Etiqueta: familia

  • Paisaje después (durante) de la batalla…

    14 de agosto, 2008

    Una imagen dice más que mil palabras.

    (Y las palabras también vendrán, pero después de que DUERMA!!!!)

    la foto es de Guzmán Sánchez

  • Botines de cumpleaños (II)

    (y que le conste a mi amiga F. y a quienes lo hayan pensado: no son botines en el sentido de zapatos con cordones, son beneficios obtenidos a costa del prójimo en mi cumpleaños, a la usanza de los piratas o los conquistadores)

    • Un MP3 Player regalado por los hombres de la casa (en realidad por el grande, pero al chiquito le gusta creerse que él es el que hace los regalos), que me ha hecho recordar cuánto me gustaba andar escuchando música todo el día y adonde fuera.
    • Dos bellos adornos para el pelo, de mi señora suegra, alias “Ela Nené”.
    • Un mágico kit para preparar, disfrutar, oler, mirar, gustar, leer e imaginar todo lo asociado con el café turco, y con el café como disparador de la escritura (que, como bien sabemos, es todo un maridaje). Regalado por la bruja V., amiga irremplazable a estas alturas. Con texto inédito y todo (que, al igual que el MP3, me recordó el valor de ciertos símbolos como “el pendiente de la Maga”).
    • Un artefacto esotérico estupendo llamado “Orgasmatron”, mezcla de batidora manual, tenedor encefálico y antena parabólica de bolsillo, regalado por la más científica de mis cuñadas.
    • Un CD doble, pirata y antologado con amor y seso por el fan número uno del Divino Darno, traído a casa en mano por un misterioso caballero no virtual.
    • Un regalito también en mano (de una compañera de clase que no veo hace 25 años) que ya fue mandado desde México por mi fiel comadre P.
    • La enorme diversión de transformar el billete de mis padres en placeres ya casi olvidados como tres discos (canciones sefaradíes del Darno, tangos en vivo y Loreena Mc Kennitt), tres libros (uno de Dostoievsky que empieza “Soy un hombre enfermo. Soy un hombre malvado. Soy un hombre desagradable... etc”, otro del valor terapeutico de los cuentos y otro de suicidas célebres en la historia, que era uno de mis proyectos) (escribir un libro con ese tema, no ser suicida célebre) y unas guillerminas de Blancanieves. ¡Es genial ir al shopping a comprar, es una experiencia insólita! Así que de eso se trataba, jum…

    Creo que no me olvido de nada. Sí, menudos botines acordonados este año! Con todos estos regalos, llamadas y correos, juntaré fuerzas para cumplir el año que entra. Como me dijo Soraya (mexicana) en mi cumple: “Espero que este evento no deje de repetirse todos los años!!!”

    Je je je…
    Por cierto, el taller sobre la muerte estuvo muy bueno. Ya postearé al respecto.
    Hoy se inaugura la ofrenda a Frida en la Embajada de México, y allí estaremos tomando chocolate y comiendo pan de muerto con Astor, G. y varios amigos.
    El altarcito al Darno me espera para un brindis a la vuelta.

    Si quieres saber tus defectos, cásate; si quieres saber tus virtudes, muérete

  • Botines de cumpleaños

    No hay fiesta este año: sólo (y nada menos) los festejos de los dos talleres presenciales, que ya fueron esta semana, y una cena con mi marido engripado, si sobrevive, mañana en un lindo restaurant fuera del ámbito en boga.

    Botines recolectados hasta ahora:

    • 44 años, o casi
    • Un estupendo billete de mis bondadosos padres, que aplicaré en asuntos placenteros (léase libros, discos, cosas así: nada de terapias, cuentas asesinas de OSE y demás ramificaciones del Super Yo)
    • Un ticket completo para ir a la peluquería, tortura a la que sólo estoy dispuesta a someterme si me la pagan y si las nieves del tiempo platean mi sien, o al menos se ven algunos hilos de sabiduría demasiado evidentes
    • Un Luigi Bosca Malbec Reserva traído por una guerrera de plumas y lentejuelas
    • Un kit completo de “La Lupita” a domicilio, con quesadillas, guacamole, salsita, totopos y todo el paquete para los comensales
    • Unos chocolates, una hermosa flor, un marcador de libros, más vino, torta, alfajorcitos…
    • Un dibujo del Parque Rodó, con muchos colores y Gusano Loco, prometido por mi hijo

    Seguiremos informando.
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  • Tristes transiciones

    Tengo la imperiosa necesidad de salir del ánimo sombrío de los últimos posts. Primero, porque no es el mood que me envuelve actualmente luego de un fin de semana hermoso, con mis dos hombres y tiempo libre juntos; segundo, porque en esta ciudad también tuvimos tres días con sol, una contradicción entonces, porque si hay sol afuera hay sol adentro (al menos para los que sufrimos, entre otros males, de SAD, o Seasonal Affective Dissorder… que en Uruguay es lo mismo que decir “casi todo el año”; ¡bastante bien la llevo aquí, con mi soleado medio-corazoncito mexicano!). Así que por donde se le mire, el lúgubre tinte de mi blog se va volviendo injusto en la medida en que no lo renuevo y dejo que entre la luz, que las corrientes barran los despojos y dejen fluir el agua cristalina otra vez. Pero no tengo nada tan contundente que decir, o que querer decir (por buenas noticias literarias, por ejemplo, ver la Bitácora del taller). Pensé en poner alguna información interesante o curiosidad, pero sería una visión demasiado fraccionada de mí misma, un quiebre abrupto, medio –bastante– esquizoide. Tampoco es para publicarlo…!

    Pero entonces encontré algo perfecto para la transición, para seguir con un pie en un mundo y poder, no obstante, pasar por fin al otro, al seguro. Al que se construye a las orillas de la laguna Estigia, no en su centro: el mundo que suelo habitar la mayoría del tiempo, cuando la muerte no acaricia y no saltan los pedazos a mi paso. El único problema es que no lo escribí yo: lo escribió una amiga, pero como tal tiene algo de alter ergo (y de espejo ni se diga). Creo que es un post estupendo, exacto, sabio, y está bien escrito, como todo lo de ella. Espero que no se enoje por citarla sin permiso, van todos los créditos y la recomendación de que visiten su blog, Crónicas de la cebolla. Su nombre es Vesna Kostelich.

    Tristes comparaciones

    Cuando yo estoy triste soy ese armatoste desajustado que trata de esconder la tristeza bajo la alfombra. En cambio, cuando ella está triste, es como un vendaval del cual uno no puede protegerse con un paraguas. Cuando estoy triste, dejo que mi tristeza gotee aquí y allá, sobre cosas irrelevantes que se contagian, que se humedecen, gotitas nimias y maniáticas como grititos de colegialas tontas. Mi tristeza es absurda, pero no por ella, por mí, que la visto de rosa y moña como a la hija única de una madre posesiva. Pero cuando ella está triste, truena y relampaguea. Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta. Ella se desviste, se rasga, se descompone, se acaba. Se incendia, transmuta, tiembla, amenaza.
    Cuando estoy triste, cocino, escribo, hago lo mismo que haría si no estuviera tan triste. Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

    Su tristeza es la de una diosa que agoniza aunque se sabe inmortal.
    Mi tristeza se acaba con el tiempo que pasa. La de ella, con la resurreción de las cenizas. Mi tristeza envejece sin ver la luz, llora por los rincones; su tristeza, la de ella, se pinta una boca desmesurada y se corre el rojo en los labios para que se vea la sangre. La mía es una tristeza que está siempre por nacer. La de ella, está a punto de morir.
    (Sin embargo, hay que decirlo, ni a mí ni a ella es fácil consolarnos).

  • Yo constelo, tú constelas… recórcholis!

    Aunque no podré contar el contenido por algunos meses, hasta que las imágenes se asienten y mientras así aprovechar su fuerza (los soñantes consuetudinarios sabemos que contar los sueños, por ejemplo, debilita las emociones adheridas: es por eso que, si hemos de escribir un relato o una novela con ellos, conviene arreglárselas con el papel o la pantalla, sin mediación de amigos u otros escuchas, y también es por eso que cuando uno tiene pesadillas, como esta servidora, lo mejor es contarlas, contarlas y escribirlas hasta que se deshagan en la luz como un vampiro), ayer “constelé”. Ya había participado en talleres de Constelaciones Familiares, incluso con Stephan Hausner (tipo maratón de dos días inmersos en el asunto) y oficiado como representante en tres ocasiones porque me eligen siempre. Pero esta fue la primera vez que yo era el cliente, el “conejillo de Indias”, en este caso.

    No puedo contar, no puedo contar, no voy a contar el contenido del asunto, pero si antes me habían impresionado los extraños movimientos y esa sensación de que ahí estaba pasando algo inusual, fuera de los marcos de la vida ordinaria, ahora lo vi de cerquísima. Salvo que todo haya sido una conspiración que involucró al menos diez personas (que lo supieran todo de mí, hasta los ataques de tos que tengo cuando lloro desesperada, por este tema y no por otro). Todo, una puesta en escena para hacerme creer que el click energético con el “documento maestro” realmente se establece y uno empieza a espiar en mundos que le imprimen sus formas al “documento final”, o sea, al archivo de Word en que uno cuenta su propia vida. Asuntos increíbles, movimientos que se repetían sin que los representante se miraran, sopapos simbólicos dados justo a tiempo, percepción de lo invisible, gente que parecía tomar la voz de otra que no estaba presente y hacerla expresarse, todo con extraordinaria exactitud (más allá de algunos deslices un poco ex tarrum, pero la intuición no puede ser perfecta).

    Pero lo mejor es el reacomodo interno (que aún está, como lluvia de meteoritos, surcando mis espacios): durante toda la constelación sentí poderosamente la energía en mi cuerpo, angustia en el pecho, excitación casi sexual, y sin embargo no tenía la menor gana de llorar. Las escenas eran fuertísimas y me involucraban directamente, pero no sentía autoconmiseración sino que me sentía comprendida, estable. Es curioso, porque había llorado dos días seguidos, tuve horrendas pesadillas la noche del jueves, insomnio y desesperación la del viernes. Acá me vi a mí misma en el medio de todo ese sufrimiento y más, y me dolía porque entonces podía constatarlo, saber que era algo que está grabado todavía en algún lado, pero no me destrozaba: me daba fuerza. Me puteaban (mismo) pero no me ofendía: me daba fuerza.

    Y me quedó un dolor en el corazón, una angustia que aún me dura, pero es una clara angustia productiva, de tejidos que se rehacen, que se curan y regeneran. Las imágenes me golpean desde adentro y me hacen tomar las riendas, asumir mi parte y dejar de estar enojada cuando en verdad tendría que dar las gracias (¡y de qué forma!). Me dijeron cosas que eran literales, ¿cómo podrían saberlas? Solo que G. confesara haber elaborado pacientemente un archivo sobre mí y se los hubiera vendido para impresionarme. De lo contrario, es que las Constelaciones Familiares de Bert Hellinger realmente han tocado un punto de sabiduría en esta patética lucha de la humanidad por entender cómo funciona el universo (eso ya lo pensaba antes, como espectadora y representante, pero haber trabajado mi constelación hace que ahora tenga la certeza: qué cerca anduvo todo de situaciones que son así, y sin que interviniera la menor información verbal).

    Y bueno, esa misma noche le cociné a G. una cena especial, como hace mucho no le hacía: pollo al curry con coco rallado y servido dentro de cáscaras calientes de coco (acompañado de arroz al azafrán y pasas rubias), y de postre la mousse au chocolat del libro “Afrodita” de Isabel Allende (recetas como esa son lo mejor de su literatura, ciertamente) adornada con quinotos. Todo esto era para hacer un marco digno del Luigi Bosca Malbec Reserva que teníamos guardado para celebrar los tres años de Astor y nunca llegaba a la realidad. Un tequilita añejo de entrada, queso de cabra y pan con amapola.

    Claro que cualquier aguzado lector rioplatense podrá comprender la implícita semiótica del coco y los quinotos en una cena de reconciliación…