Etiqueta: 2012

  • Sobres azules | 5 | Últimos del año (2012)

    Sobres azules | 5 | Últimos del año (2012)

    29.
    Cada vez
    que me fui a vivir para siempre a
    otro país, me hubiera gustado haberme despedido en el aeropuerto agitando un pa
    ñuelo,
    igual que hacen en las películas. Un pañuelo blanco, como una bandera blanca de
    rendición. “Paren, no tiren más, piedad, me rindo”.


    30.
    omni amans militat
    todo amante es un soldado
    la bota en la cara
    el barro
    el amor a la patria
    y a la matria
    todo amante es un soldado
    obediencia
    sumisión
    estar dispuesto a ir a la guerra
    estar obligado a ir a la guerra
    estar fascinado con ir a la
    guerra
    todo amante es un soldado
    un pobre soldado que acata las órdenes
    de su loco general
    ese
    experto en estrategias
    y en sitiar ciudades
    nomás para divertirse.


    31.
    qué me vas a dar
    el aire por la boca
    el ancla
    el salvataje
    la vuelta a la superficie
    el adiós a la sirena
    la bendición de respirar.


    32.
    Era un hilo interminable que se
    entretejía con mis dedos, acariciaba mis canas, prometía durar, creía que
    duraría, se enredaba para no cortarse, se enmadejaba para volver a empezar,
    acariciaba sus mejillas, se entretejía en sus brazos, prometía durar, creía que
    duraría, no se cortaba con tal de hacerse interminable.
  • Sobres azules | 1 (2012)

    Sobres azules | 1 (2012)

    1.

    El equipaje es pesado. Más de lo que parece, pero sonrío. Lo alzo por encima de mi cabeza, lo coloco en el compartimiento superior. Me siento una amazona. Nunca seré la sirena en apuros, la damisela en flor, Marilyn mirando a su alrededor para ver si algún hombre se apresta a socorrerla. Yo no: yo alzo cualquier equipaje sin una mueca de esfuerzo siquiera, aunque los músculos se me desgarren. El equipaje mío e incluso el ajeno.

    2.

    Por más que hago, no puedo encontrar el aliento inicial, el instinto, el rugido de la especie, el latido primitivo que me lleve hasta un lugar casi animal, salvaje. Soy un monumento a las proezas del hombre culto, una pieza del salón de té, una ceja que se alza, suspicaz.

    3.

    Afuera, en la calle, todos van y vienen a su antojo. Saco una foto desde el cuarto de adelante, a ver si logro captar algo al paso, alguna señal de la misteriosa libertad ajena. De esa resbaladiza posibilidad de la soberanía.

    En la foto, el contraluz delata mi escena interna: la habitación permanece a oscuras, pero desde la calle entra la luz. Interpuestas entre ambos ambientes, las rejas de mi ventana.

    4.

    Hubiera querido un escritorio antiguo de roble, con una tapa redondeada que ocultara mis secretos. Con cajoncitos mínimos y variados, con plumas de todos los colores invitándome a escribir. Con una lámpara de detective acompañándome en las noches hasta que tironee la cadenita del insomnio. Hubiera querido ese escritorio, a desk of one´s own. Quizás aún esté a tiempo de conseguirlo. Por qué no.

    5.

    Busco la excusa, pero no existe. No la que serviría para algo, para convencerlo, para lograr que me suelte. “Be free”, me dijo alguien. Pero eso no es posible sin lograr que a uno lo suelten. “Please, let me be free”, le ruego. Pero no: eso no sirve. Las excusas tampoco.

    6.

    Era hermoso el Ipiranga, anaranjado, de crines negras, de músculos marcados. Galopaba como a mí me gusta, es decir, exactamente como galopa el Ipiranga. Las venas se le saltaban por el esfuerzo y entonces más hermoso lo encontraba, más animal, más encendido. Me hubiera gustado abrazarme a su cuello, acariciarle la frente. Creo que jamás lo hice: todavía no entendía la oportunidad efímera que propone el deseo. La condena de luego verse obligado a revisar para atrás.

    No era un caballo manso, pero se dejaba llevar. Caballo noble.

    Sin embargo, uno tenía que saber de antemano que si una bolsa de plástico era por azar traída por el viento probablemente el Ipiranga terminaría desbocándose.

    7.

    “Préstame atención. Existo.
    Podrías verme”, dijo la niña. 

    8.

    La catedral de México es gris, como las tardes lluviosas en que me atrincheraba en mi cuarto de adolescente. Sus capillas están llenas de tributos adoradores; igual estaban, entonces, las mías.

    La luz apenas corta el silencio solemne del recogimiento oscuro. Se escucha un eco en sus pasillos desiertos, quizás el júbilo de un niño. Yo era igual de joven.

    Extraño a Manolo y su legión de ángeles suicidas.

    Lady Godiva y su caballo
  • Como un volcán

    Como un volcán

    Era pleno día, soleado, y yo iba caminando por la ladera de una montaña. A mi izquierda, más arriba, se veían, inconfundibles, los dos volcanes. El Popocatépetl y el Ixtaccíhuatl. La escala era distinta, el tamaño, aunque a estas alturas mi memoria también duda. Claro que yo sabía que ese no era su lugar verdadero. Que los dos están enclavados en la Ciudad de México aunque sean pocas las veces que el smog permite verlos. Pero allí siguen parados, de todos modos, como un espíritu guardián. Como la ira de Dios atada torpemente a una rienda. Como una cicatriz prehispánica casi borrada por el tiempo.
    Sin embargo, en mi sueño aparecían allí en lo alto, como si siempre hubieran estado acompañando ese camino. Me parecía natural encontrarlos, aunque al mismo tiempo no perdía la conciencia de que no era esa su verdadera geografía. Simplemente me dedicaba a contemplar su belleza; no me interesaba tener razón. Quería tan solo sentirme bendita por las promesas de su nieve a pesar del sol, de su sol a pesar de la nieve. Sabía que me hacía bien que estuvieran allí, y la verdad es que la irrealidad del caso me tenía sin cuidado. Lo único que quería era tener cerca al Popocatépetl, en particular. Siempre le tuve especial reverencia
    .
    De pronto, el enorme príncipe empezó a emitir fumarolas cada vez más intensas. Eran columnas de espesa ceniza volcánica; nubes densísimas de esa materia gris que parece venir del mundo de los muertos. Rugido ex abrupto de la serena nieve. Yo sentía una alegría inmensa; en ningún momento se me ocurría que podía estar en riesgo. Por el contrario: la inminente erupción del volcán presagiaba para mí cierto alivio. Esa liberación implícita que aparece al saber que el día más temido dejará de acorralarnos porque nos ha alcanzado. Creo que ni siquiera pensaba demasiado en eso. En el sueño, me parece que no pensaba nada: el peligro no era un tema para mí. Simplemente sentía enorme regocijo al ver ese volcán que se expresaba como tal, que se entregaba a lo que era realmente. Era privilegiada testigo, espejo por verse, alma devota anonadada.

    “Por fin… va a hacer erupción, parece incontenible…”, el murmullo en borrador. Y me alegraba. Por el Popocatépetl, pero también por mí. Ahora podría contemplarlo en su danza gris piedra, su plenitud, sus promesas de fuego. Gracias a mi fortuito camino hasta sus faldas.
    A mí en la escuela me enseñaron que era un volcán extinto. O por lo menos dormido.
    Pamplinas.
    Anoche, en mi sueño, parecía bien despierto.



    Blancos pájaros que vuelan contra el trueno
    y aún más alto, donde Chejov
    dijo que se encontraba la paz,
    allí donde se transforma el corazón
    y al fin retumba el trueno


    (De El trueno más allá del Popocatépetl,
    vía mi amado Malcolm Lowry)

  • Faros o el reproductor Winamp

    La pantalla muestra una danza de colores vivos. Cadenciosos deslizamientos al compás de la música. Tonos que se funden uno con otro formando figuras azarosas. Hipnótico, por momentos. Esas manchas de colores me recordaron su segunda tomografía, tiempo después de conectado el implante coclear: en la inmensidad del espacio sideral del cerebro de un sordo -espacio negro y rotundamente silencioso- que mostraba la primera, previa a la operación, aparecieron luego en la otra tomografía milagrosas zonas de colores, territorios recuperados, neuronas que se habían reactivado luego de más de diez años. Lo recuerdo ahora -quince años después- mientras miro el caleidoscopio del reproductor Winamp; lo único que él trata es de volver a percibir algo, cualquier señal. En pocos días, la música se ha convertido en la perspectiva de una más que limitada aventura visual.
    Claro, habrá que agradecerle entonces a los efectos gráficos del reproductor Winamp, con sus rítmicos rastros multicolores que se asemejan, quizás, a la memoria del eco de algo así como una lejana melodía resbaladiza, inasible. Pero todo sería mucho más fácil si se tratara nada más que –nada menos que- de la renuncia a la música. Mucho más fácil.
    Hace unos minutos me pidió que me fuera mientras intentaba conectar el procesador por primera vez desde la cirugía. Brevemente, iba a ser. Con permiso del doctor, el imán bien lejos de la herida. Solo para ver qué pasaba. “No será lo mismo que antes, habrá que volver a calibrar, por ahora todo es incierto”. Eso y mucho más había dicho el médico. Pero sería solo para ver qué pasaba.
    Desde la cocina lo vi respirar hondo y cubrirse la cara con las manos.
    En el principio era el Verbo, había dicho Dios. Pero nunca aclaró si el Verbo incluía sonido.
    Dios es experto en cruces.
    Ahora lo único que se iba abriendo paso entre aquellas recuperadas neuronas coloridas, vestigios de un milagro, era el grito agudo de un ave negra y horrenda cayendo en picada. No el esperable caos sonoro del principio. Era un ruido lacerante, inordenado, inordenable.
    Pero un rato después de sacar el cansado rostro de entre las manos, se levanta y prende la pantalla bailarina, las mariposas cromáticas, los estallidos de rosados, verdes y amarillos que acompañan la música. Busca, busca, busca algún faro sonoro en el medio del naufragio. Sigue intentando. Y mañana y pasado mañana y la semana que viene y la otra. Hasta que pueda calibrarse. Y luego seguirá intentando.
    Yo me quedo en el sillón de atrás, mirando hipnotizada esa misma pantalla.
    Creo que tampoco oigo más nada.

  • Ruedas (2012)

    Los rayos metálicos de la enorme rueda que tengo enfrente se me aparecen como un mandala inesperado. Si uno se concentrara en la forma nada más, en la simétrica disposición de sus varillas, su perfección en tonos grises -si lo despojara de contenido, digamos-, las sillas de ruedas perderían sus temibles connotaciones. Claro que eso es, como mínimo, prácticamente imposible.

    No sillas de ruedas, entonces. Pensaré en ruedas de bicicletas mientras esperamos. Es casi lo mismo. Será mejor. Me acuerdo de los veranos en Parque del Plata, en casa de mis tíos. Andábamos todo el día en bici; las caídas y desplomes nos arrastraban directo sobre el pedregullo de sus callecitas bordeadas por laureles, pinocha y campanillas azules. Mi tía Teresa se desolló las rodillas; yo no podía dejar de mirar, con morbo y simultáneo horror, aquella carne levantada sobre la que puntos amarillentos, como semillitas de tomate, se entreveraban con el rojo de las lastimaduras.

    Aquel verano mi padre también se cayó andando en bicicleta. Le tuvieron que dar una dolorosa inyección en la herida del dedo gordo del pie. “Es por el tétanos”, decían. Y a mí siempre me dolía mucho más la perspectiva de que mi padre estuviera en peligro que todas las derrapadas que pudieran depararme a mí aquellas traidoras ruedas con pedales. Sentía un dolor sordo en el corazón y en la boca del estómago. Un vértigo de orfandad, como si mi padre no pudiera fallar jamás y la amenaza de que algo pudiera ocurrirle fuera una retorcida posibilidad contra natura. Como si su caída por tierra sobre aquel pedregullo de Parque del Plata dejara al descubierto no solo piel y carne, sino algún tipo de falibilidad humana que, por aquel entonces, no quería ni siquiera rozar con el pensamiento. Estar desprotegido. Ser vulnerable. Ser débil.

    Así que fracaso total. Da la impresión de que mi conveniente huída hacia las bicicletas -con sus idílicos veranos de infancia y el cine de la enana y los clubes secretos y correr jugando a que éramos ciervos- no lograron salvarme de esta emoción gris que me generan las sillas de ruedas, visibles o invisibles. Bien merecido. Debí inclinarme ante el hecho de que las cosas son circulares, finalmente. Meros mandalas. Algunos benditos, otros tóxicos, la mayoría hipnóticos, algunos incluso irremediables. Como una redonda condena.

  • Umbrales

    “¿Ya tenés el traje de viuda?”, dijo la voz.

    Parpadeé. No, no era un recuerdo. Lo había soñado, simplemente. A menudo me ocurre eso de confundir los planos.

    También soñé con un ave negra, mezcla con reptil, una especie de pterodáctilo que volaba casi en picada sobre mí y me pasaba raspando, a pesar de que yo me tiraba a tierra. En el suelo, debía arrastrarme sobre mi propio estómago, con toda dificultad; avanzaba sobre una especie de puente colgante de madera intentando pasar al otro lado. El puente tenía huecos, roturas, pero que lejos de dar al vacío dejaban al descubierto extraños animales gelatinosos, grandes caracoles sin cóclea, fetos sanguinolentos de dinosaurios, quizás. Me repugnaba el contacto con esa sustancia blanda, húmeda, blancuzca, pero debía continuar a pesar de eso. No podía quedarme donde estaba; más allá, la vista me devolvía al menos una pradera, si bien totalmente desierta, sin el menor rastro de presencia humana.

    Pongo una mano en cada uno de sus oídos; él cierra los ojos celestes, celestiales (iguales a los de Astor) y algunas lágrimas le empiezan a caer por los costados. Ningún aspaviento. Si acaso, puede que como Cristo en el Monte de los Olivos; sin entender del todo el porqué de su cruz, pero dispuesto a abrazarla. Una vez más.

    Yo también lloro. Cambio mis manos de lugar, a su corazón. No sé si sirve. A veces sirve. Nadie sabe en esto qué es lo que sirve.

    Pensaba el otro día que hasta las películas de cine mudo solían tener música.

  • Deseos extintos

    Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

    Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

    Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

    ¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

    Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

    “La Dama de las Camelias… es él”

    Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

    “Madame Bovary… c´est moi”

    Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.

  • Streapers Anónimos

    Levrero -su fantasma- estaba molesto conmigo porque yo me negaba una y otra vez a concurrir a su taller.

    Era un taller de escritura, claro, pero a primera vista daba toda la impresión de ser un taller de pintura. Allí uno debía posar desnudo para que los demás lo usaran de modelo, pero además debía concurrir desnudo a pintar. Ambas desnudeces casi en simultáneo.

    Yo le decía que me era sencillamente imposible, que no podía desvestirme frente a todo un grupo de personas ni sentirme cómoda pintando así. Por otro lado, no era que reprobara la propuesta creativa en sí: me parecía perfecta, pero no podía evitar resistirme. Sentía que no podía, que no iba conmigo.

    Él entonces se molestaba más todavía. Me recriminaba duramente. Decía que yo nunca iba a poder escribir en serio si no pasaba por el desafío de concurrir a dicho taller en particular. Para mi desgracia, todo eso me hacía sentido: sabía que Levrero tenía razón con su vaticinio. Me parecía, además, que yo tenía todavía mucho que aprender del dibujo “técnico”, de la disciplina y concentración, y que intentar la mímesis gráfica a partir del modelaje de cuerpos me lo permitiría. Pero yo no quería prestarme ni tener que pintar sin ropa, como todos los demás.

    Parece que en ese taller posaban alternando gente muy distinta entre sí, de toda edad y forma, hombres y mujeres. Daban la impresión de estar más allá del hecho de estar desnudos y ser vistos por los demás, quizás por estar focalizados en las actividades creativas mismas.Yo reconocía que era una tranca personal mía.


    -Hola… soy Gabriela y hace 48 años que no me desnudo…
    -¡¡¡HOLA, GABRIELA!!!


    Aclaraciones del editor: 


    • Para potenciales integrantes 2012, no deberá entenderse (para bien o para mal) que los talleres de motivación literaria de Gabriela Onetto se parecen en lo más mínimo a los aquí descritos. 
    • Es más, tampoco debería entenderse que los talleres de Levrero se parecían en lo más mínimo a los aquí descritos. Para empezar porque se trata de un sueño del que Levrero, pobre, no tiene la culpa. 
    • En realidad, lo que jamás debería entenderse es que esto tiene algo que ver con la desnudez física: lo que el sueño quiere expresar es tan claro -diríamos que como un libro abierto- que cualquier juego con esa metáfora corría el riesgo de resultar demasiado obvia. Lo que pasa es que, cuando de streapers se trata, nunca está de más aclarar. 


  • (Chinese) New Year´s Eve

    Dragón misterioso, sabio, irreal, animal de mitos, peligroso, profundo, milenario, híbrido, intenso, feo, intimidante, con un alma dulce disfrazada de hierro, tímido volador, pinchudo, hondo, ígneo, noble como un caballo, amoroso, terrible, erótico, calmo, viejo, entrañable. Ganas de acariciarte las alas y que al fin me sangren las manos ingenuísimas contra el borde de tus escamas, contra tu necia coraza, tu filosa fortaleza. Dragón de corazón defensivo, tenaz, ardiente pero asustado por el salón de los espejos, los bailes y los príncipes rubios. Lo peor es que la princesa huiría contigo, si supieras: le bastaría con abrazarse a tu espalda infinita mientras vuelas y acariciarte el lomo, le bastaría con abrasarse. 


    Dragón de espinas necesarias, de garganta volcánica, de secretos en leña. Tu madre fue una dragona de piedra y te sentiste solo. Tu padre no estaba: quería conquistar un reino. Dragón de todas las respuestas, o de las únicas que importan: de los misterios infinitos. Ahora serás rey; tú, no ya tu padre. Ahora saldrás de la herencia de piedra y podrás descubrir tu verdadera piel; tú, no ya tu madre. Te veo venir por el camino, armado de tanques y de trampas camuflaje; tan verde como una selva negada, cauto, duro, pero con el oculto y vergonzoso anhelo de ser domesticado al fin. Dragón, seme propicio, que yo te adoptaré; acariciaré tu negro hocico sin temor a que me muerdas o me quemes la mano. Aunque a veces me quemes, sí, aunque a veces me quemes. ¿Y qué podría importarme? Te adoptaré para que seas mi dueño, porque se sabe que un dragón jamás podría ser una mascota. Por eso, habrá que mantener las apariencias: te guardo en mi corral, te ato en mi cordón, pero sé que la que te espera ansiosa y fiel soy yo. Porque tú has vivido muchos más siglos que nadie, porque tú tienes el poder de contestar mis preguntas hambrientas. Incluso las que aún no he formulado: únicamente un dragón podría forjar las llaves para que se abran y florezcan mis preguntas. Dragón, me convienes. 


    Y me das tanta sed que no puedo dormir. Es natural: tengo calor con un dragón al lado que lo ocupa todo, que me hace dormir en el borde de la cama. Los dragones guardan el fuego dentro de sí, lo contienen pero se les escapa contra su voluntad. Salvo cuando están furiosos; entonces lo escupen, arrasan, se hacen notar. Dragón, no te enojes en tu año o temblaré. En el fondo, son solo bichos tiernos que quisieran restregarse contra uno como los gatitos, pero nomás no pueden. Por eso no me importa herirme la mano contra tu piel de esmeralda, si he de hacerlo: la escama lo lleva a uno directo al alma. Dragón, seme propicio, te repito. Me inclino a tus pies para que tengas la posibilidad de enterrarme las garras en el cuello, incinerarme desde tus narinas de carbón o decirme una sabia verdad que luego me lacere. Ah, mi dragón del almanaque, noche de murciélagos en vuelo de cortejo.

    Siempre trae suerte y felicidad (… pero tendremos también terremotos e inundaciones…)

    China da la bienvenida al Año del Dragón
    Dragones según Wikipedia
    Cómo entrenar a tu dragón

  • Menú ejecutivo 2012

    Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

    ¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

    Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la “gourmet”, la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

    Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (… con un hombre maravilloso en cada orilla…), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

    Dos aclaraciones al menú/post del blog:
    1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
    2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!

    Tomatitos cherry
    Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
    Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
    (palitos de apio, grisines o totopos)
    Quesadillas con rajas de chile poblano
    Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
    Queso parmesano en cubitos
    Manzana con cáscara cortada en rodajas
    Dátiles
    Ciruelas pasa
    Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
    Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
    Brócoli hervido
    Empanadas de carne con pasas y comino
    Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
    Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde

    Y de postre: 
    Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
    Las uvas de los doce deseos a las doce
    Y un feliz año nuevo.