Etiqueta: infancia

  • Sobres azules | 5 | Últimos del año (2012)

    Sobres azules | 5 | Últimos del año (2012)

    29.
    Cada vez
    que me fui a vivir para siempre a
    otro país, me hubiera gustado haberme despedido en el aeropuerto agitando un pa
    ñuelo,
    igual que hacen en las películas. Un pañuelo blanco, como una bandera blanca de
    rendición. “Paren, no tiren más, piedad, me rindo”.


    30.
    omni amans militat
    todo amante es un soldado
    la bota en la cara
    el barro
    el amor a la patria
    y a la matria
    todo amante es un soldado
    obediencia
    sumisión
    estar dispuesto a ir a la guerra
    estar obligado a ir a la guerra
    estar fascinado con ir a la
    guerra
    todo amante es un soldado
    un pobre soldado que acata las órdenes
    de su loco general
    ese
    experto en estrategias
    y en sitiar ciudades
    nomás para divertirse.


    31.
    qué me vas a dar
    el aire por la boca
    el ancla
    el salvataje
    la vuelta a la superficie
    el adiós a la sirena
    la bendición de respirar.


    32.
    Era un hilo interminable que se
    entretejía con mis dedos, acariciaba mis canas, prometía durar, creía que
    duraría, se enredaba para no cortarse, se enmadejaba para volver a empezar,
    acariciaba sus mejillas, se entretejía en sus brazos, prometía durar, creía que
    duraría, no se cortaba con tal de hacerse interminable.
  • Sobres azules | 3 (2012)

    Sobres azules | 3 (2012)

    17.
    “Cruel en el cartel”.
    Es duro ver su rostro transformado por la edad, la magia a punto de quedar
    domesticada, tener que mirar a través para poder encontrarlo. Lo malo es que
    igual lo encuentro, tarde o temprano, escondido en el cartel.
    18.
    Condenada al cisne
    blanco. Qué bien. No, ya no: el cisne blanco termina asfixiando con sus espejos
    inmaculados. Es el cisne negro, el exiliado, el que está mucho más cerca de la
    vida. “Yo no quiero reincidir en mi inocencia: yo quiero el placer de volverla
    a perder”, masculla Fitzgerald, malhumorado, en un rincón. Y entonces llega,
    fulminante, la mala noticia: la vida tarde o temprano tendrá que destruir, ser
    egoísta, usar dolientes canales de parto para poder abrirse paso. Cisnes negros
    que irrumpen. Distintas formas de condena.
    19.
    “Alto. Hasta aquí
    llegaste”. El tobillo me lo advirtió: “Estás tropezando con la misma piedra y
    no han pasado ni dos meses”. Luego el médico mencionó la posibilidad de una
    fractura, pero no le creí. “Estoy magnificando, no debe ser para tanto”, me
    dije.

    Todavía me duele.

    Son mal negocio las
    fracturas. Uno no avanza, no puede caminar libre.
    20.
    Los encuentros eran
    breves. No importa. Breves como el café ristretto;
    como el café ristretto,
    intensos.  Lo caliente, lo fuerte, lo
    escaso: todo eso es bendición en el reino del café, opinaba el abuelo que
    alguna vez fue casi mío. Lo más importante es que no sea amargo, acoto yo. He
    decidido que no quiero nada amargo.
    21.
    Aquellas noches de
    interminables parpadeos hipnóticos, sola en aquella casa tan sola. Una casa
    embrujada o, mejor dicho, con invisibles cicatrices de violencia que únicamente
    yo percibía. El ruido del aire acondicionado. Ir a la cocina a servirme más
    café y sentir el escalofrío por  la
    espalda. En la isla de edición, los monitores siempre titilando.

    Ya de madrugada, la
    sirena de policía, algún escándalo, el golpe de un travesti o rufián que era empujado
    contra la puerta de la casa. Los hombres que alguna vez editaron conmigo en
    aquellos horarios, tan sórdidos e inusuales, pasaron mucho más miedo que yo.

    Por suerte, la casa tenía
    rejas (algunas rejas protegen). Yo llamaba al taxi y esperaba adentro hasta el
    último minuto: no quería arriesgar a la casa esa, me sentía responsable. Ponía
    la alarma y cerraba la puerta.

    La vida circundante de
    Maldonado y Yaro.
    22.
    Suben los globos
    morados, naranjas, rojos. Aplauden al futuro viajero: es el primer viaje en
    avión que recordará más adelante. Él calla, y sin embargo observa todo muy
    atento. Quién sabe qué pasará por su cabeza.

    Yo me fui a su edad
    también, pero mi pasaje era solo de ida.

    Vuelve a casa con un gran
    globo naranja que, con los días, se termina desinflando.
    23.
    Prescindir de la
    lógica gladiador: mejor Sun Tzu. Esquivar el golpe gladiador: mejor fluir.
    Renunciar a las caricias gladiador: mejor la ermita. Aguantar la ira gladiador:
    mejor la estrategia a largo plazo.
    24.
    Las nubes tapan el sol
    de golpe, sí. Pero no quiere decir que se hayan formado en ese mismo momento. 
  • Estatuas nocturnas

    1. Siempre era de noche. Por la ventanilla del auto, miraba aquellos edificios de vidrios oscuros y letreros luminosos en hilera. Para mí, pertenecían a una ciudad abandonada; sin embargo, tantos neones multicolores, el insistente efecto prende-apaga de los años setenta, palabras como “casino”, “hotel”, “bar”, todo apuntaba a dar a entender que allí había diversión, que allí había vida. Pero no: esa ciudad moría temprano. Creo que era pura utilería, que en esos edificios y casinos y hoteles y bares no había nadie.

    El auto recorría la rambla de ida y vuelta sin que supiéramos muy bien para qué. Al final, solo nos encontrábamos con la estatua fantasmal de Balboa mirando hacia el Océano Pacífico. Ni en eso había afinidades posibles.

    Rato después, volvíamos a casa. La salida tenía el efecto de hacernos sentir más solos que nunca.

    2. Otras noches, mis padres nos hacían poner el pijama y marchábamos al autocine. Eso era mejor; además, no se notaba mucho si no había demasiado tema de conversación. Me gustaban esos parlantes enormes de metal que se ponían en la ventanilla del auto; me gustaba el olor de la mantequilla caliente sobre el pop corn; me gustaba la magnífica pantalla gigante en un mundo de diminutos televisores blanco y negro. Con mi hermano llevábamos almohadas, pero yo jamás dormía. Ni en el autocine ni después: la cabeza rodando de un esclavo decapitado en Queimada, las heridas de un matrimonio de espías después de la tortura, la pobre mujer acosada por un asesino en Terror ciego… Vi, en la modalidad autocine, muchas películas que no debí haber visto a mis ocho, nueve años. Pero quizás el amor por el cine haya empezado allí.

    Al igual que los insomnios, claro. La desesperación de Taylor al encontrar la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Que ya no sea posible regresar al lugar del que se partió porque ese lugar no es un lugar geográfico solamente. Su impotencia y sus maldiciones finales me erizaron. En algún lugar sin palabras, lo comprendía todo.

    “Oh my God. I’m back. I’m home. All the time, it was… We finally really did it … You Maniacs! You blew it up! Ah, damn you! God damn you all to hell!” (escena final de “El planeta de los simios”, 1968)


  • Sobrecitos de azúcar (1)

    Es la hora en que el calor empieza a apretar. Trato de resguardarme un poco del sol, cada vez más invasivo, pero la sombrilla no contiene lo suficiente el avance de la luz casi blanca, cegadora, de un mediodía rotundo en Alejandría. Cuando era niña, alguien me dijo que si miraba el sol de frente me quedaría ciega. En la sala de espera del dentista, cada dos por tres aparecía una ciega; tenía la mirada vacía, los ojos deformes detrás del escondite imperfecto de sus lentes con cristales verdes. Por si no fuera suficiente, sus rodillas mostraban profundas cicatrices y malformaciones; llevaba una muleta ortopédica casi adosada al cuerpo, como si ella misma fuera un centauro metálico y tullido. “Tuvo polio”, decía mi madre.  “Antes no había vacunas para eso”. 
    A mí me daba horror pensar en volverme ciega, en usar bastones, en ser minusválida. Dependiente de los demás. Adolorida. Marcada por el odio de no se sabe qué inmerecida condena, por la mezquindad de un dios ciego que me creara a su imagen y semejanza. Renga, sí, para siempre arrastrando mi marcha. Apoyada contra el inestable bastión de la piedad ajena. 
    *
     Nunca me pareció que ser discapacitado, en algún sentido u otro, era algo que le pasaba a los demás. Incluso de niña: cuando miraba a aquella ciega del consultorio del dentista, veía también toda la potencialidad de mí misma. De una identidad arrollada, doblada quietecita en mi interior -en el interior de cualquiera, solo que yo lo sentía así-, que no se desplegaba en los hechos simplemente por la benevolencia que el azar había tenido conmigo. 
    Por eso sentía miedo, sí. Y reverencia. Y gratitud. Todavía siento todo eso cuando me doy contra tales heridas. Lástima no, nunca: ¿cómo sentir lástima de mí misma y seguir viviendo con semejante claudicación a cuestas? Ser el otro, ser yo. Una lotería nada más.
    Compadezco, eso sí. Padezco junto. Con cada uno. No me creo tan especial como para aspirar a ningún salvoconducto de los dioses. 
    “Podría ser yo”, siempre he pensado. “Podría ser alguno de mis seres queridos”. Y es cierto. Pero la gente prefiere descargar esta horrenda sospecha sobre los chivos expiatorios. Ellos.
    Si he de quedarme ciega, por lo menos que sea en Alejandría. Escucharé música en sus calles, le pediré a algún niño que me lea a Cavafis, a Lawrence Durrell. Imaginaré la ciudad exactamente como hasta ahora la había imaginado; será suficiente para orientarme al principio. 
    Con el tiempo, diré profecías a los turistas en los cafés; se cumplirán siempre, y con eso me iré ganando la vida. 
  • Ruedas (2012)

    Los rayos metálicos de la enorme rueda que tengo enfrente se me aparecen como un mandala inesperado. Si uno se concentrara en la forma nada más, en la simétrica disposición de sus varillas, su perfección en tonos grises -si lo despojara de contenido, digamos-, las sillas de ruedas perderían sus temibles connotaciones. Claro que eso es, como mínimo, prácticamente imposible.

    No sillas de ruedas, entonces. Pensaré en ruedas de bicicletas mientras esperamos. Es casi lo mismo. Será mejor. Me acuerdo de los veranos en Parque del Plata, en casa de mis tíos. Andábamos todo el día en bici; las caídas y desplomes nos arrastraban directo sobre el pedregullo de sus callecitas bordeadas por laureles, pinocha y campanillas azules. Mi tía Teresa se desolló las rodillas; yo no podía dejar de mirar, con morbo y simultáneo horror, aquella carne levantada sobre la que puntos amarillentos, como semillitas de tomate, se entreveraban con el rojo de las lastimaduras.

    Aquel verano mi padre también se cayó andando en bicicleta. Le tuvieron que dar una dolorosa inyección en la herida del dedo gordo del pie. “Es por el tétanos”, decían. Y a mí siempre me dolía mucho más la perspectiva de que mi padre estuviera en peligro que todas las derrapadas que pudieran depararme a mí aquellas traidoras ruedas con pedales. Sentía un dolor sordo en el corazón y en la boca del estómago. Un vértigo de orfandad, como si mi padre no pudiera fallar jamás y la amenaza de que algo pudiera ocurrirle fuera una retorcida posibilidad contra natura. Como si su caída por tierra sobre aquel pedregullo de Parque del Plata dejara al descubierto no solo piel y carne, sino algún tipo de falibilidad humana que, por aquel entonces, no quería ni siquiera rozar con el pensamiento. Estar desprotegido. Ser vulnerable. Ser débil.

    Así que fracaso total. Da la impresión de que mi conveniente huída hacia las bicicletas -con sus idílicos veranos de infancia y el cine de la enana y los clubes secretos y correr jugando a que éramos ciervos- no lograron salvarme de esta emoción gris que me generan las sillas de ruedas, visibles o invisibles. Bien merecido. Debí inclinarme ante el hecho de que las cosas son circulares, finalmente. Meros mandalas. Algunos benditos, otros tóxicos, la mayoría hipnóticos, algunos incluso irremediables. Como una redonda condena.

  • No te olvides del pago

    El silencio del campo no tiene nada de silencioso. Quizás, sí, haya cierto silencio humano: uno puede estar un poco más solo, apartarse, salir de las palabras. Tampoco hay —por fortuna— mayor ruido de motores y máquinas (salvo lo que dure una tarea determinada) ni mucho menos publicidad, el desesperante sonsonete de ese no contabilizado círculo del infierno. Pero el silencio de todos esos sonidos citadinos, su anulación, no implica un silencio verdadero, un silencio de claustro, de espacio sideral, de sordo confinado al aislamiento dentro de sí. Hoy, por ejemplo, me senté en una hamaca medio escondida en un rinconcito natural protegido por árboles y detecté nada menos que quince sonidos diferentes en un corto rato. Para ser silencio, se parece demasiado a un despliegue sinfónico.

    Me gusta ese silencio a voces, me gusta dejarlo entrar. Quedarme callada. Envuelta por el silbido del viento en sus distintos tonos, los mil códigos percutidos de los pájaros, algún grito abriéndose paso entre el galope o el tropel de vacas cuando son arreadas, el portón metálico de los galpones que reverberan, los goznes oxidados de la puerta de entrada, las persianas de madera que crujen al moverse. Esa clase de estar callada debe ser lo más parecido a la paz que conozco, y me viene de muy lejos —de la infancia— aunque me olvide a cada rato. Por la noche, en las ciudades cualquier ruido me sobresalta; necesito poner música, la tele o un ventilador para neutralizarlos; los autos y las motos me enloquecen, los altoparlantes, las fiestas de los vecinos, pero también la mera posibilidad de que el teléfono llegue a sonar mientras estoy dormida o que alguien me toque el timbre: eso ya es suficiente para tensionar mi sueño. Antes de que naciera Astor, solía dormir con tapones de oídos; los sigo llevando cada vez que paso la noche fuera de mi casa, incluso en lugares supuestamente silenciosos como un balneario fuera de temporada. Si hay otra persona durmiendo en el mismo cuarto, el sonido de su respiración y de sus movimientos en la cama serán suficientes para mantenerme en guardia, para no poderme entregar. Ni hablar de los lugares hacinados, sin espacio propio, como los autobuses durante recorridos largos o los aviones. Mis fieles Foam Ear Plugs naranja flúo ponen una prudente distancia de treinta decibeles con el resto del mundo.

    En la estancia se escuchan notorios sonidos durante la noche, es verdad; sin embargo, por lo general no solo no me quitan el sueño sino que hasta me arrullan, me hacen dormir profundo y cobijada. Me gusta despertarme en la madrugada y escuchar un rato el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles, algún ave nocturna que embruja desde el monte, el molino chirriando con su condena de grilletes como si se quejara, quizás un desgarrado mugido de espectro en pena o el relincho que protesta por la libertad perdida: nada me hace sentir más segura. Este fue el lugar donde se concentró cada verano la poca felicidad que tuve en mi niñez. Es decir, fue el lugar de mi felicidad a manos llenas. A pesar de los ataques de asma, de que muy rara vez vinieran mis padres —recuerdo solo un viaje, o mejor dicho vi dos o tres fotos en que aparecemos—, de que no había luz eléctrica y el agua se sacaba del aljibe; a pesar de las lastimaduras, de las piernas desnudas contra los cardos, de quedar ampollada por las argollas del estribo, de tener que tocar las hojas espinosas de los zapallos que ayudábamos a recoger; a pesar de aquellas siestas que debíamos fingir en absoluto silencio cuando en verdad queríamos seguir corriendo al aire libre, cabalgando, mirándolo todo; a pesar de los peligros, como tener que atravesar el corral del padrillo, o los cascos de los caballos si se estaba obligado a pasar por detrás, o caerse al galope —peor si los pies quedaban trabados en los estribos— o el riesgo mismo de que se desbocara el caballo, o agarrar tétanos por una lastimadura, o ahogarse en el turbio baño de las ovejas, o ser mordido en el chiquero, o raptado por el insondable aljibe en el que dejábamos caer nuestros mensajes y cantos para disfrutar el misterioso retorno; a pesar, también, de los galguitos que nos regalaban pero luego había que sacrificar, los patitos que morían de frío, las gallinas que corrían sin cabeza durante unos segundos luego de ser decapitadas —y que más tarde veíamos convenientemente desplumadas para la cena—, los lagartos que los peones sacaban por la cola desde las profundidades de las cañerías y usaban para asustarnos. Sí, este era sin duda el lugar de la felicidad a manos llenas: nada me entusiasmaba más que estar aquí. Me hubiera venido a vivir a esta estancia, lejos de todo lo demás, como una oveja guacha adoptada por un ama de casa solitaria; aquí solo importaba lo que tenía que importar, aquí yo estaba en paz y me sentía valiosa. El campo infinito, verdísimo hasta el horizonte, “suave pradera ondulada”; los anaranjados atardeceres rabiosos en que le soltábamos las riendas a los caballos porque ellos conocían mejor que nosotros el camino de vuelta para las casas y nos habíamos alejado demasiado; el trabajo rural que mi tío Raúl nos había convencido que hacíamos para él —en realidad era al revés: el que trabajaba duro para nosotros era aquel tío de paciencia infinita, ensillando montones de caballos y cargando con tantos niños mientras llevaba y traía ganado rumbo a remotos potreros, lo marcaba en la yerra, curaba ovejas, castraba vacas metiéndoles el brazo hasta el codo para cortar, nos subía al tractor o nos hacía juntar sorgo en costales o cosechar sandías, todas sus tareas cotidianas con el lastre de esos sobrinos al costado—, como si nos precisara en verdad para ayudarlo, algo que seguramente nos subía la autoestima. Pero entre tanto, nuestra relación con la naturaleza, sus tiranías, su hermosura extraña, se iba consolidando imperceptiblemente; el equilibrio entre la contemplación y la acción, sin que se sintieran como bandos contrapuestos, alternativas excluyentes; el inclinarse ante los ciclos, ante las cosas tal cual son, nos guste o no (supuestamente, esta es una característica de la biología femenina que incluso las mujeres hemos desestimado, sumidas la mayoría en la neurosis contemporánea de no poder aceptar lo que es y lo que se es): el viento cuando hay viento, el sol cuando lo hay, el bendito capricho de la lluvia cuando es copiosa, el exacto tiempo de arar, sembrar, cosechar, y no cuando se quiere, planea o decide. Sin ni siquiera plantearse intentar —por lo infructuoso a sabiendas— que se desvíe, a fuerza de timón, aquello que es más grande que uno, más fuerte y lleno de destellos numinosos. En realidad, solo en las ciudades se puede insistir en ser necio, solo allí trazar caminos en sitios imposibles, vivir de noche, dormir de día, perderse totalmente de vista.

    A mí siempre me pareció que el vínculo con Artemisa, mi diosa dominante en la juventud, era meramente psicológico: no podía encontrar —para nada, porque aborrezco hasta la playa— ninguna relación personal con la naturaleza, los animales, la actividad física. Ese aspecto no me cerraba; sin embargo, en todo lo demás era tan evidente el carbon copy que lo tomaba como una variante urbana e intelectual del arquetipo (quizás influenciada por la presencia fuerte de otras diosas “independientes”, como Atenea). Pero ahora me doy cuenta de que la verdadera Artemisa siempre estuvo, solo que vivió exclusivamente durante mi infancia; luego quedó limitada al vínculo con los hombres y a la insistencia en la soledad, en la autosuficiencia. Amaba esos caballos, amaba galopar, conocer las mañas y temperamentos de cada uno, sus miedos, sus costumbres; amaba estar en San Martín del Yí, lejos de todo. Que no me importara ensuciarme los championes de barro y de bosta, rasparme, pincharme. Me gustaba observar y tratar de entender el comportamiento de las vacas, de los toros; respetaba a los potros con sus crines sin recortar, sus músculos fuertes pintados con reflejos grises, rosados, violetas; decretaba, además —durante el tiempo que me quedaba aquí— una tregua con los galgos y otros perros: nos ignorábamos, pero tampoco les tenía miedo, como en la ciudad. Con morbo y excitación imaginaba lo grave que sería encontrarme cara a cara con cierto jabalí que anduvo rondando una temporada; siempre estaba atenta por las serpientes cuando no llevaba botas, renegaba de las comadrejas aun sin haberlas visto nunca. Y no sentía piedad alguna por las mulitas cuando eran perseguidas en cacería y se trataban de esconder entre las piedras (quizás porque jamás las vi arrodillarse, como dicen). Artemisa era protectora y cazadora, estaba a gusto en el entorno natural, podía entenderse con los animales, disfrutar de la libertad de atravesar los campos mojándose con el sudor de su caballo favorito —la Colorada, el Ipiranga, según la época—, y luego desensillarlo, mojarle su noble lomo para aliviarle el calor. El mundo tenía reglas, aventuras, peligros. En verano el sol aquí era rajante, porque todo se trataba del lado luminoso de la vida; algunas veces llovía y también estaba bien ese respiro: nos quedábamos adentro, jugábamos a las cartas o leíamos. Y luego la noche, el bálsamo de la oscuridad absoluta —sin carteles de neón, sin luces de calle—, con sus brumas sobrenaturales llenas de misterio y de faroles a mantilla; de frascos con luciérnagas, de caminantes que albergar o rueda en la cocina de los peones. A veces guitarreadas en el mataburros para no despertar a nadie: Unos muchos y otros nada/ y eso no es casualidad/ Si el maíz crece desparejo/ alguna razón habrá (aprendí hace mucho en la estancia, tiempo antes de la Dictadura). Dormíamos cansados. Mi tía Cristina, otra heroína que aceptaba gustosa ocuparse de tantos sobrinos, seguramente caía rendida también luego de picar como quince platos de milanesas y de bañarnos cada noche. Un único cuarto de baño, frío y a farol. Nosotros no nos enterábamos de esas cosas por las que nunca pagamos en ningún sentido: eran sacrificios que dábamos por sentados. Pero resplandecíamos.

    Una vez me tocó ver domar los potros. Ahora mis primos trabajan con doma racional, como se llama, pero antes era una lucha salvaje que imponía un profundo respeto. Tanto por el caballo como por el jinete, igual que la lidia de toros. Recuerdo ser una niña bastante chica y observar admirada —hasta con cierta vergüenza por la desconcertante atracción que sentía— a uno de los peones que domaba ferozmente a un potro grisáceo; parecía que el caballo no estaba dispuesto a entregarse así, tan fácil, que estaba luchando por su integridad. El muchacho era muy joven; no me acuerdo de su nombre, pero lo tratábamos bastante en esa época. Andaba sin camisa a pleno sol, la piel tostada, la espalda musculosa de quien le exige al cuerpo cada día. Sé que estuve alguna vez charlando sola con él en el monte de atrás de la cocina y que algo en mi interior me dijo que escapara de allí, sin más. Se sabía que no se podía ir cerca del cuarto de los peones —las razones eran un misterio: quizás se tratara nada más que de no perturbarles la siesta, pero lo cierto es que la zona tenía un interdicto—; del monte, en cambio, nadie había hablado jamás. Mi turbada contemplación del centauro buscando dominar su lado animal, civilizándolo a golpes de rebenque y espuelas clavadas, solo contribuyó a advertirme que aquel misterio probablemente correría en la misma dirección.

    Hasta en eso era ya toda una pequeña Artemisa. Es curioso que nunca me haya dado cuenta.

    Ahora sería incapaz de andar a caballo —me refiero a andar de verdad, salir lejos al campo por mis propios medios, abrir y cerrar las porteras, estar segura de que puedo dominarlo y que no se va a mofar de mí—; había olvidado, incluso, que siempre se sube por el lado izquierdo. Pero aún me gusta acariciarlos, mirarlos a los ojos, con esa humana bondad que guardan. Antes, desde el momento que veía el primer caballo en la ruta el corazón me empezaba a latir como loco: significaba que nos íbamos aproximando a la estancia más y más. La noche anterior a que el camión de mi tío pasara a buscarme por Rivera y Jackson simplemente no podía dormir; miraba en la oscuridad mi ropa doblada, mi enterito azul oscuro, mi buzo rojo, y eso solo podía significar que cada minuto que pasara me acercaría más a la felicidad. Las enormes piedras grises en los costados del río Yí, los termos con Vascolet, el mate de los grandes; al mediodía, don Isidro y su matamoscas, rezongando; los coquitos de butiá desparramados por el suelo.

    Sería francamente imposible el Artemisa reloaded (algo que, por otro lado, hasta me alivia). Pero, al reconocerla en mí de niña, al menos deja de ser un alma en pena, como parecen serlo las vacas que mugen en los montes.

    Anoche, todos los perros ladraban enloquecidos a la medianoche. Daba miedo. Luego se escuchó un grito agudo, el gemido de algún animal herido que se alejaba derrotado entre las sombras. A mi lado, Astor dormía profundamente, a pesar de las guerras de la naturaleza al pie de nuestra ventana. Y yo también fui cayendo en el sueño, poco a poco. Sin siquiera darme cuenta.

  • Vicios zen

    Pocas cosas me producen tanta paz como juntar las ramitas que quedan tiradas por todos lados en la calle y la vereda luego de alguno de esos vientos fuertes, tan característicos de esta ciudad. Cortar las que son muy grandes y retorcidas para poder transportarlas sin el riesgo de sacarle un ojo a otro cristiano. Alinear las medianas o pequeñas y dejarlas más o menos del mismo tamaño para apretarlas mejor debajo del brazo izquierdo. Abrazarlas, aunque sean duras. Mejor. 
    Esta operación tan sencilla y mínima me arroja en el medio del día a los bosquecitos de pinocha en Parque del Plata cuando niña, a las caminatas en el campo de mis tíos. Sus montes de eucaliptos, los caballos que buscaban sombra para escaparse del calor cuando el pequeño jinete no podía dominarlos del todo. Los cardos que me arañaban las piernas al montar, los zapallos y sandías que recogimos algunos años. El olor que acompañaba a los faroles en la noche. La oleada de jazmines en el pasillo exterior, cuando uno se iba hacia su dormitorio. El fuego de la salamandra y los papeles quemados. Estar en la cama, en la oscuridad, escuchando girar las aspas del molino. Ese casi silencio interrumpido por las vacas que mugían como tranquilizadores espectros, con su arrullo final, con su paz. Todo gracias a las ramas olvidadas en la vereda, a esa madera gratuita que me pasaría inadvertida si no estuviera pensando en el fuego por venir, en la continuidad ritual del invierno. Lo que a nadie le sirve, lo que ni siquiera se percibe en la escena. Las voy recogiendo porque así me siento poderosa, como una cazadora urbana intentando procurarse los medios para sobrevivir y sostenerse sola. Artemisa. Casi recolección agrícola de los frutos de algún vendabal, de sus despojos nutritivos. Deméter. El alimento ígneo. No habrá pobreza posible mientras queden ramas con que prender el fuego. En Montevideo, la cosecha siempre es buena.
    Sí, me gusta abrazar a estas ramas como si me fueran amantes capturados. Llevaría muchas más si mis brazos pudieran abarcarlas. Creo que el asunto se parece a meditar, pero sin que medie esfuerzo alguno: uno simplemente se concentra en la actividad, en divisar una ramita más y hacerla suya, en cortarlas más o menos del mismo tamaño escuchando el “clack” de su tronquito herido, dándoles al mismo tiempo la esperanza de crepitar alguna vez. Me hace un poco de gracia cuántos metros me puedo llegar a desviar de mi camino para que no se me escapen las que se me van cruzando. Veo una más allá, otra al lado del cordón.Una más adelante, con dolorosos nudos y cicatrices en su delgada insignificancia de varita mágica. Entonces empiezo a caminar en zig zag. Me cuesta renunciar a recolectarlas las veces que voy a pagar cuentas o a tomarme un ómnibus: bien sé que no sería razonable hacerlo con semejante carga. Igual no es fácil contener la compulsión. Adoptarlas, tan solitas y tiradas por la calle, exiliadas de sus árboles de origen. Llevármelas a casa, contenerlas del abandono, acariciarlas hasta que se vayan. Y en algún momento, el  rezo secreto: “No faltará el fuego, se me concederá el don de prenderlo cuando quiera, de ser autónoma, de tener siempre un hogar mío al que volver”.
    Vicios de Hestia. O hacer leña del árbol caído.
    *
    Estos días, precisamente cada vez que llego a casa con la máxima cantidad posible de ramas y ramitas, tampoco puedo dejar de imaginarme a mí misma como el tipo de la carta del Diez de Bastos.  Pero nada más lejano a esta tarea voluntaria (que asumo y que cultivo) que el sentimiento de abrumación, de peso obligado, el exceso de responsabilidades tomadas sobre uno que simboliza esa carta. Las ramitas zen me hacen sentirme dueña de mi tiempo y de mi destino, casi libre.

    Sin embargo, por algo será que me viene siempre esa imagen a la cabeza.

  • Esconderse/Revelarse

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Me gustó para ahora el tema que larga el inusual psiquiatra R.D.Laing como disparador de este artículo, por eso lo publico aquí. Hay gente cerca mío que anda con estos problemas del tironeo entre la necesidad de mostrarse, de ir hacia el afuera y comunicar, y el pavor que les hace correr a esconderse, a hacer como que duermen en la cama de los padres, con tal de que los demás no los puedan mirar hasta el fondo del alma. Es un sentimiento bastante universal, pero algunos lo hemos vivido en formatos particularmente paralizantes (aunque a mí hoy en día nadie me lo quiera creer).

    Además, esto me permite decirle a la revista aquella, casi 15 años después: “¿Quién te necesita? Ahora los que escribimos publicamos en Internet cuando se nos da la gana… “. Y terminarlo con una de esas trompetillas que Quico le hacía siempre a Don Ramón.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    Parte de mi esconderme era, en aquel entonces, firmar todo como “G.Onetto”. Para que la gente no supiera cómo ubicarme realmente, cómo me llamaba, más allá del apellido. Pero, sobre todo, para que no se dieran cuenta de que era mujer (al menos a priori, antes de leer lo que escribía). 

    DESDE EL BARRIL (7)
    por  G. ONETTO
    En un maravilloso libro sobre la locura y el proceso de volverse loco [***] (y sin que esta lectura pueda resultar de riesgo para los interesados, siempre que no tengan un subsuelo fértil para semejantes asuntos), el padre de la anti-psiquiatría, R.D.Laing, protector de los esquizofrénicos y sopapeador de la familia como institución, dijo así:
    «Toda su vida ha estado desgarrada entre el deseo de revelarse a sí mismo y el deseo de ocultarse a sí mismo. Todos compartimos con él este problema y todos hemos llegado a una solución más o menos satisfactoria. Tenemos todos nuestros secretos y nuestras necesidades por confesar. Podemos recordar cómo, durante nuestra niñez, los adultos al principio eran capaces de ver claro en nosotros, traspasarnos con la mirada, y qué gran hazaña fue para nosotros cuando, llenos de miedo y temblando, pudimos decir nuestra primera mentira y hacer, para nosotros mismos, el descubrimiento de que estamos irremediablemente solos en algunos respectos, y saber que dentro de nuestro propio terreno sólo pueden verse las huellas que dejan nuestros pies.»
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    P
    or piedad, el universo nos otorga naturalmente una tregua de años -de décadas inclusive- para que lleguemos a asumir a fondo nuestro irremediable desamparo personal. Pero una cosa es segura, y es que una vez que todo esto empieza, una vez que nuestra conciencia descubre su hermética e incorruptible impenetrabilidad por mente externa alguna, una vez que padres y dioses y gurúes mágicos nos han abandonado a nuestra suerte, el proceso se torna irreversible.
    Lo único que nos queda es esa certeza ‒obsesiva e inquisidora, como las moscas‒ de que todo nuestro ser, nuestros maravillosos recuerdos y pensamientos, toda nuestra historia personal, es terreno inaccesible para los demás. Para ellos, seremos un oeste indómito y salvaje del cual sólo les llegarán, acaso, los cuentos fraccionados, misteriosos, narrados por nuestra propia voz titubeante.
                        *        *        *
    Recuerdo una de las primeras veces en que me enfrenté a este incómodo tironeo entre el deseo de revelarse y de ocultarse. Tenía 8 años y hacía unos pocos meses que vivía en un país extraño.  Por supuesto que no tenía amiguitos ni primos ni abuelos ni vecinos conocidos ni tíos ni nada: sólo aquel par de padres que con tanta perfidia tramaban desprenderse del timón de mi conciencia. Mi vida transcurría en una soledad que rayaba en lo autista, fomentada además  ‒como en casi todo niño siglo veinte‒ por los estúpidos programas de televisión. Todavía no iba al nuevo colegio y  mi tiempo transcurría lento, lento… Me sentía como una niña perdida en un castillo lleno de armaduras y mausoleos, de hermosas criptas y capillas en las que no se podía jugar porque, de hacerlo, mis ecos despertarían a los caballeros de su siesta; resonarían, agudos, perturbando a las monjas hasta en su clausura de hierro y naftalina; mis ecos y mis juegos les traerían a las reinas dolorosos recuerdos de hijos muertos. Me tiraba en la cama y sentía cumplirse las horas sobre mi estómago, como una mascota traviesa que me pisaba y me pasaba por arriba con negligencia, tan sólo  para acurrucarse al sol y dormir a pata suelta.
                           *        *        *
    Por entonces, me había atrincherado en un cuartito de servicio a los efectos de exorcizar mi soledad sin contaminar demasiado la apastelada armonía de mi dormitorio. Las tardes se hacían interminables allí, sin amigos, sin secretos para compartir, sin espejos que me devolvieran mi imagen (cada vez más incierta y borrosa por la súbita pérdida de referencias, de identidad). A falta de testigos, mi propia historia  empezaba a carecer de todo sentido. Era domingo; mis padres dormían la siesta. Yo comía galletas con avidez.
    Súbitamente, sentí que no estaba, en el fondo, tan perdida como pensaba: me di cuenta de que vivía en un edificio, por lo que seguramente existían otras personas en los pisos inferiores, otros niños, otros individuos capaces de apreciarme, aunque yo fuera tan sólo una extranjera sin hogar. Tomé la caja de galletas vacía e improvisé una rudimentaria botella al mar. Una larga cuerda atravesaba el cartón de la caja y la hacía oficiar de anzuelo, como si yo intentara pescar a alguien; pescar la atención de alguien, los ojos de alguien que entonces me devolverían la corporalidad y la existencia que había dejado en otro país. Adentro de la caja, puse una carta con dibujitos. La bandera uruguaya enmarcaba renglones de caligrafía infantil con los que yo me esmeraba ‒dentro de la primitiva oratoria que podía tener a mi alcance por aquel entonces‒ a fin de exhortar al testigo, al depositario de mi ambiguo deseo de revelarme, para que uniéramos los lazos entre nuestras patrias. Como si se tratara de dos delegaciones diplomáticas en tratativas para firmar un armisticio.
    Por la ventana del cuartito de servicio, tiré aquella caja de galletas que contenía mi oda a la amistad entre las naciones, no sin antes sujetar fuertemente el extremo de la cuerda que la sostenía. La caja quedó colgando frente a las ventanas de los otros pisos; cada tanto, yo cambiaba la altura de la cuerda para que se bamboleara frente a una ventana diferente. Esperé: la necesidad de confesar, de ser visto y reconocido estaba en plena marcha.
                       *        *        *
    De pronto, alguien tiró de la cuerda y en un instante fui despertada de mi somnolencia de pescador aburrido. Sentí terror, y traté de recuperar aquella cuerda rápidamente, palmo a palmo, sintiendo que en el extremo donde antes se encontraba la caja de galletas ahora bien podía haber un tiburón. Pero fue peor que eso: la caja depositaria de mi carta, de mi carta con propuestas de amistad y banderas, estaba vacía. Había sido interceptada, recibida; sabía, para mi espanto, que en esos momentos alguien la estaría leyendo realmente.
                               
    Creo que aquí interviene la otra parte: el deseo de ocultarse a sí mismo, de ocultar los secretos. En aquellos momentos, sentí una vergüenza indescriptible y corrí al cuarto de mis padres con el corazón desbocado. Jamás les contaría lo sucedido; me sentía humillada, indigna por haber mostrado mis verdaderos sentimientos de soledad y encierro. Estaba segura de que, de un momento a otro, un vecino furioso subiría a nuestro piso pidiéndonos explicaciones. “En realidad, los extranjeros deberíamos permanecer ocultos, no llamar la atención, guardarnos nuestras cosas”, me dije. “Y mucho menos pretender una alianza con los demás, como si tuviéramos derecho a que nos tomen en cuenta”.
    Me acurruqué en la cama de mis padres y decidí que, si aquel vecino finalmente venía a protestar por mi caja de galletas, yo lo negaría todo. Hasta la bandera. La carta no era mía: jamás había intentado mostrarme a mí misma. Cerré los ojos y fingí que dormía.  


    [***] El Yo Dividido, (The Divided Self /A study of sanity and madness), R.D.Laing, año 1960. 



  • Astor hace cuentos

    En aquella tele diminuta, blanco y negro (como todas las de la época), veía cada tarde al Lagarto Juancho cuando volvía del Jardín de Infantes y me tomaba una enorme mamadera de café con leche, culpable cual alcohólico recaído. También a Leoncio el León y Tristón. Pero además me colaba, cuando podía, a mirar películas de grandes, de esas que uno no entiende del todo cuando es niño, pero cuyas imágenes pueden ser tan fuertes como para que las recordemos con nitidez varias décadas más tarde. Por ejemplo, aquella mujer que era torturada en el potro del tormento medieval, sus axilas tensas; durante mucho tiempo, cavilé acerca del significado de algo tan horrendo e incomprensible como la tortura. Era un pensamiento que me daba miedo por sí mismo, como si fuera capaz de invocar oscuras desgracias (desgracias como la Dictadura, quizás). En otra de mis furtivas películas, El circo de los horrores, una mujer bastante bonita se empecinaba en hacerse una cirugía estética para quedar aún más bella, y cuando al fin le quitaban las vendas resultaba que algo había salido mal: se había convertido en un verdadero monstruo. Creo que esa película no la pasaron en la farándula argentina; si no, uno no se explica.

    Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de estas películas robadas al mundo adulto es Ana de los milagros, la historia de Helen Keller. A los seis o siete años, concebir siquiera que alguien pudiera ser sordo y ciego a la vez me costó horrores: para probar, entraba a esa silenciosa oscuridad interna y no encontraba nada, o me encontraba a mí solamente, la soledad más honda. Y que se tratara de una niña me impresionaba más todavía, por más que fuera una historia de superación de las adversidades y la discapacidad, en cierto modo. Puras pamplinas. La niña estaba ciega y sorda: era imposible que algo o alguien la sacara de allí.

    Por eso aún tengo grabada en la memoria la imagen del momento en que, al mojarse las manos, Helen Keller empieza a hablar, a tocar y a reconocer cada cosa: “Agua…”, dice, con la mirada perdida. Ana, la institutriz, salta de felicidad frente a su antes poco probable milagro. Estoy segura de que entendí algo mal: el asunto es imposible. Como sea, siempre me quedó grabada esa imagen súbita de reconocimiento de algo que antes era inaccesible, de cabos que se atan, de gigantescos pasos que se dan. Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando este enero pasado, inesperadamente, Astor empezó a escribir. No entiendo cómo lo hizo, ya que nadie le enseñó; las letras aprendidas, su observación, vaya uno a saber qué pasó, pero se lanzó a leer y a escribir (es un decir) de un saque, en plenas vacaciones. Siempre me creí muy precoz porque leía a los tres y escribía a los cuatro; la diferencia es que yo pedí que me enseñaran. La escritura era, para mí, un misterio que me atraía como un remolino, pero me parecía una injusticia que mis garabatos no fueran interpretados correctamente por los demás, cuando en realidad yo agarraba el lapiz y lo sacudía igualito que ellos. Por eso me embarqué en incorporar el código; mi madre tuvo paciencia. Y justamente, por ese debut temprano, me cuidé siempre de no presionar a Astor en lo más mínimo con el tema; yo le decía que había tiempo, que le iban a enseñar en Primaria. Él tomó sus propias determinaciones, evidentemente.

    El asunto es que, no contento con la enorme producción de dibujos que tiene -es su forma de lidiar con el estrés-, ahora “hace cuentos”, dice él. Ininteligibles. Y los vende; su primera aspiración fueron ocho dólares, pero el mercado le dejó claro que, por ahora, sus cuentos y dibujos valen cinco pesos. Me alegra que trate de lograr que lo remuneren por su creatividad: no está de más ponerle pies en la tierra a las voladuras, tomando en cuenta los antecedentes genéticos en la materia. Tardé como cuarenta años en animarme a hacer lo que él, tan fresco, pretende hacer ahora, a los cinco. Lo bueno es que también sigue regalando su arte.

    Lo que más me maravilló del asunto es que -luego del segundo episodio Helen Keller, hace unos días, cuando empezó a crear sus “historias”- el tipo insistiera en que yo tenía que escribirle un cartel para que, a la mañana siguiente, él pudiera recordar que ahora hacía cuentos. “Escribí en un papel: Astor hace cuentos”, me decía, preocupado. “Porque si no cuando me despierte ya no me voy a acordar de que los sé hacer…”. “Pero… ¿cómo no te vas a acordar, Astor?”. “No. Tengo que tener un cartelito pegado en mi puerta”, dijo, muy seguro, y en vistas de mi poca receptividad a su problema, se sentó  y lo escribió él mismo. Fue a pegarlo, pero no quedó convencido.

    “Mejor dos carteles”, dijo. “Porque si se cae uno, está el otro para que igual no me olvide”.

    Estos niños, tan chiquitos, y ya tienen incorporado el concepto del back up, que con tantos sinsabores aprendemos los grandes…

    Me dio mucha ternura ver los dos carteles de “Astor hace cuentos” en la puerta de su dormitorio. Y de repente pensé que, si simplemente cambiara el nombre de Astor por el mío propio, el asunto del recordatorio estaría más que justificado. Y me dieron ganas de hacer lo mismo, de ir por toda la casa pegando carteles para acordarme de mi escritura. Es, precisamente, como si cada mañana olvidara que hago cuentos y tuviera que empezar de nuevo a tocar las cosas, a reconocerlas: “Agua…”

    Un hijo bien llevado, con atención, tomado en serio como depositario de otro tipo de sabiduría, sin duda puede ser un gran maestro.

  • Mis respetos, Señor Presidente…

    Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador…
    Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 
    Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o “experiencia de la vida”), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 
    Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 
    Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 
    Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 
    Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

    Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: “Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas…”, escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

    Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

    Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de “Belle de Jour”. Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: “Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli”. Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, “Permiso para iniciar el desfile”, y a él contestar, serenamente: “Sí, señor”. 

    Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 
    Mujica habló del país “agro-inteligente”. Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

    VER PARA CREER:


    Jingle “Vamos Pepe”
    Jingle “A Don José” (intuyo que fue clave en la campaña)

    (cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)