Etiqueta: memoria

  • El sobre azul de Franco

    El sobre azul de Franco

    Él nunca me deja secarme las lágrimas.

    Cada vez que quiero irme
    (y siempre quiero irme)
    me deja irme
    (o siempre creo que una vez más me dejó irme)
    pero al final me corta el paso
    (como un tímido centauro apenas ebrio)
    (como un ángel encaramado en el pretil de un tribunal)
    (como un eco de aljibe con miedo a ser olvidado).
    Entonces yo freno
    casi cauta
    dejo de irme del todo
    creo que hasta me convence de no secar mis lágrimas.
    “Mejor tenerlas siempre a mano”
    parece mascullar en su silencio.
    “Mejor un paso atrás,
    darse la vuelta y correr”
    respondo yo. 
    Pero no corro nada:
    regreso caminando
    y las lágrimas se me van secando con el sol. 

  • Ánimos

    1.

    Necesito silencio. Un ataúd de cristal para poder recuperar el alma. Pero el niño no para de hablar, los platos se golpean en la cocina, el teléfono suena, los mozos gritan. El sonido es invasor por naturaleza; no respeta murallas con códigos implícitos ni fosos tácitos. No hay modo de detenerlo si decide entrar. O sí.

    Fracaso. En el intento de ir hacia adentro, un enorme cansancio me sorprende justo sobre las espaldas. Ese momento preciso en que el gigante Atlas descarga su peso aplastante sobre el desadvertido Hércules; hasta entonces, el héroe quizás desconociera la más alta dimensión de sus propias fuerzas.

    Bajo el rebozo, mi burka ocultadora, sé que estos días camino encorvada, como vencida. Es normal. Intento empezar a arreglarme un poco otra vez, volver a mí, pero tengo los ojos demasiado cansados, pesadísimos los párpados. Otra vez, hondo deseo del ataúd de cristal. Mi piel ya no emite luz, como venía haciendo antes; el pelo, atado al descuido, como si fuera una rienda con la reserva de mis últimas energías. Porque aún no es tiempo de soltar a los caballos hacia el campo nuevamente. No podría ir a buscarlos, si fuera necesario. Los mantengo, nerviosos, pateando la tierra con los cascos, todos amuchados en el potrero frente al galpón. Por si acaso.

    El niño sigue hablando, pidiendo, llamando. La moza también interrumpe y los caballos se me pierden. Lo de siempre, pero sin ningún ímpetu para intentar reencauzar nada. Que hagan lo que quieran.

    Hoy al mediodía, una voz de hombre intentaba despertarme, recordarme lo que habíamos planeado, devolverme a la vida real, a la vigilia. Y yo me sentía como Perséfone vuelta a raptar; esta vez por un Hades sólido y terreno que pretendía arrancarla de los reinos profundos del sueño, de los muertos, y llevarla en violenta ascensión hacia la verde superficie. Segundo rapto, porque ella ya se había acostumbrado al otro reino; tanto, que ahora lo sentía como su hogar, su refugio. Pero a nadie le importan los dramas de los exiliados de ida y vuelta: ahora el carruaje negro se abalanza sobre ella y la arrastra de regreso a la conciencia.

    Los caballos oscuros del carruaje relinchan; entonces me acuerdo de los míos. Estoy más o menos despierta.

    Por ahora los retengo. Los soltaré al campo en cuanto vea venir la tormenta a lo lejos.

    2.

    De noche, G. exclama frente a la pantalla: “¡Mira, Astor: en esta casa naciste!”. Levanto la vista y no doy crédito: es nuestra casa de Sóstenes Rocha, en Querétaro. La misma, con todos sus vecinos, el taller de enfrente, el puesto de los tacos en la esquina. Contentos, vamos sobre los adoquines de GoogleMaps recorriendo el caminito cotidiano hasta el corazón del Centro Histórico. El embeleso de la ubicuidad virtual.

    Sobre el final del embarazo, a duras penas lograba llegar hasta allá caminando, entre el cansancio, el peso y los tobillos hinchados; más adelante (una vez terminado ese tormentoso primer mes con que la vida recibió a Astor) sí volví a ir. “El Príncipe del Centro Histórico”, decía CS. Empujaba con trabajo la carriola -la capota cerrada para ocultar el tesoro de ojos azules, la manija atada a la muñeca, el dedo en el gas pimienta- hasta el Marrón Café, en la Plaza de Armas. Ahí, bajo la arcada, me sentaba a tomar un capuchino y a mirar la fuente del Marqués de la Villa del Villar del Águila   -“mirar” es un decir-  mientras el bebé dormía. Flotaba un buen rato en ese limbo protector, fuera de mi cuerpo y de mi alma.

    “Esa fuente tiene cuatro perros”, le digo a Astor. “Escupen agua”. Él se ríe y pide verlos de cerca; entonces GoogleMaps, deidad piadosa que concede los deseos de los que no pueden darse el lujo de viajar, hace aparecer frente a nuestros ojos al emblemático marqués de hierro con sus perros escupidores. 

    Su vista me corta la cara con un recuerdo inesperado: estar sentada en ese mismo café, escribiendo o pensando, y que de repente pasara aquel taxista que al instante captaba la atención de todo el mundo. Sacaba medio cuerpo por la ventanilla; manejaba lento e iba dando toda la vuelta a la plaza mientras, levantando el puño cerrado, gritaba con voz entusiasmada, una y otra vez, como si arreara vacas:

    ¡¡Ánimo!!
    ¡¡Ánimo!!

    Una vez, me miró a los ojos en el momento mismo que lanzaba su pregón de ángel fortuito, y yo sentí que era una señal del universo para que resistiera. Quizás aquel taxista loco, con su incomprensible ritual y las postales surrealistas que generaba a su paso, me haya salvado la vida. Beneficios colaterales.

    “El Ánimo”, le decíamos (no sé qué hubiera opinado Jung de esto, ahora que lo pienso). Pasaba sin anunciarse, sin días fijos; lo hacía cuando él quería, sin la menor posibilidad de prever su presencia. De ahí que el efecto de su arenga fuera percibido como una bendición, como una inmerecida brisa mentolada en una noche demasiado calurosa para poder dormir.

    Ánimo.
    Ánimo.

  • Faros o el reproductor Winamp

    La pantalla muestra una danza de colores vivos. Cadenciosos deslizamientos al compás de la música. Tonos que se funden uno con otro formando figuras azarosas. Hipnótico, por momentos. Esas manchas de colores me recordaron su segunda tomografía, tiempo después de conectado el implante coclear: en la inmensidad del espacio sideral del cerebro de un sordo -espacio negro y rotundamente silencioso- que mostraba la primera, previa a la operación, aparecieron luego en la otra tomografía milagrosas zonas de colores, territorios recuperados, neuronas que se habían reactivado luego de más de diez años. Lo recuerdo ahora -quince años después- mientras miro el caleidoscopio del reproductor Winamp; lo único que él trata es de volver a percibir algo, cualquier señal. En pocos días, la música se ha convertido en la perspectiva de una más que limitada aventura visual.
    Claro, habrá que agradecerle entonces a los efectos gráficos del reproductor Winamp, con sus rítmicos rastros multicolores que se asemejan, quizás, a la memoria del eco de algo así como una lejana melodía resbaladiza, inasible. Pero todo sería mucho más fácil si se tratara nada más que –nada menos que- de la renuncia a la música. Mucho más fácil.
    Hace unos minutos me pidió que me fuera mientras intentaba conectar el procesador por primera vez desde la cirugía. Brevemente, iba a ser. Con permiso del doctor, el imán bien lejos de la herida. Solo para ver qué pasaba. “No será lo mismo que antes, habrá que volver a calibrar, por ahora todo es incierto”. Eso y mucho más había dicho el médico. Pero sería solo para ver qué pasaba.
    Desde la cocina lo vi respirar hondo y cubrirse la cara con las manos.
    En el principio era el Verbo, había dicho Dios. Pero nunca aclaró si el Verbo incluía sonido.
    Dios es experto en cruces.
    Ahora lo único que se iba abriendo paso entre aquellas recuperadas neuronas coloridas, vestigios de un milagro, era el grito agudo de un ave negra y horrenda cayendo en picada. No el esperable caos sonoro del principio. Era un ruido lacerante, inordenado, inordenable.
    Pero un rato después de sacar el cansado rostro de entre las manos, se levanta y prende la pantalla bailarina, las mariposas cromáticas, los estallidos de rosados, verdes y amarillos que acompañan la música. Busca, busca, busca algún faro sonoro en el medio del naufragio. Sigue intentando. Y mañana y pasado mañana y la semana que viene y la otra. Hasta que pueda calibrarse. Y luego seguirá intentando.
    Yo me quedo en el sillón de atrás, mirando hipnotizada esa misma pantalla.
    Creo que tampoco oigo más nada.

  • Deseos extintos

    Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

    Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

    Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

    ¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

    Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

    “La Dama de las Camelias… es él”

    Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

    “Madame Bovary… c´est moi”

    Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.

  • Darno: Life is Hard/ Electrocardiograma del duelo (14)

     
    Podría escribir sobre la noche de ayer, el tradicional tributo en Espacio Guambia 
    de tantos músicos, amigos y seguidores/cultores/gustadores del Darno en su quinto 
    cumpleaños sin cumplir. Podría hablar de los encuentros bienvenidos y los desencuentros 
    suspendidos, todo gracias a su invisible presencia. Podría hablar de un hada negra 
    que lloró en mi hombro, literalmente, o de todas las veces que lloré yo misma; también 
    de las que sonreí, y de todo lo brindado a su salud, y de todo lo brindado, sin más, 
    de ida y vuelta; de ciertas hermosas intervenciones musicales, de algunos chispazos 
    graciosos (de humor y de gracia), de la perfecta narración de Ferradás sobre esos momentos
    únicos y efímeros que, sin embargo, le dan sentido a la vida entera, para atrás y para adelante. 
    Pero mucha gente que estaba presente podría contarlo también, y seguro mejor que yo. Quizás 
    es que, en el fondo, no tengo ganas de contarlo para no gastarlo, para no perderlo. O será que 
    ya tenía esto escrito desde bastante antes, y no pretendía ser homenaje alguno. Solo un capítulo 
    más, uno de tantos, del electrocardiograma del duelo. Del mío. 
    El Darno que se aparece en una tarde de domingo sin mayor aviso. Nada más.   
    
    
     *** 
    The friend you used to be, so near and dear to me
    You slipped so far away, where did we go astray
    I passed the old school yard, admitting life is hard
    Without you near me
     (canción de Bob Dylan)
     
    Hace como un mes prendí la radio para acompañarme mientras cocinaba; al arrastrar el dial 
    por las estaciones más habituales, escuché de refilón la conocida voz del Pepe Mujica en su 
    programa. Dudé un momento; iba a seguir rumbo a Babel, pero me dije: "A ver qué está 
    diciendo ahora. Démosle una oportunidad, qué sé yo...", y me quedé en la estación 
    (como tantas veces, a menos que la murga me espante rumbo a otros destinos musicales). 
    Al ratito, para mi sorpresa, empezó todo un espacio dedicado al Darno; jamás se anunció 
    como tal, no se pronunció ningún discurso ni se dio explicación sobre el motivo; tampoco se 
    cumplía ningún aniversario de nada. Pero las canciones se sucedían, intercaladas con algunos 
    poemas recitados en su estilo sublime, y la voz de un locutor que decía de tanto en tanto
    "Eduardo Darnauchans", como si se tratara de una marca. 
     
    Escuchar música por la radio hace que prestemos una atención mucho más aguda, 
    que pongamos el alma en un canal más receptivo que cuando se escucha un disco. Supongo
    que tiene que ver con la maravilla de lo azaroso, de lo que no tiene la posibilidad de ser 
    repetido a voluntad: lo efímero, lo que no puede controlarse, lo que se encuentra inesperadamente
    como si el destino lo pusiera alli enfrente a modo de mensaje. Por eso, cuando una canción
    se trasmite desde la radio uno la redescubre, la recibe con una emoción más pura. Así me pasó
    con el; quedé una vez más embelesada con la belleza de su voz, incluso a pesar de ese siseo 
    de los últimos tiempos que siempre me recuerda a Sean Connery. Y cantó una de las más 
    radiantes canciones de amor que deben existir -o eso me pareció en aquel momento de trance 
    de FM-; una que habla del cuerpo y el rostro de la amada como territorio simbólico, mítico, 
    existencial; incluso su nombre alcanza ribetes exquisitos. Que haya sido ese vínculo-bisagra 
    lo que los terminó llevando a ambos a la muerte con dos semanas de diferencia es lo de menos: 
    la muerte que se filtró entre las grietas no cambia para nada la luminosidad de semejante amor. 
    La geografía del cuerpo de la amada fue, hasta cierto momento, su redención. Y hay quienes 
    precisan de redenciones. 

    El Prisionero De La Parada Dos by Eduardo Darnauchans on Grooveshark

    Claro: la muerte se filtró entre las grietas porque la muerte siempre estuvo. Parece que a los
    amigos del Darno nos gusta, en el fondo, pensar que Patricia se lo llevó a la tumba. No sólo por
    lo obvio, por la desgarradora pena que sufrió al perderla (por algo el corazón se le detuvo, se negó
    a seguir solo), sino porque habían sucumbido a un circuito vicioso, porque aquello era un suicidio
    asistido, porque uno se desbarrancaba agarrándose del tobillo del otro para frenar su caída. 
    Ella, rota/él, casi descosido/, leyó Horacio Cavallo en el bellísimo homenaje hace unos años
    en el bar San Lorenzo. Quizás lo que le reprochamos inconscientemente es no haber sido su 
    cuerda salvadora. Pero la verdad de las cosas es que Patricia fue tierra firme al principio, 
    expeditiva, de celular en mano frente al mundo, gestionándolo todo para él; al menos así lo 
    recuerdo. Hay que honrar eso. Es decir, creo que las cosas fueron exactamente al revés 
    que como nos gustaría creer. Pero qué caso tiene ya. 
     
    
    
    deme su amor de olvidarle/ y la pasión de su adiós/
     
    
    
    El Darno le hablaba en segunda persona a la muerte, a su muerte. De adolescente, yo le 
    componía canciones a Dios en segunda persona también; en ellas le reprochaba no existir, 
    no dejarme llegar hasta él/ello. Pero el Darno le hablaba de usted; no de vos o de tú. Su máximo 
    respeto, sus homenajes y su extrema vigilancia no evitaron que se lo llevara apenas pasado 
    el medio siglo. Se resistía a ser cándido, a entregarse a la vida, desprevenido y luminoso, 
    pero nada de esto lo eximió de su mortalidad. Debería servirme de aprendizaje. 
     
    
    
    la miro por los espejos/la miro/ me mira/ me mira y calla/
     
    
    
    "Todos nos vamos a morir... ¿para qué apurarnos?", dijo uno de los coordinadores del taller de
    constelaciones familiares en el que había participado algunos días antes. Es cierto. Lo que pasa 
    es que vigilar a la muerte, propia y ajena, es a full time job. No un hobbie, no un asunto para 
    amateurs, no una eventualidad espontánea. Si uno se relaja, la muerte se regocija en esa 
    inocencia servida en bandeja, en el golpe inesperado y el consiguiente desparramo de tableros. 
     
    espere/ espere/ y espere siempre/
     
    A la salida del taller de constelaciones, una mujer realmente desequilibrada me interceptó aparte
    de la vista de todos; su mirada de loca se prendió a mis hinchados ojos desde dos ganchos 
    de parásito; iba escudriñando mis escondites mientras buscaba cómo succionar mi fuerza vital, 
    mi alma; me agarraba los brazos con sus manos y no me dejaba -no me hubiera dejado- zafarme. 
    "Te admiro porque saliste. Lo mío es más leve, claro, pero rezo, rezo para que se termine". 
    No iba a discutir su juicio, por cierto. "Se sale, se sale", le aseguré. Después abrí sus manos 
    amorosamente, sus garras, y me aparté. 
    
    
    qué es lo que me queda por perder/ dices hamacándote/
    
    
    Pobre Darno. Gracias, Darno. ¿A quién le importan las parcelitas del ego y el poder humano
    (más patético aún porque se trata solo de una pequeña aldea, como la villa de Astérix) 
    cuando se viene de estas honduras? ¿El top ranking, los reconocimientos, el ser malentendido, 
    las camarillas, la exclusión, la popularidad, la fama? ¿Qué le importaban todas estas cosas al 
    Dante cuando volvió a ver la luz? 
     
    sentado/ estás sentado/ desertor de la vida y el mundo/ 
    
    
    Felices los que te conocimos, inmortal por otras vías. Nada más. 
    
    
    
    
    Expo Baltar/Cunha: Darno y Lennon en "La Lupa Libros" (todo noviembre, 2011)
    Charla de Silvia Sabaj (21 de noviembre, 2011)
    Homenaje al Darno (tributo de músicos y amigos/ 15 de noviembre, 2011)
    Homenaje en "La Lupa Libros": música (18 de noviembre, 2011) 
     
     
    
    
  • Thank you, Max

    Kafka_vampiroRevisando una libretita mía de 1997, encontré algunos pasajes entrecomillados. Presumo que son de Kafka, de quien leí sus diarios al derecho y al revés. Y no voy a usar Google para ver si estoy en lo cierto, porque además me tiene absolutamente sin cuidado ese detalle: Google nos está desbaratando a todos la estructura cerebral, ya nada está en su sitio en los cajoncitos de la memoria y ni siquiera nos damos el permiso de ir a parar, gracias a un bendito error, en aquellos parajes que inconscientemente nos interesan. Basta de Google como ventana paralela de la vida, sus azares, sus imprecisiones, sus misterios.

    Creo que cuando uno se toma la inmensa molestia de copiar (en manuscrito y en un diario personal que nadie leerá) ciertas citas que va encontrando durante sus lecturas debe ser porque, en algún lugar, siente como si esas palabras lo expresaran, como si fuera su autor incluso. Las  pongo, por eso, aquí en mi blog; ni siquiera dice de qué libro fueron tomadas, la editorial, la traducción, la página (¡qué fiasco de egresada de la Facultad de Humanidades!). Como dije, tampoco puedo asegurar que en verdad se trate de Kafka; a lo mejor fui yo misma quien escribió esto, aunque mi padre definitivamente nunca me trató así. Pero para qué obsesionarse con las pasajeras personalidades individuales.

    Desde que tengo uso de razón he tenido preocupaciones tan profundas por el mantenimiento de mi existencia espiritual, que todo lo demás me fue indiferente.

    *

    Kafka_y_feliceSi mi padre solía decirme en un tiempo, en sus furibundas pero inútiles amenazas: Te mato como a un perro -en realidad ni siquiera me tocaba-, ahora esa amenaza opera independientemente de él. El mundo -F. es su representante- y mi yo matan a mi cuerpo en un conflicto irreconciliable. 

    *

    Es como cuando un hombre tiene que subir cinco peldaños de una escalera y otro un solo peldaño que, sin embargo, al menos para él, es tan alto como aquellos cinco juntos; el primero no sólo superará esos cinco peldaños, sino centenares y millares de peldaños más; habrá llevado una vida grande y muy esforzada, pero ninguno de los peldaños que habrá escalado tendrá para él la importancia que tiene para el otro aquel peldaño único, primero, alto, imposible de escalar aun si empeñaba en ellos todas sus fuerzas, a cuya altura no puede subir, y más allá del cual, lógicamente, tampoco puede llegar. 

    If I abandon literature, I’ll cease existing.

     

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    Franz-kafka-table-33-w
     

    Biografía, citas, afectos, fotos de Kafka


  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • Morfeo, je t ́aime et je t ́aimerai

    En el taller presencial de los lunes (“lunático”) estamos trabajando con sueños como disparadores de la creación literaria. Todos los años me mando algún modulito desde los misteriosos pantanos de Morfeo; los llevo a todos caminando, cautos, sobre su gelatinosa vegetación, sus oscuros lodos. Hay alumnos que se desesperan porque no consiguen recordar sus sueños -al principio, porque en general siempre terminan poniendo algún huevo victorioso en el gallinero del inconsciente-; otros reportan un pico maníaco de producción onírica, fenómeno que suele menguar y estabilizarse al terminar con el módulo y pasar a otros trabajos de motivación literaria. Yo misma, como siempre, recibo una sopa de mi propio chocolate y también debo vérmelas cada noche con una creatividad exacerbada de mi doble vida, la nocturna. Pero a estas alturas del partido, y como autora de un diario de sueños a lo largo de casi tres décadas (en varios tomos, se entiende), cuando se me da el privilegio de soñar tanto, lejos de causarme temor o incertidumbre, me parece una oportunidad, un regalo.

    Siempre me acuerdo del Darno, que decía no soñar más a causa de tanto psicofármaco. A mí esa resignación a haber sido despojado de una faceta tan indispensable me estrujaba el alma, así que le escribía algunos sueños míos y se los mandaba  como regalo por correo (postal: no había internet). Para que al menos tuviera algunos de su propiedad, pobre. Aquello me valió al final el mote de “mi donante de sueños”. Un honor. Lo que pasa es que a mí me brotaban de a tres, cuatro, hasta seis sueños por noche; no me gustaba volverme una avara, una hacendada en tierras de hambre y desierto. Para mi orgullo, en su mayoría eran impactantes, no con menor detalle y nitidez que la vida habitual en la vigilia. Lamentablemente, ya no puedo portar en mí semejante bendición-a-la-vez-que-maldición, pero de todos modos me las ingenio para mantener una prolífica producción de cuadernitos dedicados exclusivamente a mis ahora más pálidos sueños. Malgré tout. 

    Estos días vine a encontrar en mi altillo una cotizada agenda, la de 1992. Digo “cotizada” porque fue uno de los mejores años de mi vida, con mucha amistad y alegría en comunión, y además porque mi amiga Alais recordaba bien que allí habíamos dejado registrado una especie de viaje iniciático conjunto que hicimos al Cabo Polonio durante un par de semanas -hasta alucinaciones al natural tuvimos: a ese nivel de intensidad fue la travesía, con muchos insights y eventos surrealistas que uno diría que no son lo más autóctono de estas tierras- e insistía en que se la prestara alguna vez, cosa que hice ahora. Lo bueno es que escondidos allí, como apuntecitos entre los pendientes de trabajo en la productora, los eventos sociales -muchos- y las constantes llamadas de mis amigos (que tuve el tino de dejar consignadas allí para futuros y difíciles tiempos de eremita, que ya sé que siempre vuelven), más perlitas manuscritas de sentido incomprensible, del tipo Decadencia total: todo el día en la cama leyendo El informe Hite y durmiendo”, o “Historia del enanito que vende la sabiduría en tres tomos”, encontré un montón de sueños míos. Registrados de una forma muy escueta, un mero apuntecito que no iba más allá del argumento: me llama la atención que no llevara un diario de sueños comme il faut, aparte, como he venido haciendo desde los veinte años. Pero al menos no los perdí. 

    Es muy interesante -y eso intento trasmitirle a los alumnos del taller cuando nos embarcamos en este módulo, por lo general utilizando alguna cadena de sueños propios como ejemplo y luego de la que, boca abierta, comprueban que efectivamente existe una historia por debajo cuando uno pone los sueños en secuencia y los sabe “leer”- cómo la expresión onírica tiene hilos conductores, temas reconocibles, lógica interna. Tal como si se tratara de una novela. E incluso personajes que se reiteran: uno toma prestados a sus conocidos de la realidad para encarnar ciertos arquetipos, pero va mucho más allá del “civil” que aparece. Yo, por ejemplo, tengo más que identificadas a mi Hera y mi Afrodita, y los vericuetos que viven estas dos mujeres en mis sueños me van mostrando la evolución de mi relación con sus figuras simbólicas: trasciende con creces a las de carne y hueso, si bien nunca es arbitraria la proyección. Y así, el que lleva a conciencia un diario de sueños (a lo largo de los años) llega a darse cuenta de las gestas épicas en las que su inconsciente estuvo embarcado en determinada época: “Yo soy mi casa” y “Crecer duele” son dos de mis historias favoritas: se las cuento a los integrantes de los talleres cuando llega la hora de hacerle los honores a Hipnos. No hay caso: la única forma de lograr la desnudez del alma ajena es arriesgarse primero al striptease propio. Poner el cuello y confiar en que el otro no aprovechará el gesto de entrega para rematarlo, que más bien se sentirá en confianza para compartir lo más sagrado que tiene. 

    Revisando los sueños de esa agenda de 1992 -yo tenía 28, 29 años entonces-, me quedó claro que el tema que se jugaba allí en la cancha resbalosa de Morfeo tenía que ver con los hombres. Algo muy tortuoso y lastimado -sobre todo temeroso- se estuvo procesando en mis entretelones oníricos de todo ese año, proceso acompañado, además, por una soledad elegida en cuanto a parejas, amantes, pretendientes -los cortaba de raíz, los echaba más presta que un dragón escupiendo fuego por la boca- y toda posibilidad de vinculación hombre-mujer que no fuera llana amistad. O el pantano platónico con un tal P., que pergeñé inconscientemente para protegerme de los hombres reales, claro. En los sueños, en cambio, había un desfile permanente de todos los caballeros que habían sido importantes en mi vida; no tanto desde lo amoroso propiamente como desde los terrenos de la seducción, el sexo, el deseo. Parecía que todos se iban apareciendo para asistirme en tan difícil trance, en semejante parto alquímico. Sueños eróticos a mansalva (casi siempre sin consumación, al menos en lo que respecta a los sueños mismos: los cuerpos abandonados a los devaneos nocturnos del inconsciente suelen ser mucho más sugestionables), pero que en esta agenda 1992 no tienen mayor interés porque simplemente aparece su apunte como tal, el registro de ellos; no hay mayor argumento, no hay desarrollo, como seguro tendríamos si acaso se tratara de un auténtico cuaderno de sueños “pro”.  Igual -ya que le iba a terminar prestando mi valiosa agenda a Alais sin fecha de retorno, porque sé que se deslizará por quién sabe cuántos agujeros de conejos en cuanto empiece a recordar los pormenores de aquel viaje mágico al Polonio, así que seguro no volverá en algún tiempo- tomé nota de algunos sueños que me interesaron como residuo de mis transformaciones de aquel año. Desde aquella fóbica soledad autosuficiente -más que de amazona bélica, de Artemisa virgen- hasta la irrupción inesperada de Afrodita por una grieta fuera de cálculo: lo que pasa es que, para llegar a dar ese salto al vacío, primero cada noche hubo que dejarse ir en muchas aguas oscuras, inciertas, lunares. 

    Rescaté algunos pescaditos de aquel mar, ya tan lejano y hasta irreconocible para mí:


    Empiezo a encontrar máscaras y antifaces de disfraz. Los tenía guardados y ya no los recordaba.

    *

    Soy de Hungría (¿hunger?). Apuesto y pierdo, y me mandan de nuevo a mi lugar de origen. Tiburones. Voy en un submarino que llega a tierra, y veo cómo uno de los tiburones engulle a un hombre entero. Pido permiso a papá para llevar conmigo mis documentos de identidad. Hay una especie de campamento o colonia de vacaciones.

    *

    Sueño erótico con L. Voy por muchos boliches; uno de ellos recién inaugurado, desde donde trato de hacer una llamada y no puedo. Camino por la ciudad para hacer tiempo. Hay una pantalla gigante, y veo a M. cantando canciones de tipo melódico internacional.

    *

    Sueño con Alinda, me da un buen consejo (no seguir en el pasado, pasar la página con P.) y me dice (en dos sueños: uno “realidad” y otro “sueño” en el sueño) que no lo encontró y que no le pudo dar la carta.

    *

    Sueño con A., pero es algo pelado y viejo, grotesco. Sin embargo, yo razono que todo viene bien con tal de olvidar a P. Aparece Sofía; los tres vamos en un autazo. Catedral de Puebla. Almuerzo. Daniela.

    *

    Iba en un barco. Había estado con P. y nos habíamos apartado. El barco pasaba junto a un  mar que había crecido descomunalmente; la canaleta se había desbordado y el equilibrio del barco peligraba con las olas. A lo alto, en el monte, una enorme caldera estalla en llamaradas y cae al agua. Yo creo que las olas que provoca vendrán hirviendo y que nos quemarán vivos, pero no. Todo se llena de patrullas y humo. 

    *

    P_mylowriderheaven
    De Anita Rodríguez


    La necesidad de rescatar ese arquetipo masculino que se me moría en el interior y del cual me seguía retirando cada vez más, sin mayor remedio, se expresaba incluso en recurrentes sueños sobre mi padre herido o en peligro de muerte (en el sueño):

    Una mujer de mediana edad tiene de la mano a su padre agonizante, vendado y casi todo cubierto por una sábana blanca. Empieza a llegar gente para el inminente velorio, y el enfermo, a pesar de que no puede hablar, oye todo lo que dicen y los preparativos.

     *

    Sueño que no llego a tiempo para impedir que papá suba en ascensor con unos chantajistas o delincuentes. Desesperada, trato de alcanzarlos por el otro ascensor, pero es inútil. Me dicen que alguien se tiró del piso 60 y que aparentemente es mi padre. Yo no puedo aceptar que creyendo en Dios se haya suicidado, ni que nosotros no le hayamos importado. 

    *

    P_peregrinacion
    De Anita Rodríguez
     


    Recuerdo que por aquella época tuve tres episodios extrañísimos (que yo denominé “sueños astrales”) durante los cuales efectivamente percibí (despierta en mi habitación, aunque supuestamente dormida en la cama) una figura blanca, fantasmal, como si se tratara de un cono de energía, pero que yo reconocía intuitivamente como “masculina”. A tal punto me sería central la necesidad de curar ese vínculo distorsionado; en la dichosa agenda encontré sólo dos registros sobre eso (marcados con muchos asteriscos y colores, ya que para mí fueron experiencias de “antes y después”), pero no sé dónde habrá quedado el tercero o si acaso alguna vez lo escribí. Sólo sé que la figura blanca me habló también aquella última vez sentado tranquilo en el borde de mi cama. Al final dejó de venir; sé que se despidió por decisión mía:

    Sueño astral: una figura masculina blanca sentada en el borde de mi cama, induciéndome a algo. Veo cómo mi propio cuerpo astral se desprende, se levanta desde mi pecho como si se estuviera sentando en la cama (mi cuerpo físico permanecía tendido inmóvil: esto era como una transparencia blanquecina).  Entre ellos se comunican sin palabras; yo me resisto, rezo por protección. Dudo si mejor no tendría que dejarme ir, volar o lo que sea; en eso, siento el infinito que viene a toda velocidad hacia mí, estrellas y todo, sin que yo me mueva siquiera (como si volara “al revés”: se mueve lo demás, yo estoy quieta). Me da miedo. Traigo el cuerpo de vuelta. Me duelen las articulaciones. 

    *

    Sueño astral: una figura masculina parado al lado de la cama. Me toca el cuello; yo lo saco, le digo que no.

    *

    Pablonewl
    De Pablo Amaringo

     
    Pero mi pequeña obra maestra en el desarrollo de esta novela onírica -y en ese contexto de mujer solitaria por decisión propia, de monja ad honorem– es ésta. No podría ser más perfecta (ni más humorística, por cierto): 

    Soñé que un hombre que me gustaba o a quien yo quería golpeaba insistentemente la puerta de mi cuarto (estaba con llave). Yo le decía: “Ya voy, ya voy”, y mientras iba sacando una especie de sobre de dormir de madera. Lo desenrollaba; era un ataúd. Me metía adentro y le decía: “Ya podés entrar”. 

    *
    Pablonewb
    De Pablo Amarin

    Cuando -por fin- la etapa de la Bella Durmiente y su castillo de espinos terminó, cuando se cumplió el siglo y Afrodita encontró el cómplice demencial para tan titánica tarea, entonces tuve algunos sueños que claramente daban cuenta del asunto, o de los terrores del asunto. Todo bastante de manual, visto a la distancia: símbolos fálicos como cigarrillos -¡yo no fumo ni siquiera tabaco!- escondidos nada menos que en carteras  y que además desataban persecuciones policíacas; culpas y justificaciones por haber roto los votos de castidad; presuntos asaltos que al final resultaban ser liberadores festejos de cumpleaños con promesas de amistad, amor, pasión. Se diría que la puerta de mi casa aparecía abierta por eso, y no porque alguien hubiera entrado a robar, finalmente: 

    Sueño con cuatro policías de narcóticos vestidos de soldados que me van a buscar a una mesa y piden para revisar mi bolso luego de besarme las manos. Yo sé que tengo un canuto. L. rompe un vidrio y hace escándalo para posibilitar mi huida. Entonces corro y corro. Saco el cuete de mi bolso y lo dejo caer en la calle. 

     *

    Sueño que J. se mete en mi cama a dormir y yo le digo que no. Insiste, trata de que lo mime, pero a mí me da rabia que me reclame porque estoy viendo a otro. Le digo que hace un año y medio o mucho más que no me acostaba con nadie (él pretende que hace un par de meses nada más). 

    Luego llego a mi piso, y un hombre de gabardina negra y guantes sin dedos toca en lo de la vecina (que tenía puerta de rejas y estaba rodeada de hombres que la defendían, porque ese fulano la quería asaltar). Yo llego a mi puerta y está abierta. Pienso que me asaltaron a mí, pero en el interior están muchos amigos para festejar mi cumpleaños. Veo los cabellos rojos de T. entre ellos. 
    Artistdream
    The Artist´s Dream

    Los participantes del grupo de los martes o “marciano” -que por ahora no están trabajando con sueños: no me animo todavía, con tantos alumnos de nuevo ingreso- quieren que organice una jornada intensiva de sueños y escritura, como las que hice el año pasado. Y lo estoy considerando. No entiendo quién puede escribir -o cómo- sin atender a sus pequeñas obras de arte de cada noche. Ese es el tiempo en el que se escriben las novelas que jamás serán publicadas, aquellas para las que no se ha inventado género literario encasillador ni concurso al cual ser presentadas (por ahora). Pero la vida es sueño, dicen. O, por lo menos, lo es la tercera parte de ella.

  • SUAT Ovidio Emergencia Móvil

    El holograma de Ovidio, con sus más que atendibles consejos en materia de desamor, se plantó frente a mí el otro día cuando escribí Masoquismo 2.0. Entonces me acordé de este viejo articulito mío que se centraba precisamente en (la excusa disparadora de) este subversivo poeta latino, caído en desgracia por su afición literaria a la seducción y el erotismo. Seguramente para tratar de congraciarse nuevamente con el emperador y poder volver a Roma -algo que nunca ocurrió, pues murió en el exilio- fue que escribió su Remedium Amoris… lo que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, aunque hayan pasado dos mil años!

    Omnis amans militat.

    “Contexto del texto”:

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    DESDE EL BARRIL  (6)
                                   por  G. ONETTO
    En un pequeño manual con el que trató de contener el escandaloso recibimiento que su más famoso libro, El Arte de Amar, tuviera en la Roma de Augusto *** (y que, como todo cuadro fidedigno de las costumbres de la época, termina siempre valiéndole al autor algún tipo de escarmiento, en este caso el destierro), Publio Ovidio Nasón, poeta ingenioso y preceptor del amor lascivo, compadecido de quienes sufren a causa de amores despechados, dijo así:
    «Si se está obligado a permanecer en Roma, diversos remedios pueden ser buenos: 1) pensar continuamente en los defectos de la amiga… Todo cuanto puedas, desfigura las cualidades de tu querida, y engaña por este medio tu juicio. Llámala gordinflona, si es fornida; negra, si es morena. A la de fino talle, puede achacársele la falta de que es seca. Ten por petulante a la que es cumplida, y por pusilánime a la que sea modesta… Bueno será también que la sorprendas, por la mañana, en su alcoba o en el tocador, cuando todavía no está arreglada y en disposición de agradar.»
    E
    n la desesperada lucha por recobrar los estribos cuando de asuntos del corazón se trata, se permite cualquier cosa; incluso recurrir a este práctico compendio con que Ovidio nos ampara a las generaciones posteriores. Los Remedios para el amor conforman muy decorosamente -hasta para los que nos bamboleamos con un pie sobre el mismísimo siglo veintiuno- un verdadero manual de primeros auxilios contra las quemaduras del amor desafortunado.
    Hoy en día, el recurso que me parece más remarcable es precisamente el citado arriba: convencerse, necedad mediante,  de los múltiples defectos de nuestro provocador de desvelos. No hay forma de perder con este método (excepto, claro está,  topándonos por azar con nuestro objeto de deseo frente a frente: por algún motivo, esa imprevista circunstancia tira abajo cualquier estrategia militar hasta el cansancio bosquejada).
                                          *        *        *
    Sería lógico pensar que siempre que nos encontraramos enredados entre los hilos de una pasión desafortunada (o que sabemos que irremediablemente nos llevará al infortunio, lo cual, para el caso, es lo mismo), intentásemos buscar, si somos razonables, el modo de apartarnos de ella y de olvidar a esa persona. Lamentablemente, nunca somos razonables: casi ninguno termina con sus pasiones sino hasta que se ha convertido en un maltrecho ciudadano,  presto candidato para  la lectura de Ovidio (el suicidio sería demasiado pedir, después de cierta edad). En el fondo, hay un cierto regodeo en el sufrimiento amoroso, una deliciosa herida que nos hace sentir vivos y a la que muchas personas no están dispuestas a renunciar bajo ningún concepto.
    Este inconsciente manifiesto de principios se da con mayor frecuencia, como es de suponer, durante la primera juventud. Después, por desgracia,  nos volvemos más prácticos y tontos.
                                          *        *        *
    Una vez, cuando tenía 17 ó 18 años apenas, me encontré en una playa perdida con un sujeto que años atrás había sido mi amor platónico, mi muso inspirador, mis ruborizadas taquicardias liceales, mi tábula rasa para toda clase de fantasías románticas. El mar rugía, frenético; las palmeras se doblaban con la brisa tropical; la laguna ocultaba hambrientos cocodrilos; las tortugas gigantes parían huevos en la orilla; las hamacas hacían un desesperante ruidito como de paso del tiempo. En fin: haré corta la historia. Volvimos a la ciudad en el mismo ómnibus; era de noche, y teníamos como ocho horas por delante. Toda una jornada laboral, digamos, pero de besos y manoseos varios.
    Me agarré un insomnio que todavía hoy, de vez en cuando, me aparece.
    Él, sin embargo, durmió durante un rato. A mí me subían y me bajaban las endorfinas, adrenalinas, feniletilaminas y otras cosas que ya no registro ni remotamente. A través de la ventanilla, vagué con la mirada por el paisaje buscando un tiempo de reacción: que el alma me aterrizara en el cuerpo, o al revés. A mi lado, dormía el hombre más misterioso, más peligroso, más inolvidable, más aterrorizante de la tierra, creía yo. De pronto, empecé a sospechar que mi libertad y mi vida misma estaban bajo una amenaza desconocida a causa de ese tipo. Que había contraído una enfermedad mortal, un mal que emanaba de su cara y de su cuerpo, y en el que ya no intervenía mi voluntad en lo más mínimo.
    Estaba frita y lo sabía. Pese a que esa conciencia de fiera acorralada era inédita para mí, me daba cuenta perfectamente de que había quedado en las manos de ese hombre: perdida para mí misma, por los siglos de los siglos.
    Entonces algo sucedió.
    El misterioso, peligroso, inolvidable y aterrorizante amante empezó a roncar. Ahí, en el ómnibus, cada vez más fuerte.
    Yo seguía mirando para afuera por la ventanilla. Algo -quizás el fantasma de Ovidio-  me advirtió en mi interior que, si yo lo miraba en aquel momento, si yo lograba presenciar con mis propios ojos la ridícula escena en la que mi bello durmiente gruñía a sus anchas con la boca abierta, ya sin ningún misterio (porque hasta las amígdalas se le exhibían impúdicamente), quedaría curada para siempre de su embrujo. Volvería a ser libre, lo vería como a un hombre ordinario, regresaría a mi propio ser como si aquel encuentro jamás hubiese sucedido.
                                          *        *        *
    Pero yo, por supuesto, no lo quise ver así, desarmado y humano, roncando como un patán cualquiera. Me quedé insomne y aterrada, mirando por la ventanilla de aquel ómnibus. Porque Ovidio será un sabio, ciertamente, pero los remedios sólo sirven para aquellos que han sufrido hasta el fondo las enfermedades.
    ***  Los Remedios contra el Amor,  Publio Ovidio Nasón, año 2 ó 3 de nuestra era.


     

    Para leer más:

    Esconderse/Revelarse (otro de los artículos inéditos desempolvados de “Desde el barril”, publicado aquí en el blog en febrero de este año, esta vez con la excusa de un fragmento del antipsiquiatra R.D.Laing)

    El último que me queda bajo la manga es un número a partir de San Agustín. Veré.