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  • La cólera de Aquiles, la ira de Poseidón

    He estado involucrada últimamente con el retorno a Ítaca de La odisea. Bueno: sería justo, entonces, revisar lo que ocurrió justo antes de ese punto. Hace una semana fui a ver Homero, Ilíada, basada en una versión de Alessandro Baricco sobre el clásico homérico, con dirección de Jorge Curi (Teatro Victoria). Y lo que ocurre justo antes del trabajoso retorno de Ulises a Ítaca es una guerra, una verdadera carnicería, un sitio a una ciudad amurallada que duró diez años, un conflicto en el que ambas partes tenían la razón. Es decir, una tragedia.

    Es todo un tema el estancamiento. Y las cosas parecían detenidas en la interminable Guerra de Troya, y aún más estancadas cuando el mejor de los guerreros griegos, Aquiles, enfurece sintiéndose estafado por Agamenón y se retira de la contienda. A eso se refieren con “la cólera de Aquiles”; hay que acercarse a este personaje e intentar entender su carácter iracundo, sus rabias ofendidas, sus airados castigos, porque si no La Ilíada entera pierde sentido. Aquiles es uno de sus latidos más claros; su cólera, la sangre que el corazón bombea. Y mucho más terrible que la furia que lo impulsa a alejarse, es la que luego lo devuelve a la batalla, cuando Héctor mata a su amadísimo amigo Patroclo. Al parecer, los tres gritos de Aquiles frente al cadáver le helaron la sangre hasta el último de los troyanos, peor que si hubieran provenido de la garganta de los dioses.

    Sin embargo, hasta la cólera de Aquiles puede llegar a tambalear en un momento de compasión -por más semidiós que fuera, tenía un talón humano-, y es cuando el rey Príamo se presenta en su tienda, clandestino, arriesgando su vida, para suplicarle que le entregue el cadáver de Héctor. Esta escena siempre me estrujó particularmente, lo que llega a hacer el rey para recuperar el cadáver de su hijo: besar las manos del que le dio muerte, humillarse arrodillado frente a él. Tan fuerte es la necesidad del cuerpo muerto, desaparecido de lo cotidiano, tan necesario es poder enterrar el cadáver de un ser querido. Hacer el duelo de verdad. Habría que tomar nota en estos países antes de juzgar el dolor ajeno. Lo más hermoso es que terminan comiendo y bebiendo juntos; luego Príamo le pide un lecho para dormir, allí, en la tienda de su enemigo que bien podría degollarlo. Pero haber logrado su comprensión le da paz y duerme, duerme luego de tantas noches de insomnio. Aquiles lo acoge, tocado en su corazón por aquel amor de padre, por ese rey ya anciano que inclina su cabeza frente al destino. Llega, incluso, a llorar junto a Príamo. Pero, claro, orgulloso como era, igual no se priva de lanzar uno de sus siempre enconados desafíos: “Ahora no me irrites, viejo. Te devolveré a tu hijo, porque si has llegado vivo hasta aquí quiere decir que ha sido un dios el que te ha guiado, y yo no quiero molestar a los dioses. Pero no me irrites, porque soy capaz hasta de desobedecer a los dioses.”

    Algo interesante en esta Ilíada -al menos tres veces el texto lo enfatiza en boca de los propios protagonistas, no de un narrador- es que lo que se está viviendo será contado y sabido por las generaciones venideras. Tenían conciencia de la dimensión épica, mitológica de sus vidas en tanto modelo, en tanto historia con potencial de comunicarse con otros seres humanos; incluso cuando sus vidas, finitas y limitadas, hubieran concluido. Más aún en el contexto de una guerra: parece razonable pensar que uno no saldrá vivo de ella, luego de diez años de empecinamiento vengativo de los griegos y diez de estar sitiados de los troyanos. Esa declaración de trascendencia, al futuro, cobró inusitada fuerza porque el teatro estaba lleno con al menos 150 liceales. Que estuvieron la hora y media en silencio total, atendiendo; aplaudieron mucho y se quedaron afuera conversando. Me hubiera encantado hacerme invisible como Sue Storm (mi sueño desde niña), y escuchar divertida, sin privarme, sus conversaciones; sin alterarlas con mi presencia cerca. Mientras hacía tiempo abriendo el paraguas, alcancé a escuchar a un grupito de varones que comentaban la obra, muy conformes, aunque uno de ellos se quejaba de que lo único que no había entendido era qué carajos representaba una especie de armatoste, de grúa, que desciende sobre los troyanos muertos mientras el aedo se niega a seguir contando los horrores del desenlace; las luces se apagan y la obra termina.

    Tendría que cantar sobre aquella noche, pero tan sólo soy un aedo; que lo hagan las Musas, si son capaces de ello, porque sobre una noche de dolor como aquella yo no voy a cantar. 

    La verdad es que ni se me había pasado por la mente preguntarme por el significado de dicho armatoste descendiendo: simplemente viví el efecto que me produjo, sumado a las palabras, a la oscuridad creciente, y me conformó. Pero recordé entonces que, cuando tenía 13, 14, 15 años, solía hacer exactamente lo mismo: buscar equivalencias simbólicas inamovibles, como un alfabeto secreto que por cada carácter en un idioma me diera otro a cambio, a fin de permitirme develar el enigma, el mensaje cifrado. Las cosas, por supuesto, no funcionan así: son polisémicas. Me enloquecía tratando de captar el significado profundo, el simbolismo, de cada escena, de cada personaje de Tommy, la ópera rock. Empecé a verla a los 12 años, y la seguí viendo cada año o máximo cada par de años por mucho tiempo -aunque ahora nos cueste recordarlo, aquel era un mundo en el que no existía el video o DVD, y uno debía esperar pacientemente a que volvieran a dar la película en el cine por capricho del programador de los ciclos, o de lo contrario verla sucesivamente mientras estaba en cartel-; había encontrado paralelismos con la historia de Jesucristo -muchos-, pero chocolate y frijoles saliendo a litros por la pantalla de un televisor sobre una habitación decorada de blanco -por ejemplo- era difícil de ubicar en mis equivalencias. Uno es muy intelectual cuando adolescente, quiere controlarlo todo. No me importa cuántas grúas o pozos petroleros bajen acompañando el apagado de las luces: si funciona desde lo estético, lo emocional, me lo quedo. Pero tratando de identificarme con el joven espectador -que al parecer había entendido sin problemas cómo es posible que dos naciones se maten durante una década por una adúltera y un niño malcriado, que peleen usando espadas y lanzas, y que no existan celulares ni Internet-, puedo lanzar la atrevida teoría de que ese movimiento de la grúa, o lo que aquello fuera, hacia los personajes, alude a una epifanía, al descenso de la divinidad sobre el escenario de la tragedia humana (algo que era un recurso habitual para resolver los destinos). Deus ex machina. Y “máquina” es lo que vimos descender, finalizada esta representación de una obra del siglo VIII AC en la que los dioses fueron excluidos a propósito. Ellos siempre consiguen colarse.

    En realidad, eso fue cosa de la puesta teatral; el texto literario no menciona nada de grúas, máquinas o dioses. Lo que sí nombra varias veces es al destino como causa detrás del resultado de las acciones humanas: el hombre elige y actúa en consecuencia, y debe hacerlo en paz, pues si su destino es lograr un resultado o lograr otro, ese lo será de todos modos. Aunque los dioses sean mudos e invisibles, de todos modos hay una certeza de su accionar por detrás. Uno simplemente los ayuda a expresarse decidiendo, pero dicha elección está en consonancia con una armonía que nos es imposible entender. No es determinismo; tampoco es libertad ilimitada, posibilidad irrestricta. Los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué motivo. Eso no quiere decir, desde luego, que no sea posible navegar hacia otro rumbo, o bajarse del barco y caminar, o esperar los vientos que favorezcan nuestras elecciones. Sólo quiere decir que los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué.

    Me cuesta el teatro porque -sé que es una pedantería de mi parte- el physique du role nunca me convence del todo: una Helena de Troya cuarentona, de baja estatura, con pancita y voz áspera, jamás me va a hacer quedar con la boca abierta contemplando la infinita belleza arquetípica de aquella excusa por la que los hombres son capaces de desplegar sus más sórdidos tableros; un Aquiles que bien podría ser el muchacho del kiosko no me impone el intimidado respeto que tendría que venir junto con la mención de su nombre (no digamos la aparición de su estampa); un Patroclo pelado nunca irá a sugerirme el amor casi homosexual de Aquiles por él, capaz de hacerle vencer su orgullo y despertar su segunda cólera, la más despiadada de las dos. Para la venganza, la guerra, las pasiones, necesitamos belleza. Belleza física, digo. El cine nos la da, cuando es necesario en el argumento; nos da la edad, la complexión, la raza adecuada. El teatro exige demasiado; al menos yo jamás puedo sustraerme del todo al marco mismo del escenario que rodea “la realidad”, a esa frontera visible de contacto con este mundo, como tampoco puedo dejar de oír los zapateos en el piso de madera ni de molestarme cuando el personaje gira y no escucho tan bien su voz. Es como hacer el amor pensando en que dejamos un guiso en el fuego y el agua podría consumirse. Yo soy una mujer de cine, qué le voy a hacer.

    Pero salvo por estos detalles inevitables del casting en el teatro uruguayo, la puesta está muy buena, con un escenario que no es tal -usa una zona central de la platea-, escenografía mínima, vestuario evocador, interesantes contrapuntos, y una muy sugestiva ambientación sonora. Vale la pena conseguir el texto según Alessandro Baricco; yo aproveché el descuento de la librería La Lupa y me lo regalé: Homero, Ilíada, amarillo de Editorial Anagrama. Una obra que nos llevaría unas cuarenta horas, de ser leída en voz alta, aquí va a la esencia y logra momentos conmovedores. No será La Ilíada de Homero, pero ¿qué importa? No hay que rendir examen alguno, salvo que seamos liceales, de esos que había a montones: que se las arreglen ellos.

    Es todo un tema el estancamiento, y también es todo un tema la guerra. Y más en obras como ésta, en las que el escritor original es tan maestro que, en el fondo, no logramos ponernos de ninguno de los dos lados. Quizás mi naturaleza me llevaría siempre a los troyanos, aunque me enoje conmigo misma porque de antemano conozco el final (siempre con los heridos, los vencidos, los losers, pero bueno, de ahí parten asimismo mis virtudes, si las tengo). Sin embargo, en La Ilíada uno puede ver claramente las razones de ambas partes; es casi imposible tomar partido por uno, si eso conlleva la destrucción del otro (es lo que me tocará pronto, salvando las distancias, en el desgraciado partido de fútbol en que Uruguay deberá medirse contra México). Malditos griegos, malditos troyanos. Lo que queda bien claro es que, en el momento en que se cuenta La Ilíada, ninguno de los dos bandos puede más. Desearían que el horror se precipitara cuanto antes, con tal de no seguir en esa angustiosa espera, con las vidas suspendidas.

    La cólera de Aquiles también es todo un tema. La cólera que lo lleva a alejarse de la guerra -…mientras ésta va creciendo en su atormentado interior…-, y luego la cólera que lo lleva a arrastrar por doce días el cadáver de Héctor, enganchado de los tobillos a su carruaje, denigrándolo frente a sus conciudadanos y familiares frente a las murallas de Troya. Una nube de polvo y sangre, más la imposibilidad de recibir digno entierro, lo que en aquel mundo equivalía a vagar para siempre en las inhóspitas orillas del Aqueronte y no poder descansar como corresponde: en el mundo de los muertos. Pero Aquiles era implacable en su rabia, en su afán de destruir a quien le había hecho daño. Creo que sólo otro personaje lleva tan lejos su cólera y su venganza de corazón herido, y es Medea, que prefiere matar a sus propios hijos para así herir de muerte a Jasón.

    O Poseidón, que con su ira consiguió desviar a Ulises diez años más -es decir, sumados a la propia Guerra de Troya- de su ansiado retorno a Ítaca. Lo que hubiera sido una afable navegación de quince días se convirtió en una peligrosísima década en alta mar, acosado tanto por maremotos y naufragios como por vientos que se negaban a soplar. Es difícil y arriesgado navegar en semejantes aguas, pero de todas formas al final Ulises logró llegar. Quizás más templado, más pulidos sus defectos natos, y ciertamente conectado con los aspectos “femeninos” gracias a diosas, magas y ninfas. No retornó a Ítaca aquel astuto y calculador guerrero que la dejara veinte años atrás: el viaje lo hizo mejor, mucho mejor.

    Ni la ira de Poseidón ni la cólera de Aquiles -dejemos a Medea de lado, por destructora imbatible- lograron cambiar el curso del destino. O probablemente esas emociones sean colores del destino mismo, parte importante de su paleta de pintor malévolo.

    Sí, es todo un tema la guerra.


    Apostillas a las casualidades del malévolo pintor:

    Este texto para el blog fue escrito inmediatamente de vista la obra. Había apuntado más o menos las palabras de cierre, que aquí cito textuales ya con el libro de Baricco en la mano. Pero resulta que, al buscarlas, descubrí que en la versión literaria el asunto continúa hasta el final de la página; me dejó dura, porque sin haberlo planeado redondea, como serpiente que se muerde la cola, el comienzo de este post. Luego de terminar el aedo su relato, el rey Alcínoo repara en que hay un hombre que llora entre el público; lo llama, le pregunta por qué le hace sufrir escuchar aquella historia y quiere saber quién es. El hombre baja la mirada y le dice en voz queda:

    “Yo soy Ulises. Vengo de Ítaca y allí, algún día, regresaré.”



  • Duelos tropicales

    La señora que trabaja en casa de mis padres -bueno: lo de “señora” es parte de esa negación inconsciente con la que uno vive cuando deja atrás la propia juventud, ya que debe tener mi edad o menos- se llama Marta. Como casi todas las mujeres en Panamá, se viste, se arregla, camina irradiando un no sé qué, una vocación de Reina de la Belleza; no tiene inhibiciones para mostrar que quiere estar linda, que se siente linda, y que hará todo lo que esté a su alcance para resultar llamativa y sensual. Tampoco provoca ni seduce -nada de ese estilo “minita histérica rioplatense”, que tira los anzuelos sin consideración alguna y después no se hace cargo de la pesca-. Las panameñas simplemente se agradan así, vistosas, emperifolladas, en su mejor expresión y atractivo. Para sí mismas y para el prójimo. Y lo más sorprendente de todo es que ese estado interno no tiene relación alguna con su belleza externa, “objetiva”: una panameña llena de rollitos y celulitis en la panza cruza la calle, con su top ajustado y sus calzas de licra flúo, tal como si fuera la heredera al trono, motivo que la hace merecedora al innegable derecho de parar el tránsito con su paso majestuoso. No necesitan ser perfectas primero para ser bellas después (imagino que los índices de anorexia y cirugía plástica son mucho más bajos que por estos países). Para ellas, sentirse sexy es uno de los derechos humanos elementales; eso parecen compartirlo con las brasileñas, las cubanas y otras mujeres de los trópicos. No hay duda de que el sol acerca a la gente a la vida, a lo mejor de sí, porque finalmente la profecía se autorrealiza: al paso de estas Miss Panamá en cada semáforo, es inevitable reparar en ellas así sea por la actitud o lo que proyectan, por más que sean gordas, escuálidas, comunes o patizambas. En Uruguay se convertirían en señoras asexuadas, de cabello discretamente al hombro y teñido de claro, con un empleo público aburrido y un celular desde el que explicarle una receta a la empleada mientras vuelven a casa colgadas de algún ómnibus.

    Marta no: Marta es panameña. Vendrá colgada, sí, de una chiva parrandera (autobuses que no merecen el grado de tales, si bien son pintorescos para quien no los padece), pero huele a flores e irradia sonrisas. Llega muy arreglada; no importa que al rato esté en ropa de trabajo y quizás descalza, en plena faena doméstica. La forma en que se presenta al mundo parece ser un tema de autoestima, de respeto por su familia, de acariciarse a sí misma. ¡Y no hablemos de cuando regresa a su casa, luego de la jornada laboral!: toma una ducha eterna, seguramente con ungüentos aromatizantes varios, se seca y arregla el pelo, se pone su minifalda y sus aretes, sus moños y sus encajes, se maquilla y luego sale decidida a que los hombres se den vuelta cuando pasa. Eso, sin la menor contradicción con su dulzura y su condición de esposa fiel, de madre amorosa. Nosotros -hombres y mujeres de estos lares- tenemos menos integradas esas facetas femeninas: la sexy es una peligrosa devoradora, de escudos contradictorios o de armas tomar (todo bélico, de dulzura nada); en cambio, la esposa y madre suele tener divorciado el erotismo, al menos en su manifestación pública (e, igual, si hiciéramos una encuesta…). Marta no, las panameñas no. Verla salir tan acicalada y despedirse hasta el otro día rumbo a su humilde barrio era un esperado momento durante mis visitas. Me divertía y me dejaba envidiosamente boquiabierta.

    Un primero de enero, unos mafiosos del barrio irrumpieron en su casa, un copamiento; la hicieron callar y le pegaron un tiro en la cabeza a su joven hijo, que dormía acurrucado en la confianza del hogar, de su cama. Su único, queridísimo hijo (que además dejaba familia propia desamparada). El muchacho había intervenido para defender a alguien en los habituales prepoteos de estas pandillas y se la juraron: de escarmientos así están llenos los lugares soleados, como mi México. De golpe, el dolor se tragó a Marta, la envolvió en pesadillas de esas donde no hay Madre Universal capaz de consolarlo a uno. Que no haya ocurrido, volver el tiempo atrás, y si yo hubiera esto o aquello, no puede ser real... Pero, sí, había ocurrido, le ocurrió a ella. La noche oscura del alma. La injusticia, la impotencia, además del miedo paralizante. Porque esta gente sabía dónde vivían Marta y su familia, testigos presenciales; de hecho, habían podido entrar en la casa sin problemas, y por supuesto dejaron amenazas tras de sí. Pero nadie debería desestimar el innato poder de leonas de las madres.

    Mucho tiempo después, se logró encarcelar a los culpables. Marta nunca sacó el dedo del renglón. Imagino que dormiría con mucho miedo, atenta a cada ruido; quizás el esposo tuviera un arma bajo la almohada. No lo sé, pero se logró justicia. Es decir, justicia legal, que el crimen no quedara impune. El duelo, el duelo no tiene arreglo: es para siempre. Únicamente se mitiga, uno aprende a integrarlo a su vida, a rearmarla bajo otra forma, pero no deja de tenerlo siempre ahí, como un convidado de piedra.

    Hoy Marta sigue vistiendo riguroso luto, como acostumbran en su pueblo: toda la ropa negra (lo que en Panamá es un contrasentido: llama tanto o más la atención que cuando alguien aquí se viste de verde cotorra o fuchsia chillón). pero hace tiempo que empezó a arreglarse nuevamente; sigue queriendo estar linda (para su esposo, para sus nietos -que ya no para su hijo-, para los hombres, para sí misma). Se ríe cuando conversa con la señora Vera, un personaje de novela que los viernes va a planchar (y que le dice diablofuertes a los jeans, algo que me causó pánico en un principio, cuando me preguntaba por los míos: no le entendía, pero me era imposible evitar imaginar lujuriosos demonios atléticos sin camisa que me seguían a todas partes, aunque yo no pudiera verlos, y de ahí que ella considerara que eran mis diablos fuertes, pero al final resultó ser sólo un malentendido), y uno se pregunta cómo hizo para volver a reir luego del demoledor golpazo que le dio la vida. Obviamente, los efectos de dicho golpe irán con ella hasta la muerte, no tienen cura: el hijo no volverá. No se me ocurre dolor más insoportable que ver morir a mi hijo, y aquí no fue en sentido figurado, además. Pero ella optó por la vida, por tomar la vida, por volver a encontrar espacios de alegría, por seguir respirando y regalando sus perfumes.

    Y vuelve a salir al final de la tarde, cada día, toda arreglada, encaramada en sus tacones altos y de minifalda. Negra, porque hay cosas que llevan sus larguísimos procesos. El vino está, pero uno tiene que sentirse preparado para volver a beberlo y a embriagarse. Lo importante es que el dolor, la pérdida, la culpa, lo que no fue, lo que ya no será, no nos lleve a decirle no a los vinos de la vida. “No ahora” está bien: es como la minifalda negra de Marta. Pero tener claro -aun durante los peores huracanes del duelo- que, si bien lo lacerante parece haberse convertido en nuestra  única realidad, esto también pasará. Y que, cuando esto pase -aunque nunca será olvido de lo perdido, como tampoco lo será de lo hermoso que se vivió, de la memoria que uno quiere defender-, uno seguramente querrá volver a brindar, a degustar la copa, a permitirse el juego del vino, a disfrutar la liviandad que emborracha en comunión; esa que, expansivos, nos hace arrojarnos a las exploraciones. Claro que eso sería, hoy, como querer que Marta vuelva a llevar su antigua ropa de colores.

    Sin embargo, ella ha sido capaz de rearmarse desde la caída más terrible y elegir vestir, orgullosa, una minifalda negra.

    Cómo me gustaría aprender las artes de sobrellevar un duelo tropical. Pero creo al escribir terminé detectando alguna que otra pista.


    Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
    anegado sin brújula y perdido
    llegar a puerto con las velas rotas?

    Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
    El mismo viento que rompió tus naves
    es el que hace volar a las gaviotas.

    (De El doliente, Oscar Hahn)

     

  • Amores de café

    El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

    Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

    Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

    Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

    Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

    Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

    Así que pido otro café.

    El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

  • Belleza propia y ajena

    La otra noche soñé que despertaba en mi cuarto, con G. al lado, y en la puerta estaba muy instalada y sonriente una mujer joven. Se iba a quedar a vivir en casa -residía en el exterior; aparentemente había venido a hacer una investigación sobre vinos uruguayos- por tiempo indeterminado, y para cuando me desperté ya me habían quitado mi lámpara de noche, el reloj de la mesa de luz ¡y también mi laptop, todo para que ella los usara! Yo me fastidiaba muchísimo y los recuperaba, pero al intentar enchufar nuevamente dichos aparatos provocaba un incendio -recuerdo claramente cómo iba apareciendo el fuego, incontenible, cómo se iba diseminando por un tronco- que no sé si se lograba realmente sofocar después.

    El asunto es que Lisa, esa inquietante joven -y descubro a mi consorte mirándola, embelesado, algo que me enoja pero no le reprocho, mientras él trata torpemente de explicarse-, va ganando más y más “terreno” en mi propia casa (que, a esas alturas, es enorme, con muchos cuartos y gente desconocida). Nadie me había preguntado si aceptaba recibirla y ahora no sabía cómo echarla. A medida que transcurre el sueño, se va volviendo despampanante, con un cabello hermoso y los labios pintados de rojo. Hablo del tema con un cuñado; le hago ver que hasta G. está fascinado con ella como mujer. Él se ríe y me dice: “Lo que pasa es que Lisa te hace bajar las defensas…”. Entonces, mis cuñadas y otras mujeres presentes contestan al unísono: “¡Pues a nosotras nos hace subirlas!”

    Al despertar (en esta realidad, digo), reconozco lo humorístico de mi inconsciente con ese desenlace, pero igual quedo descolocada y se lo cuento a G., quien debe ser el peor escucha de sueños que conozco. Creo que no se da mucha cuenta de la importancia del pedazo de alma que regala quien cuenta un sueño, lo que es una verdadera lástima porque tiene un don para dar con la tecla. Sólo me dijo, muy gestáltico él: “¿Y si esa Lisa fuera una parte de tí misma?”

    Así que aquí estoy, averiguando.

    Una vez, en mi deseado y temido pueblo de Tepoztlán, me encontraba sumergida en una charla de “cosas importantes” con mis amigas MT y MP. Estábamos a un paso de la treintena, por lo que los temas nos arrastraban a las profundidades de ciertas decisiones pesadas, de esas, quizás, para toda la vida: necesarias definiciones vocacionales, el discreto encanto de las potencialidades aún no plenamente realizadas, los Escila y Caribdis de formar pareja o tener hijos, los proyectos personales de vida más sus correspondientes sabotajes.

    Y envejecer, por supuesto. Las tres habíamos sido, en la juventud, realmente llamativas, bellas, requeridas por el sexo opuesto (y a veces por el propio), y si bien a los 29 seguramente conservábamos algo -difuso, desdibujado, apenas una huella, pero algo al fin- de aquel primer resplandor, sin duda ya no era lo mismo que a los 18, a los 20. Así que por la mengua paulatina de nuestras acciones en el Wall Street de las ferohormonas, ya podíamos anticipar que la belleza física no sería una condición inherente a nuestras identidades como seres humanos. Era existencia, no esencia; era accidente, no sustancia.

    -A nosotras nos quedarán unos diez años de estar guapas -dijo MT, o quizás MP. Lo pensé y estuve de acuerdo. De hecho, me resultó un buen negocio aceptarlo: en aquel entonces, de no haber tenido amores y pretendientes una década menores que yo, hubiera pensado que el martillo del remate ya había sido bajado. Pero no. Y diez años hacia el futuro era, todavía, un montón de tiempo.

    Esta escena ocurrió hace mucho más de quince.

    Siempre pensé que, justamente, por ese “poder” que me daba la belleza, ese llamar la atención sin tener que hacer nada, ese carácter amazónico y castigador con el que me permitía rechazar a los hombres sin la menor piedad (sobre todo a los que se sentían ganadores, galanes dueños del mundo y niños ricos acostumbrados al beneplácito ajeno), iba a sufrir como loca al envejecer, al pasar de la juventud a la edad madura. A medida que transcurrían los años, me obsesionaba saber cuál sería el momento exacto en que el Galleguito Camaño -mozo malhumorado, bruto y adorable del café- dejaría de decirme: “Joven….”, como cada día que tomaba mi pedido desde los 20 años, para pasar a decirme: “Señora…” ¿Seguiría siendo “Joven…” a los cincuenta, sesenta, setenta, simplemente porque el Galleguito Camaño también habría envejecido, o terminaría un día con la farsa al mirarme a la cara con más atención? Lástima que el Sorocabana cerró allá por mis 35: nunca lo supe.

    Contra todo pronóstico, envejecer me resultó una liberación, un alivio. Me permitió mostrarle al mundo sin miedo quién era yo en verdad; seducir a los demás (en otro sentido) desde la mirada existencial, no desde mis otrora bellos ojos. Ahora puedo mirar sin ser vista, como quizás hagan las almas desencarnadas después de la muerte: moverse por ese mismo universo en el que dejaron su cuerpo a la raudísima velocidad de la mente y las emociones; sin límites, sin impedimentos, con libertad absoluta. Dirigirme a un grupo de gente sin temor a la mirada de Medusa sobre mi cara y mi cuerpo; hasta me puedo dar el lujo de ser amable y simpática  con quienes se cruzan en mi camino, no arrogante como antes. Porque ningún hombre va a querer arrebatarme nada, porque ninguna mujer va a tener miedo de que le arrebate algo. Soy percibida y escuchada sin intereses ni prejuicios de nadie, y -lo mejor de todo- ya no tengo nada que demostrar. Poca gente imagina la carga que tienen sobre sí las mujeres atractivas y, además, inteligentes: se pasan la vida aliándose con el Padre; rechazando sus aspectos femeninos, como Atalanta, o descollando por su agudeza intelectual y brillantez casi agresiva, como una Atenea que jamás suelta ni espada ni yelmo. Tienen terror de que los otros nada más vean que son lindas, no que piensan.

    O quizás esas hayan sido mis cargas personales; quizás otras mujeres hermosas e inteligentes logren, además, asociarse de corazón con Afrodita y sus promesas. Yo no: yo era como una sirena que embrujaba a los hombres con su canto para hacerlos naufragar, y cuando alguno me importaba mi Artemisa se encargaba de amenazarlo con arco y flecha. O simplemente ponía los pies en polvorosa, aterrada de que me viera “sólo como una mujer”.

    Bueno: ahora me ven “sólo como una persona”. Y me encanta: paso entre los hombres apenas como una brisa, me conecto con las mujeres sin generar desconfianza. Por supuesto que me resultaría muy placentero ser tan linda como antes, pero no cambio lo que gané por nada de este mundo. Soy mucho más “yo” que entonces; soy esa que estaba adentro, asustada. Y mi mayor sorpresa es descubrirme ahora admirando la belleza de las mujeres jóvenes. Porque de los muchachos, tonto sería no hacerlo, pero cuando aparece una chica realmente hermosa la siento como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Me gusta mirar su belleza física; me siento espónsor, hada madrina, tía bruja. Yo, a diferencia de ella, sé que eso no durará, que es como un suspiro de Dios, pero me alegra que exista, que nos recree y fascine la vista.

    Y ya sé que decir que hay una belleza que no se ve con los ojos es un tremendo lugar común, pero ¿qué vamos a hacerle? Pobres escritores, siempre embretados en tocar lo imposible. Cuando Levrero decía que yo era “la mujer más bella del mundo” no hablaba de Helena de Troya: se refería a alguien cuya voz podía hablar por él, alguien cuyos misterios podían acercarle un reflejo de sí mismo. Veía más allá.

    En ese sentido, de cuando en cuando me topo con gente que todavía me ve bella; eso, lejos de movilizar aquel esclavizante lado mío de amazona, es como un raro y estimulante regalo. Una guiñada cómplice de Lisa, un lejano eco de su voz sensual.

    Lo dije en 1996 y lo repito ahora con mucha más autoridad: la juventud es insoportable (si bien bastante divertida, hay que admitir).

    “Tres bellas que bellas son” a los 29, aquel día de charlas trascendentes y cuentas regresivas. Tepoztlán, México (1993)