Etiqueta: fuego

  • Perdón

    Perdón

    Los golpes interrumpen el silencio de la tarde. Secos, rítmicos, percusión sin música. Me pongo en guardia; no logro identificarlos. Luego, risas de un grupo de hombres, burlonas, invasivas.

    Intento dejar de atenderlas, de vigilarlas, pero no puedo. Me han atrapado como un tejido de alambre. Dejo de trabajar. El sonido de los golpes no cede; parece marcar el paso como un redoble fúnebre.

    Me asomo a la ventana y ahí los veo: descargan leña en la casa del vecino. Pilas presagio, montones que previenen, profecías de pitonisa despreciada. “No voy a poder detenerlo”, pienso. Los golpes son ecos de un patíbulo. Nada puedo hacer.

    Pedir leña. Me resisto a la idea, como una Perséfone raptada. A mi alrededor, el invierno se hace oír. Yo no quiero.

    No, no voy a poder detenerlo.

  • Como un volcán

    Como un volcán

    Era pleno día, soleado, y yo iba caminando por la ladera de una montaña. A mi izquierda, más arriba, se veían, inconfundibles, los dos volcanes. El Popocatépetl y el Ixtaccíhuatl. La escala era distinta, el tamaño, aunque a estas alturas mi memoria también duda. Claro que yo sabía que ese no era su lugar verdadero. Que los dos están enclavados en la Ciudad de México aunque sean pocas las veces que el smog permite verlos. Pero allí siguen parados, de todos modos, como un espíritu guardián. Como la ira de Dios atada torpemente a una rienda. Como una cicatriz prehispánica casi borrada por el tiempo.
    Sin embargo, en mi sueño aparecían allí en lo alto, como si siempre hubieran estado acompañando ese camino. Me parecía natural encontrarlos, aunque al mismo tiempo no perdía la conciencia de que no era esa su verdadera geografía. Simplemente me dedicaba a contemplar su belleza; no me interesaba tener razón. Quería tan solo sentirme bendita por las promesas de su nieve a pesar del sol, de su sol a pesar de la nieve. Sabía que me hacía bien que estuvieran allí, y la verdad es que la irrealidad del caso me tenía sin cuidado. Lo único que quería era tener cerca al Popocatépetl, en particular. Siempre le tuve especial reverencia
    .
    De pronto, el enorme príncipe empezó a emitir fumarolas cada vez más intensas. Eran columnas de espesa ceniza volcánica; nubes densísimas de esa materia gris que parece venir del mundo de los muertos. Rugido ex abrupto de la serena nieve. Yo sentía una alegría inmensa; en ningún momento se me ocurría que podía estar en riesgo. Por el contrario: la inminente erupción del volcán presagiaba para mí cierto alivio. Esa liberación implícita que aparece al saber que el día más temido dejará de acorralarnos porque nos ha alcanzado. Creo que ni siquiera pensaba demasiado en eso. En el sueño, me parece que no pensaba nada: el peligro no era un tema para mí. Simplemente sentía enorme regocijo al ver ese volcán que se expresaba como tal, que se entregaba a lo que era realmente. Era privilegiada testigo, espejo por verse, alma devota anonadada.

    “Por fin… va a hacer erupción, parece incontenible…”, el murmullo en borrador. Y me alegraba. Por el Popocatépetl, pero también por mí. Ahora podría contemplarlo en su danza gris piedra, su plenitud, sus promesas de fuego. Gracias a mi fortuito camino hasta sus faldas.
    A mí en la escuela me enseñaron que era un volcán extinto. O por lo menos dormido.
    Pamplinas.
    Anoche, en mi sueño, parecía bien despierto.



    Blancos pájaros que vuelan contra el trueno
    y aún más alto, donde Chejov
    dijo que se encontraba la paz,
    allí donde se transforma el corazón
    y al fin retumba el trueno


    (De El trueno más allá del Popocatépetl,
    vía mi amado Malcolm Lowry)

  • (Chinese) New Year´s Eve

    Dragón misterioso, sabio, irreal, animal de mitos, peligroso, profundo, milenario, híbrido, intenso, feo, intimidante, con un alma dulce disfrazada de hierro, tímido volador, pinchudo, hondo, ígneo, noble como un caballo, amoroso, terrible, erótico, calmo, viejo, entrañable. Ganas de acariciarte las alas y que al fin me sangren las manos ingenuísimas contra el borde de tus escamas, contra tu necia coraza, tu filosa fortaleza. Dragón de corazón defensivo, tenaz, ardiente pero asustado por el salón de los espejos, los bailes y los príncipes rubios. Lo peor es que la princesa huiría contigo, si supieras: le bastaría con abrazarse a tu espalda infinita mientras vuelas y acariciarte el lomo, le bastaría con abrasarse. 


    Dragón de espinas necesarias, de garganta volcánica, de secretos en leña. Tu madre fue una dragona de piedra y te sentiste solo. Tu padre no estaba: quería conquistar un reino. Dragón de todas las respuestas, o de las únicas que importan: de los misterios infinitos. Ahora serás rey; tú, no ya tu padre. Ahora saldrás de la herencia de piedra y podrás descubrir tu verdadera piel; tú, no ya tu madre. Te veo venir por el camino, armado de tanques y de trampas camuflaje; tan verde como una selva negada, cauto, duro, pero con el oculto y vergonzoso anhelo de ser domesticado al fin. Dragón, seme propicio, que yo te adoptaré; acariciaré tu negro hocico sin temor a que me muerdas o me quemes la mano. Aunque a veces me quemes, sí, aunque a veces me quemes. ¿Y qué podría importarme? Te adoptaré para que seas mi dueño, porque se sabe que un dragón jamás podría ser una mascota. Por eso, habrá que mantener las apariencias: te guardo en mi corral, te ato en mi cordón, pero sé que la que te espera ansiosa y fiel soy yo. Porque tú has vivido muchos más siglos que nadie, porque tú tienes el poder de contestar mis preguntas hambrientas. Incluso las que aún no he formulado: únicamente un dragón podría forjar las llaves para que se abran y florezcan mis preguntas. Dragón, me convienes. 


    Y me das tanta sed que no puedo dormir. Es natural: tengo calor con un dragón al lado que lo ocupa todo, que me hace dormir en el borde de la cama. Los dragones guardan el fuego dentro de sí, lo contienen pero se les escapa contra su voluntad. Salvo cuando están furiosos; entonces lo escupen, arrasan, se hacen notar. Dragón, no te enojes en tu año o temblaré. En el fondo, son solo bichos tiernos que quisieran restregarse contra uno como los gatitos, pero nomás no pueden. Por eso no me importa herirme la mano contra tu piel de esmeralda, si he de hacerlo: la escama lo lleva a uno directo al alma. Dragón, seme propicio, te repito. Me inclino a tus pies para que tengas la posibilidad de enterrarme las garras en el cuello, incinerarme desde tus narinas de carbón o decirme una sabia verdad que luego me lacere. Ah, mi dragón del almanaque, noche de murciélagos en vuelo de cortejo.

    Siempre trae suerte y felicidad (… pero tendremos también terremotos e inundaciones…)

    China da la bienvenida al Año del Dragón
    Dragones según Wikipedia
    Cómo entrenar a tu dragón

  • Cinco de Bastos

    ¿Cómo podría defenderme con fuego de un dragón que escupe fuego? Me veo a mí misma confrontándolo, tan inútilmente temeraria que da pena; mal blandiendo dos antorchas -una en cada mano- que, sí, acaso podrán incendiar casas, quemar pieles suaves, humanas, hasta despellejarlas de dolor, pero que a un dragón no le harían mella con semejante coraza verde, con sus escamas de jade, sus espinas de hierro. Un dragón puro pincho, gigantesco, cerebro de reptíl, tonto, torpe pero con garras afiladas. Dragón dueño indiscutible de sus territorios -en el que yo soy la intrusa-, amo y señor de la princesa cautiva, del vellocino de oro, del baúl lleno de joyas. Que duerme, pero siempre dejando abierto uno de sus dos ojos de pescado muerto para así vigilar. Dragón fumarola de volcán dormido, dragón amenaza que ruge chispas y desparrama, expansivo, su aliento fétido. Y yo ahí enfrente, enojada, con mis dos antorchitas, mis inocentes casi velitas decorativas, happy birthday to you, mientras que el dragón muñeco asesino se me instala a vivir en la superficie de la torta. Dragón caramelo de menta, ácido contra la lengua, dolorosamente ígneo, fuego asfixiante de su hocico -como el de toda pasión-. Y yo ahí, con esos dos fosforitos patéticos, gritando con mi vocecita timorata: “¡Atrás, atrás!”. El monstruo siente que una mosca le molesta y se la trata de espantar moviendo la cabeza, pero la mosca persevera: “¡Atrás, atrás!”. No ceja en su cómico suicidio.

    Le prenderé fuego al vellocino de oro, sí; lo incendiaré antes que darlo por perdido: lograré el humo más caro del mundo. No sé qué rara enfermedad se ha apoderado de mí, que me hace enfrentar dragones cuando no soy más que una casi invisible mosca portando un fósforo prendido en cada mano. Mosquita muerta, pero no. Porque en el fondo quisiera rugir como sólo los dragones saben hacer, o como podrían hacerlo, si acaso existieran. Debe ser el amor irrenunciable al vellocino ese, a la piel del carnero degollado más resplandeciente del mundo; debe ser el amor al recuerdo dorado del cabello trigal del Principito, el amor a los girasoles amarillos de Van Gogh -los dos, suicidas, el niño y el loco-. Y por eso me empecino en vivir, a pesar de mis insignificantes fosforitos frente a un dragón verde que brama fuego y que agita sus enormes alas puntiagudas para alejarme, para que no lo fastidie más, para sacarse a la dichosa mosca de arriba. Pero nada: ahí, chiquititito, todavía me mantengo frente a la grandeza irracional y cruel de ese demonio encarnado. Lo bestial, lo que no sabe de reglas.

    Creo que no me atrevería a pararme como un desaforado y hacerle frente, si Medea no estuviera a mis espaldas y de vez en cuando me dijera en un susurro: “Ánimo, Jasón, tú puedes. Si te quema, te curaré de un modo u otro. Acá sostengo y guardo tres antorchas más, por si se te apagan las otras. Sí, ánimo, Jasón: saldrás de ésta, sobrevivirás otra vez. El dragón está en tu mente, aunque no quiero decir que por eso no exista, que no sea tan real como si estuviera afuera. Pero vive en un lugar más chico, al menos. Te prometo que podrás con él, que lo derrotarás”.

    “Y si no, yo misma me ocuparé de envenenarte para que tengas paz al fin, luego de tanta lucha”.

  • Ashes to ashes

    La otra noche puse a ciertos entregados tripulantes de naves sin mayor mapa tangible (aunque prometo que jamás dejarán de tener su buen férreo timón), en este caso mis pacientes alumnos del taller de los martes, a escribir a partir de cenizas. Textos que involucraran cenizas físicas: desde el volcán Paricutín apareciendo de la nada a mediados del siglo XX y sepultando dos pueblos mexicanos enteros de un saque (y miramos, en foto blanco y negro de Juan Rulfo, el único vestigio que quedó de todo este ex abrupto del Hades: la torre mayor de una iglesia emergiendo entre los desniveles rocosos de lo que alguna vez fue lava), o las cenizas flotando sobre Montevideo en los últimos tiempos debido a otro volcán, aunque bastante lejano, con las consiguientes tribulaciones que acarrearon en los aeropuertos, o quizás el veterano Keith Richards aspirando las cenizas fúnebres de su padre mezcladas con cocaína, según sus propias declaraciones de rockstar, hasta las denostadas cenizas que dejan los cigarros mientras se van muriendo entre los dedos de un (ahora) rebelde. Toda ceniza valía.

    No puedo acordarme todavía cómo es ese dicho: Donde hubo fuego, cenizas quedan o, dándole la vuelta, Donde hay cenizas, es que hubo fuego. Tampoco me doy cuenta si cambia demasiado el sentido final del refrán, pero supongo que una persona encarará diferente la vida si se focaliza en las cenizas remanentes que si, por el contrario, se concentra en el fuego, aunque le sea nada más que una memoria del pasado. De todos modos, me quedo con la impresión de que debe haber sutilezas de lectura que me estoy perdiendo entre estas dos frases. Que no son tan igualitas como parecen.

    Revisé mis propias cenizas. Soy solidaria con los alumnos: ¿de qué otro conejillo de Indias podría valerme?

    Nada de puentes de Madison: cenizas en solitario. De troncos, estufas, chimeneas.

    Fue un invierno raro. Tan frío hasta los huesos; tan pleno, por otra parte, de desubicada luz. Un invierno hijo del fuego: me ocupé de prenderlo cada mañana desde que nadie más lo prendería. Como una Hestia monja, compulsiva y desquiciada. Me ocupé de juntar las ramitas, de desafiar las ganas de morirme. Sabía bien que únicamente con ese alimento ígneo, sólo con esa taza de té caliente en un refugio de alpinistas, podía salvarme de la inanición. Y Astor: tenía que calentar la casa para Astor, que todo siguiera rodando, que percibiera que seguiríamos adelante, fuera como fuera. Qué tristeza para él, su mundo quebrado, tirado en pedazos por el suelo. Porcelana que, una vez rota, no puede repararse. Ya está. Cicatriz. Creí que lo dañaría para siempre, que le haría perder esa sonrisa. Ahora no tiene dientes, pero sigue riendo franco, como si quisiera largar el alma para afuera.

    Mi casa es grande, vieja, de techos altos y descomunal claraboya. Y entonces todo se volvió para siempre cenizas, cenizas -¡tantas!- que se juntaban al terminar el día. Montañas de ellas (¿esperanza de Ave Fénix?): el fuego era el ritual sagrado para continuar con vida, para persistir en la siempre frágil intención de continuar con vida.

    La Cenicienta, pero sin baile ni madrina ni campanadas de retorno. Mejor.

    Y toneladas de leña, literalmente. Capital de madera, inversiones en el Wall Street de las barracas, lingotes apilados y forrados de astillas. Todos los días bajaba al sótano una, dos, tres veces, y acarreaba altos de troncos para seguir así atizando semejante fogata voraz y bulímica. Boca angurrienta de los dioses aztecas. Caldera de edificio en la que a veces se queman los papeles secretos, las cartas de amor, los documentos que comprometen. Mi máquina industrial de producción de brasas y cenizas: cosecha al amanecer. Pala de hierro. Entonces vuelta a empezar.

    Sí, montañas de ellas. Las tocaba con la mano, me embadurnaba el rostro de cenizas, me persignaba la frente. Sentía su suave textura, su fina condición de arenas del Caribe. Claro, en las playas grises de los muertos. Esas por las que nunca corrí del todo, esas que nunca (todavía) he podido pisar descalza al fin.

    *
  • Vicios zen

    Pocas cosas me producen tanta paz como juntar las ramitas que quedan tiradas por todos lados en la calle y la vereda luego de alguno de esos vientos fuertes, tan característicos de esta ciudad. Cortar las que son muy grandes y retorcidas para poder transportarlas sin el riesgo de sacarle un ojo a otro cristiano. Alinear las medianas o pequeñas y dejarlas más o menos del mismo tamaño para apretarlas mejor debajo del brazo izquierdo. Abrazarlas, aunque sean duras. Mejor. 
    Esta operación tan sencilla y mínima me arroja en el medio del día a los bosquecitos de pinocha en Parque del Plata cuando niña, a las caminatas en el campo de mis tíos. Sus montes de eucaliptos, los caballos que buscaban sombra para escaparse del calor cuando el pequeño jinete no podía dominarlos del todo. Los cardos que me arañaban las piernas al montar, los zapallos y sandías que recogimos algunos años. El olor que acompañaba a los faroles en la noche. La oleada de jazmines en el pasillo exterior, cuando uno se iba hacia su dormitorio. El fuego de la salamandra y los papeles quemados. Estar en la cama, en la oscuridad, escuchando girar las aspas del molino. Ese casi silencio interrumpido por las vacas que mugían como tranquilizadores espectros, con su arrullo final, con su paz. Todo gracias a las ramas olvidadas en la vereda, a esa madera gratuita que me pasaría inadvertida si no estuviera pensando en el fuego por venir, en la continuidad ritual del invierno. Lo que a nadie le sirve, lo que ni siquiera se percibe en la escena. Las voy recogiendo porque así me siento poderosa, como una cazadora urbana intentando procurarse los medios para sobrevivir y sostenerse sola. Artemisa. Casi recolección agrícola de los frutos de algún vendabal, de sus despojos nutritivos. Deméter. El alimento ígneo. No habrá pobreza posible mientras queden ramas con que prender el fuego. En Montevideo, la cosecha siempre es buena.
    Sí, me gusta abrazar a estas ramas como si me fueran amantes capturados. Llevaría muchas más si mis brazos pudieran abarcarlas. Creo que el asunto se parece a meditar, pero sin que medie esfuerzo alguno: uno simplemente se concentra en la actividad, en divisar una ramita más y hacerla suya, en cortarlas más o menos del mismo tamaño escuchando el “clack” de su tronquito herido, dándoles al mismo tiempo la esperanza de crepitar alguna vez. Me hace un poco de gracia cuántos metros me puedo llegar a desviar de mi camino para que no se me escapen las que se me van cruzando. Veo una más allá, otra al lado del cordón.Una más adelante, con dolorosos nudos y cicatrices en su delgada insignificancia de varita mágica. Entonces empiezo a caminar en zig zag. Me cuesta renunciar a recolectarlas las veces que voy a pagar cuentas o a tomarme un ómnibus: bien sé que no sería razonable hacerlo con semejante carga. Igual no es fácil contener la compulsión. Adoptarlas, tan solitas y tiradas por la calle, exiliadas de sus árboles de origen. Llevármelas a casa, contenerlas del abandono, acariciarlas hasta que se vayan. Y en algún momento, el  rezo secreto: “No faltará el fuego, se me concederá el don de prenderlo cuando quiera, de ser autónoma, de tener siempre un hogar mío al que volver”.
    Vicios de Hestia. O hacer leña del árbol caído.
    *
    Estos días, precisamente cada vez que llego a casa con la máxima cantidad posible de ramas y ramitas, tampoco puedo dejar de imaginarme a mí misma como el tipo de la carta del Diez de Bastos.  Pero nada más lejano a esta tarea voluntaria (que asumo y que cultivo) que el sentimiento de abrumación, de peso obligado, el exceso de responsabilidades tomadas sobre uno que simboliza esa carta. Las ramitas zen me hacen sentirme dueña de mi tiempo y de mi destino, casi libre.

    Sin embargo, por algo será que me viene siempre esa imagen a la cabeza.