La palabra “nido” tiene connotaciones acerca de las que nadie me preguntó. Love nest. Dejar el nido. Anidar en el útero. Todo tiene que ver con los vínculos afectivos. Debo estar susceptible en la materia. Nido. Permanecer. Nido. Volar. Gritar tero en una parte y tener en otra el nido. El arte de la guerra.
10.
Los lentes para poder ver. Muy bien. Ahora veo. Y no tengo ninguna intención de renunciar al paraíso de la selva, a mi propia belleza antes borrosa. “Miopía, astigmatismo y presbicia”, dijeron ellos sin decir palabra.
11.
La cinta costera no invita para nada a contemplar el océano Pacífico: siempre está nublado en estos días. Por un lado, los rayos y truenos que profetizan la lluvia colérica que volverá a caer dentro de instantes; por otro, la marea baja, mundo de lodo, despojada, un océano sin agua.
No tengo ganas de estar acá. La nostalgia nubosa tropical sencillamente no funciona.
12.
El escenario de siempre, con su embriagante humareda de luces, de nunca antes, de ahora sí. Embriaguez. No encontrar el propio cuerpo, o, feliz, desentenderse de él. Luego, la música in situ que lo hacía a uno saltar en mil pedazos. El bar Nueve. Big Bang del Sí Mismo. Dionisos. Nietzsche.
13.
Nunca quise humillar: un día, el óxido de los cerrojos sencillamente me venció.
14.
Morder su cuello. No como lo haría un vampiro sediento, depredador: yo quisiera morder su cuello como un cachorro jugando, una y otra vez, de un lado, del otro, y alternando los suaves mordiscos con besos, con mejillas restregadas, la irritación de la piel suave contra la barba que amenaza con asomar. Quizás mordiera una vez, o dos veces, no lo sé (jamás se debería dejar rastros). Como un cachorro, jugando. No mucho más. Sí, eso quizás haría.
15.
En un minuto cabe este texto. Y la consigna de Levrero de un minuto. Y el vals de un minuto de Chopin. Y el mundo de un editor de spots publicitarios. No es poca cosa un minuto. Un minuto más de vida, podría implorarse, por ejemplo.
16.
Niño sandía, burbujeante, aceitoso como un delfín, impredecible, ígneo, imposible, angelito durmiente.
Caminas de noche y aparecen unos planchas choborras. Crees que te dicen algo; si los ignoras, se arma…¿Y si no hablaron? #pequeñascomplicacionesdeunsordo
Te tomás un taxi y a mitad del camino el chofer quiere corroborar la dirección con mampara de por medio…#pequeñascomplicacionesdeunsordo
Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.
Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó…
Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.
Foto de Mario Levrero
Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.
En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.
Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.
Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.
No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.
La pantalla muestra una danza de colores vivos. Cadenciosos deslizamientos al compás de la música. Tonos que se funden uno con otro formando figuras azarosas. Hipnótico, por momentos. Esas manchas de colores me recordaron su segunda tomografía, tiempo después de conectado el implante coclear: en la inmensidad del espacio sideral del cerebro de un sordo -espacio negro y rotundamente silencioso- que mostraba la primera, previa a la operación, aparecieron luego en la otra tomografía milagrosas zonas de colores, territorios recuperados, neuronas que se habían reactivado luego de más de diez años. Lo recuerdo ahora -quince años después- mientras miro el caleidoscopio del reproductor Winamp; lo único que él trata es de volver a percibir algo, cualquier señal. En pocos días, la música se ha convertido en la perspectiva de una más que limitada aventura visual.
Claro, habrá que agradecerle entonces a los efectos gráficos del reproductor Winamp, con sus rítmicos rastros multicolores que se asemejan, quizás, a la memoria del eco de algo así como una lejana melodía resbaladiza, inasible. Pero todo sería mucho más fácil si se tratara nada más que –nada menos que- de la renuncia a la música. Mucho más fácil.
Hace unos minutos me pidió que me fuera mientras intentaba conectar el procesador por primera vez desde la cirugía. Brevemente, iba a ser. Con permiso del doctor, el imán bien lejos de la herida. Solo para ver qué pasaba. “No será lo mismo que antes, habrá que volver a calibrar, por ahora todo es incierto”. Eso y mucho más había dicho el médico. Pero sería solo para ver qué pasaba.
Desde la cocina lo vi respirar hondo y cubrirse la cara con las manos.
En el principio era el Verbo, había dicho Dios. Pero nunca aclaró si el Verbo incluía sonido.
Dios es experto en cruces.
Ahora lo único que se iba abriendo paso entre aquellas recuperadas neuronas coloridas, vestigios de un milagro, era el grito agudo de un ave negra y horrenda cayendo en picada. No el esperable caos sonoro del principio. Era un ruido lacerante, inordenado, inordenable.
Pero un rato después de sacar el cansado rostro de entre las manos, se levanta y prende la pantalla bailarina, las mariposas cromáticas, los estallidos de rosados, verdes y amarillos que acompañan la música. Busca, busca, busca algún faro sonoro en el medio del naufragio. Sigue intentando. Y mañana y pasado mañana y la semana que viene y la otra. Hasta que pueda calibrarse. Y luego seguirá intentando.
Yo me quedo en el sillón de atrás, mirando hipnotizada esa misma pantalla.
Parpadeé. No, no era un recuerdo. Lo había soñado, simplemente. A menudo me ocurre eso de confundir los planos.
También soñé con un ave negra, mezcla con reptil, una especie de pterodáctilo que volaba casi en picada sobre mí y me pasaba raspando, a pesar de que yo me tiraba a tierra. En el suelo, debía arrastrarme sobre mi propio estómago, con toda dificultad; avanzaba sobre una especie de puente colgante de madera intentando pasar al otro lado. El puente tenía huecos, roturas, pero que lejos de dar al vacío dejaban al descubierto extraños animales gelatinosos, grandes caracoles sin cóclea, fetos sanguinolentos de dinosaurios, quizás. Me repugnaba el contacto con esa sustancia blanda, húmeda, blancuzca, pero debía continuar a pesar de eso. No podía quedarme donde estaba; más allá, la vista me devolvía al menos una pradera, si bien totalmente desierta, sin el menor rastro de presencia humana.
Pongo una mano en cada uno de sus oídos; él cierra los ojos celestes, celestiales (iguales a los de Astor) y algunas lágrimas le empiezan a caer por los costados. Ningún aspaviento. Si acaso, puede que como Cristo en el Monte de los Olivos; sin entender del todo el porqué de su cruz, pero dispuesto a abrazarla. Una vez más.
Yo también lloro. Cambio mis manos de lugar, a su corazón. No sé si sirve. A veces sirve. Nadie sabe en esto qué es lo que sirve.
Pensaba el otro día que hasta las películas de cine mudo solían tener música.
Cada tanto le cambio de melodías a mi celular; la más importante es la alarma, porque es la que me despierta cada mañana y también la que me hace bajar a tierra, encarnar nuevamente desde la computadora, recobrar la noción del tiempo, de las tareas por hacer, de los encuentros por venir, de las obligaciones, horarios, agendas. Casi nadie me llama por teléfono porque saben que no me gusta demasiado (no así los SMS), pero en estos días puse Uruguayos campeones como ringtone para divertirme las selectas veces que suena. Creo que por eso, paralelamente, puse Cielo de un solo color como alarma; después me di cuenta de que no había sido realmente por la temática futbolística, sino porque es una canción perfecta para despertarse (literal o metafóricamente) sin violencias. Creo que hace un par de años no la tenía tan clara; erróneamente, me inclinaba hacia tonadas como el tema de Batman, un instrumental de Tom Waits, el Caballero Rojo de Titanes en el Ring, la máquina contestadora de George, el de Seinfeld: todas pésimas opciones, porque ya empezaba la jornada como si me hubieran propinado un choque eléctrico y con taquicardia. En cambio, Cielo de un solo color comienza con unos acordes rítmicos casi imperceptibles, suaves, a los que luego de algunos compases se les agrega un redoblante discreto; luego una voz medio hipnótica (como si fuera la de un tipo desvelado o recién levantado, como yo) que va dando paso al hilado de un bandoneón; para cuando las cosas se ponen más intensas y expresivas, para cuando se cuela el rock o la murga, hace rato que apreté el stop y estoy a salvo.
El otro día me sentía triste en extremo; quizás por eso no atiné a detener la alarma en los comienzos mismos del tema. Cuando uno está realmente triste, con esa tristeza que no tiene motivo -es decir, que no es la reacción natural frente una pérdida, herida o fracaso-, el entorno y el mundo circundante se desdibujan casi hasta desaparecer por entero. No hay alarmas que valgan, no hay campanas que se oigan; ni siquiera escuchamos más ese constante avispero celestial de ángeles que (de buena gana y con la impresión de que hicieron buen negocio) aceptarían perder su inmortalidad vacía sólo a cambio del momento en que se apagan las luces en el cine, o para degustar las promesas del olor de un buen vino tinto antes de ser tomado. Pero cuando se está realmente triste, uno no quiere ni vinos, ni cine, ni ángeles ni demonios; uno se queda ahí, flotando simplemente a lo largo y ancho de un cielo negro, silencioso, con el único anhelo -que quizás no se atreve todavía a hacerse rezo- de que el dolor al fin termine. Ver Ítaca en el horizonte o, de lo contrario, ser engullido al fin por el remolino de Caribdis.
Y entonces, de repente, se produjo el milagro: escuché la canción desde ese lugar de la tristeza. No desde las tribunas del fútbol; no desde el puesto del hincha fiel que sueña con que su equipo gane, a pesar de que la realidad le demuestra una y otra vez que eso es solamente una quimera (por lo menos hasta que ocurre y la canción, entonces, se vuelve profecía, himno). Pensé en las voces de tantos amigos que, de una forma u otra, terminaron con sus vidas o fueron arrancados de ella; pensé en las numerosas luchas de cuerdas y mástiles que se libran por escapar de las sirenas, de la muerte. Esas odiseas invisibles que nadie ve hasta que dejan su gesta trás de sí. Me hizo gracia considerar la palabra “celeste” desde la tristeza, no desde una camiseta: el cielo, la vida, o mejor dicho la alegría de vivir. La oportunidad que nadie le dio jamás a esos ángeles aburridos que canjearían gustosos sus lugares con nosotros.
La canción se me antojó como un clamor de los sufrientes porque sí. De los tristes. Los desconsolados, como decía el Darno. Y el aferrarse, seguirse aferrando con desesperación a la vida, pese a todo. Haciendo tiempohasta que pase el temporal. Es decir, esperando que todo termine de des/esperar.
Era raro sentir todo eso en el medio de lágrimas mientras escuchaba una canción futbolera. Pero, se sabe, me gano la vida sobre todo gracias a mis dobles lecturas, el material simbólico que me sale y me encuentra a cada paso, el jugo de los limones invisibles, las señales de lo sincrónico.
Quizás alguien más quiera escuchar la canción y lo que dice tal como lo hice yo.
Una fotito inédita para la ocasión. Es un videograma del material “de desecho” del videoclip Sansueña, 1991 (tristemente, todo eso se perdió para siempre: era tan caro cada cassette U-matic, que tuvimos que reciclar lo que no fue a parar al máster de poco más de un minuto). En aquel entonces, imprimimos esta foto en no sé qué servicio de Sony que nos ofrecieron. Salvo productoras archiprofesionales con equipamientos de US$ 50.000, nadie contaba con todas las facilidades tecnológicas que hoy tiene cualquier PC; pudimos editar (U-matic lineal, claro) gracias al apoyo de Fernando Da Rosa y Daniel Márquez de Imágenes, y hasta la Coca Cola nos terminó poniendo unos dólares para los gastos a cambio de un disimuladísimo cartel en la estación de tren Colón/Sansueña. Ironías.
Esta foto es muy Darno, me gusta mucho y la tengo enmarcada en mi altillo.
Es el primer año que no vivo esta fecha con el alma apretujada por la tristeza. Estoy segura de que el Darno flota en el aire, invisible, como mágico polen. Y que tarde o temprano encontrará la forma de echar raíces nuevas en otros músicos.
La ausencia de Eduardo, eso sí, será para siempre.
Hace como una semana celebré mi cumpleaños yendo a un espectáculo en el Museo del Vino que hacía mucho quería ver, alentada por la conjunción de dos Carlos que me importan: Da Silveira, para mí Toto (guitarrista de primera y director musical del asunto), y Gardel, en quien se basa el recorrido tanguero de la propuesta. Según lo que comentó esa noche Luciano Álvarez, el presentador, hoy 7 de noviembre se cumplen 77 años de que El Mago pisara Uruguay por última vez: nunca más regresó, nunca más cantó Volver desde el barco. Como dicen Los Tigres del Norte en Al sur del Bravo, «tú sabes dónde naciste, no dónde quedas».
Me gustaba esa idea de festejar mi cumpleaños en un entorno de botellas de vino a la vista, coronado todo por un show que se llama Desde el alma. ¿Qué mejor que celebrar desde ese lugar invisible que para mí es tan importante? Más la coyuntura de los tres cuartos de siglo de la muerte del emblemático Carlitos, eje de tanta mitología conjunta que construimos Levrero y yo mientras vivió: Desde el alma de Gardel. O sea, El alma de Gardel. Gente muy apreciada en torno a la mesa y alguna botella reserva que invitó mi tío de México (el tercer Carlos del museo), inmejorable Tannat Viejo de Stagnari. Así que ahí estaba, dispuesta a escuchar, a dejar entrar en la dichosa alma aquella música y aquellas letras. Con buena compañía, sobre todo desde la silla de la izquierda. Es cierto que me hizo falta el Gardel reo, la voz de Discépolo, el lado tragicómico del tango, digamos, pero no deja de ser una linda propuesta. Los músicos que interpretan tienen mucho ángel: dieron todo el tiempo la impresión de que era la primera vez que cantaban aquello, la primera vez que se juntaban a tocar y crear magia, y sin embargo sé que llevan a cuestas como sesenta funciones. Eso me dio qué pensar: ¿cómo hacen, con qué energías del presente, del estar absortos se conectan para disfrutar con inocencia, en formas renovadas, lo tantas veces repetido?
Ese era el contexto: cumplir años, cuarenta y siete. Resulta que soy una mujer en plena mediana edad y, aunque la “franja etarea” me haya pegado maravillosamente a medida que fui acercándome a los cuarenta, supongo que desde mis bambalinas subterráneas no dejarán de moverse y cuestionar -con cierto grado de provocación- quién sabe qué cosas acerca del envejecer, el ser mujer, la juventud lejana, la belleza perdida, etc. Tuve suerte de que justo esa noche me tocara recibir un regalo simbólico que quiero consignar aquí para no olvidarme. La cantante líder de Desde el alma, Vera Sienra (a quien había visto solo una vez con Larbanois Carrero hace mucho, mucho tiempo, probablemente en el año 1983, durante uno de aquellos recitales masivos de canto popular en el Franzini, de esos en que todo el mundo cantaba textos casi en clave para eludir los ojos de Medusa de la Dictadura) me resultó ahora una persona fascinante en el escenario. No es el tipo de voz que me gusta especialmente -yo tiendo a enviciarme con voces angelicales, suaves-, aunque siempre que la escuché en discos o en la radio reconocí su capacidad interpretativa. Ahora verla actuar fue un plus increíble por todo lo que trasmite escénicamente. Tiene una sonrisa franca que muestra su placer de fluir, su estar trepada a la nube de sí misma, fuera de todo. Pero también establece el contacto con lo de afuera; no es un vuelo narcisista o embebido en lo de adentro, agotado, estéril. Me pareció una mujer bellísima, también exteriormente, y ni su edad ni su renguera al caminar -tengo una imagen que me vuelve de aquel concierto de hace más de 25 años en la que la veo en silla de ruedas, pero seguramente es algo que aportó posteriormente mi imaginación a la memoria- opacan esa belleza en absoluto. Porque viene de adentro, del gozo de hacer lo que se ama.
La vi deslumbrante, cantando, sonriendo, con la mano en el corazón, plena. En la foto de su primer disco, jovencita, parece muy linda; a todas las mujeres nos pega envejecer, pero lograr hacerlo a cara abierta cuando en la juventud se fue hermosa (algo que solo nuestros contemporáneos más cercanos pueden saber o recordar) es mucho más que simplemente envejecer con gracia. Es una toma de partido existencial.
Por lo que averigüé después, ella se retiró durante mucho tiempo del mundo creativo, del afuera de las tarimas (además de cantar, escribe poesía y pinta); también encaró la maternidad tardíamente, como yo. Eso de por sí genera un impasse natural , y más cuando el volverse madre de otra persona se vive con asombro, con fascinación y reverencia. Me es alentador que Vera haya logrado, en cierto punto de su proceso personal, renovar las zonas creativas, encontrar los tejidos truncos y no temerle a la reaparición, a la recreación de sí. Ahí está, en el escenario, muy hermosa. Me recordó mucho a mi abuela Dora, gran mujer. Sin duda es bueno -y ojalá yo sea o pueda serlo para otras- ese tener mujeres mayores que nos sean un modelo de ganancia, no únicamente de pérdida. Debe estar bien llamarse “Vera”, lo verdadero, lo auténtico, lo que soy realmente; además forma parte del nombre de una estación que, por cierto, florece, está llena de vida, de madreselvas. Me gustan esas pistas involuntarias que va dejando el azar. Los nombres dicen, las palabras dan forma, cristalizan.
Esa noche me vino de golpe a la cabeza un pensamiento, mirándola cantar y en mi propio trance de cumplir un año más: “¡Yo quiero envejecer como Vera, verdad de Dios! Y -quién lo hubiera dicho de mí- ya no quiero envejecer como Idea: eso me viene orquestado desde la mente, no necesariamente desde el alma“. Porque parece que un destino oscuro, con autocondenas sin voz, decretos mentales sin letra y una necia voluntad de soledad me llevaran desde la juventud a recorrer el camino de Idea. Esa asociación con el fracaso de la vida, con el “no” por default, con las raíces subterráneas y podridas, con el apartarse por gusto de la savia para comprobar quién sabe qué cosas, ese empecinamiento en negarse al amor y a las alegrías simples, eso siempre estuvo en mí. Desde que tengo memoria. Gracias a Dios, hubo treguas, y esas treguas me trajeron a Astor. Y ahí Idea Vilariño sencillamente no puede sostener su discurso: la vegetación la cubre y queda oculta como una pirámide devorada por la selva.
Idea no tuvo ningún Astor. A Idea se la llevó la muerte una vez que se le terminó la juventud. No ha sido mi caso. Todo lo contrario.
Cuando yo tenía veinte o veintiún años, averigüé que ella estaba dando clases de literatura uruguaya en mi facultad y le pedí permiso para asistir de oyente, simplemente porque quería estar en su cercanía, en su influjo energético. La admiraba muchísimo, había tenido que ver enormemente con mis incursiones en la poesía y era un placer leerla, saberme comprendida, gozar del vértigo doloroso. Pero me pareció una mujer tristísima, una mujer sin vida, nada que ver con la pasión y la intensidad que trasmitía en sus poemas. Recuerdo que sentí cierta desilusión, que conocerla me quebró alguna fantasía respecto a las profundidades oscuras: igual una podía convertirse en una mujercita normal, incluso cachetona, sin gracia, sin sangre bombeando, no importa cuánto mundo interno pujara por debajo. Esa soledad se la fue comiendo cuanto más vieja se puso; en aquellas clases que asistí, Idea Vilariño tendría más o menos la misma edad que Vera Sienra tiene ahora, y -no me importa cuántos amores pasionales haya vivido Idea en su juventud, con Onetti, Claps y toda la lista- en aquel momento era una mujer sin sazón, que no hubiera podido enamorar a más nadie sin recurrir a los interminables trucos de la memoria. Pero Vera no: Vera seguramente todavía fascina a más de uno. Ella sabrá. Y si no es así, es como si lo fuera. Canta y se siente su idoneidad para la vida. Para disfrutar todo mientras dure, para no dejarse morir en un vano intento de mantener el control, de domar el misterio, de decir “yo elijo”. Porque eso era lo que hacía Idea, lo que hacíamos: decir no para no correr los riesgos de decir sí.
Ahora creo que a cualquier mujer en sus cabales, si pudiera elegir, le gustaría más estar en los zapatos de Vera que en los de Idea. Quizás al final la historia no sea tan grandiosa, trágica, original, pero hay ciertos lugares comunes que, por el bien propio y ajeno, convendría aprender a aceptar con gusto, como una medicina salvadora. Por ejemplo, la vida, el amor, la pareja, la familia, la alegría simple.
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
No, no quiero que la mente me siga repitiendo año tras año que mi destino es ser Idea, caer oscuramente, ya sin temblor ni luz. Seguramente existan otras posibilidades más saludables que tampoco violenten a la que soy adentro. El asunto es desarmar esos malditos decretos silenciosos que lo manejan a uno desde las zonas fantasmas de su inconsciente. Porque en el fondo no quiero que los astros solo sean barro que brilla, no quiero que el mar no sea más que un pozo de agua amarga. ¿Servirá, acaso, el paraguas anticipado del ya no será para cubrirse de las inevitables lluvias, valdrán la pena todas las renuncias solo por un pero yo vivo sola como medalla de guerra?
y que ya no doliera
y que ya no doliera.
Debe ser más feliz poder decir sí, sin ambigüedades, porque la vida igual se encargará de que nos sobrevengan -cuando ella así decida- las separaciones, los aislamientos, los finales, los no. Y ahí aprovecharemos sus dolorosas bendiciones. Optar por dejar pasar las alegrías en defensa de la propia soledad es tan soberbio como pensar que dicha soledad no llegará solita, tarde o temprano, aunque ciertamente lo hará fuera de nuestro control y de nuestra voluntad. Vendrá, sí, porque existen las muertes, los abandonos, los ciclos que se terminan. No vale la pena aliarse con el enemigo, como hizo Idea. Balances de cumpleaños del retorcido signo de Escorpio.
Por cierto, leyendo en el Big Brother de Internet, no me sorprendió demasiado descubrir que Vera comparta conmigo el tan dual signo astrológico; de hecho, cumplirá 63 en unos pocos días más, en la misma fecha que Sor Juana Inés de la Cruz solía cumplir años cuando estaba en esta tierra. Escorpio suele estar en los ojos, en la mirada intensa de la gente de octubre y de noviembre, porque es la muerte subterránea que hace raíz en lo oscuro y (en el mejor de los casos) logra salir a la superficie como flor, como planta. Ellas dos, sin ir más lejos (Vera y mi alter ego cibernético Sor Juana) logran reivindicar para sí el misterio y la luminosidad que, en principio, nos tiene concedidos el complicado alacrán. Pero no per se: hay que ganárselo.
Porque sabemos que el signo también reserva otras facetas bastante menos atractivas, qué se va a hacer. Pero contra la naturaleza no se puede hacer mucho, más que seguir trabajando con paciencia en la alquimia de uno mismo. En tanto se intenta madurar con cierta gracia, claro. Y, si fuera necesario, con bastante menos leyenda.
Aunque en el título se mencione la palabra “duelo”, este es un post luminoso para mí.
La otra noche estuve en el bar Girasoles, charla estupenda con una de las personas que pueden considerarse, con toda autoridad moral, testigos del último Darnauchans. Madre, también, de alguna forma (con los consoladores abrazos, con las necesarias puestas de límite). Él se pasó sobrevolando nuestra conversación, contento de esa inesperada reunión póstuma; nos hizo tomarnos un par de whiskys cada una a su salud (I can´t fly with just one wing, solía decir mi padre de más joven) y nos miró desde la barra un buen rato, si bien absorto en sus poemas. Me enteré de algunos detalles del final; del final de Patricia, que lo agarró de un tobillo y se lo arrastró a la tumba, seguramente sin proponérselo. De los últimos días de él. Me acuerdo del leit motiv de un poema que leyó Horacio Cavallo en el homenaje el año pasado, escrito una noche luego de verlos, de lejos, dando tumbos:
ella, rota
él, casi descosido
¿Y qué se puede hacer? Así fueron las cosas. Por algo fueron así. Misterios del Narrador.
Siempre he sentido que en este mundo, las categorías con que se rotulan los vínculos afectivos son muy limitadas; eso crea confusiones, conflictos, huídas, pérdidas. Parece que entre hombres y mujeres el amor sólo puede existir, como en un nefasto examen de multiple choice, entre tres alternativas: pareja/pasión, familia, amistad. Pero las cosas no son así. El corazón está lleno de matices, de combinaciones, de sutilezas que a veces cuesta clasificar. Hace un tiempo me encontré unas cartas del Darno (bah: mails) de fines de milenio; cartas que me encantan, que me hacen sonreir cada vez que las pierdo y las vuelvo a recobrar, como si recuperaran al leerlas, por cierto olvido mío, su frescura y vigencia. Menos mal que se me ocurrió imprimirlas cuando las recibí (supongo que para leerlas mejor, ya que siempre he odiado bastante lo de la pantalla: me gusta el papel, entiendo mejor lo que está frente a mis ojos, lo asimilo distinto). Porque unos años después, Yahoo me borró toda la valiosísima correspondencia que tuve por aquellos años, los primeros de mi retorno a México. Como con algunos textos de Levrero, me siento una avara conservándolos sólo para mí, ahora que los autores ya no viven y mientras no afecte a terceros. Es como regalar un rato de resurrección ilusoria, como un pedacito inédito de libro o disco que el muerto dejara pendiente al desaparecer. Siento que aquí está Eduardo en pleno; seguramente con muchas copas encima, en la madrugada montevideana, dictándole a “Natasha”, esa misteriosa amiga que transcribía su actuación privada para mí. El show continuaba, siempre continuaba, con reverencias, confesiones, exageraciones, sutilezas y disfraces.
Fue el mejor regalo que pude recibir en un conflictivo fin de milenio. Tengo un par más, todas vía “Natasha” de Tamborilearte, porque él no tenía mail. No son cosas esas para gente del siglo XII.
Y me di cuenta de que soy algo así como una viuda platónica del Darno. Categoría extravagante, por cierto.
El electrocardiograma marcha bien, en una fase positiva del duelo, de la aceptación sin olvido. Finalmente, aún tenemos -además de la música, de la voz de ángel- los pedacitos de memoria de mucha gente para intentar evitarle la muerte total.