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  • Sobres azules | 1 (2012)

    Sobres azules | 1 (2012)

    1.

    El equipaje es pesado. Más de lo que parece, pero sonrío. Lo alzo por encima de mi cabeza, lo coloco en el compartimiento superior. Me siento una amazona. Nunca seré la sirena en apuros, la damisela en flor, Marilyn mirando a su alrededor para ver si algún hombre se apresta a socorrerla. Yo no: yo alzo cualquier equipaje sin una mueca de esfuerzo siquiera, aunque los músculos se me desgarren. El equipaje mío e incluso el ajeno.

    2.

    Por más que hago, no puedo encontrar el aliento inicial, el instinto, el rugido de la especie, el latido primitivo que me lleve hasta un lugar casi animal, salvaje. Soy un monumento a las proezas del hombre culto, una pieza del salón de té, una ceja que se alza, suspicaz.

    3.

    Afuera, en la calle, todos van y vienen a su antojo. Saco una foto desde el cuarto de adelante, a ver si logro captar algo al paso, alguna señal de la misteriosa libertad ajena. De esa resbaladiza posibilidad de la soberanía.

    En la foto, el contraluz delata mi escena interna: la habitación permanece a oscuras, pero desde la calle entra la luz. Interpuestas entre ambos ambientes, las rejas de mi ventana.

    4.

    Hubiera querido un escritorio antiguo de roble, con una tapa redondeada que ocultara mis secretos. Con cajoncitos mínimos y variados, con plumas de todos los colores invitándome a escribir. Con una lámpara de detective acompañándome en las noches hasta que tironee la cadenita del insomnio. Hubiera querido ese escritorio, a desk of one´s own. Quizás aún esté a tiempo de conseguirlo. Por qué no.

    5.

    Busco la excusa, pero no existe. No la que serviría para algo, para convencerlo, para lograr que me suelte. “Be free”, me dijo alguien. Pero eso no es posible sin lograr que a uno lo suelten. “Please, let me be free”, le ruego. Pero no: eso no sirve. Las excusas tampoco.

    6.

    Era hermoso el Ipiranga, anaranjado, de crines negras, de músculos marcados. Galopaba como a mí me gusta, es decir, exactamente como galopa el Ipiranga. Las venas se le saltaban por el esfuerzo y entonces más hermoso lo encontraba, más animal, más encendido. Me hubiera gustado abrazarme a su cuello, acariciarle la frente. Creo que jamás lo hice: todavía no entendía la oportunidad efímera que propone el deseo. La condena de luego verse obligado a revisar para atrás.

    No era un caballo manso, pero se dejaba llevar. Caballo noble.

    Sin embargo, uno tenía que saber de antemano que si una bolsa de plástico era por azar traída por el viento probablemente el Ipiranga terminaría desbocándose.

    7.

    “Préstame atención. Existo.
    Podrías verme”, dijo la niña. 

    8.

    La catedral de México es gris, como las tardes lluviosas en que me atrincheraba en mi cuarto de adolescente. Sus capillas están llenas de tributos adoradores; igual estaban, entonces, las mías.

    La luz apenas corta el silencio solemne del recogimiento oscuro. Se escucha un eco en sus pasillos desiertos, quizás el júbilo de un niño. Yo era igual de joven.

    Extraño a Manolo y su legión de ángeles suicidas.

    Lady Godiva y su caballo
  • Com/pasión

    Com/pasión

    Algún día
    aullarás como un lobo
    y tu luna será
    el amor que no entendiste.
    (Laura Fedele, Oda a Piritoo)

    Me da pena el centauro. Sucumbe a la salvaje fuerza bruta de sus cascos, el caballo de crines al viento que galopa en las llanuras; corre, retumba, lanza fuego por el hocico. Relincha, desesperado, como buscando la dirección sedienta de las casas, del reposo, del galpón donde al fin lo podrían desensillar. Pero no hay reposo para los centauros. Resiste en vano su condición: con los ojos verde fosforescente, buscará a las mujeres, las señalará como un blanco móvil, las apuntará con sus flechas, sus bramidos. El sudoroso pelaje al fin rodeará a una, la cercará, la retendrá; sus cuatro patas le cortarán la huida. Pero aunque sienta que va ganando, la bestia igual no tendrá descanso: quisiera dejar su piel aparte, renunciar a lo que es, a su naturaleza de brasas, a su hambre. A sus insomnios con el deseo prendido al cuerpo, voraz, furioso, dando vueltas como un jinete perverso en las inmediaciones del pueblo.

    Me da pena el centauro porque probó el vino y ahora ya es seguro que no podrá contener más el torrente; acorralará sin ambigüedades a esa mujer, la agarrará fuerte con sus manos, como un ave rapaz al indefenso conejo. Sus herraduras le cerrarán el paso a la desafortunada, sonarán impetuosas y cortantes contra la calle de piedra. El hocico del centauro entonces maldecirá, odiará su parte salvaje, la prisión, la condena, el no querer enterarse de lo que hizo. Pero más odiará despertarse luego en su parte humana, con resaca de civilización, y querer exiliar para siempre al animal.

    Me da pena el centauro porque sospecho que nunca ha querido, en el fondo, lastimar a nadie.

  • No te olvides del pago

    El silencio del campo no tiene nada de silencioso. Quizás, sí, haya cierto silencio humano: uno puede estar un poco más solo, apartarse, salir de las palabras. Tampoco hay —por fortuna— mayor ruido de motores y máquinas (salvo lo que dure una tarea determinada) ni mucho menos publicidad, el desesperante sonsonete de ese no contabilizado círculo del infierno. Pero el silencio de todos esos sonidos citadinos, su anulación, no implica un silencio verdadero, un silencio de claustro, de espacio sideral, de sordo confinado al aislamiento dentro de sí. Hoy, por ejemplo, me senté en una hamaca medio escondida en un rinconcito natural protegido por árboles y detecté nada menos que quince sonidos diferentes en un corto rato. Para ser silencio, se parece demasiado a un despliegue sinfónico.

    Me gusta ese silencio a voces, me gusta dejarlo entrar. Quedarme callada. Envuelta por el silbido del viento en sus distintos tonos, los mil códigos percutidos de los pájaros, algún grito abriéndose paso entre el galope o el tropel de vacas cuando son arreadas, el portón metálico de los galpones que reverberan, los goznes oxidados de la puerta de entrada, las persianas de madera que crujen al moverse. Esa clase de estar callada debe ser lo más parecido a la paz que conozco, y me viene de muy lejos —de la infancia— aunque me olvide a cada rato. Por la noche, en las ciudades cualquier ruido me sobresalta; necesito poner música, la tele o un ventilador para neutralizarlos; los autos y las motos me enloquecen, los altoparlantes, las fiestas de los vecinos, pero también la mera posibilidad de que el teléfono llegue a sonar mientras estoy dormida o que alguien me toque el timbre: eso ya es suficiente para tensionar mi sueño. Antes de que naciera Astor, solía dormir con tapones de oídos; los sigo llevando cada vez que paso la noche fuera de mi casa, incluso en lugares supuestamente silenciosos como un balneario fuera de temporada. Si hay otra persona durmiendo en el mismo cuarto, el sonido de su respiración y de sus movimientos en la cama serán suficientes para mantenerme en guardia, para no poderme entregar. Ni hablar de los lugares hacinados, sin espacio propio, como los autobuses durante recorridos largos o los aviones. Mis fieles Foam Ear Plugs naranja flúo ponen una prudente distancia de treinta decibeles con el resto del mundo.

    En la estancia se escuchan notorios sonidos durante la noche, es verdad; sin embargo, por lo general no solo no me quitan el sueño sino que hasta me arrullan, me hacen dormir profundo y cobijada. Me gusta despertarme en la madrugada y escuchar un rato el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles, algún ave nocturna que embruja desde el monte, el molino chirriando con su condena de grilletes como si se quejara, quizás un desgarrado mugido de espectro en pena o el relincho que protesta por la libertad perdida: nada me hace sentir más segura. Este fue el lugar donde se concentró cada verano la poca felicidad que tuve en mi niñez. Es decir, fue el lugar de mi felicidad a manos llenas. A pesar de los ataques de asma, de que muy rara vez vinieran mis padres —recuerdo solo un viaje, o mejor dicho vi dos o tres fotos en que aparecemos—, de que no había luz eléctrica y el agua se sacaba del aljibe; a pesar de las lastimaduras, de las piernas desnudas contra los cardos, de quedar ampollada por las argollas del estribo, de tener que tocar las hojas espinosas de los zapallos que ayudábamos a recoger; a pesar de aquellas siestas que debíamos fingir en absoluto silencio cuando en verdad queríamos seguir corriendo al aire libre, cabalgando, mirándolo todo; a pesar de los peligros, como tener que atravesar el corral del padrillo, o los cascos de los caballos si se estaba obligado a pasar por detrás, o caerse al galope —peor si los pies quedaban trabados en los estribos— o el riesgo mismo de que se desbocara el caballo, o agarrar tétanos por una lastimadura, o ahogarse en el turbio baño de las ovejas, o ser mordido en el chiquero, o raptado por el insondable aljibe en el que dejábamos caer nuestros mensajes y cantos para disfrutar el misterioso retorno; a pesar, también, de los galguitos que nos regalaban pero luego había que sacrificar, los patitos que morían de frío, las gallinas que corrían sin cabeza durante unos segundos luego de ser decapitadas —y que más tarde veíamos convenientemente desplumadas para la cena—, los lagartos que los peones sacaban por la cola desde las profundidades de las cañerías y usaban para asustarnos. Sí, este era sin duda el lugar de la felicidad a manos llenas: nada me entusiasmaba más que estar aquí. Me hubiera venido a vivir a esta estancia, lejos de todo lo demás, como una oveja guacha adoptada por un ama de casa solitaria; aquí solo importaba lo que tenía que importar, aquí yo estaba en paz y me sentía valiosa. El campo infinito, verdísimo hasta el horizonte, “suave pradera ondulada”; los anaranjados atardeceres rabiosos en que le soltábamos las riendas a los caballos porque ellos conocían mejor que nosotros el camino de vuelta para las casas y nos habíamos alejado demasiado; el trabajo rural que mi tío Raúl nos había convencido que hacíamos para él —en realidad era al revés: el que trabajaba duro para nosotros era aquel tío de paciencia infinita, ensillando montones de caballos y cargando con tantos niños mientras llevaba y traía ganado rumbo a remotos potreros, lo marcaba en la yerra, curaba ovejas, castraba vacas metiéndoles el brazo hasta el codo para cortar, nos subía al tractor o nos hacía juntar sorgo en costales o cosechar sandías, todas sus tareas cotidianas con el lastre de esos sobrinos al costado—, como si nos precisara en verdad para ayudarlo, algo que seguramente nos subía la autoestima. Pero entre tanto, nuestra relación con la naturaleza, sus tiranías, su hermosura extraña, se iba consolidando imperceptiblemente; el equilibrio entre la contemplación y la acción, sin que se sintieran como bandos contrapuestos, alternativas excluyentes; el inclinarse ante los ciclos, ante las cosas tal cual son, nos guste o no (supuestamente, esta es una característica de la biología femenina que incluso las mujeres hemos desestimado, sumidas la mayoría en la neurosis contemporánea de no poder aceptar lo que es y lo que se es): el viento cuando hay viento, el sol cuando lo hay, el bendito capricho de la lluvia cuando es copiosa, el exacto tiempo de arar, sembrar, cosechar, y no cuando se quiere, planea o decide. Sin ni siquiera plantearse intentar —por lo infructuoso a sabiendas— que se desvíe, a fuerza de timón, aquello que es más grande que uno, más fuerte y lleno de destellos numinosos. En realidad, solo en las ciudades se puede insistir en ser necio, solo allí trazar caminos en sitios imposibles, vivir de noche, dormir de día, perderse totalmente de vista.

    A mí siempre me pareció que el vínculo con Artemisa, mi diosa dominante en la juventud, era meramente psicológico: no podía encontrar —para nada, porque aborrezco hasta la playa— ninguna relación personal con la naturaleza, los animales, la actividad física. Ese aspecto no me cerraba; sin embargo, en todo lo demás era tan evidente el carbon copy que lo tomaba como una variante urbana e intelectual del arquetipo (quizás influenciada por la presencia fuerte de otras diosas “independientes”, como Atenea). Pero ahora me doy cuenta de que la verdadera Artemisa siempre estuvo, solo que vivió exclusivamente durante mi infancia; luego quedó limitada al vínculo con los hombres y a la insistencia en la soledad, en la autosuficiencia. Amaba esos caballos, amaba galopar, conocer las mañas y temperamentos de cada uno, sus miedos, sus costumbres; amaba estar en San Martín del Yí, lejos de todo. Que no me importara ensuciarme los championes de barro y de bosta, rasparme, pincharme. Me gustaba observar y tratar de entender el comportamiento de las vacas, de los toros; respetaba a los potros con sus crines sin recortar, sus músculos fuertes pintados con reflejos grises, rosados, violetas; decretaba, además —durante el tiempo que me quedaba aquí— una tregua con los galgos y otros perros: nos ignorábamos, pero tampoco les tenía miedo, como en la ciudad. Con morbo y excitación imaginaba lo grave que sería encontrarme cara a cara con cierto jabalí que anduvo rondando una temporada; siempre estaba atenta por las serpientes cuando no llevaba botas, renegaba de las comadrejas aun sin haberlas visto nunca. Y no sentía piedad alguna por las mulitas cuando eran perseguidas en cacería y se trataban de esconder entre las piedras (quizás porque jamás las vi arrodillarse, como dicen). Artemisa era protectora y cazadora, estaba a gusto en el entorno natural, podía entenderse con los animales, disfrutar de la libertad de atravesar los campos mojándose con el sudor de su caballo favorito —la Colorada, el Ipiranga, según la época—, y luego desensillarlo, mojarle su noble lomo para aliviarle el calor. El mundo tenía reglas, aventuras, peligros. En verano el sol aquí era rajante, porque todo se trataba del lado luminoso de la vida; algunas veces llovía y también estaba bien ese respiro: nos quedábamos adentro, jugábamos a las cartas o leíamos. Y luego la noche, el bálsamo de la oscuridad absoluta —sin carteles de neón, sin luces de calle—, con sus brumas sobrenaturales llenas de misterio y de faroles a mantilla; de frascos con luciérnagas, de caminantes que albergar o rueda en la cocina de los peones. A veces guitarreadas en el mataburros para no despertar a nadie: Unos muchos y otros nada/ y eso no es casualidad/ Si el maíz crece desparejo/ alguna razón habrá (aprendí hace mucho en la estancia, tiempo antes de la Dictadura). Dormíamos cansados. Mi tía Cristina, otra heroína que aceptaba gustosa ocuparse de tantos sobrinos, seguramente caía rendida también luego de picar como quince platos de milanesas y de bañarnos cada noche. Un único cuarto de baño, frío y a farol. Nosotros no nos enterábamos de esas cosas por las que nunca pagamos en ningún sentido: eran sacrificios que dábamos por sentados. Pero resplandecíamos.

    Una vez me tocó ver domar los potros. Ahora mis primos trabajan con doma racional, como se llama, pero antes era una lucha salvaje que imponía un profundo respeto. Tanto por el caballo como por el jinete, igual que la lidia de toros. Recuerdo ser una niña bastante chica y observar admirada —hasta con cierta vergüenza por la desconcertante atracción que sentía— a uno de los peones que domaba ferozmente a un potro grisáceo; parecía que el caballo no estaba dispuesto a entregarse así, tan fácil, que estaba luchando por su integridad. El muchacho era muy joven; no me acuerdo de su nombre, pero lo tratábamos bastante en esa época. Andaba sin camisa a pleno sol, la piel tostada, la espalda musculosa de quien le exige al cuerpo cada día. Sé que estuve alguna vez charlando sola con él en el monte de atrás de la cocina y que algo en mi interior me dijo que escapara de allí, sin más. Se sabía que no se podía ir cerca del cuarto de los peones —las razones eran un misterio: quizás se tratara nada más que de no perturbarles la siesta, pero lo cierto es que la zona tenía un interdicto—; del monte, en cambio, nadie había hablado jamás. Mi turbada contemplación del centauro buscando dominar su lado animal, civilizándolo a golpes de rebenque y espuelas clavadas, solo contribuyó a advertirme que aquel misterio probablemente correría en la misma dirección.

    Hasta en eso era ya toda una pequeña Artemisa. Es curioso que nunca me haya dado cuenta.

    Ahora sería incapaz de andar a caballo —me refiero a andar de verdad, salir lejos al campo por mis propios medios, abrir y cerrar las porteras, estar segura de que puedo dominarlo y que no se va a mofar de mí—; había olvidado, incluso, que siempre se sube por el lado izquierdo. Pero aún me gusta acariciarlos, mirarlos a los ojos, con esa humana bondad que guardan. Antes, desde el momento que veía el primer caballo en la ruta el corazón me empezaba a latir como loco: significaba que nos íbamos aproximando a la estancia más y más. La noche anterior a que el camión de mi tío pasara a buscarme por Rivera y Jackson simplemente no podía dormir; miraba en la oscuridad mi ropa doblada, mi enterito azul oscuro, mi buzo rojo, y eso solo podía significar que cada minuto que pasara me acercaría más a la felicidad. Las enormes piedras grises en los costados del río Yí, los termos con Vascolet, el mate de los grandes; al mediodía, don Isidro y su matamoscas, rezongando; los coquitos de butiá desparramados por el suelo.

    Sería francamente imposible el Artemisa reloaded (algo que, por otro lado, hasta me alivia). Pero, al reconocerla en mí de niña, al menos deja de ser un alma en pena, como parecen serlo las vacas que mugen en los montes.

    Anoche, todos los perros ladraban enloquecidos a la medianoche. Daba miedo. Luego se escuchó un grito agudo, el gemido de algún animal herido que se alejaba derrotado entre las sombras. A mi lado, Astor dormía profundamente, a pesar de las guerras de la naturaleza al pie de nuestra ventana. Y yo también fui cayendo en el sueño, poco a poco. Sin siquiera darme cuenta.