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  • “En eso tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo” (1997)

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    Mas que empeñarte en espantar al infradotado Belcebú que vive en mí, me ayuda más que te empeñes en que *me crea* que realmente puedo o podría tener los méritos, y que todos estos episodios no son un lamentable error de identidad con otro participante mas idóneo


    Date: Mon, 22 Dec 1997 17:17

    To: “G.Onetto” artemis@adinet.com.uy
    From: jvarlott@adinet.com.uy
    Subject: Re: The day after.

    Vos sabés, porque creo habértelo dicho más de ochenta u ochenta y
    dos veces, que en mi modesta opinión NADIE en este país puede escribir como
    vos; que sos pura literatura; que no conozco a nadie que reúna tantas
    cualidades; que sos Gardel.

    Ahora bien: hay en vos una parte quintacolumna (llamada
    probablemente “narcisismo no asumido”) que no cree en esas cosas, ni cree en
    mí, pero sí cree en los concursos, en contra de todas las evidencias de que
    allí no se premia el talento sino que es un lugar más de luchas políticas.
    Muchas veces se premia a una obra que lo merece, cuando se da el juego
    apropiado de circunstancias; pero ello difícilmente porque se haya
    privilegiado la calidad de la obra. Esa calidad, que bien saben reconocer
    los corruptos (y a la cual temen), recién cuenta una vez dirimida la
    cuestión política. (Por ejemplo, una vez establecido que el concurso lo
    ganará una mujer, será muy difícil que alguien pueda presentar mayor mérito
    que vos). Y así sucesivamente.

    Es muy peligrosa para vos esa asociación entre mérito y triunfo. A
    vos se te dio en este concurso; en otros, quizás hubieras merecido algo más
    que una mención. En fin; sea como fuere, *tenés* que creer en vos misma
    *independientemente* de esos resultados; y cuando no figures con ni siquiera
    una mención, no se te ocurra dudar ni por un instante de vos misma. En eso
    tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo.

    Está bien que te presentes a los concursos, está bien que ganes
    premios y menciones, está bien que leas en público y todo el show; lo que no
    está bien es que creas que todo eso implica un reconocimiento real y sincero
    por parte de esas gentes, y que dependas de ese (falso) reconocimiento para
    creer en vos misma.

    Todo eso nos lleva a la cuestión de la quintacolumna, ese bicho
    asociado con el enemigo. (¿Te das cuenta? Es una sola y misma cosa: la duda
    con respecto a vos misma = credulidad con respecto al mundo).

    Bueno, no sé si logro expresarme con la claridad necesaria. Pero que
    por lo menos te quede claro que NADIE escribe ni puede escribir como vos.

    Besos,

    CG

    PS: En cuanto a la novela-diario, no sé qué decirte. Sería bueno que
    estuvieras conectada con alguna editorial extranjera, pero a esta altura no
    sé qué conviene. Yo estoy personalmente desorientado, con nuevos proyectos
    de una editorial propia de los que desconfío al momento siguiente. En todo
    caso, podrías intentar publicarla en Trilce, por ejemplo (aunque están
    tardando en leer), o sea en Uruguay, y orientar tu vida a vivir de las
    becas, por ejemplo. (Becas, proyectos, ese tipo de curros). (Eso te
    independizaría un poco del problema de dónde publicar). También podrías
    dirigir talleres literarios, o tener audiciones de radio. (Lo digo en serio).

     

     

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  • Sobres azules | 4 (2012)

    Sobres azules | 4 (2012)

    25.

    lo que me quiere envolver es azul
    piel de delfines
    aceite de cielo
    una sirena de sueños inesperados
    dormilona
    rara
    azul intenso
    como el misterioso mar de fondo del deseo
    la red
    la bruma
    mancha turquesa que se derrama
    y va avanzando como lo haría un pintor.

    26.

    hundir
    marca en la piel
    cicatriz que siempre guarda su belleza.

    27.

    desierto silencioso y lleno de vida entre los cactus
    acechante en las rocas
    pacífico contra el viento
    monjes que eligen el silencio para poder escuchar mejor
    alguien que solo confía
    en su propia autoridad.

    28.

    viaje del héroe
    desafíos a los dioses
    barcos que zozobran por exceso de botín
    monstruos marinos
    umbrales
    rocas
    el tramposo desvío a ismaro
    otra década más en altamar
    pérdida
    precios
    hasta el último marinero muerto
    y odiseo asido apenas a una tabla

    luego
    se ve la costa.

  • Sobres azules | 3 (2012)

    Sobres azules | 3 (2012)

    17.
    “Cruel en el cartel”.
    Es duro ver su rostro transformado por la edad, la magia a punto de quedar
    domesticada, tener que mirar a través para poder encontrarlo. Lo malo es que
    igual lo encuentro, tarde o temprano, escondido en el cartel.
    18.
    Condenada al cisne
    blanco. Qué bien. No, ya no: el cisne blanco termina asfixiando con sus espejos
    inmaculados. Es el cisne negro, el exiliado, el que está mucho más cerca de la
    vida. “Yo no quiero reincidir en mi inocencia: yo quiero el placer de volverla
    a perder”, masculla Fitzgerald, malhumorado, en un rincón. Y entonces llega,
    fulminante, la mala noticia: la vida tarde o temprano tendrá que destruir, ser
    egoísta, usar dolientes canales de parto para poder abrirse paso. Cisnes negros
    que irrumpen. Distintas formas de condena.
    19.
    “Alto. Hasta aquí
    llegaste”. El tobillo me lo advirtió: “Estás tropezando con la misma piedra y
    no han pasado ni dos meses”. Luego el médico mencionó la posibilidad de una
    fractura, pero no le creí. “Estoy magnificando, no debe ser para tanto”, me
    dije.

    Todavía me duele.

    Son mal negocio las
    fracturas. Uno no avanza, no puede caminar libre.
    20.
    Los encuentros eran
    breves. No importa. Breves como el café ristretto;
    como el café ristretto,
    intensos.  Lo caliente, lo fuerte, lo
    escaso: todo eso es bendición en el reino del café, opinaba el abuelo que
    alguna vez fue casi mío. Lo más importante es que no sea amargo, acoto yo. He
    decidido que no quiero nada amargo.
    21.
    Aquellas noches de
    interminables parpadeos hipnóticos, sola en aquella casa tan sola. Una casa
    embrujada o, mejor dicho, con invisibles cicatrices de violencia que únicamente
    yo percibía. El ruido del aire acondicionado. Ir a la cocina a servirme más
    café y sentir el escalofrío por  la
    espalda. En la isla de edición, los monitores siempre titilando.

    Ya de madrugada, la
    sirena de policía, algún escándalo, el golpe de un travesti o rufián que era empujado
    contra la puerta de la casa. Los hombres que alguna vez editaron conmigo en
    aquellos horarios, tan sórdidos e inusuales, pasaron mucho más miedo que yo.

    Por suerte, la casa tenía
    rejas (algunas rejas protegen). Yo llamaba al taxi y esperaba adentro hasta el
    último minuto: no quería arriesgar a la casa esa, me sentía responsable. Ponía
    la alarma y cerraba la puerta.

    La vida circundante de
    Maldonado y Yaro.
    22.
    Suben los globos
    morados, naranjas, rojos. Aplauden al futuro viajero: es el primer viaje en
    avión que recordará más adelante. Él calla, y sin embargo observa todo muy
    atento. Quién sabe qué pasará por su cabeza.

    Yo me fui a su edad
    también, pero mi pasaje era solo de ida.

    Vuelve a casa con un gran
    globo naranja que, con los días, se termina desinflando.
    23.
    Prescindir de la
    lógica gladiador: mejor Sun Tzu. Esquivar el golpe gladiador: mejor fluir.
    Renunciar a las caricias gladiador: mejor la ermita. Aguantar la ira gladiador:
    mejor la estrategia a largo plazo.
    24.
    Las nubes tapan el sol
    de golpe, sí. Pero no quiere decir que se hayan formado en ese mismo momento. 
  • Sobres azules | 1 (2012)

    Sobres azules | 1 (2012)

    1.

    El equipaje es pesado. Más de lo que parece, pero sonrío. Lo alzo por encima de mi cabeza, lo coloco en el compartimiento superior. Me siento una amazona. Nunca seré la sirena en apuros, la damisela en flor, Marilyn mirando a su alrededor para ver si algún hombre se apresta a socorrerla. Yo no: yo alzo cualquier equipaje sin una mueca de esfuerzo siquiera, aunque los músculos se me desgarren. El equipaje mío e incluso el ajeno.

    2.

    Por más que hago, no puedo encontrar el aliento inicial, el instinto, el rugido de la especie, el latido primitivo que me lleve hasta un lugar casi animal, salvaje. Soy un monumento a las proezas del hombre culto, una pieza del salón de té, una ceja que se alza, suspicaz.

    3.

    Afuera, en la calle, todos van y vienen a su antojo. Saco una foto desde el cuarto de adelante, a ver si logro captar algo al paso, alguna señal de la misteriosa libertad ajena. De esa resbaladiza posibilidad de la soberanía.

    En la foto, el contraluz delata mi escena interna: la habitación permanece a oscuras, pero desde la calle entra la luz. Interpuestas entre ambos ambientes, las rejas de mi ventana.

    4.

    Hubiera querido un escritorio antiguo de roble, con una tapa redondeada que ocultara mis secretos. Con cajoncitos mínimos y variados, con plumas de todos los colores invitándome a escribir. Con una lámpara de detective acompañándome en las noches hasta que tironee la cadenita del insomnio. Hubiera querido ese escritorio, a desk of one´s own. Quizás aún esté a tiempo de conseguirlo. Por qué no.

    5.

    Busco la excusa, pero no existe. No la que serviría para algo, para convencerlo, para lograr que me suelte. “Be free”, me dijo alguien. Pero eso no es posible sin lograr que a uno lo suelten. “Please, let me be free”, le ruego. Pero no: eso no sirve. Las excusas tampoco.

    6.

    Era hermoso el Ipiranga, anaranjado, de crines negras, de músculos marcados. Galopaba como a mí me gusta, es decir, exactamente como galopa el Ipiranga. Las venas se le saltaban por el esfuerzo y entonces más hermoso lo encontraba, más animal, más encendido. Me hubiera gustado abrazarme a su cuello, acariciarle la frente. Creo que jamás lo hice: todavía no entendía la oportunidad efímera que propone el deseo. La condena de luego verse obligado a revisar para atrás.

    No era un caballo manso, pero se dejaba llevar. Caballo noble.

    Sin embargo, uno tenía que saber de antemano que si una bolsa de plástico era por azar traída por el viento probablemente el Ipiranga terminaría desbocándose.

    7.

    “Préstame atención. Existo.
    Podrías verme”, dijo la niña. 

    8.

    La catedral de México es gris, como las tardes lluviosas en que me atrincheraba en mi cuarto de adolescente. Sus capillas están llenas de tributos adoradores; igual estaban, entonces, las mías.

    La luz apenas corta el silencio solemne del recogimiento oscuro. Se escucha un eco en sus pasillos desiertos, quizás el júbilo de un niño. Yo era igual de joven.

    Extraño a Manolo y su legión de ángeles suicidas.

    Lady Godiva y su caballo
  • Tejidos

    Tejidos

    Maté a la araña ni bien entré al cuarto. Era enorme. 
    No me molestan, no me asustan: es solo esa irritante posibilidad de que me piquen mientras estoy dormida, una espada de Damocles que complicaría aún más mis insomnios. Imposible tolerarla en mi ecosistema. 

    Le pedí perdón y la aplasté. Varias veces, para asegurarme de no haberla dejado en un inmerecido loop de sufrimiento. Se veía tan pequeña sin esa expansividad estelar que tienen las patas de las arañas. Lo mío fue ese acto incomprensible de nuestro Dios injusto: la araña nunca hubiera podido vislumbrar mis motivos ni remotamente. 

    Al otro día, cuando me bañé, descubrí todo un maravilloso tapiz casi invisible que adornaba y unía el calefón con el vidrio al exterior. Flotaba, en su vaporosa condición de tejido mágico, movido por la brisa. Su brillo realzaba la vista del montecito arbolado, enmarcado por la ventana. 

    Tuve conciencia por un momento de que esa era la obra de la araña, su legado. Bello. Frágil también. Y ya ni siquiera estaría allí la araña para arremangarse y poder reponerlo, si acaso yo lo deshacía en ese momento con un dedo. 
    Cerré las canillas, me sequé y vestí. Afuera encontraría otros rastros de arañas todavía vivas. Ellas toman cada espacio, cada segundo; nunca pierden el tiempo. Saben bien quiénes son, y así lo expresan. No, no pierden el tiempo. 

  • Menú ejecutivo 2012

    Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

    ¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

    Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la “gourmet”, la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

    Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (… con un hombre maravilloso en cada orilla…), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

    Dos aclaraciones al menú/post del blog:
    1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
    2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!

    Tomatitos cherry
    Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
    Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
    (palitos de apio, grisines o totopos)
    Quesadillas con rajas de chile poblano
    Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
    Queso parmesano en cubitos
    Manzana con cáscara cortada en rodajas
    Dátiles
    Ciruelas pasa
    Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
    Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
    Brócoli hervido
    Empanadas de carne con pasas y comino
    Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
    Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde

    Y de postre: 
    Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
    Las uvas de los doce deseos a las doce
    Y un feliz año nuevo.  

  • Thank you, Max

    Kafka_vampiroRevisando una libretita mía de 1997, encontré algunos pasajes entrecomillados. Presumo que son de Kafka, de quien leí sus diarios al derecho y al revés. Y no voy a usar Google para ver si estoy en lo cierto, porque además me tiene absolutamente sin cuidado ese detalle: Google nos está desbaratando a todos la estructura cerebral, ya nada está en su sitio en los cajoncitos de la memoria y ni siquiera nos damos el permiso de ir a parar, gracias a un bendito error, en aquellos parajes que inconscientemente nos interesan. Basta de Google como ventana paralela de la vida, sus azares, sus imprecisiones, sus misterios.

    Creo que cuando uno se toma la inmensa molestia de copiar (en manuscrito y en un diario personal que nadie leerá) ciertas citas que va encontrando durante sus lecturas debe ser porque, en algún lugar, siente como si esas palabras lo expresaran, como si fuera su autor incluso. Las  pongo, por eso, aquí en mi blog; ni siquiera dice de qué libro fueron tomadas, la editorial, la traducción, la página (¡qué fiasco de egresada de la Facultad de Humanidades!). Como dije, tampoco puedo asegurar que en verdad se trate de Kafka; a lo mejor fui yo misma quien escribió esto, aunque mi padre definitivamente nunca me trató así. Pero para qué obsesionarse con las pasajeras personalidades individuales.

    Desde que tengo uso de razón he tenido preocupaciones tan profundas por el mantenimiento de mi existencia espiritual, que todo lo demás me fue indiferente.

    *

    Kafka_y_feliceSi mi padre solía decirme en un tiempo, en sus furibundas pero inútiles amenazas: Te mato como a un perro -en realidad ni siquiera me tocaba-, ahora esa amenaza opera independientemente de él. El mundo -F. es su representante- y mi yo matan a mi cuerpo en un conflicto irreconciliable. 

    *

    Es como cuando un hombre tiene que subir cinco peldaños de una escalera y otro un solo peldaño que, sin embargo, al menos para él, es tan alto como aquellos cinco juntos; el primero no sólo superará esos cinco peldaños, sino centenares y millares de peldaños más; habrá llevado una vida grande y muy esforzada, pero ninguno de los peldaños que habrá escalado tendrá para él la importancia que tiene para el otro aquel peldaño único, primero, alto, imposible de escalar aun si empeñaba en ellos todas sus fuerzas, a cuya altura no puede subir, y más allá del cual, lógicamente, tampoco puede llegar. 

    If I abandon literature, I’ll cease existing.

     

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    Biografía, citas, afectos, fotos de Kafka


  • Gestar

    Escuchando cómo el viento mueve las hojas de árboles imaginarios. Oliendo el perfume del jazmín de la noche durante los veranos en la estancia de mis tíos cuando niña. Caminando sobre papel de arroz. Añorando el fuego, su crepitar. Sintonizando una estación de radio que aún no existe. Confiando en la solidez de cada uno de los vidrios de mi claraboya. Sintiendo la caricia lejana del ventilador en días demasiado calurosos. Conteniendo la respiración para no hacer ruido. Esperando. No moviendo. Siendo. Nada más.

    Así estoy ahora. Por eso, ni intento escribir en el blog. Son demasiados procesos invisibles a la vez. Habrá que esperar a emerger más cerca de la otra orilla. Seguro que tiritando de frío, con el corazón desbocado por el esfuerzo, feliz al sentir el sol sobre la piel una vez más.

  • Mi vida secreta

    Todos tenemos perversiones clandestinas, retorcidos deseos o comportamientos que nos empeñamos en ocultar de los ojos de los conocidos. Es parte del mundo privado, de las potestades que nos da ese momento fundacional de la libertad interior: cuando el niño -si le va bien y es un niño sano y/o si no tiene por madre o padre a la Medusa- se da cuenta de que, por más mirada inquisidora con que lo amenacen sus progenitores, si miente nadie podrá realmente averiguarlo, como tampoco persona alguna llegará a penetrar en sus sueños, fantasías y conflictos silenciosos. Eso está bien: es parte del ser persona. Por eso, creo que en realidad las peores son nuestras perversiones menores, esos pequeños tics o conductas que no pertenecen del todo a nuestro perfil público y, a su vez, nos resultan irrelevantes. No se explica, por lo mismo, cuál es el motivo real para mantenerlas, dado que muestran bastante incoherencia con lo que somos, valoramos y decimos ser, pero tampoco valen demasiado la pena; tics a los que se podría renunciar sin ningún perjuicio, pero que por alguna ignota necedad/necesidad nos empeñamos en conservar, en alimentar con la ritual repetición. Como si dejar algunas zonas privadas, en las sombras de la mirada ajena, nos diera  cierta paz, aire y la saludable sensación de ser libres. “Ellos creen que soy todo un consagrado intelectual y ¡ja, si supieran la radio que escucho cuando estoy solo! Hasta bailo, me emociono y lloriqueo con las letras (me las sé todas, je je)…”. “Seré madre de seis, pero me gusta ver lencería sexy en esas tiendas medio escondidas de las galerías. Claro que nunca me compro nada -¡a mis años!-, pero igual me imagino. Odiaría pensar que alguna vecina me viera merodeando por ahí, así que me fijo bien y entro rapidito!”. Cositas inocentes, solo que no van del todo con el identikit público.

    No encuentro mucha explicación para una de esas recurrentes perversiones menores en mí, pero cada dos por tres me entrego a ella sin culpa, hasta divertida por la posibilidad de que algún conocido -amigo, alumno del taller, contacto profesional- me agarre in fraganti. Consiste en comprar una medialuna rellena y una lata de Coca Light o similar en el Disco de Punta Carretas; luego me voy a una jardinera de plantas al lado del ascensor y me siento allí a comérmela groseramente mientras observo el movimiento humano del shopping (como si se tratara de algo lindo de ver). La medialuna es enorme pero sale $39.90, mucho menos que lo que me saldría cualquier refrigerio por ahí, y con esto me aseguro de pedir luego tan solo café. En realidad, creo que la perversión menor comienza por el propio hecho de ir de vez en cuando al shopping con la excusa de trabajar o escribir, en el Bonafide o donde sea: ¿a quién le puede gustar estar en esa maqueta de avenida muerta, que parece una vereda a la calle pero está bajo techo, hormigueante y repleta de gente ávida de consumo, paseadores de bolsitas, música estándar, reiterativa, aire acondicionado, comercios? Lo más parecido a los sobrevivientes de una guerra nuclear, años después, o a una civilización cuyo problema con el ozono obligara a los habitantes del mundo a refugiarse bajo tierra, con luz artificial y ambiente climatizado. Me gusta imaginarme eso para luego bendecir el sol y el viento cuando salgo a la calle verdadera.

    Lo peor del asunto de la medialuna es comer al paso en semejante entorno, olímpicamente instalada en contemplativo gozo. A la gente le da vergüenza hacer esas cosas; en un restaurant o café, todo bien, pero sentarse ahí a la vista, con la evidente intención de ahorrar -y quedarme luego en el shopping, porque de otro modo me podría llevar la comida a mi casa- es algo que llama la atención e incluso causa gracia. A menudo he sentido que si me pusiera a hacer abdominales o a cantar mantras a voz en cuello quizás me mirarían menos al pasar. Hoy una veterana simpática y juvenil que iba a toda máquina se dio la vuelta para sonreirme, como aprobando el desparpajo.

    A veces a uno le toca ser testigo -precisamente por ese estar allí como no estando- de conversaciones insólitas; también es posible observar sin mucho pudor a todo tipo de personajes que circulan o se detienen en los alrededores. El otro día, había un gordito con cierta calvicie que intentaba concertar una especie de cita con una mujer por celular, o mejor dicho de convencer a dicha mujer de que fuera a su casa a comer sushi, pero dejando claro que con ellos estaría un tal Dante (cosa de que la mujer no fuera a detectar sus intenciones). Estaba tan nervioso que ese asunto de Dante y el sushi lo repitió varias veces; luego le preguntó por unos paquetitos aromáticos para los roperos que no recordaba dónde era que se compraban. Me recordó al protagonista de La vida útil; no puedo decir que la película me gustó porque me sumergió de cabeza en los patéticos años ochenta uruguayos (si hay algo de lo que no me quiero acordar, es de aquella sensación descorazonada y opresiva). Pero sin duda este tipo de hombres torpes, aniñados y entrañables existen en el mundo. Estas viñetas conviven conmigo todo el tiempo gracias a mi privilegiado escondite en las rutas del consumismo.

    Seguramente las respetables señoras de casi medio siglo no deberíamos sentarnos de vaqueros y piernas cruzadas a comer enormes medialunas en el medio del shopping como liceales. Debe ser verdad que aún tengo muchas actitudes adolescentes. Por otro lado, en la vida me toca o he elegido actuar  como vieja sabia, ayudando a la gente a lidiar con sus profundidades y sus sombras. Creo que también me merezco jugar, flotar, perder el tiempo, dejar salir mis zonas inmaduras para que algo de liviandad me ayude a sobrellevar el comprometido y preciado paquete. Así que seguiré cultivando mi vida secreta en todas sus formas porque me hace bien. Con estas tonterías, que no le reporto a nadie, aunque las tome de excusa para escribir aquí. Y lo mismo haré con estados de ánimo, vínculos viejos y nuevos, exploraciones, visiones, sueños, fantasías, conversaciones callejeras, memorias que le corresponden únicamente a mi soberanía territorial, el primero y más elemental derecho humano. De todo eso elegiré cómo, cuándo y con quién compartir cada cosa, si acaso le llega su momento. Espero querer compartir mucho, pero no lo haré por decreto.

    Es lindo pasar toda una noche charlando con una amiga y tomar vino mientras se cuentan secretos y reflexiones. También lo es llorar junto a un ser querido nuestras miserias, nuestro lado perdedor, y no tener que esconderse. La confesión alivia, las revelaciones de algo viejo sorprenden. Las pasiones calladas que un día se dicen. Las pesadillas que se cuentan entre ahogos. Los sueños de lo improbable que uno se atreve a formular. Y pocas cosas deben ser más reconfortantes que una pareja de muchos años que nos mira y nos conoce más que nadie. Pero siempre quedará una zona privada en el alma, y está bien que así sea: ese mismo espacio será la tierra que pisaremos cuando llegue el día de nuestra muerte. Que, aunque idealmente pudiera encontrarnos rodeados de afectos, no dejará de ser en solitario.

    Hay cajitas guardadas en el desván y llenas de telarañas, hay diarios rojos con llavecitas, hay olores en el frasco y en los roperos abandonados, hay todo lo que pudo haber sido, hay danzas efímeras, hay miradas que descubren y son descubiertas, hay lágrimas que se contienen y también lágrimas que se lloran, pero cuya causa se elige no decir.

    Qué suerte que todavía me puedo sentar allí, al lado del ascensor, en ese lugar medio decadente de las privadas manías incomprensibles.

  • Conversaciones con Morgana y otras hechiceras (1)

    Morgana: -Yo nunca tuve ese problema de la página en blanco, del bloqueo al querer escribir…
    Ginebra: -¡Yo tampoco! Siempre que quise escribir, que me senté realmente a hacerlo, escribí. Entiendo que a la gente le pase y trato de distraerlos para que logren salir de sus parálisis sin darse mucha cuenta, pero a mí jamás me pasó. 

    Morgana: -El tema es disponerse realmente a escribir ¿no?

    Ginebra: -Sí: sentarse. Parar la voz del mundo. Tener derecho a perder el tiempo…
    Ginebra: -No puedo poner ese disco [*] porque está asociado a mi novela trunca, y entonces siento unas ganas incontrolables, irresistibles de escribirla, de retomarla… 

    Morgana: -Pero entonces está buenísimo: ¡ponelo! 

    Ginebra (mortificada): -Nooooo, no puedo, no puedo dejarme arrastrar por la novela. No haría otra cosa, me perdería. ¿Y mis obligaciones, el sustento que en estos momentos no me da? 

    Morgana (comprensiva, pero internamente en desacuerdo): -Sí, claro… 


    [silencio]

    Ginebra: -¿Te diste cuenta? “Trunca” es casi igual a “tranca”. 
     
    “El acto creador es peligroso porque la gente puede ir y no volver más. Por eso yo procuro rodear mi vida de personas sólidas, concretas, de mis hijos, de una empleada, de una señora que vive conmigo y que es muy equilibrada. Para que yo pueda ir y venir dentro de la literatura sin el peligro de quedarme allá. Todo artista corre un gran riesgo. Hasta la locura. Por eso debe tener cuidado”. 
    Clarice Lispector, entrevista para la revista Texturas
    [*] Into the labyrinth, Dead Can Dance