Categoría: mario levrero

  • “En eso tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo” (1997)

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    Mas que empeñarte en espantar al infradotado Belcebú que vive en mí, me ayuda más que te empeñes en que *me crea* que realmente puedo o podría tener los méritos, y que todos estos episodios no son un lamentable error de identidad con otro participante mas idóneo


    Date: Mon, 22 Dec 1997 17:17

    To: “G.Onetto” artemis@adinet.com.uy
    From: jvarlott@adinet.com.uy
    Subject: Re: The day after.

    Vos sabés, porque creo habértelo dicho más de ochenta u ochenta y
    dos veces, que en mi modesta opinión NADIE en este país puede escribir como
    vos; que sos pura literatura; que no conozco a nadie que reúna tantas
    cualidades; que sos Gardel.

    Ahora bien: hay en vos una parte quintacolumna (llamada
    probablemente “narcisismo no asumido”) que no cree en esas cosas, ni cree en
    mí, pero sí cree en los concursos, en contra de todas las evidencias de que
    allí no se premia el talento sino que es un lugar más de luchas políticas.
    Muchas veces se premia a una obra que lo merece, cuando se da el juego
    apropiado de circunstancias; pero ello difícilmente porque se haya
    privilegiado la calidad de la obra. Esa calidad, que bien saben reconocer
    los corruptos (y a la cual temen), recién cuenta una vez dirimida la
    cuestión política. (Por ejemplo, una vez establecido que el concurso lo
    ganará una mujer, será muy difícil que alguien pueda presentar mayor mérito
    que vos). Y así sucesivamente.

    Es muy peligrosa para vos esa asociación entre mérito y triunfo. A
    vos se te dio en este concurso; en otros, quizás hubieras merecido algo más
    que una mención. En fin; sea como fuere, *tenés* que creer en vos misma
    *independientemente* de esos resultados; y cuando no figures con ni siquiera
    una mención, no se te ocurra dudar ni por un instante de vos misma. En eso
    tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo.

    Está bien que te presentes a los concursos, está bien que ganes
    premios y menciones, está bien que leas en público y todo el show; lo que no
    está bien es que creas que todo eso implica un reconocimiento real y sincero
    por parte de esas gentes, y que dependas de ese (falso) reconocimiento para
    creer en vos misma.

    Todo eso nos lleva a la cuestión de la quintacolumna, ese bicho
    asociado con el enemigo. (¿Te das cuenta? Es una sola y misma cosa: la duda
    con respecto a vos misma = credulidad con respecto al mundo).

    Bueno, no sé si logro expresarme con la claridad necesaria. Pero que
    por lo menos te quede claro que NADIE escribe ni puede escribir como vos.

    Besos,

    CG

    PS: En cuanto a la novela-diario, no sé qué decirte. Sería bueno que
    estuvieras conectada con alguna editorial extranjera, pero a esta altura no
    sé qué conviene. Yo estoy personalmente desorientado, con nuevos proyectos
    de una editorial propia de los que desconfío al momento siguiente. En todo
    caso, podrías intentar publicarla en Trilce, por ejemplo (aunque están
    tardando en leer), o sea en Uruguay, y orientar tu vida a vivir de las
    becas, por ejemplo. (Becas, proyectos, ese tipo de curros). (Eso te
    independizaría un poco del problema de dónde publicar). También podrías
    dirigir talleres literarios, o tener audiciones de radio. (Lo digo en serio).

     

     

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  • Plagiando a Lawrence Durrell

    Plagiando a Lawrence Durrell

    Este es un ejercicio que hice en 1996, el año que fui al taller de Levrero. Se trataba de intentar escribir cercano al estilo de un escritor que admiráramos mucho como tal, aunque no tenía por qué extenderse al contenido. No sé si lo logré, pero me gustó hacerlo. Luego Levrero publicó un fragmento de esto en la revista Posdata; creo que a partir del segundo párrafo, porque le quería sacar un poco, precisamente, el tufo a Durrell. 


    Cuando escribía, en mi interior veía el pueblo de Tepoztlán, aunque deliberadamente trataba de camuflarlo hacia el Oriente. José Manuel era José Manuel de Rivas, cuyo destino no quedó ligado para siempre al Asturian Express sino al metro de la Ciudad de México. La niña solitaria sentada en un banquito seguramente era yo. Quién puede saberlo. 



    Resurrecciones de archivo. 





    Fragmento de Nuestro paso por la Ciudad de Luna (hipotética novela ficticia)

    La niña y yo llegamos hambrientas al mercado del pueblo, a la
    Ciudad de Luna que tan bien conocíamos. Calladas y sombrías, con  la noticia del descarrilamiento del Asturian
    Express revoloteando aún sobre nuestras cabezas, el cansancio nos atacaba el
    alma con su pico lastimoso; a la niña todavía le quedaban fuerzas para cantar
    la canción de San Patricio, aunque en adelante todo conjuro fuera  inútil para
    nosotras. De verme caminando por allí, Livia seguramente me lo hubiera
    reprochado. En lo que finalmente se convertía el regreso a un lugar infeliz,
    eso ella lo conocía  mejor que nadie ( “Tiempo, tiempo”, decía Livia en uno
    de sus  diarios personales, “a causa tuya supe lo que era  la vergüenza; nunca he llegado a
    entender tus simples señales, diáfanas y
    suplicantes).
    Años atrás, ante la noticia de mi ansiado viaje a América, mi
    tutora me lo advirtió sin miramientos: “Querida mía: el día en que vuelvas
    sobre tus propios pasos, será porque estarás 
    caminando en la calzada de los muertos. A paso lento, solemne; tú misma
    en tu cortejo fúnebre. ¿Por qué otro motivo volvería alguien a un pueblucho
    como este? Solo a buscar la muerte, muchacha; no lo olvides”. Ahora Livia no
    estaría para festejar su acierto, pero sus palabras volvían a resonarme en los
    tacones al tiempo que avanzabamos sobre
    el empedrado. Sin quererlo así, la niña y yo habíamos tenido que regresar a esa
    ciudad que detestábamos, a la ciudad de los ladrones y los espíritus nocturnos.
    En lo alto del cielo, el mismo sol de años atrás -el mismo que rajaba las  ambiciones más porfiadas- parecía burlarse de
    nosotras en esos momentos de bautismo, de polvareda reseca en los  ojos lastimados. La niña llevaba su muñeca
    marroquí, regalo de la abuela paterna; yo tropezaba a cada paso cargando con
    una valija incómoda y pesada, llena de libros y antigüedades familiares.
    Subíamos esforzadamente por la mitad de la avenida principal, sudando en el
    agobio de un verano eterno y cansador.

    Me detuve a recuperar el aliento; la niña, que avanzaba bastante más rápido que yo, volvió a mi lado
    corriendo. Ninguna de las dos había pronunciado una palabra  desde que bajáramos en  la vieja Estación Ciudad de Luna. Sobre una
    de las aceras de la callecita lateral, un pordiosero barbudo anunciaba a
    grandes voces -catástrofe de la pobreza, el púlpito improvisado sobre un cajón
    de verduras- el inminente fin del mundo. Me hubiera acercado a escucharlo, a
    dejarme envolver por las imágenes oscuras de sus inmensos maremotos. Tifones anaranjados  de fuego y de pecado, de absolución rogada.
    Miré hacia la otra esquina; había un hombre rubio bastante joven cortejando a
    una muchachita india de blancos dientes que se reía todo el tiempo. Ambos
    parecían fingir cierta torpeza, enmascararse bajo dudosos indicios de pureza primeriza a fin de alentar
    al otro en sus pasiones. Una inocencia repentina, un falso retorno al paraíso
    del primer hombre y la primera mujer. “¡Fidelidad,
    fidelidad!”,
    hubiese  rezongado José
    Manuel, “¿qué invento es ese, que no
    explica la fiebre del jugador ni sus continuas recaídas?”.
    Pero
    irónicamente, la voz de José Manuel había quedado ligada  para siempre con el frío metal de las vías
    del Asturian Express, como las piernas entrelazadas de dos amantes que yacen
    juntos hasta lograr  la muerte. La niña
    tiró de mi manga para que le diera la mano; teníamos que pasar frente a un
    grupo de gitanas que se habían instalado en la entrada del mercado, riendo y
    molestando a la gente, permanente bullicio de cuervos huidizos. Siempre me
    pregunté por qué la niña temía que los gitanos la raptaran; acaso sospechara
    que entre ellos se murmuraban palabras mágicas, irrespetuosas de su confortable
    ignorancia del pasado y el futuro; palabras mágicas que podrían aclararle
    pavorosamente su origen misterioso, su astuto destino de pequeña abandonada.
    “¡Eh, tú, la pelirroja!”, me gritó una gitana vieja llena de collares de oro.
    “Vas a vivir muchos años todavía. 
    Aunque  parece que estás un poco
    amargada, chiquitita, un poco decepcionada de la vida. Muchos muertos, puedo
    verlo, muchos amores muertos”. Yo me 
    sonreí sin dejar de mirar el piso y seguimos caminando. La niña
    entretanto me apretaba la mano con todas sus fuerzas.



    La Ciudad de Luna parecía enredar sus callejuelas sobre sí misma,
    como hace el laberinto de los intestinos y el laberinto del oído. Llegar hasta
    la iglesia, al corazón de la ciudad, hubiera sido de una insensatez violenta.
    Multitudes abigarradas y danzantes se concentraban en el centro del mercado
    vendiendo pastelitos de curry, panes de centeno, canjeando pipas pintadas de
    colores, haciendo trucos de circo para engañar al caminante. Yo sabía todo eso;
    conocía ese pueblo como las gitanas conocen las líneas de la mano; también
    sabía dónde se alojaban sus peligros. Pero eso no frenaba mi necesidad urgente
    de llegar  hasta aquel  templo. No sabía por qué de improviso
    sentía  un  arrebatador deseo de rezar, en particular por
    el alma de Livia. Entré con la niña a la primera posada que apareció al doblar
    la plaza, y allí solté la valija en medio de la recepción, harta de tanto peso
    viejo. En aquel sitio todo olía a sudores del desierto, a frutas entrando en
    el  instante sagrado de la
    descomposición. Me dí cuenta entonces de 
    que, más que firmar el libro de huéspedes -manchado por la humedad de
    tantos años sin visitantes-, más que acostarme a dormir como revancha patética
    por  las noches pasadas, más que cuidar a
    la niña incluso, lo único que yo podría hacer en aquel momento era atender esa  
    llamada oscura y gutural que provenía de la iglesia. Senté a la niña en
    un banquito descolorido. “No te muevas de aquí”, le dije seria. “Vas a tener
    que cuidar la valija mientras que yo no esté”. La niña asintió con mirada de
    pánico; yo no quise compadecerme más de sus enormes ojos marrones. Salí
    corriendo rumbo a  la plaza y me interné,
    rabiosa, en el temido laberinto.



  • Paraguas rojo

    Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.

    Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó…

    Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.

    Foto de Mario Levrero

    Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.

    En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.

    Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.

    Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.

    No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.



    Foto de Mario Levrero


  • Streapers Anónimos

    Levrero -su fantasma- estaba molesto conmigo porque yo me negaba una y otra vez a concurrir a su taller.

    Era un taller de escritura, claro, pero a primera vista daba toda la impresión de ser un taller de pintura. Allí uno debía posar desnudo para que los demás lo usaran de modelo, pero además debía concurrir desnudo a pintar. Ambas desnudeces casi en simultáneo.

    Yo le decía que me era sencillamente imposible, que no podía desvestirme frente a todo un grupo de personas ni sentirme cómoda pintando así. Por otro lado, no era que reprobara la propuesta creativa en sí: me parecía perfecta, pero no podía evitar resistirme. Sentía que no podía, que no iba conmigo.

    Él entonces se molestaba más todavía. Me recriminaba duramente. Decía que yo nunca iba a poder escribir en serio si no pasaba por el desafío de concurrir a dicho taller en particular. Para mi desgracia, todo eso me hacía sentido: sabía que Levrero tenía razón con su vaticinio. Me parecía, además, que yo tenía todavía mucho que aprender del dibujo “técnico”, de la disciplina y concentración, y que intentar la mímesis gráfica a partir del modelaje de cuerpos me lo permitiría. Pero yo no quería prestarme ni tener que pintar sin ropa, como todos los demás.

    Parece que en ese taller posaban alternando gente muy distinta entre sí, de toda edad y forma, hombres y mujeres. Daban la impresión de estar más allá del hecho de estar desnudos y ser vistos por los demás, quizás por estar focalizados en las actividades creativas mismas.Yo reconocía que era una tranca personal mía.


    -Hola… soy Gabriela y hace 48 años que no me desnudo…
    -¡¡¡HOLA, GABRIELA!!!


    Aclaraciones del editor: 


    • Para potenciales integrantes 2012, no deberá entenderse (para bien o para mal) que los talleres de motivación literaria de Gabriela Onetto se parecen en lo más mínimo a los aquí descritos. 
    • Es más, tampoco debería entenderse que los talleres de Levrero se parecían en lo más mínimo a los aquí descritos. Para empezar porque se trata de un sueño del que Levrero, pobre, no tiene la culpa. 
    • En realidad, lo que jamás debería entenderse es que esto tiene algo que ver con la desnudez física: lo que el sueño quiere expresar es tan claro -diríamos que como un libro abierto- que cualquier juego con esa metáfora corría el riesgo de resultar demasiado obvia. Lo que pasa es que, cuando de streapers se trata, nunca está de más aclarar. 


  • SUAT Ovidio Emergencia Móvil

    El holograma de Ovidio, con sus más que atendibles consejos en materia de desamor, se plantó frente a mí el otro día cuando escribí Masoquismo 2.0. Entonces me acordé de este viejo articulito mío que se centraba precisamente en (la excusa disparadora de) este subversivo poeta latino, caído en desgracia por su afición literaria a la seducción y el erotismo. Seguramente para tratar de congraciarse nuevamente con el emperador y poder volver a Roma -algo que nunca ocurrió, pues murió en el exilio- fue que escribió su Remedium Amoris… lo que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, aunque hayan pasado dos mil años!

    Omnis amans militat.

    “Contexto del texto”:

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    DESDE EL BARRIL  (6)
                                   por  G. ONETTO
    En un pequeño manual con el que trató de contener el escandaloso recibimiento que su más famoso libro, El Arte de Amar, tuviera en la Roma de Augusto *** (y que, como todo cuadro fidedigno de las costumbres de la época, termina siempre valiéndole al autor algún tipo de escarmiento, en este caso el destierro), Publio Ovidio Nasón, poeta ingenioso y preceptor del amor lascivo, compadecido de quienes sufren a causa de amores despechados, dijo así:
    «Si se está obligado a permanecer en Roma, diversos remedios pueden ser buenos: 1) pensar continuamente en los defectos de la amiga… Todo cuanto puedas, desfigura las cualidades de tu querida, y engaña por este medio tu juicio. Llámala gordinflona, si es fornida; negra, si es morena. A la de fino talle, puede achacársele la falta de que es seca. Ten por petulante a la que es cumplida, y por pusilánime a la que sea modesta… Bueno será también que la sorprendas, por la mañana, en su alcoba o en el tocador, cuando todavía no está arreglada y en disposición de agradar.»
    E
    n la desesperada lucha por recobrar los estribos cuando de asuntos del corazón se trata, se permite cualquier cosa; incluso recurrir a este práctico compendio con que Ovidio nos ampara a las generaciones posteriores. Los Remedios para el amor conforman muy decorosamente -hasta para los que nos bamboleamos con un pie sobre el mismísimo siglo veintiuno- un verdadero manual de primeros auxilios contra las quemaduras del amor desafortunado.
    Hoy en día, el recurso que me parece más remarcable es precisamente el citado arriba: convencerse, necedad mediante,  de los múltiples defectos de nuestro provocador de desvelos. No hay forma de perder con este método (excepto, claro está,  topándonos por azar con nuestro objeto de deseo frente a frente: por algún motivo, esa imprevista circunstancia tira abajo cualquier estrategia militar hasta el cansancio bosquejada).
                                          *        *        *
    Sería lógico pensar que siempre que nos encontraramos enredados entre los hilos de una pasión desafortunada (o que sabemos que irremediablemente nos llevará al infortunio, lo cual, para el caso, es lo mismo), intentásemos buscar, si somos razonables, el modo de apartarnos de ella y de olvidar a esa persona. Lamentablemente, nunca somos razonables: casi ninguno termina con sus pasiones sino hasta que se ha convertido en un maltrecho ciudadano,  presto candidato para  la lectura de Ovidio (el suicidio sería demasiado pedir, después de cierta edad). En el fondo, hay un cierto regodeo en el sufrimiento amoroso, una deliciosa herida que nos hace sentir vivos y a la que muchas personas no están dispuestas a renunciar bajo ningún concepto.
    Este inconsciente manifiesto de principios se da con mayor frecuencia, como es de suponer, durante la primera juventud. Después, por desgracia,  nos volvemos más prácticos y tontos.
                                          *        *        *
    Una vez, cuando tenía 17 ó 18 años apenas, me encontré en una playa perdida con un sujeto que años atrás había sido mi amor platónico, mi muso inspirador, mis ruborizadas taquicardias liceales, mi tábula rasa para toda clase de fantasías románticas. El mar rugía, frenético; las palmeras se doblaban con la brisa tropical; la laguna ocultaba hambrientos cocodrilos; las tortugas gigantes parían huevos en la orilla; las hamacas hacían un desesperante ruidito como de paso del tiempo. En fin: haré corta la historia. Volvimos a la ciudad en el mismo ómnibus; era de noche, y teníamos como ocho horas por delante. Toda una jornada laboral, digamos, pero de besos y manoseos varios.
    Me agarré un insomnio que todavía hoy, de vez en cuando, me aparece.
    Él, sin embargo, durmió durante un rato. A mí me subían y me bajaban las endorfinas, adrenalinas, feniletilaminas y otras cosas que ya no registro ni remotamente. A través de la ventanilla, vagué con la mirada por el paisaje buscando un tiempo de reacción: que el alma me aterrizara en el cuerpo, o al revés. A mi lado, dormía el hombre más misterioso, más peligroso, más inolvidable, más aterrorizante de la tierra, creía yo. De pronto, empecé a sospechar que mi libertad y mi vida misma estaban bajo una amenaza desconocida a causa de ese tipo. Que había contraído una enfermedad mortal, un mal que emanaba de su cara y de su cuerpo, y en el que ya no intervenía mi voluntad en lo más mínimo.
    Estaba frita y lo sabía. Pese a que esa conciencia de fiera acorralada era inédita para mí, me daba cuenta perfectamente de que había quedado en las manos de ese hombre: perdida para mí misma, por los siglos de los siglos.
    Entonces algo sucedió.
    El misterioso, peligroso, inolvidable y aterrorizante amante empezó a roncar. Ahí, en el ómnibus, cada vez más fuerte.
    Yo seguía mirando para afuera por la ventanilla. Algo -quizás el fantasma de Ovidio-  me advirtió en mi interior que, si yo lo miraba en aquel momento, si yo lograba presenciar con mis propios ojos la ridícula escena en la que mi bello durmiente gruñía a sus anchas con la boca abierta, ya sin ningún misterio (porque hasta las amígdalas se le exhibían impúdicamente), quedaría curada para siempre de su embrujo. Volvería a ser libre, lo vería como a un hombre ordinario, regresaría a mi propio ser como si aquel encuentro jamás hubiese sucedido.
                                          *        *        *
    Pero yo, por supuesto, no lo quise ver así, desarmado y humano, roncando como un patán cualquiera. Me quedé insomne y aterrada, mirando por la ventanilla de aquel ómnibus. Porque Ovidio será un sabio, ciertamente, pero los remedios sólo sirven para aquellos que han sufrido hasta el fondo las enfermedades.
    ***  Los Remedios contra el Amor,  Publio Ovidio Nasón, año 2 ó 3 de nuestra era.


     

    Para leer más:

    Esconderse/Revelarse (otro de los artículos inéditos desempolvados de “Desde el barril”, publicado aquí en el blog en febrero de este año, esta vez con la excusa de un fragmento del antipsiquiatra R.D.Laing)

    El último que me queda bajo la manga es un número a partir de San Agustín. Veré. 

  • Ahora sí: adios, Levrero…

     Yo empecé este blog, El libro de los pedacitos mágicos, en el año 2004; estaba apenas interiorizándome de lo que consideraba una posible herramienta de independencia editorial (así fuera casera) y había hecho un único miserable post de prueba, cuando murió Mario Levrero. Amarguísimo, oscuro momento que durante años me quemó los ojos del alma cada vez que lo intentaba recordar; imaginarme a mí misma aquel lunes de mañana en Querétaro, sentada frente a la computadora con un bebé de dos semanas en brazos mientras leía, inocente, lo que -pensaba yo- sería un mail más de la luminosa Chl (aquí está la prueba de que no todo el mundo mata al mensajero: yo le agradeceré hasta el fin de mis días por haberme avisado unas pocas horas después, y por todos y cada uno de sus mails posteriores, como si su privilegiada mirada de duende bella, dolida -como yo- pero con cierta cuota de humor sobre las circunstancias -como él- pudiera curarme el desgarro). Por eso, la dirección de este blog terminó siendo adioslevrero.blogspot.com: porque se trata de un blog fúnebre desde su inicio (más tarde blog luctuoso, de esta y otras pérdidas), creado para no perder del todo a alguien amado que se muere.

    Porque en un principio creí -qué ingenua- que escribiendo aquí (¡tanto, tanto que nos escribimos durante esos ocho años, a menudo varias veces al día!) podría seguirme comunicando con aquel sin el que de golpe la vida pareció haber perdido gran parte de su sentido. Aquel, mi mejor amigo, mi hermanito (frater mystico), mi socio, mi maestro, mi fan. El islote más contundente en el archipiélago de mi ánimus. Muerto, y entonces había que rearmar la vida desde una soledad atroz. Pararse sobre ese miedo oscuro y terciopelo, perseverar hasta que el dolor ya no quemara tanto. O sea, años.

    Mi maniobra del blog no sirvió para nada: Levrero no apareció luego de muerto, así que desistí, perdí las escasas fuerzas que había acopiado para mi patética invocación escrita. Si algo me quedó claro en aquel momento, pero desoí años más tarde, es que Mario se había desprendido sin ningún tipo de culpa, sin aferrarse, sin nada pendiente en esta tierra. No importa lo que hiciera, no se sentía presencia alguna. Por eso dejé mi inútil blog para retomarlo recién tres años más tarde, ya sin pretensiones de tabla de ouija. Aparte de que yo le había pedido expresamente que, si él moría primero, me hiciera una señal: nada me convencía en un principio, y muy poco después el destello se desvaneció. Tengo que admitir que Mario no se comprometió a hacerme la famosa señal -como a nada, o a casi nada que se formulara por anticipado y en términos absolutos-, pero sí dijo que seguramente, dada la enorme conexión en la que vivíamos, se diera algún fenómeno espontáneo de un modo u otro.

    Mujer de poca fe.

    Dicen que hoy, 30 de agosto, era también el Día Internacional del Detenido Desaparecido. Nada más apropiado, cuando pienso en los siete años -ciclo finalizado- que hacen desde su muerte. Porque para mí desapareció. De un momento a otro, sin explicación, sin advertencia, sin que pudiera contemplar su cadáver. Lo curioso es que parece -recién me estoy dando cuenta ahora, tanto tiempo después- que para mucha gente apareció a partir de su muerte: una mitología cada vez más engordada y adulterada que me hace cuestionarme muchas cosas. “Rocé el borde de su manto, y si no, igual rocé el de aquellos que se sentaron a su mesa”. Para mí, fue el mejor amigo de carne y hueso que tuve jamás, no una figura pública; menos, todavía, un gurú de los planos invisibles, un alma máter por transitiva, una antorcha olímpica a custodiar en un apostolado. Si alguna vez entré en ese juego (y lo hice: recién a estas alturas vengo a caer, y no es juego de palabras), reconozco ahora que fue un error, un manotazo de ahogado inconsciente de mi propio desamparo. Hay asuntos que jamás debieron haber salido del ámbito de mi relación privada con él: chistes incomprensibles para terceros, como ser la mujer más bella del mundo o que me echara del taller; anécdotas, manías, impresiones. Sin duda él lo tenía todo para que se generara una mitología tras de sí; me arrepiento, en lo que a mí corresponde, si la he fomentado, además. No más altares, no más homenajes. Cuando se llega a valorar más las supuestas misiones y asistencias encomendadas por Levrero desde ultratumba que las amistades vivas que se tienen enfrente, es que algo no anda bien. O la gente está proyectando en esa entidad abstracta, “Levrero”, mucho más de la cuenta. Es lo malo de los países que se dicen ateos y agnósticos.

    “A veces salimos y seguimos charlando rato en la esquina, tiritando de frío. En esos momentos es cuando pienso que Levrero está ahí con nosotros”, cita un reciente artículo a una participante de Narrares, espacio de autogestión literaria que inicialmente estuvo integrado por alumnos presenciales de Mario en un intento magnífico por continuar escribiendo (incluso publicaron con todo heroismo una colección de libros), poniendo en práctica lo que él les había dejado como guía. Pero en el espacio de aquel entonces, todos lo habían conocido personalmente: no era un arquetipo. En mis talleres, también hay (bastante) gente que dice sentir que lo conoce, tal como si hubiera sido realmente su maestro o como si fuera un amigo. Yo misma alimenté esa idea de la comunidad levreriana; por supuesto que es un fenómeno mucho mayor, algo que rebasa mis intervenciones limitadas a los alumnos, internet y algunas apariciones en los medios. Un curiosísimo fenómeno. Entiendo, desde luego, que cada uno tiene derecho a vivirlo como le venga en gana. Por mi parte, seguiré enseñando lo que sea que haya aprendido de él (que sin duda trasciende su “método no metódico”, como lo denominé alguna vez) en tanto sigo trabajando con el resto de mis proyectos de motivación literaria. Y seguiré atesorando su amor en mi interior, que es donde tiene que estar.

    Tanto tiempo para reparar al fin en que nadie puede darme ni quitarme nada en este tema: debo haber sido yo misma la que salió a buscar patentes de idoneidad sin darse cuenta. Y -quién podría culparme- también fui yo la que hasta hace poco intentó que siguiera viviendo (como persona, como mito: como escritor no hay fecha de caducidad) mucho más allá de los años que le tocaron en suerte.
     
    Pero ahora aviso oficialmente que Mario Levrero está muerto, por si alguien no se dio cuenta del todo. Muy muerto: lejos de nuestras pequeñeces, nuestros mundanos conflictos de poca monta. No nos mira por ninguna ventanita ni nos protege ni nos guía. Todos los asuntos de esta tierra le darían una pereza infinita. Estaba tan cansado. Y cada vez lo entiendo más, yo, que tan enojada me quedé por su abandono. ¡Irse sin mi permiso! ¡Y sin hacerme la señal post mórtem para saber que algo permanece, que no lo perdía para siempre!

    En mi post del 2009 La araña y el pajarito de colores dice así:

    Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

    (*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama “Pajarito”- representa esa especie de “Espíritu”, de entrega a la escritura y sus misterios. 

    A mí con la fe nunca me basta. La desconfianza me gana frente al amor prácticamente siempre. Qué le voy a hacer. Era, por eso, más excepcional aún sentirme tan inequívocamente querida e importante para él. Pero, como dije antes, Mario Levrero está muerto. Ahora sí: adios, Levrero… 

    Hace unos días, con Astor, rumbo a la escuela:

    -Mamá… ¿te acordás de un amigo tuyo, que te avisaron que murió y después había un pajarito que golpeaba con el pico en la ventana?
    -Sí, me acuerdo…
    -¿Y por qué no le abriste, entonces?
    -La verdad es que en ese momento no se me ocurrió…
    -Cuando tú te mueras… ¿me podés hacer alguna señal?
    -Voy a intentarlo. No sé cómo es eso.
    -¿Y qué podría ser?
    -No sé… Hay que pensar…
    -¿Un petirrojo?
    -Un petirrojo podría ser: en Guanajuato veíamos muchos en el árbol junto a la ventana. Son lindos. Voy a intentar.
    -¿Y cómo es un petirrojo?
    -Y… como un canarito, pero rojo. “Petirrojo” era tu grupo de Jardinera.
    -Sí: por eso se me ocurrió.

    … que sean sólo los pedacitos mágicos de nuestros secretos…

     Algunos de aquellos posts resucitados:

     ¿Dónde estás, Carlitos? (20/9/2004)

    Me da risa… (22/9/2004)

    Las narinas de algodón (22/9/2004)

    Padre, hijo, hermano (24/9/2004)

    Encontré este otro… (24/9/2004)

    Lo subjetivo del tiempo /1/10/2004)

    Adios Carlitos (19/11/2004)

    Mi ángel de la guardia, o guarda, o qué sé yo (19/11/2004)

    Respirando la vida, luego de tanto (5/2/2007)

     

    (sí, respiré la vida, luego de tanto: dije que había llegado a cierta paz, que más o menos lo había aceptado, 
    y entonces al mes se me murió el Darno… un blog tanatológico, el mío)


    Sigo sin escuchar las grabaciones que me mandaron a México con su voz. 
    Quizás ahora pueda. 


  • Esconderse/Revelarse

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Me gustó para ahora el tema que larga el inusual psiquiatra R.D.Laing como disparador de este artículo, por eso lo publico aquí. Hay gente cerca mío que anda con estos problemas del tironeo entre la necesidad de mostrarse, de ir hacia el afuera y comunicar, y el pavor que les hace correr a esconderse, a hacer como que duermen en la cama de los padres, con tal de que los demás no los puedan mirar hasta el fondo del alma. Es un sentimiento bastante universal, pero algunos lo hemos vivido en formatos particularmente paralizantes (aunque a mí hoy en día nadie me lo quiera creer).

    Además, esto me permite decirle a la revista aquella, casi 15 años después: “¿Quién te necesita? Ahora los que escribimos publicamos en Internet cuando se nos da la gana… “. Y terminarlo con una de esas trompetillas que Quico le hacía siempre a Don Ramón.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    Parte de mi esconderme era, en aquel entonces, firmar todo como “G.Onetto”. Para que la gente no supiera cómo ubicarme realmente, cómo me llamaba, más allá del apellido. Pero, sobre todo, para que no se dieran cuenta de que era mujer (al menos a priori, antes de leer lo que escribía). 

    DESDE EL BARRIL (7)
    por  G. ONETTO
    En un maravilloso libro sobre la locura y el proceso de volverse loco [***] (y sin que esta lectura pueda resultar de riesgo para los interesados, siempre que no tengan un subsuelo fértil para semejantes asuntos), el padre de la anti-psiquiatría, R.D.Laing, protector de los esquizofrénicos y sopapeador de la familia como institución, dijo así:
    «Toda su vida ha estado desgarrada entre el deseo de revelarse a sí mismo y el deseo de ocultarse a sí mismo. Todos compartimos con él este problema y todos hemos llegado a una solución más o menos satisfactoria. Tenemos todos nuestros secretos y nuestras necesidades por confesar. Podemos recordar cómo, durante nuestra niñez, los adultos al principio eran capaces de ver claro en nosotros, traspasarnos con la mirada, y qué gran hazaña fue para nosotros cuando, llenos de miedo y temblando, pudimos decir nuestra primera mentira y hacer, para nosotros mismos, el descubrimiento de que estamos irremediablemente solos en algunos respectos, y saber que dentro de nuestro propio terreno sólo pueden verse las huellas que dejan nuestros pies.»
    _________________________________________________________________________________
     
    P
    or piedad, el universo nos otorga naturalmente una tregua de años -de décadas inclusive- para que lleguemos a asumir a fondo nuestro irremediable desamparo personal. Pero una cosa es segura, y es que una vez que todo esto empieza, una vez que nuestra conciencia descubre su hermética e incorruptible impenetrabilidad por mente externa alguna, una vez que padres y dioses y gurúes mágicos nos han abandonado a nuestra suerte, el proceso se torna irreversible.
    Lo único que nos queda es esa certeza ‒obsesiva e inquisidora, como las moscas‒ de que todo nuestro ser, nuestros maravillosos recuerdos y pensamientos, toda nuestra historia personal, es terreno inaccesible para los demás. Para ellos, seremos un oeste indómito y salvaje del cual sólo les llegarán, acaso, los cuentos fraccionados, misteriosos, narrados por nuestra propia voz titubeante.
                        *        *        *
    Recuerdo una de las primeras veces en que me enfrenté a este incómodo tironeo entre el deseo de revelarse y de ocultarse. Tenía 8 años y hacía unos pocos meses que vivía en un país extraño.  Por supuesto que no tenía amiguitos ni primos ni abuelos ni vecinos conocidos ni tíos ni nada: sólo aquel par de padres que con tanta perfidia tramaban desprenderse del timón de mi conciencia. Mi vida transcurría en una soledad que rayaba en lo autista, fomentada además  ‒como en casi todo niño siglo veinte‒ por los estúpidos programas de televisión. Todavía no iba al nuevo colegio y  mi tiempo transcurría lento, lento… Me sentía como una niña perdida en un castillo lleno de armaduras y mausoleos, de hermosas criptas y capillas en las que no se podía jugar porque, de hacerlo, mis ecos despertarían a los caballeros de su siesta; resonarían, agudos, perturbando a las monjas hasta en su clausura de hierro y naftalina; mis ecos y mis juegos les traerían a las reinas dolorosos recuerdos de hijos muertos. Me tiraba en la cama y sentía cumplirse las horas sobre mi estómago, como una mascota traviesa que me pisaba y me pasaba por arriba con negligencia, tan sólo  para acurrucarse al sol y dormir a pata suelta.
                           *        *        *
    Por entonces, me había atrincherado en un cuartito de servicio a los efectos de exorcizar mi soledad sin contaminar demasiado la apastelada armonía de mi dormitorio. Las tardes se hacían interminables allí, sin amigos, sin secretos para compartir, sin espejos que me devolvieran mi imagen (cada vez más incierta y borrosa por la súbita pérdida de referencias, de identidad). A falta de testigos, mi propia historia  empezaba a carecer de todo sentido. Era domingo; mis padres dormían la siesta. Yo comía galletas con avidez.
    Súbitamente, sentí que no estaba, en el fondo, tan perdida como pensaba: me di cuenta de que vivía en un edificio, por lo que seguramente existían otras personas en los pisos inferiores, otros niños, otros individuos capaces de apreciarme, aunque yo fuera tan sólo una extranjera sin hogar. Tomé la caja de galletas vacía e improvisé una rudimentaria botella al mar. Una larga cuerda atravesaba el cartón de la caja y la hacía oficiar de anzuelo, como si yo intentara pescar a alguien; pescar la atención de alguien, los ojos de alguien que entonces me devolverían la corporalidad y la existencia que había dejado en otro país. Adentro de la caja, puse una carta con dibujitos. La bandera uruguaya enmarcaba renglones de caligrafía infantil con los que yo me esmeraba ‒dentro de la primitiva oratoria que podía tener a mi alcance por aquel entonces‒ a fin de exhortar al testigo, al depositario de mi ambiguo deseo de revelarme, para que uniéramos los lazos entre nuestras patrias. Como si se tratara de dos delegaciones diplomáticas en tratativas para firmar un armisticio.
    Por la ventana del cuartito de servicio, tiré aquella caja de galletas que contenía mi oda a la amistad entre las naciones, no sin antes sujetar fuertemente el extremo de la cuerda que la sostenía. La caja quedó colgando frente a las ventanas de los otros pisos; cada tanto, yo cambiaba la altura de la cuerda para que se bamboleara frente a una ventana diferente. Esperé: la necesidad de confesar, de ser visto y reconocido estaba en plena marcha.
                       *        *        *
    De pronto, alguien tiró de la cuerda y en un instante fui despertada de mi somnolencia de pescador aburrido. Sentí terror, y traté de recuperar aquella cuerda rápidamente, palmo a palmo, sintiendo que en el extremo donde antes se encontraba la caja de galletas ahora bien podía haber un tiburón. Pero fue peor que eso: la caja depositaria de mi carta, de mi carta con propuestas de amistad y banderas, estaba vacía. Había sido interceptada, recibida; sabía, para mi espanto, que en esos momentos alguien la estaría leyendo realmente.
                               
    Creo que aquí interviene la otra parte: el deseo de ocultarse a sí mismo, de ocultar los secretos. En aquellos momentos, sentí una vergüenza indescriptible y corrí al cuarto de mis padres con el corazón desbocado. Jamás les contaría lo sucedido; me sentía humillada, indigna por haber mostrado mis verdaderos sentimientos de soledad y encierro. Estaba segura de que, de un momento a otro, un vecino furioso subiría a nuestro piso pidiéndonos explicaciones. “En realidad, los extranjeros deberíamos permanecer ocultos, no llamar la atención, guardarnos nuestras cosas”, me dije. “Y mucho menos pretender una alianza con los demás, como si tuviéramos derecho a que nos tomen en cuenta”.
    Me acurruqué en la cama de mis padres y decidí que, si aquel vecino finalmente venía a protestar por mi caja de galletas, yo lo negaría todo. Hasta la bandera. La carta no era mía: jamás había intentado mostrarme a mí misma. Cerré los ojos y fingí que dormía.  


    [***] El Yo Dividido, (The Divided Self /A study of sanity and madness), R.D.Laing, año 1960. 



  • Yo quiero envejecer como Vera

    Hace como una semana celebré mi cumpleaños yendo a un espectáculo en el Museo del Vino que hacía mucho quería ver, alentada por la conjunción de dos Carlos que me importan: Da Silveira, para mí Toto (guitarrista de primera y director musical del asunto), y Gardel, en quien se basa el recorrido tanguero de la propuesta. Según lo que comentó esa noche Luciano Álvarez, el presentador, hoy 7 de noviembre se cumplen 77 años de que El Mago pisara Uruguay por última vez: nunca más regresó, nunca más cantó Volver desde el barco. Como dicen Los Tigres del Norte en Al sur del Bravo, «tú sabes dónde naciste, no dónde quedas».

    Me gustaba esa idea de festejar mi cumpleaños en un entorno de botellas de vino a la vista, coronado todo por un show que se llama Desde el alma. ¿Qué mejor que celebrar desde ese lugar invisible que para mí es tan importante? Más la coyuntura de los tres cuartos de siglo de la muerte del emblemático Carlitos, eje de tanta mitología conjunta que construimos Levrero y yo mientras vivió: Desde el alma de Gardel. O sea, El alma de Gardel. Gente muy apreciada en torno a la mesa y alguna botella reserva que invitó mi tío de México (el tercer Carlos del museo), inmejorable Tannat Viejo de Stagnari. Así que ahí estaba, dispuesta a escuchar, a dejar entrar en la dichosa alma aquella música y aquellas letras. Con buena compañía, sobre todo desde la silla de la izquierda. Es cierto que me hizo falta el Gardel reo, la voz de Discépolo, el lado tragicómico del tango, digamos, pero no deja de ser una linda propuesta. Los músicos que interpretan tienen mucho ángel: dieron todo el tiempo la impresión de que era la primera vez que cantaban aquello, la primera vez que se juntaban a tocar y crear magia, y sin embargo sé que llevan a cuestas como sesenta funciones. Eso me dio qué pensar: ¿cómo hacen, con qué energías del presente, del estar absortos se conectan para disfrutar con inocencia, en formas renovadas, lo tantas veces repetido?

    Ese era el contexto: cumplir años, cuarenta y siete. Resulta que soy una mujer en plena mediana edad y, aunque la “franja etarea” me haya pegado maravillosamente a medida que fui acercándome a los cuarenta, supongo que desde mis bambalinas subterráneas no dejarán de moverse y cuestionar -con cierto grado de provocación- quién sabe qué cosas acerca del envejecer, el ser mujer, la juventud lejana, la belleza perdida, etc. Tuve suerte de que justo esa noche me tocara recibir un regalo simbólico que quiero consignar aquí para no olvidarme. La cantante líder de Desde el alma, Vera Sienra (a quien había visto solo una vez con Larbanois Carrero hace mucho, mucho tiempo, probablemente en el año 1983, durante uno de aquellos recitales masivos de canto popular en el Franzini, de esos en que todo el mundo cantaba textos casi en clave para eludir los ojos de Medusa de la Dictadura) me resultó ahora  una persona fascinante en el escenario. No es el tipo de voz que me gusta especialmente -yo tiendo a enviciarme con voces angelicales, suaves-, aunque siempre que la escuché en discos o en la radio reconocí su capacidad interpretativa. Ahora verla actuar fue un plus increíble por todo lo que trasmite escénicamente. Tiene una sonrisa franca que muestra su placer de fluir, su estar trepada a la nube de sí misma, fuera de todo. Pero también establece el contacto con lo de afuera; no es un vuelo narcisista o embebido en lo de adentro, agotado, estéril. Me pareció una mujer bellísima, también exteriormente, y ni su edad ni su renguera al caminar -tengo una imagen que me vuelve de aquel concierto de hace más de 25 años en la que la veo en silla de ruedas, pero seguramente es algo que aportó posteriormente mi imaginación a la memoria- opacan esa belleza en absoluto. Porque viene de adentro, del gozo de hacer lo que se ama.

       

    La vi deslumbrante, cantando, sonriendo, con la mano en el corazón, plena. En la foto de su primer disco, jovencita, parece muy linda; a todas las mujeres nos pega envejecer, pero lograr hacerlo a cara abierta cuando en la juventud se fue hermosa (algo que solo nuestros contemporáneos más cercanos pueden saber o recordar) es mucho más que simplemente envejecer con gracia. Es una toma de partido existencial.

    Por lo que averigüé después, ella se retiró durante mucho tiempo del mundo creativo, del afuera de las tarimas (además de cantar, escribe poesía y pinta); también encaró la maternidad tardíamente, como yo. Eso de por sí genera un impasse natural , y más cuando el volverse madre de otra persona se vive con asombro, con fascinación y reverencia. Me es alentador que Vera haya logrado, en cierto punto de su proceso personal, renovar las zonas creativas, encontrar los tejidos truncos y no temerle a la reaparición, a la recreación de sí. Ahí está, en el escenario, muy hermosa. Me recordó mucho a mi abuela Dora, gran mujer. Sin duda es bueno -y ojalá yo sea o pueda serlo para otras- ese tener mujeres mayores que nos sean un modelo de ganancia, no únicamente de pérdida. Debe estar bien llamarse “Vera”, lo verdadero, lo auténtico, lo que soy realmente; además forma parte del nombre de una estación que, por cierto, florece, está llena de vida, de madreselvas. Me gustan esas pistas involuntarias que va dejando el azar. Los nombres dicen, las palabras dan forma, cristalizan.

    Esa noche me vino de golpe a la cabeza un pensamiento, mirándola cantar y en mi propio trance de cumplir un año más: “¡Yo quiero envejecer como Vera, verdad de Dios! Y -quién lo hubiera dicho de mí- ya no quiero envejecer como Idea: eso me viene orquestado desde la mente, no necesariamente desde el alma“. Porque parece que un destino oscuro, con autocondenas sin voz, decretos mentales sin letra y una necia voluntad de soledad me llevaran desde la juventud a recorrer el camino de Idea. Esa asociación con el fracaso de la vida, con el “no” por default, con las raíces subterráneas y podridas, con el apartarse por gusto de la savia para comprobar quién sabe qué cosas, ese empecinamiento en negarse al amor y a las alegrías simples, eso siempre estuvo en mí. Desde que tengo memoria. Gracias a Dios, hubo treguas, y esas treguas me trajeron a Astor. Y ahí Idea Vilariño sencillamente no puede sostener su discurso: la vegetación la cubre y queda oculta como una pirámide devorada por la selva.

    Idea no tuvo ningún Astor. A Idea se la llevó la muerte una vez que se le terminó la juventud. No ha sido mi caso. Todo lo contrario.

     

    Cuando yo tenía veinte o veintiún años, averigüé que ella estaba dando clases de literatura uruguaya en mi facultad y le pedí permiso para asistir de oyente, simplemente porque quería estar en su cercanía, en su influjo energético. La admiraba muchísimo, había tenido que ver enormemente con mis incursiones en la poesía y era un placer leerla, saberme comprendida, gozar del vértigo doloroso. Pero me pareció una mujer tristísima, una mujer sin vida, nada que ver con la pasión y la intensidad que trasmitía en sus poemas. Recuerdo que sentí cierta desilusión, que conocerla me quebró alguna fantasía respecto a las profundidades oscuras: igual una podía convertirse en una mujercita normal, incluso cachetona, sin gracia, sin sangre bombeando, no importa cuánto mundo interno pujara por debajo. Esa soledad se la fue comiendo cuanto más vieja se puso; en aquellas clases que asistí, Idea Vilariño tendría más o menos la misma edad que Vera Sienra tiene ahora, y -no me importa cuántos amores pasionales haya vivido Idea en su juventud, con Onetti, Claps y toda la lista- en aquel momento era una mujer sin sazón, que no hubiera podido enamorar a más nadie sin recurrir a los interminables trucos de la memoria. Pero Vera no: Vera seguramente todavía fascina a más de uno.  Ella sabrá. Y si no es así, es como si lo fuera. Canta y se siente su idoneidad para la vida. Para disfrutar todo mientras dure, para no dejarse morir en un vano intento de mantener el control, de domar el misterio, de decir “yo elijo”. Porque eso era lo que hacía Idea, lo que hacíamos: decir no para no correr los riesgos de decir sí.

    Ahora creo que a cualquier mujer en sus cabales, si pudiera elegir, le gustaría más estar en los zapatos de Vera que en los de Idea. Quizás al final la historia no sea tan grandiosa, trágica, original, pero hay ciertos lugares comunes que, por el bien propio y ajeno, convendría aprender a aceptar con gusto, como una medicina salvadora. Por ejemplo, la vida, el amor, la pareja, la familia, la alegría simple.

    si ahora mismo
    si ahora
    entornando los ojos me muriera
    sintiera que ya está
    que ya el afán cesó

      

    No, no quiero que la mente me siga repitiendo año tras año que mi destino es ser Idea, caer oscuramente, ya sin temblor ni luz. Seguramente existan otras posibilidades más saludables que tampoco violenten a la que soy adentro. El asunto es desarmar esos malditos decretos silenciosos que lo manejan a uno desde las zonas fantasmas de su inconsciente. Porque en el fondo no quiero que los astros solo sean barro que brilla, no quiero que el mar no sea más que un pozo de agua amarga. ¿Servirá, acaso, el paraguas anticipado del ya no será para cubrirse de las inevitables lluvias, valdrán la pena todas las renuncias solo por un pero yo vivo sola como medalla de guerra?

    y que ya no doliera
    y que ya no doliera.


    Debe ser más feliz poder decir sí, sin ambigüedades, porque la vida igual se encargará de que nos sobrevengan -cuando ella así decida- las separaciones, los aislamientos, los finales, los no. Y ahí aprovecharemos sus dolorosas bendiciones. Optar por dejar pasar las alegrías en defensa de la propia soledad es tan soberbio como pensar que dicha soledad no llegará solita, tarde o temprano, aunque ciertamente lo hará fuera de nuestro control y de nuestra voluntad. Vendrá, sí, porque existen las muertes, los  abandonos, los ciclos que se terminan. No vale la pena aliarse con el enemigo, como hizo Idea. Balances de cumpleaños del retorcido signo de Escorpio.

    Por cierto, leyendo en el Big Brother de Internet, no me sorprendió demasiado descubrir que Vera comparta conmigo el tan dual signo astrológico; de hecho, cumplirá 63 en unos pocos días más, en la misma fecha que Sor Juana Inés de la Cruz solía cumplir años cuando estaba en esta tierra. Escorpio suele estar en los ojos, en la mirada intensa de la gente de octubre y de noviembre, porque es la muerte subterránea que hace raíz en lo oscuro y (en el mejor de los casos) logra salir a la superficie como flor, como planta. Ellas dos, sin ir más lejos (Vera y mi alter ego cibernético Sor Juana) logran reivindicar para sí el misterio y la luminosidad que, en principio, nos tiene concedidos el complicado alacrán. Pero no per se: hay que ganárselo.

    Porque sabemos que el signo también reserva otras facetas bastante menos atractivas, qué se va a hacer. Pero contra la naturaleza no se puede hacer mucho, más que seguir trabajando con paciencia en la alquimia de uno mismo. En tanto se intenta madurar con cierta gracia, claro. Y, si fuera necesario, con bastante menos leyenda.

  • Una especie de tributo a Mario Levrero

    LUNES 30 DE AGOSTO
    de 20 a 22 horas

    NOCHE DE PARAGUAS
    Un homenaje a Mario Levrero de lapicera y copa (2004-2010)

                                               Fotografía de Levrero

    Si esto realmente fuera un homenaje, sería un homenaje underground. A seis años de su muerte, el lunes 30 de agosto no habrá discursos, no hablarán los especialistas, no se soltarán palomas, no se presentarán libros, ni siquiera tendrán ciertos medios de comunicación mayor excusa para ejercer la crítica destructiva (como tres años atrás).

    Se nos ocurrió que la mejor forma de honrar la memoria de Mario –es decir, recordar una vez más su ausencia y celebrar el haberlo conocido, en persona o desde sus libros– sería escribir juntos a partir de una misma consigna suya. Abierto a todo el mundo: haremos simplemente una jornada colectiva de escritura y vino.

    Los esperamos este lunes a las ocho de la noche en Pacharán*, cantina vasca (la terquedad de seguir escribiendo nos puede). Queda en San José 1186, entre Michelini y Gutierrez Ruiz; tienen que subir la escalera de mármol y virar hacia la izquierda, empujar la puerta y entrar. Allí encontrarán las “instrucciones” en un pizarrón.

    ¡Todos los que quieran acercarse, escritores, alumnos y/o lectores de Levrero, son bienvenidos! (difundir)

    La entrada es libre, pero es preciso confirmar presencia enviando un mail a nochedeparaguas@gmail.com

    * Traer herramientas (lápiz, lapicera, hojas). Las bebidas espirituosas y demás consumos corren por cuenta de cada uno.