Etiqueta: muerte

  • Lidiando con la vida (2011)

    De repente, en el medio de la semi siesta sabatina, aparecen unas imágenes de una corrida de toros en México. No soy de esas personas especialmente impresionables con el tema: viví en un país en el que la lidia es bastante tradicional y estudié en el Colegio Madrid fundado por republicanos españoles, caldero en el que a veces uno encontraba especímenes fanáticos de estas cosas, solían hacerse novilladas y no eran tan raros los cultos taurinos que probaban una fidedigna relación con la Madre Patria (que me perdonen los catalanes, que no quieren saber de nada con la tauromaquia y ya hasta dejaron constancia legal del asunto).

    As bullfighting aficionado Ernest Hemingway famously said in Death in the Afternoon (1932), “Bullfighting is the only art in which the artist is in danger of death.”
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    In fact, the Council of Toledo in ad 447 compared the Devil to a bull:

    a large, black, monstrous apparition with horns on his head, cloven hoofs, hair, ass’s ears, claws, fiery eyes, gnashing teeth, and huge phallus, and sulphurous smell.

    This description is less surprising when one remembers that the early church’s foremost rival was the cult of Mithra, the pagan god of Persian mythology that was widely worshipped in ancient Rome. The most important Mithraic ceremony was the sacrifice of a bull, an act emulating Mithra’s legendary slaying of a bull, which was depicted in art throughout the Roman Empire.

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    Encyclopaedia Britannica:

    “Casi todos los toreros son corneados con variado grado de seriedad por lo menos una vez por temporada. Belmonte (uno de los toreros más famosos de los años veinte) fue corneado más de 50 veces. De los aproximadamente 125 toreros principales (desde 1700), 42 murieron en la arena; esto no incluye a los toreros principiantes o a los banderilleros o los picadores que han sido muertos.” A pesar de esto, más de 3.000 toros son muertos ritualmente en las plazas de toros de España durante la temporada, y docenas de toreros arriesgan su vida varias veces por semana”.

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    bullfighting
    lucha entre cultura y naturaleza, civilización e instinto animal, racionalidad e inconsciente, máscara y sombra.

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    Wikipedia:

    “Picador: Es la persona que, montada a caballo, utiliza una vara larga con una punta metálica (puya) para castigar al toro y producir desgarramiento de los tejidos ubicados en la cruz del mismo con el objetivo de probar su bravura, detectar sus características y evitar que el animal embista levantando la cabeza”.

    Wikipedia:

    “En ocasiones, donde el reglamento de la plaza lo permite y a petición del torero o el público, antes de dar muerte al toro, en casos bravura y porte particularmente distintivos el presidente de la corrida puede conceder el indulto del toro, en cuyo caso no se mata al toro sino que se devuelve a los corrales para que regrese al campo como semental”.

    Aquí estamos, lanzados en el ruedo sin aviso, tratando de hacer lo que podemos y de seguir viviendo, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide.


    Parar, templar y mandar
    .

  • María Memento Mori

    Esto fue hace un año, exactamente. Me enteré por un SMS desde México. Estaba en el club de Astor, en el medio de la cotidianidad más obscena. La inocencia: ese momento en que por no estar vigilando la posibilidad de la desgracia, la maldita golpea y nos pesca desprevenidos.

    Al principio creí -o quise creer- que sería uno de sus trucos para llamar la atención. Un rumor. Un nuevo performance beck
    ettiano de María Tarriba. Ella no tenía límite para crear y recrear sus personajes.

    A falta de otras materialidades posibles, entré a internet sin perder un minuto. En el Facebook de Djuna Barnes (su alter ego, luego de que la revista Proceso recogiera críticas a terceros firmadas con su verdadero nombre en el cotilleo virtual y las publicara, para su vergüenza), encontré una frase que había sido subida tan solo diecinueve horas antes. Un último rastro de María, fresco, aún latiendo de existencia. Su testamento, quizás involuntario. Quizás no:

    The voyage of discovery consist not in seeking new landscapes, but in having new eyes.
    (Marcel Proust)

    En eso me llegó el segundo SMS, el peor: uno de sus hermanos había confirmado la noticia y estaba saliendo rumbo a Mazatlán. A su velorio.

    Y sin embargo, después no quedó duda de que el verdadero velorio fue en internet y en ciudades distantes unas de otras que convergían. Cosas de estos tiempos. Todavía podemos leer para atrás, en su muro, lo que durante este año sus amigos (entre ellos, los conocidos virtuales de largas conversaciones) le hemos seguido expresando; más extraño todavía, también podemos leer para atrás, más para atrás, lo que ella mostraba de sí, su actividad, sus palabras. Cuando todavía estaba viva. Como si todavía lo estuviera.

    Mi amiga María me mandó su libro por correo cuando lo publicaron. También hizo dos donaciones de US$ 2.50 vía Pay Pal aquí en el blog para pagarme un café en Tribunales. Yo lo había puesto como una especie de chiste personal que, sin embargo, en el fondo conservaba cierta esperanza de que la Providencia me guiñara un ojo, como para hacerme sentir que estaba allí. Solo María lo captó. Y actuó en consecuencia. Desde sus escasísimos recursos.

    Pero para qué hablar de María, la María biográfica. Sus innumerables virtudes, sus aterradores defectos; al final, uno lo perdonaba todo. Porque pedía disculpas, inclinaba la cabeza cuando despertaba y veía el desastre que había hecho, Ayax rodeado de cadáveres de ganado que en su

    locura había juzgado un ejército; caballo de Atila desbocado, pasando con los cascos furiosos y maníacos sobre los campos queridos. No podía evitarlo. La bipolaridad es estar lisiado sin una silla de ruedas o un bastón blanco que lo atestigüe.

    Lloro y me dicen que ella está mucho mejor allí donde está ahora. Pero yo lloro por mí. Tengo derecho.

    Fue lo peor que me pasó el año pasado. (Después sufrí la muerte de otra amiga, pero por suerte para ella allí sigue todavía, vivita y coleando). Las cercanías del alma que permite internet son un campo multiplicado de cultivo de duelos: de un momento a otro, la persona se va de nuestro día a día, termina tajantemente de compartir, desarma el refugio; nos deja un hueco imposible de llenar, una estela de silencio. Deberíamos estar advertidos, pero lo comprendemos recién cuando nos pasa. La ausencia cotidiana de Levrero es algo que casi ocho años después todavía

    no puedo superar. “Que nunca me faltes, Carlitos”, decía, pero no mencionó nada respecto a faltarme él a mí.

    María se enojó muchísimo conmigo por una imagen que posteé alguna vez en su muro. A mí me parecía de una lívida belleza, un memento mori (precisamente) delicado y firme a la vez; solo quise compartir mi hallazgo, acercarle ese mensaje que tanto me obsesiona: la vida escurriéndose entre nuestras negaciones; el amor, la pasión, el arte, la alegría, la comunión,

    todo postergado para un momento más oportuno que nunca llega. La miope y tácita soberbia de suponernos inmortales. Pero ella se puso fúrica; se sintió agraviada, pensó que con alevosa crueldad le estaba recordando que moriría. Desde mi punto de vista, el “tú” que formaba parte

    de la frase era genérico: hablaba de mí también, por supuesto.

    En su acting supuestamente defensivo, me dijo cosas terribles; se metió incluso con la mortalidad que más podía dolerme. Ahora veo cuánta razón tenía. No son cosas para decirle a alguien que apenas tiene uno o dos años de vida por delante. Aunque ninguna de las dos lo supiera entonces.

    Anteanoche soñé con ella. No me acordaba de la fecha, pero se ve que mi inconsciente sí. Se veía muy bien. Contenta, saludable, en paz. Usaba un vestido largo, blanco y estampado de colores (¡ella, siempre extravagante, hasta en la muerte!); íbamos caminando con un grupo de personas por la proa de Rivera y Arenal Grande, a la altura del bar Monteverde. Entre ellas, venía AV; mientras soñaba, pensé que aparecía porque la estoy viendo todas las semanas, pero –otra vez- se ve que mi inconsciente recordaba bien que ella fue una de las mejores amigas de María en la adolescencia. También venía una muchacha que rentaba una casita colonial mexicana diminuta, como un garaje que en su piso de abajo tenía un tallercito abierto a la calle -en el que trabajaba un artesano- y arriba un cuarto o dos. La casita estaba construida en una “punta” o esquina de la plazoleta de los Desaparecidos (nótese el símbolo obvio). A mí me encantaba; incluso fantaseaba sobre la posibilidad de rentar un cuarto para mí, como un estudio. Me hacía sentir cerca de México, y otra particularidad era que desde allí se veía el edificio de Rivera y Jackson, aunque totalmente distinto a como es: brillante, con adornos, hasta chongo. En el sueño, yo destacaba que aquel había sido mi último hogar en Uruguay antes de irme, de niña; los allí presentes me hacían ver que eso ya lo había comentado muchas veces. Pero ese pedacito de México en conjunción con calles e imágenes de mi infancia me daba paz.
    María tenía protagonismo en el sueño. Se la veía equilibrada, sabia -más sabia que nosotros, sin duda-. Alguien nos mostraba unos mantelitos de papel impresos con fotos de momentos de su vida, como postales con cierto toque inusual, surrealista o disparatado, como todo lo de María (recuerdo uno, por ejemplo, en el que ella aparecía con otras personas resguardadas en una construcción de piedra, todos vestidos con trajes militares y mirando al desierto). Yo, en ese momento, cobro conciencia de que María va a morir; por eso, empiezo a doblar disimuladamente esos mantelitos para conservarlos como recuerdo. Me embarga una súbita vergüenza de estar preocupándome más por mi propio dolor anticipado cuando la que va a morir es ella, la que lo perderá todo.
    Ella se da cuenta y, sin embargo, me mira con dulzura. Como si yo fuera una niña chica que aún tiene mucho que aprender antes de poder captar las complejidades del mundo de los adultos (o del mundo de los muertos, en este caso). Cuando yo hablaba del asunto de su muerte inminente, María medio que sonreía y me cambiaba el tema. Hablar de eso no le parecía importante, o acaso supiera directamente que yo no lo podría comprender. No lo veía como la tragedia, la pérdida dolorosísima que sentía yo.
    Sí, se veía bien. Muy bien y sabia.

  • Deseos extintos

    Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

    Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

    Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

    ¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

    Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

    “La Dama de las Camelias… es él”

    Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

    “Madame Bovary… c´est moi”

    Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.

  • Atalanta Déjà Vu

    A mí siempre me gustaron los amores insomnes, famélicos, que no se notaran mucho más que la marca que deja un pocillo de café encima de un sobre. Los llevaba clavados en mí como un secreto mustio, los enterraba a punta de martillo, de ataúd. Eran amores de a uno. Si ellos se enteraban, el asunto solía arruinarse sin remedio, porque por lo general buscaban algún tipo de forzado encuentro o de ventaja, o incluso la mera sospecha de que así pudiera estar sucediendo mataba cualquier posibilidad interna mía de confiar,  de entregarme a la situación. Prefería el ardor de haberme lastimado sola con la flecha.

    Por suerte mi juventud -esa jungla espesa y salvaje, esa maraña de espinos rodeando un castillo de cualquier modo abandonado- queda ahora tan, tan lejos…

    *

    Para mi sorpresa, ya ni siquiera me importa haber resultado una diosa de pacotilla, una Artemisa domesticada.

    *

    El otro día leí un graffitti en las paredes del Estadio Centenario. Decía así:

    Ahora veo crecer las flores de abajo

    No sé cómo lo hacen, pero los graffittis siempre nos leen la mente.

    *

    Soy bastante susceptible a la arrebatadora vitalidad de la inteligencia ajena. Es más, hasta me atrevería a decir “la arrebatadora sensualidad de la inteligencia ajena”. Si no me resultara un prejuicioso contrasentido.

    *

    Fury of the Gods corrió en la delantera durante casi todo el Premio Ramírez. Al final cedió, desistió en su empeño de llevar todo hasta las últimas consecuencias: terminó ganando otro caballo y no me pagaron el improbable 25 a 1.

    Los dioses siempre hacen lo mismo con su furia.

    *

    Curioso: por un momento, pensé en Atalanta. Será otro déjà vu, para variar.

  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • Ahora sí: adios, Levrero…

     Yo empecé este blog, El libro de los pedacitos mágicos, en el año 2004; estaba apenas interiorizándome de lo que consideraba una posible herramienta de independencia editorial (así fuera casera) y había hecho un único miserable post de prueba, cuando murió Mario Levrero. Amarguísimo, oscuro momento que durante años me quemó los ojos del alma cada vez que lo intentaba recordar; imaginarme a mí misma aquel lunes de mañana en Querétaro, sentada frente a la computadora con un bebé de dos semanas en brazos mientras leía, inocente, lo que -pensaba yo- sería un mail más de la luminosa Chl (aquí está la prueba de que no todo el mundo mata al mensajero: yo le agradeceré hasta el fin de mis días por haberme avisado unas pocas horas después, y por todos y cada uno de sus mails posteriores, como si su privilegiada mirada de duende bella, dolida -como yo- pero con cierta cuota de humor sobre las circunstancias -como él- pudiera curarme el desgarro). Por eso, la dirección de este blog terminó siendo adioslevrero.blogspot.com: porque se trata de un blog fúnebre desde su inicio (más tarde blog luctuoso, de esta y otras pérdidas), creado para no perder del todo a alguien amado que se muere.

    Porque en un principio creí -qué ingenua- que escribiendo aquí (¡tanto, tanto que nos escribimos durante esos ocho años, a menudo varias veces al día!) podría seguirme comunicando con aquel sin el que de golpe la vida pareció haber perdido gran parte de su sentido. Aquel, mi mejor amigo, mi hermanito (frater mystico), mi socio, mi maestro, mi fan. El islote más contundente en el archipiélago de mi ánimus. Muerto, y entonces había que rearmar la vida desde una soledad atroz. Pararse sobre ese miedo oscuro y terciopelo, perseverar hasta que el dolor ya no quemara tanto. O sea, años.

    Mi maniobra del blog no sirvió para nada: Levrero no apareció luego de muerto, así que desistí, perdí las escasas fuerzas que había acopiado para mi patética invocación escrita. Si algo me quedó claro en aquel momento, pero desoí años más tarde, es que Mario se había desprendido sin ningún tipo de culpa, sin aferrarse, sin nada pendiente en esta tierra. No importa lo que hiciera, no se sentía presencia alguna. Por eso dejé mi inútil blog para retomarlo recién tres años más tarde, ya sin pretensiones de tabla de ouija. Aparte de que yo le había pedido expresamente que, si él moría primero, me hiciera una señal: nada me convencía en un principio, y muy poco después el destello se desvaneció. Tengo que admitir que Mario no se comprometió a hacerme la famosa señal -como a nada, o a casi nada que se formulara por anticipado y en términos absolutos-, pero sí dijo que seguramente, dada la enorme conexión en la que vivíamos, se diera algún fenómeno espontáneo de un modo u otro.

    Mujer de poca fe.

    Dicen que hoy, 30 de agosto, era también el Día Internacional del Detenido Desaparecido. Nada más apropiado, cuando pienso en los siete años -ciclo finalizado- que hacen desde su muerte. Porque para mí desapareció. De un momento a otro, sin explicación, sin advertencia, sin que pudiera contemplar su cadáver. Lo curioso es que parece -recién me estoy dando cuenta ahora, tanto tiempo después- que para mucha gente apareció a partir de su muerte: una mitología cada vez más engordada y adulterada que me hace cuestionarme muchas cosas. “Rocé el borde de su manto, y si no, igual rocé el de aquellos que se sentaron a su mesa”. Para mí, fue el mejor amigo de carne y hueso que tuve jamás, no una figura pública; menos, todavía, un gurú de los planos invisibles, un alma máter por transitiva, una antorcha olímpica a custodiar en un apostolado. Si alguna vez entré en ese juego (y lo hice: recién a estas alturas vengo a caer, y no es juego de palabras), reconozco ahora que fue un error, un manotazo de ahogado inconsciente de mi propio desamparo. Hay asuntos que jamás debieron haber salido del ámbito de mi relación privada con él: chistes incomprensibles para terceros, como ser la mujer más bella del mundo o que me echara del taller; anécdotas, manías, impresiones. Sin duda él lo tenía todo para que se generara una mitología tras de sí; me arrepiento, en lo que a mí corresponde, si la he fomentado, además. No más altares, no más homenajes. Cuando se llega a valorar más las supuestas misiones y asistencias encomendadas por Levrero desde ultratumba que las amistades vivas que se tienen enfrente, es que algo no anda bien. O la gente está proyectando en esa entidad abstracta, “Levrero”, mucho más de la cuenta. Es lo malo de los países que se dicen ateos y agnósticos.

    “A veces salimos y seguimos charlando rato en la esquina, tiritando de frío. En esos momentos es cuando pienso que Levrero está ahí con nosotros”, cita un reciente artículo a una participante de Narrares, espacio de autogestión literaria que inicialmente estuvo integrado por alumnos presenciales de Mario en un intento magnífico por continuar escribiendo (incluso publicaron con todo heroismo una colección de libros), poniendo en práctica lo que él les había dejado como guía. Pero en el espacio de aquel entonces, todos lo habían conocido personalmente: no era un arquetipo. En mis talleres, también hay (bastante) gente que dice sentir que lo conoce, tal como si hubiera sido realmente su maestro o como si fuera un amigo. Yo misma alimenté esa idea de la comunidad levreriana; por supuesto que es un fenómeno mucho mayor, algo que rebasa mis intervenciones limitadas a los alumnos, internet y algunas apariciones en los medios. Un curiosísimo fenómeno. Entiendo, desde luego, que cada uno tiene derecho a vivirlo como le venga en gana. Por mi parte, seguiré enseñando lo que sea que haya aprendido de él (que sin duda trasciende su “método no metódico”, como lo denominé alguna vez) en tanto sigo trabajando con el resto de mis proyectos de motivación literaria. Y seguiré atesorando su amor en mi interior, que es donde tiene que estar.

    Tanto tiempo para reparar al fin en que nadie puede darme ni quitarme nada en este tema: debo haber sido yo misma la que salió a buscar patentes de idoneidad sin darse cuenta. Y -quién podría culparme- también fui yo la que hasta hace poco intentó que siguiera viviendo (como persona, como mito: como escritor no hay fecha de caducidad) mucho más allá de los años que le tocaron en suerte.
     
    Pero ahora aviso oficialmente que Mario Levrero está muerto, por si alguien no se dio cuenta del todo. Muy muerto: lejos de nuestras pequeñeces, nuestros mundanos conflictos de poca monta. No nos mira por ninguna ventanita ni nos protege ni nos guía. Todos los asuntos de esta tierra le darían una pereza infinita. Estaba tan cansado. Y cada vez lo entiendo más, yo, que tan enojada me quedé por su abandono. ¡Irse sin mi permiso! ¡Y sin hacerme la señal post mórtem para saber que algo permanece, que no lo perdía para siempre!

    En mi post del 2009 La araña y el pajarito de colores dice así:

    Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

    (*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama “Pajarito”- representa esa especie de “Espíritu”, de entrega a la escritura y sus misterios. 

    A mí con la fe nunca me basta. La desconfianza me gana frente al amor prácticamente siempre. Qué le voy a hacer. Era, por eso, más excepcional aún sentirme tan inequívocamente querida e importante para él. Pero, como dije antes, Mario Levrero está muerto. Ahora sí: adios, Levrero… 

    Hace unos días, con Astor, rumbo a la escuela:

    -Mamá… ¿te acordás de un amigo tuyo, que te avisaron que murió y después había un pajarito que golpeaba con el pico en la ventana?
    -Sí, me acuerdo…
    -¿Y por qué no le abriste, entonces?
    -La verdad es que en ese momento no se me ocurrió…
    -Cuando tú te mueras… ¿me podés hacer alguna señal?
    -Voy a intentarlo. No sé cómo es eso.
    -¿Y qué podría ser?
    -No sé… Hay que pensar…
    -¿Un petirrojo?
    -Un petirrojo podría ser: en Guanajuato veíamos muchos en el árbol junto a la ventana. Son lindos. Voy a intentar.
    -¿Y cómo es un petirrojo?
    -Y… como un canarito, pero rojo. “Petirrojo” era tu grupo de Jardinera.
    -Sí: por eso se me ocurrió.

    … que sean sólo los pedacitos mágicos de nuestros secretos…

     Algunos de aquellos posts resucitados:

     ¿Dónde estás, Carlitos? (20/9/2004)

    Me da risa… (22/9/2004)

    Las narinas de algodón (22/9/2004)

    Padre, hijo, hermano (24/9/2004)

    Encontré este otro… (24/9/2004)

    Lo subjetivo del tiempo /1/10/2004)

    Adios Carlitos (19/11/2004)

    Mi ángel de la guardia, o guarda, o qué sé yo (19/11/2004)

    Respirando la vida, luego de tanto (5/2/2007)

     

    (sí, respiré la vida, luego de tanto: dije que había llegado a cierta paz, que más o menos lo había aceptado, 
    y entonces al mes se me murió el Darno… un blog tanatológico, el mío)


    Sigo sin escuchar las grabaciones que me mandaron a México con su voz. 
    Quizás ahora pueda. 


  • Y en el último suspiro…

    Cada tanto le cambio de melodías a mi celular; la más importante es la alarma, porque es la que me despierta cada mañana y también la que me hace bajar a tierra, encarnar nuevamente desde la computadora, recobrar la noción del tiempo, de las tareas por hacer, de los encuentros por venir, de las obligaciones, horarios, agendas. Casi nadie me llama por teléfono porque saben que no me gusta demasiado (no así los SMS), pero en estos días puse Uruguayos campeones como ringtone para divertirme las selectas veces que suena. Creo que por eso, paralelamente, puse Cielo de un solo color como alarma; después me di cuenta de que no había sido realmente por la temática futbolística, sino porque es una canción perfecta para despertarse (literal o metafóricamente) sin violencias. Creo que hace un par de años no la tenía tan clara; erróneamente, me inclinaba hacia tonadas como el tema de Batman, un instrumental de Tom Waits, el Caballero Rojo de Titanes en el Ring, la máquina contestadora de George, el de Seinfeld: todas pésimas opciones, porque ya empezaba la jornada como si me hubieran propinado un choque eléctrico y con taquicardia. En cambio, Cielo de un solo color comienza con unos acordes rítmicos casi imperceptibles, suaves, a los que luego de algunos compases se les agrega un redoblante discreto; luego una voz medio hipnótica (como si fuera la de un tipo desvelado o recién levantado, como yo) que va dando paso al hilado de un bandoneón; para cuando las cosas se ponen más intensas y expresivas, para cuando se cuela el rock o la murga, hace rato que apreté el stop y estoy a salvo.

    El otro día me sentía triste en extremo; quizás por eso no atiné a detener la alarma en los comienzos mismos del tema. Cuando uno está realmente triste, con esa tristeza que no tiene motivo -es decir, que no es la reacción natural frente una pérdida, herida o fracaso-, el entorno y el mundo circundante se desdibujan casi hasta desaparecer por entero. No hay alarmas que valgan, no hay campanas que se oigan; ni siquiera escuchamos más ese constante avispero celestial de ángeles que (de buena gana y con la impresión de que hicieron buen negocio) aceptarían perder su inmortalidad vacía sólo a cambio del momento en que se apagan las luces en el cine, o para degustar las promesas del olor de un buen vino tinto antes de ser tomado. Pero cuando se está realmente triste, uno no quiere ni vinos, ni cine, ni ángeles ni demonios; uno se queda ahí, flotando simplemente a lo largo y ancho de un cielo negro, silencioso, con el único anhelo -que quizás no se atreve todavía a hacerse rezo- de que el dolor al fin termine. Ver Ítaca en el horizonte o, de lo contrario, ser engullido al fin por el remolino de Caribdis.

    Y entonces, de repente, se produjo el milagro: escuché la canción desde ese lugar de la tristeza. No desde las tribunas del fútbol; no desde el puesto del hincha fiel que sueña con que su equipo gane, a pesar de que la realidad le demuestra una y otra vez que eso es solamente una quimera (por lo menos hasta que ocurre y la canción, entonces, se vuelve profecía, himno). Pensé en las voces de tantos amigos que, de una forma u otra, terminaron con sus vidas o fueron arrancados de ella; pensé en las numerosas luchas de cuerdas y mástiles que se libran por escapar de las sirenas, de la muerte. Esas odiseas invisibles que nadie ve hasta que dejan su gesta trás de sí. Me hizo gracia considerar la palabra “celeste” desde la tristeza, no desde una camiseta: el cielo, la vida, o mejor dicho la alegría de vivir. La oportunidad que nadie le dio jamás a esos ángeles aburridos que canjearían gustosos sus lugares con nosotros.

    La canción se me antojó como un clamor de los sufrientes porque sí. De los tristes. Los desconsolados, como decía el Darno. Y el aferrarse, seguirse aferrando con desesperación a la vida, pese a todo. Haciendo tiempo hasta que pase el temporal. Es decir, esperando que todo termine de des/esperar.

    Era raro sentir todo eso en el medio de lágrimas mientras escuchaba una canción futbolera. Pero, se sabe, me gano la vida sobre todo gracias a mis dobles lecturas, el material simbólico que me sale y me encuentra a cada paso, el jugo de los limones invisibles, las señales de lo sincrónico.

    Quizás alguien más quiera escuchar la canción y lo que dice tal como lo hice yo.

  • Plan Pagos Reencarnación Sin Recargos

    Nunca conoceré Alejandría, ni me tendrá cautiva un musulmán en su tienda de colores enclavada en el desierto. Ah, un macho de carreras, de pura sangre azul y cascos fuertes. Ah, sí, con riendas sujetándome. Qué alivio: la doma al fin. Me tendrán celos todas sus esposas. Pero me escaparé cuando menos se lo esperen, me iré bailando sola por las dunas, si acaso esto pasara. Y un gitano borracho, tan perdido como yo, se reirá de mis torpezas, de mis múltiples caídas de pies chuecos; entonces, para compensar, para distraerme y para homenajearme, sacará -como hacen los gitanos- esos violines que se destiñen de aguardiente, que exhalan de sí un tufo como a baraja rancia. Tan desafinados como intensos. Le agradeceré en silencio; me quedaré comiendo dátiles, si acaso esto pasara. No tendré sed y añoraré los libros. Los libros de Alejandría, que ya ni pueden tocarse.

    Y tendré tiempo para mí. Desearé ser más joven, poder saltar otra vez a las fresquísimas aguas de mis oasis imaginarios. Y allí nadar, reina para siempre- sin testigos- de mi belleza solitaria. Ah, tiempo para mí. Si acaso esto pasara.

    No, Alejandría quedará para después, según parece. Es lógico, es mucho más que sensato, a estas alturas. Pero entonces… ¿para cuándo quedará? ¿Sería demasiado pedir recorrer alguna vez sus callejones sucios, sus piedras malolientes de orín añejo y humedad? ¿Escuchar por un día a sus niños jugando, entre risas, burlándose de mí en un lenguaje raro? ¿Demasiado, para esta vida, su aroma a madera y cafetín, sus callejuelas de polvo, sus carnavales rengos, su música? ¿Seguirle la pista a los amantes de Cavafis, subir a la buhardilla de Clea, saber mirar a los ojos buscando el negro intenso de Justine? ¿Curarle a Hipatia las heridas? ¿Taparle el sol a alguien? ¿Sería eso acaso demasiado pedir?

    Nada me solucionan las agencias de viaje.
    Y bueno.


  • Ashes to ashes

    La otra noche puse a ciertos entregados tripulantes de naves sin mayor mapa tangible (aunque prometo que jamás dejarán de tener su buen férreo timón), en este caso mis pacientes alumnos del taller de los martes, a escribir a partir de cenizas. Textos que involucraran cenizas físicas: desde el volcán Paricutín apareciendo de la nada a mediados del siglo XX y sepultando dos pueblos mexicanos enteros de un saque (y miramos, en foto blanco y negro de Juan Rulfo, el único vestigio que quedó de todo este ex abrupto del Hades: la torre mayor de una iglesia emergiendo entre los desniveles rocosos de lo que alguna vez fue lava), o las cenizas flotando sobre Montevideo en los últimos tiempos debido a otro volcán, aunque bastante lejano, con las consiguientes tribulaciones que acarrearon en los aeropuertos, o quizás el veterano Keith Richards aspirando las cenizas fúnebres de su padre mezcladas con cocaína, según sus propias declaraciones de rockstar, hasta las denostadas cenizas que dejan los cigarros mientras se van muriendo entre los dedos de un (ahora) rebelde. Toda ceniza valía.

    No puedo acordarme todavía cómo es ese dicho: Donde hubo fuego, cenizas quedan o, dándole la vuelta, Donde hay cenizas, es que hubo fuego. Tampoco me doy cuenta si cambia demasiado el sentido final del refrán, pero supongo que una persona encarará diferente la vida si se focaliza en las cenizas remanentes que si, por el contrario, se concentra en el fuego, aunque le sea nada más que una memoria del pasado. De todos modos, me quedo con la impresión de que debe haber sutilezas de lectura que me estoy perdiendo entre estas dos frases. Que no son tan igualitas como parecen.

    Revisé mis propias cenizas. Soy solidaria con los alumnos: ¿de qué otro conejillo de Indias podría valerme?

    Nada de puentes de Madison: cenizas en solitario. De troncos, estufas, chimeneas.

    Fue un invierno raro. Tan frío hasta los huesos; tan pleno, por otra parte, de desubicada luz. Un invierno hijo del fuego: me ocupé de prenderlo cada mañana desde que nadie más lo prendería. Como una Hestia monja, compulsiva y desquiciada. Me ocupé de juntar las ramitas, de desafiar las ganas de morirme. Sabía bien que únicamente con ese alimento ígneo, sólo con esa taza de té caliente en un refugio de alpinistas, podía salvarme de la inanición. Y Astor: tenía que calentar la casa para Astor, que todo siguiera rodando, que percibiera que seguiríamos adelante, fuera como fuera. Qué tristeza para él, su mundo quebrado, tirado en pedazos por el suelo. Porcelana que, una vez rota, no puede repararse. Ya está. Cicatriz. Creí que lo dañaría para siempre, que le haría perder esa sonrisa. Ahora no tiene dientes, pero sigue riendo franco, como si quisiera largar el alma para afuera.

    Mi casa es grande, vieja, de techos altos y descomunal claraboya. Y entonces todo se volvió para siempre cenizas, cenizas -¡tantas!- que se juntaban al terminar el día. Montañas de ellas (¿esperanza de Ave Fénix?): el fuego era el ritual sagrado para continuar con vida, para persistir en la siempre frágil intención de continuar con vida.

    La Cenicienta, pero sin baile ni madrina ni campanadas de retorno. Mejor.

    Y toneladas de leña, literalmente. Capital de madera, inversiones en el Wall Street de las barracas, lingotes apilados y forrados de astillas. Todos los días bajaba al sótano una, dos, tres veces, y acarreaba altos de troncos para seguir así atizando semejante fogata voraz y bulímica. Boca angurrienta de los dioses aztecas. Caldera de edificio en la que a veces se queman los papeles secretos, las cartas de amor, los documentos que comprometen. Mi máquina industrial de producción de brasas y cenizas: cosecha al amanecer. Pala de hierro. Entonces vuelta a empezar.

    Sí, montañas de ellas. Las tocaba con la mano, me embadurnaba el rostro de cenizas, me persignaba la frente. Sentía su suave textura, su fina condición de arenas del Caribe. Claro, en las playas grises de los muertos. Esas por las que nunca corrí del todo, esas que nunca (todavía) he podido pisar descalza al fin.

    *
  • Tormentas

    Enojada por vivir de una manera que me hace mal. Enojada por faltarme el respeto. Por ser cruel con la persona que me ha acompañado y me acompañará hasta el último día de mi vida: yo. Enojada por mi propia omnipotencia, por mi falta de humildad, por no poder inclinar la cabeza y permitir los movimientos del alma y los tableros. Enojada por la resistencia necia a aceptar la ayuda de mis padres. Por haber perdido todo placer en el juego de la vida: anhedonia, supongo que sería el término. Enojada por no haber publicado en el blog un larguísimo post que quedó manuscrito en mi cuaderno, “Exorcismos”; post odioso porque en realidad trataba sobre cómo -una vez más, igual que antes de mi fugaz reconexión con el Animus- se me fue demorando el escribir, desde la casi muerte de mi padre y el elogio a la garra charrúa, hasta que ya no tuvo sentido hacerlo porque en vez de materia viva eran mariposas pinchadas. Tampoco publiqué ese otro post guardado manuscrito acerca del primer taller de sueños, lindo, que tuvimos hace poco: uno más que se pasó de cocción, como el arroz. Enojada porque, por si fuera poco, también se pasó el tiempo interno de escribir un tercer post no publicado, esta vez sobre el homenaje a Levrero el lunes pasado, precioso, noche de paraguas previo a un pertinaz temporal de Santa Rosa (paraguas que ahora necesito para sobrevivir las tempestades, internas y externas, en una casa que gotea por todos lados, como su dueña). No quiero escribir como quien informa, en tono periodístico; soy una cronista de mis asuntos, no puedo llenar esto de retazos de agendas o de ideas. Enojada porque el incendio del caño de la chimenea reventó la pared de mi altillo y cayeron muchos pedazos al suelo, por lo que ahora cuando llueve se inunda y sigue desprendiéndose revoque sobre el piso de madera, cada vez más estropeado. Enojada por la vida de palanganas y goteras, triste, tristísima porque sé que el altillo me refleja, así como simboliza mi relación con la escritura. La tierra devastada está de nuevo aquí. La sanación del rey tullido que no llega. La esperanza del Grial, perdida una vez más entre las hojas de la supervivencia y las batallas cotidianas.

    Enojada, enojadísima sencillamente por no escribir, por faltarme el respeto, por no saber cuándo parar de dar ni cómo hacerlo, o cómo seguir dando pero sin que eso me consuma. Enojadísima por echarme en cara no dar con la medida -mi propia medida delirante, autoexigente y perfeccionista al extremo-, por correr siempre de atrás por más que me esfuerce, y para colmos sentir culpa al no poder ser tan eficiente como solía. Enojada, descontenta conmigo simplemente por ese no poder, por no llegar a los estándares inhumanos que quiero cumplir, o que creo que debería cumplir para tener derecho a estar viva, a que me quieran, a que me valoren. Enojada por pasar noches sin dormir preparando, terminando, cumpliendo, mejorando, y más enojada conmigo cuando quienes no saben que dejé hasta la última gota de sangre en el proceso me reclaman más, más, y eso me afecta a mí, me genera más culpa, en vez de darme cuenta de que se trata de un problema de voracidad y lactancia ajena. Enojada por no convencerme, en el fondo, de que lo único que tendría que hacer es estar ahí, respirar, ser, disfrutar de las horas que tengo, hacer lo que pueda, respaldarme. Sí, sí, enojada. Por las erratas, lo mal escrito, la falta de ángel. Y mojada, toda la casa mojada, la claraboya quebrada por un cepillo misterioso; herida, vulnerable. Y el viento que la golpea amenazador en cada temporal. Y el altillo con su humedad corrosiva, dolorosa. Y la estufa a leña resentida conmigo, el agua que se desborda por la pared chorreando mis cuadros, la lluvia que no cesa, el sol que no sale. Y yo, enojada, furiosa, luchando internamente para convencerme de que tengo derecho, por ejemplo, a ir esta noche al cine, derecho a dejar de preocuparme por un rato, y que esa gran reivindicación no es motivo alguno para lágrimas. Pero sobre todo y antes que nada, enojada por no escribir, por no ser, por postergarme una y otra vez hasta el día de mi muerte.

    El Cielo es el lugar donde yo no soy tan estúpida y me siento libre, donde escribo olvidándome del mundo, como hacía antes, como hacía cuando cantaba, cuando leía, cuando disfrutaba de la amistad, cuando me permitia sentarme en una iglesia mexicana a estar con Dios o sus sustitutos inasibles, cuando llenaba mi diario e inauguraba otro y otro, cuando registraba mis sueños en hermosas libretas, cuando creía que también yo merezco espacio para desplegarme, merezco espacio del alma, y que las cosas no solo se tratan de luchar por la supervivencia mostrando(me) cuánto me esfuerzo. Es el lugar donde no hay expectativas, ni propias ni ajenas, y donde el ocio y la creatividad y la fiesta y el arte valen por sí mismos, porque no ocupan el lugar de las urgencias o la necesidad agobiante de resultados prácticos. Aliento del Cielo: olvidarme del mundo mientras practico esos saludables derechos humanos para que una vocación no se coma a la otra, para poder recargarme a mí misma en vez de drenarme a mí misma. Aceptar no poder, aceptar que se precisa ayuda, admitir haber tocado el fondo de las fuerzas propias, buscar replantear las cosas en favor de uno mismo. Es decir, tomándome en cuenta también a mí en la ecuación, así como tomo en cuenta invariablemente a todos los demás elementos.

    El Cielo es el lugar donde no me castigo más, por lo que no quedan más motivos para estar enojado. El Cielo es el lugar donde se escribe, donde se es libre. Donde los altillos no sufren, no se caen a pedazos, no se inundan por la negligencia de sus dueños.

    Otra foto lluviosa de Levrero desde su ventana. No quiero ni pensar lo que me diría si viviese.