Etiqueta: libertad

  • Sobres azules | 1 (2012)

    Sobres azules | 1 (2012)

    1.

    El equipaje es pesado. Más de lo que parece, pero sonrío. Lo alzo por encima de mi cabeza, lo coloco en el compartimiento superior. Me siento una amazona. Nunca seré la sirena en apuros, la damisela en flor, Marilyn mirando a su alrededor para ver si algún hombre se apresta a socorrerla. Yo no: yo alzo cualquier equipaje sin una mueca de esfuerzo siquiera, aunque los músculos se me desgarren. El equipaje mío e incluso el ajeno.

    2.

    Por más que hago, no puedo encontrar el aliento inicial, el instinto, el rugido de la especie, el latido primitivo que me lleve hasta un lugar casi animal, salvaje. Soy un monumento a las proezas del hombre culto, una pieza del salón de té, una ceja que se alza, suspicaz.

    3.

    Afuera, en la calle, todos van y vienen a su antojo. Saco una foto desde el cuarto de adelante, a ver si logro captar algo al paso, alguna señal de la misteriosa libertad ajena. De esa resbaladiza posibilidad de la soberanía.

    En la foto, el contraluz delata mi escena interna: la habitación permanece a oscuras, pero desde la calle entra la luz. Interpuestas entre ambos ambientes, las rejas de mi ventana.

    4.

    Hubiera querido un escritorio antiguo de roble, con una tapa redondeada que ocultara mis secretos. Con cajoncitos mínimos y variados, con plumas de todos los colores invitándome a escribir. Con una lámpara de detective acompañándome en las noches hasta que tironee la cadenita del insomnio. Hubiera querido ese escritorio, a desk of one´s own. Quizás aún esté a tiempo de conseguirlo. Por qué no.

    5.

    Busco la excusa, pero no existe. No la que serviría para algo, para convencerlo, para lograr que me suelte. “Be free”, me dijo alguien. Pero eso no es posible sin lograr que a uno lo suelten. “Please, let me be free”, le ruego. Pero no: eso no sirve. Las excusas tampoco.

    6.

    Era hermoso el Ipiranga, anaranjado, de crines negras, de músculos marcados. Galopaba como a mí me gusta, es decir, exactamente como galopa el Ipiranga. Las venas se le saltaban por el esfuerzo y entonces más hermoso lo encontraba, más animal, más encendido. Me hubiera gustado abrazarme a su cuello, acariciarle la frente. Creo que jamás lo hice: todavía no entendía la oportunidad efímera que propone el deseo. La condena de luego verse obligado a revisar para atrás.

    No era un caballo manso, pero se dejaba llevar. Caballo noble.

    Sin embargo, uno tenía que saber de antemano que si una bolsa de plástico era por azar traída por el viento probablemente el Ipiranga terminaría desbocándose.

    7.

    “Préstame atención. Existo.
    Podrías verme”, dijo la niña. 

    8.

    La catedral de México es gris, como las tardes lluviosas en que me atrincheraba en mi cuarto de adolescente. Sus capillas están llenas de tributos adoradores; igual estaban, entonces, las mías.

    La luz apenas corta el silencio solemne del recogimiento oscuro. Se escucha un eco en sus pasillos desiertos, quizás el júbilo de un niño. Yo era igual de joven.

    Extraño a Manolo y su legión de ángeles suicidas.

    Lady Godiva y su caballo
  • Thank you, Max

    Kafka_vampiroRevisando una libretita mía de 1997, encontré algunos pasajes entrecomillados. Presumo que son de Kafka, de quien leí sus diarios al derecho y al revés. Y no voy a usar Google para ver si estoy en lo cierto, porque además me tiene absolutamente sin cuidado ese detalle: Google nos está desbaratando a todos la estructura cerebral, ya nada está en su sitio en los cajoncitos de la memoria y ni siquiera nos damos el permiso de ir a parar, gracias a un bendito error, en aquellos parajes que inconscientemente nos interesan. Basta de Google como ventana paralela de la vida, sus azares, sus imprecisiones, sus misterios.

    Creo que cuando uno se toma la inmensa molestia de copiar (en manuscrito y en un diario personal que nadie leerá) ciertas citas que va encontrando durante sus lecturas debe ser porque, en algún lugar, siente como si esas palabras lo expresaran, como si fuera su autor incluso. Las  pongo, por eso, aquí en mi blog; ni siquiera dice de qué libro fueron tomadas, la editorial, la traducción, la página (¡qué fiasco de egresada de la Facultad de Humanidades!). Como dije, tampoco puedo asegurar que en verdad se trate de Kafka; a lo mejor fui yo misma quien escribió esto, aunque mi padre definitivamente nunca me trató así. Pero para qué obsesionarse con las pasajeras personalidades individuales.

    Desde que tengo uso de razón he tenido preocupaciones tan profundas por el mantenimiento de mi existencia espiritual, que todo lo demás me fue indiferente.

    *

    Kafka_y_feliceSi mi padre solía decirme en un tiempo, en sus furibundas pero inútiles amenazas: Te mato como a un perro -en realidad ni siquiera me tocaba-, ahora esa amenaza opera independientemente de él. El mundo -F. es su representante- y mi yo matan a mi cuerpo en un conflicto irreconciliable. 

    *

    Es como cuando un hombre tiene que subir cinco peldaños de una escalera y otro un solo peldaño que, sin embargo, al menos para él, es tan alto como aquellos cinco juntos; el primero no sólo superará esos cinco peldaños, sino centenares y millares de peldaños más; habrá llevado una vida grande y muy esforzada, pero ninguno de los peldaños que habrá escalado tendrá para él la importancia que tiene para el otro aquel peldaño único, primero, alto, imposible de escalar aun si empeñaba en ellos todas sus fuerzas, a cuya altura no puede subir, y más allá del cual, lógicamente, tampoco puede llegar. 

    If I abandon literature, I’ll cease existing.

     

    Kafkasgrab_33-w

    Franz-kafka-table-33-w
     

    Biografía, citas, afectos, fotos de Kafka


  • Plan Pagos Reencarnación Sin Recargos

    Nunca conoceré Alejandría, ni me tendrá cautiva un musulmán en su tienda de colores enclavada en el desierto. Ah, un macho de carreras, de pura sangre azul y cascos fuertes. Ah, sí, con riendas sujetándome. Qué alivio: la doma al fin. Me tendrán celos todas sus esposas. Pero me escaparé cuando menos se lo esperen, me iré bailando sola por las dunas, si acaso esto pasara. Y un gitano borracho, tan perdido como yo, se reirá de mis torpezas, de mis múltiples caídas de pies chuecos; entonces, para compensar, para distraerme y para homenajearme, sacará -como hacen los gitanos- esos violines que se destiñen de aguardiente, que exhalan de sí un tufo como a baraja rancia. Tan desafinados como intensos. Le agradeceré en silencio; me quedaré comiendo dátiles, si acaso esto pasara. No tendré sed y añoraré los libros. Los libros de Alejandría, que ya ni pueden tocarse.

    Y tendré tiempo para mí. Desearé ser más joven, poder saltar otra vez a las fresquísimas aguas de mis oasis imaginarios. Y allí nadar, reina para siempre- sin testigos- de mi belleza solitaria. Ah, tiempo para mí. Si acaso esto pasara.

    No, Alejandría quedará para después, según parece. Es lógico, es mucho más que sensato, a estas alturas. Pero entonces… ¿para cuándo quedará? ¿Sería demasiado pedir recorrer alguna vez sus callejones sucios, sus piedras malolientes de orín añejo y humedad? ¿Escuchar por un día a sus niños jugando, entre risas, burlándose de mí en un lenguaje raro? ¿Demasiado, para esta vida, su aroma a madera y cafetín, sus callejuelas de polvo, sus carnavales rengos, su música? ¿Seguirle la pista a los amantes de Cavafis, subir a la buhardilla de Clea, saber mirar a los ojos buscando el negro intenso de Justine? ¿Curarle a Hipatia las heridas? ¿Taparle el sol a alguien? ¿Sería eso acaso demasiado pedir?

    Nada me solucionan las agencias de viaje.
    Y bueno.


  • Conversaciones con Morgana y otras hechiceras (1)

    Morgana: -Yo nunca tuve ese problema de la página en blanco, del bloqueo al querer escribir…
    Ginebra: -¡Yo tampoco! Siempre que quise escribir, que me senté realmente a hacerlo, escribí. Entiendo que a la gente le pase y trato de distraerlos para que logren salir de sus parálisis sin darse mucha cuenta, pero a mí jamás me pasó. 

    Morgana: -El tema es disponerse realmente a escribir ¿no?

    Ginebra: -Sí: sentarse. Parar la voz del mundo. Tener derecho a perder el tiempo…
    Ginebra: -No puedo poner ese disco [*] porque está asociado a mi novela trunca, y entonces siento unas ganas incontrolables, irresistibles de escribirla, de retomarla… 

    Morgana: -Pero entonces está buenísimo: ¡ponelo! 

    Ginebra (mortificada): -Nooooo, no puedo, no puedo dejarme arrastrar por la novela. No haría otra cosa, me perdería. ¿Y mis obligaciones, el sustento que en estos momentos no me da? 

    Morgana (comprensiva, pero internamente en desacuerdo): -Sí, claro… 


    [silencio]

    Ginebra: -¿Te diste cuenta? “Trunca” es casi igual a “tranca”. 
     
    “El acto creador es peligroso porque la gente puede ir y no volver más. Por eso yo procuro rodear mi vida de personas sólidas, concretas, de mis hijos, de una empleada, de una señora que vive conmigo y que es muy equilibrada. Para que yo pueda ir y venir dentro de la literatura sin el peligro de quedarme allá. Todo artista corre un gran riesgo. Hasta la locura. Por eso debe tener cuidado”. 
    Clarice Lispector, entrevista para la revista Texturas
    [*] Into the labyrinth, Dead Can Dance
  • Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

    Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

    El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

    Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de “Cuando vuelvas a nacer… ¿qué serás? ¿Quién serás?” me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

    Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una “carrera” ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

    Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

    Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: “Siento esto, por tanto debo ser una chica mala”. Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

    No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
    ni el perfume de tu almohada

    Yo quiero sentir tu olor/
    pero no quiero tu amor

    El cuento de hadas no es para mí

    La princesa es de otro cuento

    Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

    Dame tu parte criminal/
    dame tu parte más amarga

    Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

    Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado “bis” mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

    ¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

    “Middle age rules”.

    Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

    Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

    Un “cuento de hadas” de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
    http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa

     

  • Errores benditos

    Hoy tenía unas vueltas que dar y, según yo, luego del 116 me tomé el 582 -boleto de una hora- con la intención sin mayores sobresaltos de dirigirme al shopping de Punta Carretas (que, por lo visto, nos sigue funcionando como cárcel, aunque en otros sentidos). Estaba en la luna cuando, de pronto, al mirar por la ventana no reconocí absolutamente nada: el ómnibus, además, hizo un giro que no estaba calculado dentro de mi memoria inconsciente del trayecto.

    Parece que me había tomado el 522 inadvertidamente: el sentido de la vista, entre la mediana edad y el abuso de la computadora, me está convirtiendo poco a poco en Daredevil o el ciego Tiresias (no sería tan mal negocio, dado que uno es un superhéroe que, pese a su carencia, resulta un maestro de las artes marciales a pura intuición, y el otro, más que ciego, es un vidente en ese inasible mundo del conocimiento y el futuro que tantas molestias causa, pero que tanto seduce). En este ping pong de la presbicia, la miopía y el astigmatismo al que he sido arrojada con los años, suelen sucederme cosas como tomarme el ómnibus equivocado o no reconocer a la gente que he visto pocas veces, pasando por antipática. Pero es una cuestión de enfoques, literalmente.

    Primero sentí una gran molestia por mi error: ¿cómo podía ser tan distraída, como dí por sentado que era el 582 sólo porque era verde y tenía dos de tres números en común? ¿Dónde me convendría bajarme, entonces, para regresar al camino planeado? ¿Podría tomarme otro ómnibus desde allí? No, me pareció que no. Y si no me bajaba cuanto antes, quién sabe hasta dónde me terminaría llevando ese maldito autobus. Al menos por Benito Blanco encontraría un cajero.

    Y me bajé sin más, con la buena fortuna de ir a dar directamente a la Plaza Gomensoro. Miré el mar de frente: un día soleado, maravilloso. Necia, todavía con la idea de ver si algún otro ómnibus me regresaba al destino inicialmente elegido, atravesé la plaza en dirección a la rambla y así llegué hasta las características escaleras. Y de pronto me quedé allí; me llegaba el sol, el ansiado sol, y me sentía bien. Así me quedé, mirándolo todo, el agua, los edificios, la gente que pasaba, en un estado de paz que estos días valoro más que nunca. Rato, un buen rato, apoyada en la escalera, totalmente quieta.

    Entonces rehice mi plan: el cajero, la papelería, el café (en el Expreso de Pocitos, una de mis viejas escalas cuando vivía por la zona, y directo sin más a mi mesa chiquita junto a la ventana, con maravilloso mozo gruñón). El error  del ómnibus me había llevado a un lugar mucho mejor que el shopping encerrado, estándar y lleno de situaciones predecibles, además del horror de la música funcional y todos esos promotores. Estaba en la ciudad, en los lugares vivos, y por si fuera poco mis objetivos prácticos no se vieron afectados en lo más mínimo.

    No sé por qué no se me había ocurrido antes. Un día soleado es para estar al aire libre.

  • Isolda la de las blancas manos

    Según el tarot del Rey Arturo que llevó Morgana al retiro literario, mi carta -el Cuatro de Espadas- se ilustraba con la figura de Isolda la de las Blancas Manos. Cuando Tristán e Isolda la Rubia fueron descubiertos por el rey Marcos -el esposo de la dama en cuestión-, a Isolda la pusieron bajo llave en el castillo de Cornualles y Tristán se ocultó en el bosque con prohibición de regresar al reino. Malas épocas para los célebres amantes adúlteros (… que terminaron en el segundo círculo del Infierno de Dante, por cierto). Luego, una flecha envenenada hirió a Tristán y su vida corrió peligro, pero Isolda, que era una hábil curandera, no pudo burlar la vigilancia para ir a sanarlo. Sumado a que el rey Marcos lo estaba buscando para hacerlo picadillo, Isolda consiguió avisarle a Tristán en secreto para que se fuera de Irlanda a la Bretaña continental y buscara allí a Isolda, la de las Blancas Manos, quien podría cuidar de su herida.

    Y efectivamente, la noble Isolda de las Blancas Manos lo cuidó con todo esmero, lo reconfortó, lo alivió de sus males, llenó su vida de calidez y quizás hasta le salvó la vida; día y noche veló por él, enamorada; drenó el veneno del tajo de la flecha aquella, limpió la sangre, lo dejó dormir hasta recuperarse. Gracias a los cuidados de Isolda la de las Blancas Manos, y muy lejos de las amenazas que había dejado atrás en Cornualles, Tristán logró salir adelante, renovarse en alma, mente y espíritu. Cualquiera correspondería a semejante amor que le ha curado sus peores heridas; cualquiera se sentiría agradecido hasta el día de su muerte. Por eso Tristán se casó con Isolda la de las Blancas Manos. Lo hizo con toda sinceridad y voluntad de entrega, radiante, contento de poder mirar todos los días su bella cara y sus manos buenas.

    Mi perro adorado, a quien tuve que dejar en Guanajuato cuando volví a Uruguay, se llamaba Tristán.

    El problema era que Isolda la Rubia, en cierto lugar remoto, aún seguía existiendo. Y el librillo del tarot del Rey Arturo dice así:

    “Aunque él estaba agradecido y sabía que ella se merecía su amor, Tristán nunca pudo consumar el matrimonio debido a su imperecedero amor por Isolda de Irlanda, reina de Cornualles”.  Se justificaba, avergonzado, diciendo que era la famosa herida que le seguía doliendo. Puede ser. Estamos en los territorios de lo simbólico. Lo cierto es que la otra Isolda seguía allí. Porque era un asunto no resuelto, a pesar de la bondad, belleza y cuidados amorosos de Isolda la de las Blancas Manos.

    Y, claro, ella, la esposa, finalmente lo resintió; al final de la historia llegó a mentirle a Tristán, que agonizaba, sobre el color de las velas del barco en el que supuestamente vendría la otra, la Isolda añorada, a curarlo. Si Isolda la Rubia no había concurrido a la llamada de auxilio de Tristán -como en verdad lo hizo, pero la de las blancas manos prefirió matarlo de dolor ocultándoselo antes que permitir dicho reencuentro-, la vida ya no importaba en lo más mínimo. Por eso Tristán murió. Y ya no fue, entonces, para ninguna de las dos Isoldas.

    En el taller de constelaciones familiares al que asistí hoy me tocó -entre otras situaciones- ser la representante elegida por un hombre que se había separado hace cinco años y no podía superar el abandono. En la constelación, yo representaba a su ex mujer, que había formado una nueva pareja y tenía un hijo. Se me llenaron de lágrimas los ojos cuando tuve que repetir lo que proponía la facilitadora, mirándolo a la cara: “Te agradezco todo lo que me diste y te llevo en mi corazón. Me hubiera gustado que fuera de otra manera, pero así fue“. Ojalá Tristán hubiera podido decirle eso a tiempo a Isolda la de las Blancas Manos, en vez de tener que morir.

    Isolda la Rubia, reina de Irlanda, era ante todo una bruja (y, como tal, entera). Porque no en todos los casos Isolda la Rubia es un amor rival. Lo que es siempre, o debería ser siempre dicha Isolda la Rubia, es uno mismo.

    Marriage of Tristan to Isolde of the White Hands
    Sir Edward Burne-Jones

  • Amores de café

    El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

    Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

    Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

    Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

    Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

    Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

    Así que pido otro café.

    El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

  • De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


    Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
    El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
    No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
    Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
    Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
    Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
    Un abrazo,
    Mario.

  • Problemas existenciales de la maternidad y el esposazgo (1)

    He comprobado por experiencia propia la inutilidad de los simuladores. De las suposiciones previas, los “como si”; de la empecinada maniobra de nuestra racionalidad, que insiste en anticiparse a los acontecimientos y pretende -con toda soberbia- tener los medios para acceder a la vivencia directa antes de la vivencia en cuestión. Pamplinas, puras pamplinas (diría aquí, si esto se tratara de un comic). Los simuladores, claro está, deben tener su utilidad cuando uno quiere entrenar para poder manejarse en el espacio sideral, pero en temas más terrestres, propios “de la vida misma”, no hay modo de poner la carreta delante de los bueyes: sabremos de qué se trata cuando estemos metidos hasta las orejas en aquello de lo que se trata. Ni un minuto antes y, para colmo de males, de manera intrasmisible. Tómese como ejemplos extremos actos como nacer o morir, los ritos iniciáticos más contundentes por los que puede pasar un individuo, desintegradores y terroríficos mientras se viven, pero con el triste premio de no conservar memoria o posibilidad de legado alguno.

    La maternidad es un paradigma de estas vivencias exuberantes -incluso arquetípicas- con pobre capacidad de ser previstas desde afuera, por más libros que se lean, botellas de ginebra que se tomen o declaraciones existenciales que se hagan. Seguramente, todas esas mujeres que siempre quisieron ser madres, que jugaron a las muñecas, que soñaron con el príncipe azul y se probaron sus prendas mil y una vez antes de salir a una fiesta, tengan las cosas más fáciles: para ellas, no tener un niño a cargo sencillamente no es una posibilidad (de hecho, cuando ocurre, lo viven como un fracaso), un enorme vientre de embarazada es un motivo de orgullo -“yo también puedo”-, y en general no se les pasa por la mente que su realización (palabra odiosa, que implica quién sabe qué traducciones extrañas entre los reinos del ser y el no ser en sentido absoluto) no necesariamente incluye “su realización como mujer” en sentido biológico. Nunca escuché a un varón decir que no se siente “realizado como hombre”; sí, quizás, “como padre”, lo que no deja de tener cierta lógica si uno no tiene hijos (como supongo que tampoco se sentirá realizado como abogado si es dentista, por cierto).

    Yo nunca quise ser madre -de hecho, siempre afirmé que jamás lo sería– hasta que quise ser madre. O, más precisamente, madre de un hijo con G. Igual, aun entonces, me faltaban unos cinco años todavía para estar lista; siempre me hubieran faltado cinco años más para animarme (de hecho, creo que todavía me faltan). Esa es la ventaja/desventaja del límite reproductivo de las mujeres: se cobra plena conciencia del para siempre, sea el para siempre de tener un hijo como el de no tenerlo. Los hombres, con gimnasio, cirugía y una esposa progresivamente más joven, podrían engañarse hasta el fin de sus días.

    Pero yo decidí decir que sí y el Universo me dio la razón, me dijo: “Hágase Tu voluntad”, me palmeó la espalda enseguida. Quizás temía que, si lo pensaba más, me echara para atrás y entonces se hubiera quedado sin Astor. Fue un pestañeo en mi incipiente capacidad de decir “sí”, un titubeo en mi prodigiosa capacidad de decir “no”. Me alegro de que haya salido bien: en un pestañeo, en un titubeo, caben cosmologías inmensas, eones de vidas posibles, áridas odiseas enteras.

    No he llegado ni al segundo párrafo del prólogo. En realidad, sólo quería contar un sueño lunar que tuve la otra noche. Y la visión de dos personajes oníricos que se atravesaron en mi camino a plena luz del día. Y la sensación de haber vuelto a ver hoy a uno de ellos, en un video, durante un instante mientras hacía una fila. Pensé que, quizás, si contaba por qué ya no puedo ocuparme de esas cosas -cosas que me perturban, me alegran, me intrigan, me azuzan-, tarde o temprano desembocaría en la caza de las imágenes mismas, en el tejido brillante de la telaraña. Pero aún están muy lejos, a kilómetros de mí misma. Aún muy lejos de este pedacito de texto.

    Sí, es que no he llegado todavía ni al segundo párrafo del prólogo.