más que hago, no puedo encontrar el aliento inicial, el instinto, el rugido de la especie, el latido primitivo que me lleve hasta un lugar casi animal, salvaje. Soy un monumento a las proezas del hombre culto, una pieza del salón de té, una ceja que se alza, suspicaz.

    3.

    Afuera, en la calle, todos van y vienen a su antojo. Saco una foto desde el cuarto de adelante, a ver si logro captar algo al paso, alguna señal de la misteriosa libertad ajena. De esa resbaladiza posibilidad de la soberanía.

    En la foto, el contraluz delata mi escena interna: la habitación permanece a oscuras, pero desde la calle entra la luz. Interpuestas entre ambos ambientes, las rejas de mi ventana.

    4.

    Hubiera querido un escritorio antiguo de roble, con una tapa redondeada que ocultara mis secretos. Con cajoncitos mínimos y variados, con plumas de todos los colores invitándome a escribir. Con una lámpara de detective acompañándome en las noches hasta que tironee la cadenita del insomnio. Hubiera querido ese escritorio, a desk of one´s own. Quizás aún esté a tiempo de conseguirlo. Por qué no.

    5.

    Busco la excusa, pero no existe. No la que serviría para algo, para convencerlo, para lograr que me suelte. “Be free”, me dijo alguien. Pero eso no es posible sin lograr que a uno lo suelten. “Please, let me be free”, le ruego. Pero no: eso no sirve. Las excusas tampoco.

    6.

    Era hermoso el Ipiranga, anaranjado, de crines negras, de músculos marcados. Galopaba como a mí me gusta, es decir, exactamente como galopa el Ipiranga. Las venas se le saltaban por el esfuerzo y entonces más hermoso lo encontraba, más animal, más encendido. Me hubiera gustado abrazarme a su cuello, acariciarle la frente. Creo que jamás lo hice: todavía no entendía la oportunidad efímera que propone el deseo. La condena de luego verse obligado a revisar para atrás.

    No era un caballo manso, pero se dejaba llevar. Caballo noble.

    Sin embargo, uno tenía que saber de antemano que si una bolsa de plástico era por azar traída por el viento probablemente el Ipiranga terminaría desbocándose.

    7.

    “Préstame atención. Existo.
    Podrías verme”, dijo la niña. 

    8.

    La catedral de México es gris, como las tardes lluviosas en que me atrincheraba en mi cuarto de adolescente. Sus capillas están llenas de tributos adoradores; igual estaban, entonces, las mías.

    La luz apenas corta el silencio solemne del recogimiento oscuro. Se escucha un eco en sus pasillos desiertos, quizás el júbilo de un niño. Yo era igual de joven.

    Extraño a Manolo y su legión de ángeles suicidas.

    Lady Godiva y su caballo
  • Arquetipos

    Arquetipos

    Todo está oscuro, menos el rayo de luna que entra por la ventana del hall. El cuarto de mis padres se abre como un eco gutural, un no, un no te atrevas. Vigila mis movimientos desde su aburrida inmovilidad de lápida matrimonial, de años estáticos, de permanencia hueca. Un perseverante desatino con final feliz. En mi cuarto de adolescente, me abraza Franco a escondidas de los ojos omniscientes de mis padres, de la patrulla hiena instalada en mi mente. Pero no hay sigilo que valga, porque no puedo dejar de pensar que la puerta del dormitorio de ellos se abrirá en cualquier momento. Que mi padre aparecerá en silencio con su mirada de serpientes venenosas, reclamará su siembra, me enlazará a su feudo. Le digo a Franco que corra, que por lo menos se esconda  debajo de la cama mientras tanto, que se convierta en mi secreto eterno: Dios Padre ha despertado, estamos en peligro. Mi madre corre también, se adelanta para cerrar la puerta de mi cuarto, pero todo es en vano: los ojos de mi padre están a punto de encontrarme. Destilan pócimas verde fosforescente como la absenta, licores de insomnios crueles, vapor de los últimos suspiros inútiles. Los ojos de mi padre me buscan como faros en la noche, iluminan las tinieblas de mi dormitorio. Son duros como los de Medusa, su pupila de piedra se cuartea mientras arrastra todo en su derrumbe. Le digo, no, le grito a Franco que corra, que no deje que lo encuentre, que se salve. Si mi padre lo mira, tendré que destruirlo: no podré serle fiel a ambos. Voy a tener que elegir y elegiré a mi padre. Soy como un hombre lobo a punto de ser transformado por la luna, en plena impotencia de la voluntad de sus garras. Que corra, que se vaya, que no vuelva nunca más, que se esconda de mí, que me deje, que me odie, que se salve. La puerta del dormitorio de mis padres se abre realmente, ahora sí; sus pasos resuenan, me quedo inmóvil en la soledad fría de mi cama. Está en el umbral, su figura a contraluz, enojado, husmeando sus territorios como un león furioso, alerta como un galgo atento a cada posible movimiento de los zorros. No, no hay nadie aquí, parece convencerse. Yo estoy paralizada mirándolo mirarme, con el aliento contenido, tratando de no pensar en Franco o descubrirá en el acto mi traición. A Franco con suerte lo he espantado, lo he expulsado una vez más, lo he desterrado hasta la última frontera de mis reinos. Mi padre respira aliviado pero firme; se nota que sigue en guardia, listo a disparar sus flechas con una crueldad que no le conozco en la vigilia. Sí, todo me parece un sueño: miro a mi padre y me doy cuenta con horror de que sus ojos verdes son idénticos a aquellos inolvidables ojos verdes de Franco.


    30/8/2013
    café La Diaria
    (sobre un recuperado sueño, caricatura de manual freudiano, año 2000)


    Brooke Shaden Photography

  • Ahora sí: adios, Levrero…

     Yo empecé este blog, El libro de los pedacitos mágicos, en el año 2004; estaba apenas interiorizándome de lo que consideraba una posible herramienta de independencia editorial (así fuera casera) y había hecho un único miserable post de prueba, cuando murió Mario Levrero. Amarguísimo, oscuro momento que durante años me quemó los ojos del alma cada vez que lo intentaba recordar; imaginarme a mí misma aquel lunes de mañana en Querétaro, sentada frente a la computadora con un bebé de dos semanas en brazos mientras leía, inocente, lo que -pensaba yo- sería un mail más de la luminosa Chl (aquí está la prueba de que no todo el mundo mata al mensajero: yo le agradeceré hasta el fin de mis días por haberme avisado unas pocas horas después, y por todos y cada uno de sus mails posteriores, como si su privilegiada mirada de duende bella, dolida -como yo- pero con cierta cuota de humor sobre las circunstancias -como él- pudiera curarme el desgarro). Por eso, la dirección de este blog terminó siendo adioslevrero.blogspot.com: porque se trata de un blog fúnebre desde su inicio (más tarde blog luctuoso, de esta y otras pérdidas), creado para no perder del todo a alguien amado que se muere.

    Porque en un principio creí -qué ingenua- que escribiendo aquí (¡tanto, tanto que nos escribimos durante esos ocho años, a menudo varias veces al día!) podría seguirme comunicando con aquel sin el que de golpe la vida pareció haber perdido gran parte de su sentido. Aquel, mi mejor amigo, mi hermanito (frater mystico), mi socio, mi maestro, mi fan. El islote más contundente en el archipiélago de mi ánimus. Muerto, y entonces había que rearmar la vida desde una soledad atroz. Pararse sobre ese miedo oscuro y terciopelo, perseverar hasta que el dolor ya no quemara tanto. O sea, años.

    Mi maniobra del blog no sirvió para nada: Levrero no apareció luego de muerto, así que desistí, perdí las escasas fuerzas que había acopiado para mi patética invocación escrita. Si algo me quedó claro en aquel momento, pero desoí años más tarde, es que Mario se había desprendido sin ningún tipo de culpa, sin aferrarse, sin nada pendiente en esta tierra. No importa lo que hiciera, no se sentía presencia alguna. Por eso dejé mi inútil blog para retomarlo recién tres años más tarde, ya sin pretensiones de tabla de ouija. Aparte de que yo le había pedido expresamente que, si él moría primero, me hiciera una señal: nada me convencía en un principio, y muy poco después el destello se desvaneció. Tengo que admitir que Mario no se comprometió a hacerme la famosa señal -como a nada, o a casi nada que se formulara por anticipado y en términos absolutos-, pero sí dijo que seguramente, dada la enorme conexión en la que vivíamos, se diera algún fenómeno espontáneo de un modo u otro.

    Mujer de poca fe.

    Dicen que hoy, 30 de agosto, era también el Día Internacional del Detenido Desaparecido. Nada más apropiado, cuando pienso en los siete años -ciclo finalizado- que hacen desde su muerte. Porque para mí desapareció. De un momento a otro, sin explicación, sin advertencia, sin que pudiera contemplar su cadáver. Lo curioso es que parece -recién me estoy dando cuenta ahora, tanto tiempo después- que para mucha gente apareció a partir de su muerte: una mitología cada vez más engordada y adulterada que me hace cuestionarme muchas cosas. “Rocé el borde de su manto, y si no, igual rocé el de aquellos que se sentaron a su mesa”. Para mí, fue el mejor amigo de carne y hueso que tuve jamás, no una figura pública; menos, todavía, un gurú de los planos invisibles, un alma máter por transitiva, una antorcha olímpica a custodiar en un apostolado. Si alguna vez entré en ese juego (y lo hice: recién a estas alturas vengo a caer, y no es juego de palabras), reconozco ahora que fue un error, un manotazo de ahogado inconsciente de mi propio desamparo. Hay asuntos que jamás debieron haber salido del ámbito de mi relación privada con él: chistes incomprensibles para terceros, como ser la mujer más bella del mundo o que me echara del taller; anécdotas, manías, impresiones. Sin duda él lo tenía todo para que se generara una mitología tras de sí; me arrepiento, en lo que a mí corresponde, si la he fomentado, además. No más altares, no más homenajes. Cuando se llega a valorar más las supuestas misiones y asistencias encomendadas por Levrero desde ultratumba que las amistades vivas que se tienen enfrente, es que algo no anda bien. O la gente está proyectando en esa entidad abstracta, “Levrero”, mucho más de la cuenta. Es lo malo de los países que se dicen ateos y agnósticos.

    “A veces salimos y seguimos charlando rato en la esquina, tiritando de frío. En esos momentos es cuando pienso que Levrero está ahí con nosotros”, cita un reciente artículo a una participante de Narrares, espacio de autogestión literaria que inicialmente estuvo integrado por alumnos presenciales de Mario en un intento magnífico por continuar escribiendo (incluso publicaron con todo heroismo una colección de libros), poniendo en práctica lo que él les había dejado como guía. Pero en el espacio de aquel entonces, todos lo habían conocido personalmente: no era un arquetipo. En mis talleres, también hay (bastante) gente que dice sentir que lo conoce, tal como si hubiera sido realmente su maestro o como si fuera un amigo. Yo misma alimenté esa idea de la comunidad levreriana; por supuesto que es un fenómeno mucho mayor, algo que rebasa mis intervenciones limitadas a los alumnos, internet y algunas apariciones en los medios. Un curiosísimo fenómeno. Entiendo, desde luego, que cada uno tiene derecho a vivirlo como le venga en gana. Por mi parte, seguiré enseñando lo que sea que haya aprendido de él (que sin duda trasciende su “método no metódico”, como lo denominé alguna vez) en tanto sigo trabajando con el resto de mis proyectos de motivación literaria. Y seguiré atesorando su amor en mi interior, que es donde tiene que estar.

    Tanto tiempo para reparar al fin en que nadie puede darme ni quitarme nada en este tema: debo haber sido yo misma la que salió a buscar patentes de idoneidad sin darse cuenta. Y -quién podría culparme- también fui yo la que hasta hace poco intentó que siguiera viviendo (como persona, como mito: como escritor no hay fecha de caducidad) mucho más allá de los años que le tocaron en suerte.
     
    Pero ahora aviso oficialmente que Mario Levrero está muerto, por si alguien no se dio cuenta del todo. Muy muerto: lejos de nuestras pequeñeces, nuestros mundanos conflictos de poca monta. No nos mira por ninguna ventanita ni nos protege ni nos guía. Todos los asuntos de esta tierra le darían una pereza infinita. Estaba tan cansado. Y cada vez lo entiendo más, yo, que tan enojada me quedé por su abandono. ¡Irse sin mi permiso! ¡Y sin hacerme la señal post mórtem para saber que algo permanece, que no lo perdía para siempre!

    En mi post del 2009 La araña y el pajarito de colores dice así:

    Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

    (*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama “Pajarito”- representa esa especie de “Espíritu”, de entrega a la escritura y sus misterios. 

    A mí con la fe nunca me basta. La desconfianza me gana frente al amor prácticamente siempre. Qué le voy a hacer. Era, por eso, más excepcional aún sentirme tan inequívocamente querida e importante para él. Pero, como dije antes, Mario Levrero está muerto. Ahora sí: adios, Levrero… 

    Hace unos días, con Astor, rumbo a la escuela:

    -Mamá… ¿te acordás de un amigo tuyo, que te avisaron que murió y después había un pajarito que golpeaba con el pico en la ventana?
    -Sí, me acuerdo…
    -¿Y por qué no le abriste, entonces?
    -La verdad es que en ese momento no se me ocurrió…
    -Cuando tú te mueras… ¿me podés hacer alguna señal?
    -Voy a intentarlo. No sé cómo es eso.
    -¿Y qué podría ser?
    -No sé… Hay que pensar…
    -¿Un petirrojo?
    -Un petirrojo podría ser: en Guanajuato veíamos muchos en el árbol junto a la ventana. Son lindos. Voy a intentar.
    -¿Y cómo es un petirrojo?
    -Y… como un canarito, pero rojo. “Petirrojo” era tu grupo de Jardinera.
    -Sí: por eso se me ocurrió.

    … que sean sólo los pedacitos mágicos de nuestros secretos…

     Algunos de aquellos posts resucitados:

     ¿Dónde estás, Carlitos? (20/9/2004)

    Me da risa… (22/9/2004)

    Las narinas de algodón (22/9/2004)

    Padre, hijo, hermano (24/9/2004)

    Encontré este otro… (24/9/2004)

    Lo subjetivo del tiempo /1/10/2004)

    Adios Carlitos (19/11/2004)

    Mi ángel de la guardia, o guarda, o qué sé yo (19/11/2004)

    Respirando la vida, luego de tanto (5/2/2007)

     

    (sí, respiré la vida, luego de tanto: dije que había llegado a cierta paz, que más o menos lo había aceptado, 
    y entonces al mes se me murió el Darno… un blog tanatológico, el mío)


    Sigo sin escuchar las grabaciones que me mandaron a México con su voz. 
    Quizás ahora pueda. 


  • Mirarse el ombligo/ La Reina de Pentáculos


    Hoy volví a hacer el ejercicio de sacar al azar una carta del Tarot Mítico, acompañando esta vez (para mis adentros) a los alumnos del taller de los martes. Motivación literaria nada más, claro, pero en el fondo del fondo todos dejamos susurrar a la sincronicidad en estas cosas. Reina de Pentáculos. Tomé la carta entre los dedos; le di vueltas, una y otra vez, incrédula. Con algo de vergüenza, incluso, cuando me percaté de mi emoción, de mis ganas de que fuera verdad. Que el campo, el trono, el racimo de uvas, el escote generoso, el cabello rojo fuego, la belleza misma de la reina, que todo eso tan vital fuera verdad y me estuviera hablando a mí; que la reina fuera inexplicablemente mi reflejo en algún espejo. Un pedazo de mí misma que, inadvertido de mirada alguna, resplandece inocente del otro lado de una cámara Gesell. Pero, claro, no es la Reina de Pentáculos quien parece estar en un centro de detención penal pasando por un crudo interrogatorio entre los puchos apagados de Kafka; no es ella la que toca el mapamundi de papel de lija en un jardín de infantes Montessori: ella -no yo, la que mira- es la que preside, soberana, y se rodea de onduladas colinas verdes, de animales pastando, de libertad, de vegetación serena con olor a flores, a vino tinto, a pinocha y eucaliptos.

    Ella -no yo, la que mira- es la que se sabe hecha para el trono (es curioso que los posabrazos estén adornados por cabezas de carnero, ecos del vellocino de oro por el que tanto se afanaba Jasón en el Cinco de Bastos que me salió anoche); lo que pasa es que fui yo, no ella, la que sacó la carta entre las otras setenta y siete del mazo.

    Es maravilloso: la Reina de Pentáculos, a pesar de sus connotaciones positivas -o precisamente por ellas- vendría a ser como mi Sombra en estos momentos, todo lo que siento lejos, muy lejos; lo que no puedo ver en mí misma y sin embargo me parece familiar. Ninguna carta sería más indicada para pintarme al revés, si me he de guiar por lo que vengo viviendo en las últimas semanas: cuando leo el apartado Cheerful me río en cada uno de sus cinco puntos, como si algún aciago demiurgo se hubiera empeñado en enfrentarme con mi caricatura maltrecha.

    Sin embargo, no puedo negar que casi todo esto me resuena en algún sitio; en alguna habitación del castillo, quizás ahora temporalmente cerrada con portones de hierro. No es que desconozca del todo los dones de esta Reina de Pentáculos. Como dije, yo fui quien la sacó de entre las otras setenta y siete cartas del mazo. Pero hoy nuestra cercanía no podría ser más que un chascarrillo del inconsciente, o quizás un rezo tácito.

    Attractive
    is appealing and popular
    creates a powerful first impression
    makes friends easily
    has great sex appeal
    is warm and outgoing

    Wholehearted
    is loaded with enthusiasm
    tackles a task with total dedication
    gives the utmost in any situation
    is open and sincere
    doesn’t hold anything back
    Energetic
    leads a busy and active life
    is vigorous and strong
    radiates health and vitality
    has an inner vibrancy
    is a natural athlete
    Cheerful
    is optimistic and upbeat
    has an encouraging word for all
    brightens whatever room he or she is in
    has a warm and sunny disposition
    can shake off the blues easily

    Self-Assured
    quietly demonstrates self-confidence
    handles any situation with aplomb
    can’t be easily rattled or provoked
    is spontaneous and gracious in defeat
    has faith in his or her abilities

    Sí; definitivamente es ella -no yo- la de la corona de oro puro, la de la túnica anaranjada, transparente, que delata sus formas femeninas sin la menor preocupación, sin culparse por ello; ella es la que funde sus pies con el pasto y con la tierra, como si echar raíces fuera algo casi a priori, un supuesto de todo ser vivo que aspire a la realeza, a realizarse, a ser rey o reina, a la realidad. En la mano derecha lleva una moneda gigantesca de oro, redonda y sólida como un globo terráqueo: cosas de reyes. Pero los que saben de esto dicen que no se trata de monedas, que los pentáculos son, más bien, herramientas para magos. Como sea, riqueza. Mucha riqueza.


    Mientras escribía durante los quince minutos del taller, me pareció recordar que dentro de este mazo en particular, con su corte mitológico, la Reina de Pentáculos representa a Penélope, reina de Ítaca (ciudad de la que soy ciudadana ilustre desde hace muchos años). Penélope, con todas sus connotaciones, sus tejidos destejidos que la hacían aparecer como una hiladora ineficiente, una laboriosa ama de casa frustrada, una insomne al borde de la iluminación maníaca, una araña presa del autosabotaje por negarse a tejer su telaraña, una dama sola y tristemente desnorteada. Cualquier cosa, excepto una estratega. Que vaya que lo era, como también era necia, tan necia. Porque sabía lo que quería y además le hacía caso a sus corazonadas: el Mc Combo existencial. Penélope era reina porque se sentía tan segura de sí como para no necesitar mostrarse especialmente competente frente al mundo. O quizás porque en su interior también moraba un rey, el Odiseo invisible (presumo que el visible no fue mucho más que un extra en su película). Es decir, tremendo Ánimus junguiano, capaz de determinar su fe en sí misma y la suerte de aquellos hermosos tejidos destinados al secreto, a no ver jamás la luz del día -a no ser vistos por nadie, más que por ella- para así evitar que las tramas siguieran avanzando. Una paradoja, ese deshacer los rastros de tiempo con el fin de poder seguir haciendo tiempo.

    Diría que el Ánimus, visible o invisible, es uno de los derechos fundamentales del ser humano; el Ánima también, desde luego. No estar en buena relación con estas figuras internas nos puede llevar hasta a morir de inanición.Y a Penélope le funcionaba, como fuera: el hombre que la acompañó y le dio fuerzas durante veinte años vino de su propio y exclusivo mérito, no de Odiseo-el-de-la-cédula (en ese caso).

    Entonces termina el taller y me lanzo a buscar a mi flamante Reina de Pentáculos en el librillo del mazo, a ver qué tiene para decirme (más allá de mis especulaciones desde la imagen misma de la carta). Y ahí me encuentro con que le erré de reina, que Penélope de Ítaca era, en verdad, la Reina de Bastos; en su lugar, conozco a Onfala, reina de Lidia. Este personaje, cuyo nombre significa “ombligo”, aparece en el ciclo de historias sobre Hércules: resulta que el héroe, en un momento poco estelar de su carrera, fue puesto a la venta como esclavo sin nombre.

    Y la reina Onfala, que había heredado el reino de su último esposo y era una gobernante más que hábil, no lo dudo demasiado: sacó su MasterCard, Plan Pentáculos Sin Recargo, y se llevó a Hércules quien le sirvió fielmente durante tres años. Pero hay que leer el librillo para contextualizar un poco el asunto:

    “Compró a Hércules como amante más que como luchador”; “Ella pasaba la mayor parte de su tiempo con el héroe, abandonándose completamente al placer”; “La Reina de Pentáculos es una imagen de la fuerza femenina y de la sensualidad, que puede esclavizar incluso a un hombre tan indómito y tan bruto como Hércules”; “No se trata simplemente del deseo de satisfacción fìsica, sino de una fuerza primordial que tiene dignidad y poder a la vez. Al servicio de la Reina Onfala, Hércules pasa por una especie de iniciación -y nosotros también: cuando la encontramos en nosotros mismos, debemos someternos al poder de los instintos y al reconocimiento de que incluso
    la mente más elevada y la espiritualidad más exquisita existe en un cuerpo que está hecho de tierra”; “Su adquisición del héroe como amante no se debe a que no tiene otros amantes a su disposición, sino a que ella quiere el mejor. Por eso puede ser tomada como una imagen de la valoración de uno mismo, porque Onfala se trata a sí misma y a su cuerpo lo mismo que a su país, con cuidado y abundante generosidad”; “De todos modos, Onfala no es meramente sensual. Es una soberana que actúa en su derecho, y está preparada para ser generosa pero siempre realista y conservadora de su riqueza y de su territorio”.

    Luego del primer impulso hacia el ataque de pánico que me provocó la idea de hacerme cargo de los inesperados mensajes de la otra Reina de Pentáculos -tan lejos de los conocidos, los de Penélope y todos mis camaradas de Ítaca a los que aludí primero-, lo pensé un poco y me di cuenta de que todo esto tiene bastante sentido. Lo de la soberanía sobre el territorio personal. Lo del cuidado propio. Lo del reconocimiento del cuerpo, que también sufre los embates del alma. Lo del deseo como motor y fuerza. Lo de la generosidad, que se cuida de prodigarse indiscriminadamente, a cualquiera, sin tomar en cuenta la economía global del reino. Lo de la valoración de uno mismo, en suma. Aplíquese esto a todos los órdenes, no sólo a la posibilidad de agenciarse a un escultural Hércules como esclavo. Alguien me habló una vez de una expresión legal de fidelidad a la corona (británica, por supuesto) que no podría ser más adecuada en este caso: At Her Majesty´s pleasure.

    ¡La Reina de Pentáculos hasta se burló de mí, intentando reconciliarme con el terrible dragón del Cinco de Bastos que anoche casi me lleva al envenenamiento! Por lo visto, ella tiene sus particulares recursos para enfrentarlo; a juzgar por la carita del dragón, le debe dar mejores resultados que las antorchas de Jasón con todos sus argonautas:

    Esto me pasa por sumarme a los ejercicios de los alumnos en secreto. Pero lo hago para no perder contacto del todo con los desafíos de las propuestas a las que los arrojo, pobres. Lo hago para sufrir un poquito, como ellos; para expiar mis culpas y no perder el camino como guía.

    Nadie vaya a creer que estoy tratando de encontrar alguna respuesta personal. Qué va.

    Todo hubiera sido tanto más fácil con los telares de Penélope…

    Maldición.

  • Profetas que profetizan sus propios dolores

    “Tenía razón, yo tenía razón…”, dice la pobre Casandra, ya vieja y desgreñada. Y toma solitaria una copa de vino, y otra, y otra, en la barra de un bar donde los mozos van levantando las sillas para cerrar la noche.
  • Mi vida secreta

    Todos tenemos perversiones clandestinas, retorcidos deseos o comportamientos que nos empeñamos en ocultar de los ojos de los conocidos. Es parte del mundo privado, de las potestades que nos da ese momento fundacional de la libertad interior: cuando el niño -si le va bien y es un niño sano y/o si no tiene por madre o padre a la Medusa- se da cuenta de que, por más mirada inquisidora con que lo amenacen sus progenitores, si miente nadie podrá realmente averiguarlo, como tampoco persona alguna llegará a penetrar en sus sueños, fantasías y conflictos silenciosos. Eso está bien: es parte del ser persona. Por eso, creo que en realidad las peores son nuestras perversiones menores, esos pequeños tics o conductas que no pertenecen del todo a nuestro perfil público y, a su vez, nos resultan irrelevantes. No se explica, por lo mismo, cuál es el motivo real para mantenerlas, dado que muestran bastante incoherencia con lo que somos, valoramos y decimos ser, pero tampoco valen demasiado la pena; tics a los que se podría renunciar sin ningún perjuicio, pero que por alguna ignota necedad/necesidad nos empeñamos en conservar, en alimentar con la ritual repetición. Como si dejar algunas zonas privadas, en las sombras de la mirada ajena, nos diera  cierta paz, aire y la saludable sensación de ser libres. “Ellos creen que soy todo un consagrado intelectual y ¡ja, si supieran la radio que escucho cuando estoy solo! Hasta bailo, me emociono y lloriqueo con las letras (me las sé todas, je je)…”. “Seré madre de seis, pero me gusta ver lencería sexy en esas tiendas medio escondidas de las galerías. Claro que nunca me compro nada -¡a mis años!-, pero igual me imagino. Odiaría pensar que alguna vecina me viera merodeando por ahí, así que me fijo bien y entro rapidito!”. Cositas inocentes, solo que no van del todo con el identikit público.

    No encuentro mucha explicación para una de esas recurrentes perversiones menores en mí, pero cada dos por tres me entrego a ella sin culpa, hasta divertida por la posibilidad de que algún conocido -amigo, alumno del taller, contacto profesional- me agarre in fraganti. Consiste en comprar una medialuna rellena y una lata de Coca Light o similar en el Disco de Punta Carretas; luego me voy a una jardinera de plantas al lado del ascensor y me siento allí a comérmela groseramente mientras observo el movimiento humano del shopping (como si se tratara de algo lindo de ver). La medialuna es enorme pero sale $39.90, mucho menos que lo que me saldría cualquier refrigerio por ahí, y con esto me aseguro de pedir luego tan solo café. En realidad, creo que la perversión menor comienza por el propio hecho de ir de vez en cuando al shopping con la excusa de trabajar o escribir, en el Bonafide o donde sea: ¿a quién le puede gustar estar en esa maqueta de avenida muerta, que parece una vereda a la calle pero está bajo techo, hormigueante y repleta de gente ávida de consumo, paseadores de bolsitas, música estándar, reiterativa, aire acondicionado, comercios? Lo más parecido a los sobrevivientes de una guerra nuclear, años después, o a una civilización cuyo problema con el ozono obligara a los habitantes del mundo a refugiarse bajo tierra, con luz artificial y ambiente climatizado. Me gusta imaginarme eso para luego bendecir el sol y el viento cuando salgo a la calle verdadera.

    Lo peor del asunto de la medialuna es comer al paso en semejante entorno, olímpicamente instalada en contemplativo gozo. A la gente le da vergüenza hacer esas cosas; en un restaurant o café, todo bien, pero sentarse ahí a la vista, con la evidente intención de ahorrar -y quedarme luego en el shopping, porque de otro modo me podría llevar la comida a mi casa- es algo que llama la atención e incluso causa gracia. A menudo he sentido que si me pusiera a hacer abdominales o a cantar mantras a voz en cuello quizás me mirarían menos al pasar. Hoy una veterana simpática y juvenil que iba a toda máquina se dio la vuelta para sonreirme, como aprobando el desparpajo.

    A veces a uno le toca ser testigo -precisamente por ese estar allí como no estando- de conversaciones insólitas; también es posible observar sin mucho pudor a todo tipo de personajes que circulan o se detienen en los alrededores. El otro día, había un gordito con cierta calvicie que intentaba concertar una especie de cita con una mujer por celular, o mejor dicho de convencer a dicha mujer de que fuera a su casa a comer sushi, pero dejando claro que con ellos estaría un tal Dante (cosa de que la mujer no fuera a detectar sus intenciones). Estaba tan nervioso que ese asunto de Dante y el sushi lo repitió varias veces; luego le preguntó por unos paquetitos aromáticos para los roperos que no recordaba dónde era que se compraban. Me recordó al protagonista de La vida útil; no puedo decir que la película me gustó porque me sumergió de cabeza en los patéticos años ochenta uruguayos (si hay algo de lo que no me quiero acordar, es de aquella sensación descorazonada y opresiva). Pero sin duda este tipo de hombres torpes, aniñados y entrañables existen en el mundo. Estas viñetas conviven conmigo todo el tiempo gracias a mi privilegiado escondite en las rutas del consumismo.

    Seguramente las respetables señoras de casi medio siglo no deberíamos sentarnos de vaqueros y piernas cruzadas a comer enormes medialunas en el medio del shopping como liceales. Debe ser verdad que aún tengo muchas actitudes adolescentes. Por otro lado, en la vida me toca o he elegido actuar  como vieja sabia, ayudando a la gente a lidiar con sus profundidades y sus sombras. Creo que también me merezco jugar, flotar, perder el tiempo, dejar salir mis zonas inmaduras para que algo de liviandad me ayude a sobrellevar el comprometido y preciado paquete. Así que seguiré cultivando mi vida secreta en todas sus formas porque me hace bien. Con estas tonterías, que no le reporto a nadie, aunque las tome de excusa para escribir aquí. Y lo mismo haré con estados de ánimo, vínculos viejos y nuevos, exploraciones, visiones, sueños, fantasías, conversaciones callejeras, memorias que le corresponden únicamente a mi soberanía territorial, el primero y más elemental derecho humano. De todo eso elegiré cómo, cuándo y con quién compartir cada cosa, si acaso le llega su momento. Espero querer compartir mucho, pero no lo haré por decreto.

    Es lindo pasar toda una noche charlando con una amiga y tomar vino mientras se cuentan secretos y reflexiones. También lo es llorar junto a un ser querido nuestras miserias, nuestro lado perdedor, y no tener que esconderse. La confesión alivia, las revelaciones de algo viejo sorprenden. Las pasiones calladas que un día se dicen. Las pesadillas que se cuentan entre ahogos. Los sueños de lo improbable que uno se atreve a formular. Y pocas cosas deben ser más reconfortantes que una pareja de muchos años que nos mira y nos conoce más que nadie. Pero siempre quedará una zona privada en el alma, y está bien que así sea: ese mismo espacio será la tierra que pisaremos cuando llegue el día de nuestra muerte. Que, aunque idealmente pudiera encontrarnos rodeados de afectos, no dejará de ser en solitario.

    Hay cajitas guardadas en el desván y llenas de telarañas, hay diarios rojos con llavecitas, hay olores en el frasco y en los roperos abandonados, hay todo lo que pudo haber sido, hay danzas efímeras, hay miradas que descubren y son descubiertas, hay lágrimas que se contienen y también lágrimas que se lloran, pero cuya causa se elige no decir.

    Qué suerte que todavía me puedo sentar allí, al lado del ascensor, en ese lugar medio decadente de las privadas manías incomprensibles.