Etiqueta: Uruguay

  • Y en el último suspiro…

    Cada tanto le cambio de melodías a mi celular; la más importante es la alarma, porque es la que me despierta cada mañana y también la que me hace bajar a tierra, encarnar nuevamente desde la computadora, recobrar la noción del tiempo, de las tareas por hacer, de los encuentros por venir, de las obligaciones, horarios, agendas. Casi nadie me llama por teléfono porque saben que no me gusta demasiado (no así los SMS), pero en estos días puse Uruguayos campeones como ringtone para divertirme las selectas veces que suena. Creo que por eso, paralelamente, puse Cielo de un solo color como alarma; después me di cuenta de que no había sido realmente por la temática futbolística, sino porque es una canción perfecta para despertarse (literal o metafóricamente) sin violencias. Creo que hace un par de años no la tenía tan clara; erróneamente, me inclinaba hacia tonadas como el tema de Batman, un instrumental de Tom Waits, el Caballero Rojo de Titanes en el Ring, la máquina contestadora de George, el de Seinfeld: todas pésimas opciones, porque ya empezaba la jornada como si me hubieran propinado un choque eléctrico y con taquicardia. En cambio, Cielo de un solo color comienza con unos acordes rítmicos casi imperceptibles, suaves, a los que luego de algunos compases se les agrega un redoblante discreto; luego una voz medio hipnótica (como si fuera la de un tipo desvelado o recién levantado, como yo) que va dando paso al hilado de un bandoneón; para cuando las cosas se ponen más intensas y expresivas, para cuando se cuela el rock o la murga, hace rato que apreté el stop y estoy a salvo.

    El otro día me sentía triste en extremo; quizás por eso no atiné a detener la alarma en los comienzos mismos del tema. Cuando uno está realmente triste, con esa tristeza que no tiene motivo -es decir, que no es la reacción natural frente una pérdida, herida o fracaso-, el entorno y el mundo circundante se desdibujan casi hasta desaparecer por entero. No hay alarmas que valgan, no hay campanas que se oigan; ni siquiera escuchamos más ese constante avispero celestial de ángeles que (de buena gana y con la impresión de que hicieron buen negocio) aceptarían perder su inmortalidad vacía sólo a cambio del momento en que se apagan las luces en el cine, o para degustar las promesas del olor de un buen vino tinto antes de ser tomado. Pero cuando se está realmente triste, uno no quiere ni vinos, ni cine, ni ángeles ni demonios; uno se queda ahí, flotando simplemente a lo largo y ancho de un cielo negro, silencioso, con el único anhelo -que quizás no se atreve todavía a hacerse rezo- de que el dolor al fin termine. Ver Ítaca en el horizonte o, de lo contrario, ser engullido al fin por el remolino de Caribdis.

    Y entonces, de repente, se produjo el milagro: escuché la canción desde ese lugar de la tristeza. No desde las tribunas del fútbol; no desde el puesto del hincha fiel que sueña con que su equipo gane, a pesar de que la realidad le demuestra una y otra vez que eso es solamente una quimera (por lo menos hasta que ocurre y la canción, entonces, se vuelve profecía, himno). Pensé en las voces de tantos amigos que, de una forma u otra, terminaron con sus vidas o fueron arrancados de ella; pensé en las numerosas luchas de cuerdas y mástiles que se libran por escapar de las sirenas, de la muerte. Esas odiseas invisibles que nadie ve hasta que dejan su gesta trás de sí. Me hizo gracia considerar la palabra “celeste” desde la tristeza, no desde una camiseta: el cielo, la vida, o mejor dicho la alegría de vivir. La oportunidad que nadie le dio jamás a esos ángeles aburridos que canjearían gustosos sus lugares con nosotros.

    La canción se me antojó como un clamor de los sufrientes porque sí. De los tristes. Los desconsolados, como decía el Darno. Y el aferrarse, seguirse aferrando con desesperación a la vida, pese a todo. Haciendo tiempo hasta que pase el temporal. Es decir, esperando que todo termine de des/esperar.

    Era raro sentir todo eso en el medio de lágrimas mientras escuchaba una canción futbolera. Pero, se sabe, me gano la vida sobre todo gracias a mis dobles lecturas, el material simbólico que me sale y me encuentra a cada paso, el jugo de los limones invisibles, las señales de lo sincrónico.

    Quizás alguien más quiera escuchar la canción y lo que dice tal como lo hice yo.

  • Amores de café

    El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

    Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

    Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

    Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

    Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

    Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

    Así que pido otro café.

    El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

  • Mi México lindo y… herido…

    Hoy hubiera sido el cumpleaños de José Manuel De Rivas (1964-1996), mi brillante amigo Peabody, mi galante pareja de graduación, que me llegaba al hombro y vestía una capa negra. Se lo llevó el metro en la estación Bellas Artes; si suicidio o asesinato, no me importa. Fue la Ciudad de México y sus demonios. Ciudad rodeada de palacios.

    Mi segundo país siempre me hizo temer por mi seguridad y la de la gente que quiero. Es que México es generoso y cruel, festivo e impredecible, delicado y salvaje. Sublime, vital, sombrío: es una tierra de arquetipos danzantes. La muerte, siempre agazapada, como precio por la vida a manos llenas. Flores, mariachis, fiesta, Dios, mezcal, colores, ruido, escalas desmesuradas, olor a copal, mercados, espectros, montañas, multitudes, frutas. En México vive la gente más despiadada, cruda y mala de la tierra; en México vive la gente más noble, buena y pura de este mundo. México inocente, dijo Jack Kerouac, y también tenía razón.

    Pero ahora hay una guerra civil. No se trata más del cielo y del infierno, dualidad que tan atinadamente descubriera Malcolm Lowry durante sus iniciáticas andanzas por allí: hoy la gente está en la línea de fuego cruzado de varios ejércitos que luchan por su territorio. Parece que ya nadie sabe qué hacer; los narcos se disputan la frontera, las acciones del ejército quedan bloqueadas por cortes sorpresivos a lo largo y ancho de la ciudad (si alguien pensaba que en el Tercer Mundo somos flojos, ineficientes e improvisados, es que no ha reparado en la delincuencia organizada!), hay policías corruptos integrados a la mafia, el tráfico de armas es inmenso, la impunidad prevalece, civiles mueren o son secuestrados, sigue el misterio de las “muertas de Juárez”, se reportaron casi 2.500 ejecuciones en lo que va de este año, EE.UU. se está involucrando porque la olla va a explotar en cualquier momento y dicen que la situación es más grave que en Irak. ¿Qué le pasó a mi México, claro y oscuro, pero cuando era luz sí que lo era, en formas cegadoras de tan intensas? ¿Cómo puede vivir la gente así, entre miedos y negaciones, con amenazas, o la amenaza de la amenaza misma?

    Mi hermano dice que ya ve como inevitable que este año se arme un despelote grande (sic), que cada 100 años México tiene una revolución. Es cierto. Este año no sólo es el Bicentenario de la Independencia sino el Centenario de la Revolución Mexicana. En una, durante diez años las cabezas de los líderes estuvieron colgadas y pudriéndose dentro de jaulas, a la vista de todos los guanajuatenses para que les sirviera de escarmiento; en la otra, te fusilaban nomás por divertirse y la gente escondía a las muchachas en sótanos cuando llegaban los revolucionarios, quienes (muy lejos de esas versiones idealizadas que uno suele hacerse, tipo Che Guevara) se apropiaban de todo lo valioso y bello que encontraran, como fieras desbocadas.

    ¿Qué clase de revolución habrá de librarse este año, entonces? ¿Una guerra sanguinaria, un retorno paulatino al orden, una sublevación social, un terremoto que destruya las ciudades para poder empezar de nuevo, una intervención armada de otro país, una operación fulminante de los servicios de inteligencia, una movilización pacífica? Porque el problema ya no es únicamente la frontera, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey: se va extendiendo como un derrame de petróleo en el mar.

    Leo las noticias (gracias a internet, porque aquí se habla muy poco de esto en los medios) y trago saliva; me preocupan mi hermano, mis amigos, el país mismo. A menudo pienso lo que sería vivir allá todavía, con Astor niño, y siento la gran bendición de habernos escuchado a nosotros mismos, de haber cometido de golpe y sin aviso aquella locura de volver a Uruguay. El tronar de la fiesta, de los fuegos artificiales, se me figura ahora como los ruidos que están tapando la balacera. Pero sigo creyendo en el alma de México, en su poder de ave fénix, en su águila, en el embrujo inmortal de su serpiente.

    Al llegar al ataúd de cristal, el menor de ellos (de tres años) toca el cristal y se acerca a los pies de la estatua, vuelve a tocar el cristal y yo pienso: “estos niños entienden lo que es la muerte, están en la iglesia debajo del cielo, poseen un pasado sin comienzo y se dirigen hacia un futuro infinito, esperando la muerte, a los pies de un muerto, en un templo sagrado”.

    (Jack Kerouac, fragmento de México inocente y otros relatos de viaje, México: Ediciones del Milenio, 1999)



    Guerra sangrienta entre cárteles se recrudece (El Universal TV)
    http://www.eluniversaltv.com.mx/detalle17812.html
     
    Narcotráfico: la lucha por el territorio (El Universal)
    http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp207.html

     

  • Y siguen las visiones futuristas…

    Ayer Mujica se reunió a puertas cerradas con los militares de alto rango. No dejó entrar a la prensa, pero se especula acerca de los temas sobre los que puede haber versado su discurso de media hora o más: reconocimiento de la postergación salarial, futuro plan habitacional de emergencia (en el que se involucrará a militares, no sólo servirán para fumigar mosquitos), derechos humanos con caducidad de la pretensión vengativa del Estado. Ese encuentro también es parte de esa irrealidad de final hollywoodense que estamos viviendo hoy: Mujica como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, hablándole a sus soldados.

    Pero el delirio no termina allí: hay documentación que prueba la fallida cualidad de pitonisos de ciertos gobernantes, como esta joyita de 1986 que nos regala Sanguinetti. Y nadie los culpa, porque ¿quién podría haber imaginado -seriamente hablando- este desenlace histórico, más allá de los siempre necios deseos de imposibles?

    Posted via email from Algunos pedacitos de Ginebra

  • De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


    Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
    El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
    No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
    Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
    Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
    Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
    Un abrazo,
    Mario.

  • Gracias, gracias por el fuego (1920-2009)

    “Cuando parece que la vida imita al arte, es porque el arte ha logrado anunciar la vida”.

    (de Epílogos míos, MB)


    Es triste, muy triste despedirlo, mi primer don Mario montevideano. Le han acomodado una sala velatoria de lujo, “el Salón de los Pasos Perdidos”, en un día feriado, cansino, a media marcha (que ahora se volvió de luto nacional, decretado y espontáneo). Y además un día frío, gris, lluvioso: más montevideana la puesta en escena, imposible. Mis reverencias a la producción.

    Lástima que ser inmortal sea sólo en sentido figurado: es temible este “punto final” que (nos) ponen a cada rato los escritores… Mi adolescente acaba de terminar para siempre.

    La velan y lo velan aquí.

  • Signos sospechosos

    Estoy empezando a incubar una sospecha sagaz: por estos lares, entre el lunes y hoy nos acercamos de golpe a una frontera cíclica para tener en cuenta. Varias señales delatan inequívocamente la transición ritual a la que nos enfrentamos. No hay más remedio, aquí vamos de nuevo:

    1. En casa encargamos dos toneladas de leña y la estufa empezó a acompañar con su noble fuego desde el centro del patio con claraboya
    2. Compramos garrafa para que mis alumnos del taller no se acobardaran y estuvieran contentos durante nuestro segundo encuentro: fue cálido en los tres grupos, por suerte (en todo sentido, digo)
    3. La caldera sonó por las noches, no para preparar habituales mates y tés, sino para -oh, vergüenza, ya en abril!- llenar mi ahora desempolvada bolsa de agua caliente. Qué felicidad, hasta octubre no paro!
    4. Guardé la ropa estival en una caja que la ropa abrigada le dejó libre.
    5. Reaparecieron las camisetas para mí y para Astor (mi abuelo Tito era un fanático, las usaba gran parte del año hiciera frío o calor para evitar los cambios bruscos de temperatura a los que nos tiene acostumbrados este país: noche del lunes, 3 grados, pronóstico para el jueves, 26).

    En la escuela nos enseñan que cada estación dura tres meses, así que el invierno estaría empezando por el 21 de junio… si eso fuera cierto. En Uruguay en verdad dura seis meses, pero digamos que su comienzo y su fin es más leve que ese gélido epicentro trimestral. Bueno, lo publico aquí: alerta, alerta, el invierno está empezando. Se ve venir, amenaza, resfría, enfría. Pero por ahora con sol ¿qué más puede pedirse? Es un cambio de óptica solamente, un reajuste emocional: lo climático es sólo un detalle colateral sin importancia. Mi amiga P. decía que a ella le hubiera gustado conocer las playas en invierno, que en México -con su verano eterno en las costas, a nivel del mar- era difícil imaginarse a Dashiel Hammett ensimismado caminando contra el viento, bien abrigado, con el mar rugiente al lado.

    Tiene su encanto. Sí, tiene su encanto, seguramente tiene su encanto (hacer planas cada mañana, al despertar y tener que salir de la cama al gélido patio de una casa centenaria).

    Y bueno, es lo bueno de los ciclos: finalmente, podemos contar con ellos. Pronto podré decir con propiedad, otra vez, como cada año hace tres años: “Montevideo, casi la Antártida“.

    Ver “La marcha de los pingüinos“, en cómica versión 30 segundos de Angry Alien Productions

  • Radiante

    Hoy viví una escena perfecta: el ómnibus, una tarde soleada, las típicas casas montevideanas a través del vidrio, “Penny Lane” y “Come together” en los oídos, un actor desocupado vestido con larga falda negra metiéndose con todo el mundo y haciéndolos reir en el pasillo (no escuché lo que decía, me da terror que me empiece a hablar, pero la gente se divertía). Nada podía ir mejor.

    Y paseé un poco por la Ciudad Vieja (me hace bien ese lugar, de día); ni siquiera podía quedarme a tomar un cafecito, pero lo respiré en el aire: energía, cielo azul. Estuve tentada a entrar en la Catedral nuevamente, a ver si con una mejor óptica interna las cosas se veían distintas, pero no: ya sé que en eso no. En cambio, disfrute los edificios antiguos como nunca. Mis muertos y mis ausentes lejanos estaban, como siempre, pero eran parte de la fuerza de mis alas, no buitres posados en ellas.

    Ahora me vengo a enterar de que cerrarán el Bar Mincho: ¡qué poco amor por el paso del tiempo, la historia! Y no lo digo por sus dueños, que a lo mejor están quebrados; lo digo por el gobierno, del bando que sea. ¿Cómo es posible que desaparezcan mapas enteros de nuestra propia identidad sin que nadie haga nada? Aún me lamo las heridas del Sorocabana (¡de los dos!); menos mal que no están ni el Darno ni Marosa para ver esto.

    Pero no me voy a amargar. La vida lo obliga a uno cada vez más a interiorizar lo importante y seguir sin ello a la vista. Por ejemplo, al mirarse en el espejo, juas!

    Chistecito de fin de tarde soleada.

  • VIVE VALEQUE, E. Darnauchans


    Así firmaba el Darno los mails que me llegaron a México “gracias a las manos, el intelecto y la tolerancia de Nátasha, pariente de Ana Dostoievskaia” (o “nieta de Dostoievsky”, según), alguien que me encantaría saber quién es y conocer algún día: mi única pista es que escribía desde
    Tamborilearte a horas insólitas.

    17 de abril, 1999/ Mi despedida rumbo a México

    “P.D. 2: Como dicen, “hay que vivir”.
    Siempre sabe Ud. que quienes la despidieron (pueden) deben recibirla en las marcas de este sur.
    ¿Anda Ud. por ahí?
    No se olvide nunca de Byron, “Love itself must rest”.
    –Or from me–
    (About love)
    DE PROFUNDIS CLAMAVO TE
    Escrito sin pensar acordándome de cierta letra que cantaba Gardel: “Fuerza, canejo, fuerza y no llore –que un hombre macho no debe llorar”.
    Escrito sin pensar a las 05:30 am del 28/XII/999.

    “The rest is silence”

    Kiss (telón) servant Darno.”


    Feliz No-Cumpleaños, Eduardo, donde quiera que estés: festejamos los 53 que sí tuvimos… Gracias, gracias, gracias.
    Con enorme amor de Madame, la del mechón champán y el guante impar, una en la legión de admiradores fidelísimos. Vive Valeque.

  • El misterioso asesinato en la Catedral

    Hoy entré a la Catedral, en la Plaza Matriz, triste, tristísima. En México siempre hacía eso; de hecho, también entraba en las iglesias cuando estaba feliz, con buenas noticias o animada por un día soleado, o cuando iba de paso a mis 180 escalones rumbo a la casita de Guanajuato, y asimismo entraba cuando no tenía nada que hacer, y cuando quería estar conmigo misma, o cuando quería descansar, cuando se me antojaba mirar a algún santo específico (los hay extravagantes allá, como San Chárbel con cintas de colores colgándole, o el Santo Niño de Atocha en una vitrina llena de juguetitos, o el Anima Sola, mujer semidesnuda surgiendo entre las llamas), o para prometerle cosas –que luego tardo siglos en cumplir– a Santa Teresa de Avila, o recurrir al abogado de los casos difíciles y desesperados, santo patrón en cuyo día por casualidad nací y que lleva el nombre de Judas (pero Tadeo, no Iscariote: no llego a tanto). Me hubiera venido bien encontrarlo hoy, con su medalla en el pecho, rodeado de milagritos colgando y veladoras, con la llama que surge de su frente como un chakra abierto.

    Aquí en Montevideo, cuando se me ocurre entrar a una iglesia, primero tengo que refrenar mi impulso: “A ver si está abierta… ¿Para qué carajos sirve una iglesia cerrada, a la que uno puede ir “a misa” solamente?”. Pero estaba abierta, hoy estaba abierta. Será que es la catedral. Así que entré.

    Tenía un espantoso olor a viejo enfermo, a lugar donde hace siglos que no se prende incienso o mirra. A pesar del olfato malherido que me dejó la sinusitis, podía sentir cómo ese tufo a decadencia que no conocía esplendor previo, ese olor a hospital sin desinfectante por falta de fondos se adhería a mi piel, a mi aura. Pensé en irme, pero me pareció excesivo para alguien que se lamenta de haber dejado de percibir los olores casi por entero. Lo más triste no era ese aroma a piso sucio, a anciano agonizante sin bañar, sino la ausencia de otros aromas que recordaran la vida: aroma de flores, de ceras, de incienso de iglesia, ni hablemos del copal, que antes entraba desde el atrio impregnado en los danzantes aztecas. Igual me senté en una banca. El oro también faltaba allí: en el púlpito había un laminado propio de un aerosol graffitero, una capita apenas que emulaba no sé qué glorias celestiales que no se atrevía siquiera a rozar. El oro de esta tierra hubiera sido lo de menos, desde luego.

    No es una catedral. Si acaso pudo haber sido un palacio legislativo. De cielo no sabe nada, de cantos, de misterios. Se veía que allí no se había prendido una vela ni siquiera para el cumpleaños del sacerdote. Pasaron dos o tres personas caminando, solemnes, por los pasillos, sin hacer ruido alguno; luego miré mejor, y puedo apostar que la pareja era de turistas: ella con su mochila colgada, él, con lentecitos y rastros inconfundibles de gringo. De seguro pensarían: “What the hell are we supposed to see here?“, pero no se atrevían a decirlo en voz alta. Cerré los ojos para poder ver la Parroquia de San Francisco en Coyoacán, sobreponer su maravillosa luminosidad sobre aquella estampa desolada y pobre; por lo menos la nave, el altar y los laterales me ayudaban a lograr el efecto. Y confirmé que no se escuchaba nada, no había música afuera ni ecos adentro, no se colaban pregones desde la calle, nadie rezaba. Yo había sacado el MP3 dispuesta a darle mi propia voz al asunto, pero no pude escuchar música más que al final porque me pasé desenredando los cables que se habían confabulado como spaguettis. Supongo que es algo que nos sucede todo el tiempo, de uno u otro modo: perderse la música por desenredar los cables, pero insisto en que allí no había música alguna.

    Al fin, el berrido de un niño retumbó rompiendo aquella comodidad malsana, llena de naftalina y flores muertas que no se ven con los ojos.

    Salí, casi molesta por haber buscado refugio en un lugar donde no hay ni rastros de Dios. Enmarcan cada puerta horrorosas tumbas de señores blancos con cascos eclesiásticos, tan estáticos como el resto del edificio, yaciendo en segura muerte eterna. Y la pila de agua bendita estaba vacía, como era previsible. Vacía hace décadas, seguramente: ¿quién cree en Uruguay en el consuelo del agua bendita? Ni el cura. De hecho, dudo que se bendiga el agua, ni siquiera lo deben hacer para los bautismos: finalmente, es H2O. Luego se preguntan por qué alguna gente le pagó fortunas a los abusadores que traían el agua milagrosa de Querétaro (agua que el dueño de la hacienda de Tlacote daba gratis a los que la pedían). Yo por suerte traje a Astor de Querétaro, no los necesito.

    Me fui escuchando a Silvio Rodriguez que me cantaba en ambos oídos, una voz y otra, jugando con el estéreo y la poesía. Qué alivio. Desde la parada del ómnibus, miré hacia arriba y enfrente: exploré varios apartamentos viejos, que parecían hermosos, con balcones de hierro y vidrios que reflejaban Montevideo. Los muros tenían texturas irregulares, carteles de conciertos ya pasados, detalles que bien ameritaban una fotografía. Ahí sí estaba Dios.